México después del mundial de futbol: la agonía y el éxtasis

 Julio Muñoz Rubio

Un hombre se levanta,

Temprano en la mañana,

Se pone la camisa,

Y sale a la ventana.

Puede estar seco el día,

Puede haber lluvia o viento,

Pero el paisaje real,

La gente y su dolor,

No lo pueden tapar,

Ni la lluvia ni el sol.

(Pablo Milanés, Silvio Rodríguez)

Finalmente, después de 5 semanas abrumadoras, el 19 de julio llegó a su fin el XXIII campeonato mundial de futbol, dejando tras de sí como es costumbre, su larga cauda de comentarios, reflexiones, repetición de jugadas, goles faltas, quejas, reclamos, etc., que seguirán ocupando un espacio importante en la vida cotidiana de aficionados y no aficionados al futbol en buena parte del mundo.

Los días transcurridos desde el final del campeonato permiten hacer un análisis un tanto menos desapasionado de lo que suele hacerse al calor de las emociones de los partidos y juzgar con mayor objetividad muchos de los acaeceres de ese torneo, en particular en México. ¿Qué queda de todo eso hoy?

El ambiente que hoy se respira, especialmente en México, fue, luego de la eliminación de la selección nacional frente a Inglaterra, anticlimático, de una cruda y una aridez marcadas; como de una desvelada de la que toma tiempo y trabajo recuperarse para reintegrarse a una vida cotidiana tediosa y aburrida. Lo normal.

Uno de los aspectos protagónicos de esos cercanos días es el de las magnas y multitudinarias reuniones y celebraciones callejeras del público seguidor de las hazañas del once nacional, —no necesariamente aficionado al futbol ni conocedor de este deporte. En esta ocasión, se alcanzaron proporciones épicas, nunca vistas, no sólo por su magnitud, sino por el fervor y el ardor paroxísticos que alcanzaron.

¿Cómo podemos comprender esto?

Para arribar a una explicación global y coherente de esto es indispensable analizarlo desde el aspecto de la relación entre libertad y necesidad en el contexto presente. Requiérese, así, de una digresión teórica después de la cual se retornará al punto concreto que nos ocupa.

1. De acuerdo con la concepción marxista revolucionaria, que es la que se defiende aquí, en una sociedad comunista, en la que el ser humano se haya desprendido de sus cadenas opresivas y de las formas de vida y pensamiento impuestas por fuerzas e instituciones que le son ajenas, tales como la propiedad privada, la mercancía y el Estado, será capaz de alcanzar una verdadera libertad en tanto él mismo, en sus actividades cotidianas logre encontrar y desarrollar nuevas sensibilidades y horizontes de subjetividad, dimensiones antes desconocidas o inexistentes, todo ello elaborado a partir de su propia conciencia.

Esto no significa que la existencia social de los seres humanos en esa sociedad utópica esté exenta de conflictos ni que no existan necesidades, lo que se dice es que, en el reino de la libertad, unos y otras tendrán siempre un carácter humano y las necesidades en particular estarán siempre subordinadas a las libertades y en segundo lugar, que en el cumplimiento de las primeras siempre será posible acceder a formas inéditas de libertad. Se trata, entonces, del reencuentro consigo mismo de seres humanos ya desenajenados.

2. En el capitalismo esta relación se encuentra invertida. Ciertamente en este sistema existen libertades, muchas de las cuales (libertad de reunión, de expresión, de tránsito) no son precisamente triviales y en su tiempo fueron radicalmente revolucionarias. Desgraciadamente, se presentan hoy como meras formalidades constreñidas a los estrechos marcos jurídico-económicos que este sistema construye. Esas libertades se transfiguran rápidamente sólo en lo que el Estado permite: libertad para votar en períodos electorales (le llaman democracia) y para consumir los productos mercantiles que las empresas privadas ofrecen en tiendas, tianguis, escaparates y más recientemente por Amazon o Mercado Libre.

Aquí se invierte y pervierte la relación entre libertad y necesidad. El capitalismo hace que cada necesidad humana aparezca como el ejercicio potencial de una libertad y de ese modo impulsa al individuo a buscar el cumplimiento de necesidades y con ello convencerse de que ejerce la libertad. Sin embargo, esta relación es una apariencia ahistórica, nunca se arriba a la esencia de esta, dada por la dominación de clase de la burguesía sobre todas las demás clases, clases subalternas, ni del proceso que llevó a constituirla. La apariencia produce en el sujeto la sensación de la eternidad e inmutabilidad de esa realidad, ocultando su naturaleza transitoria.

Sucede, en realidad, que las libertades de consumir mercancía y optar por candidatos y gobernantes se refieren a esferas y campos en el fondo innecesarios para la existencia humana. Nadie necesita mercancía, es decir, artículos presentados como valores de cambio y que adquieran su valor de uso solo después de ser comprados. Lo que se requiere es el valor de uso. El torcido proceso para realizarlo a partir del valor de cambio es prescindible, es un espejismo. Tampoco el humano requiere de gobernantes ni de instituciones permanentes (es decir, el Estado) que regulen las relaciones de clase que la propia burguesía ha creado. Todo eso son invenciones capitalistas presentadas falsamente como categorías eternas e indispensables. Son imposiciones llevadas a cabo por un hábil aparato propagandístico y todo un entramado que obliga al sujeto a sumergirse en el fantasmagórico universo mercantil y hacerle pensar que un buen gobernante es quien le permitirá explayarse a su anchas en el universo consumista, es decir, el gobierno que legislará para que pueda acceder a un mayor ingreso dinerario.

Cada artículo comprado, ciertamente, estaría destinado a satisfacer una necesidad, y en el sistema burgués de valores esto es identificado con una libertad, libertad que se autoniega, se anula a sí misma cuando al instante hace que el sujeto se vea orientado a consumir otros artículos diferentes, “nuevos” y “necesarios”, generando así otras y otras necesidades en un interminable círculo vicioso.

El capitalismo es, pues, el sistema de las necesidades, no de las libertades. El sujeto dentro de esta dinámica queda encerrado en ese mundo de fetiches, en el que el objeto-mercancía y el objeto-Estado parecen poseer una fuerza, una actividad y una voluntad propias. La libertad alcanzada con la satisfacción de esas necesidades de mercado es fugaz, falsa y evanescente, se disipa de inmediato y sepulta al sujeto en un estado de ansiedad y angustia soterradas pero reales dado por la galopante necesidad de seguir y seguir satisfaciendo necesidades, sin otra finalidad más que esa. En sociedades como la actual, de un alto desarrollo tecnológico, las necesidades creadas por el capital son cada vez más ficticias, innecesarias, como se dijo ya y dan lugar a libertades asimismo ficticias.

La vida humana, individual y social es una vida de necesidades que jamás se cumplen, impuestas por el capital y el Estado que les da sustento ideológico.

Este capitalismo, que —es imprescindible recalcarlo— se encuentra en su fase de decadencia terminal, cada vez es menos capaz de generar situaciones o condiciones de vida satisfactorias para amplios sectores sociales, ni siquiera dentro de sus limitados principios y valores, tal y como sí lo podía hacer en otros tiempos, y así las cosas, requiere urgentemente de generar otras válvulas de escape a la angustiosa existencia de la gente. Válvulas de escape que siguen teniendo esa raíz mercantil de la que se habló pero que se presentan con una fachada distinta. Nos referimos centralmente al fomento a las conductas catárticas, que para que tengan lugar se requiere de sujetos sometidos a presiones fuertes, cuando no extremas, de las que tiene que huir para seguir siendo un sujeto viable y funcional. Una necesidad más.

3. Pero se supone que se hablaría del mundial de futbol y las celebraciones por los triunfos de la selección mexicana. ¿No nos hemos perdido en disquisiciones inútiles?

Para nada.

En este sentido el capitalismo, el mexicano particularmente, frente al futbol y su campeonato mundial, se aparta del carácter lúdico y generador de libertad, que originalmente posee este deporte (como todos los demás), para orientarlo hacia  y atiborrarlo con multitud de mensajes chovinistas, patrioteros, de exaltación del “orgullo mexicano”, el “honor y el amor patrios”, todos de índole reaccionaria, xenofóbica y pro fascista, que demuestran que el fanatismo y el fascismo son requerimientos del capitalismo contemporáneo hasta en sus regímenes más benevolentes, “liberales” y “progresistas”, como el  que dicen que hoy gobierna México.

Se fomentan con ello, esperanzas elevadas, sobre todo en círculos de aficionados acríticos, poco conocedores del futbol y su historia o de plano de personas sin interés en el mismo y que se acercan a él sólo en tiempos de mundiales.

Estos mensajes ocultan la histórica realidad del futbol mexicano, que jamás ha pasado de un mediocre nivel de octavos de final o su equivalente e incluso por debajo de ese[1], pero que por ocultarlo permiten el incremento desmedido del “ahora sí…” que nunca llega.

Y armada e introyectada la población con ese mensaje fanático resulta relativamente fácil montar los elementos más técnicos de la celebración, desde los spots comerciales, pantallas gigantes en las calles y plazas, anuncios espectaculares, puestos de comida y una interminable retahíla de artículos “futbolísticos” como estampas de jugadores, camisetas, banderas, tazas, llaveros, balones, refrescos, muñecos, etc., etc., etc. Y proliferación de días de asueto en los días de juego de la selección.

La atmósfera socio-cultural existente se circunscribe a eso. Y todo, todo lo que sea apoyo a “nuestra” selección será permitido. En México todo es libertad y disfrute, dice el régimen todos los días por allí de las 8 o 9 de la mañana, todo es felicidad.

Y la masa, que durante todo el día agitó banderas nacionales e hizo sonar los cláxones de sus coches, permanece expectante durante el desarrollo del partido y al pitar el final de este, al ganar México, la consigna “vamos a echar desmadre” se apodera de las calles de la ciudad capital y muchos otras del país. La gente toma la decisión de ir a la cola de toda esa demagogia del nacionalismo más pedestre: grita, se tira a los charcos de agua de la lluvia, se embriaga, vomita, se orina y defeca en donde sea, tira basura, se arremolina y aplasta incontroladamente (hasta producir 4 asfixiados). Es una catarsis proveniente de las insatisfacciones profundas de la vida en México, de la falta de expectativas, de la ausencia de amores y afectos, de la inexistencia de proyectos; una vida en un paupérrimo horizonte cultural, en medio de demagogia, corrupción, mentiras y ocultamientos regidos por las esferas del poder. Una vida dominada por las frustraciones y sensaciones de insignificancia del individuo frente a los trituradores poderes de un sistema que, al mismo tiempo que lo aplasta, le prepara frecuentemente “diversiones” y “entretenimientos”. Un sistema que se viste con el oropel de su gran benevolencia para exigir a la masa infinitas gracias por haberle permitido esos estados catárticos que, imperceptiblemente, preceden al pisoteo y la humillación inmediatamente posteriores.  Una catarsis conformada por una masa anónima e informe de individuos gravemente alienados y reducidos a seguir las invitaciones de otros cuya existencia desconoce, que en el mejor de los casos son sólo una imagen en una pantalla: comentaristas, gacetilleros, la presidenta, una jefa de gobierno, la clase política toda; choro y más choro, bla, bla, bla, bla, bla, bla…

Al finalizar el festejo las calles, ya vacías, quedan convertidas en un enorme muladar, pestilente y antihigiénico ¿Qué simboliza eso?

Así ocurrió después de los partidos contra Sudáfrica, Corea del Sur, Chequia y Ecuador. En el quimérico, mítico quinto partido llegó Inglaterra, superior a México futbolísticamente hablando. Llego la derrota, y con ésta regresó el retorno a la otra realidad, a la del trabajo y las patadas en el metro, en el pesero y la calle, a la violencia doméstica, a las caras aburridas que alguna vez creyeron alcanzar el cielo por asalto por medio de algunos goles, evidencia del vació existencial que por un momento aparentó desvanecerse.

¿Qué quedó de ese mundial? 

El éxtasis devino en agonía.

Esta es la manifestación mexicana del futbol-FIFA, del futbol-cosa y no del juego, no de la libertad, no del desarrollo del talento, ni el de la imaginación ni menos el de la plástica del cuerpo humano en la carrera o el salto. Nada de eso. Son, en su lugar, las máquinas, los futbolistas-cosa subyugados, como la afición entera, a la opresión de la FIFA y la complicidad del Estado mexicano.

Y a todo esto:

¿Qué hay de los casi 135 mil desaparecidos en todo el país a causa de la violencia galopante del crimen organizado? ¿Qué hay de los reclamos de presentación por parte de sus familiares, que los buscan incesantemente?

¿Qué hay de los ingresos de jubilados y pensionados? ¿Qué de los reclamos de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) para derogar la neoliberal ley del ISSSTE que permite los miserables pagos que se les dan?

¿Y qué del desabasto de medicamentos en los servicios de salud pública?

¿Y que hay, señora Brugada, de esta maltrecha ciudad en la que cada vez que llueve se producen inundaciones salvajes dignas de ciertos pasajes del Génesis?

¿Qué de la contaminación, basura, ruido y violencia cotidianos en esta ciudad a su cargo?

¿Qué de los animales del refugio Franciscano, que han sido maltratados y torturados desde hace meses a causa de un despojo violento del predio donde eran cuidados y atendidos?

No, de eso nada. Y los primeros cínicamente indiferentes fueron los propios futbolistas mexicanos y su cuerpo técnico, encabezado por el otrora simpatizante del EZLN, Javier Aguirre. Esos que no se meten en política porque se dedican a jugar futbol.

Bueno, pero el mundial ya acabó… La desolación existencial ahí sigue. Nunca se fue.

Queda en el aire una pregunta:

¿Desde el futbol se puede hacer algo para acabar con esta situación?

Desde luego que sí. No solo se puede, sino que en cierto modo se debe intentarlo. Hay que volver a las raíces del futbol, el deporte de los pueblos del mundo y del pueblo mexicano. No necesitamos grandes estadios, ni publicidad desmedida, ni torrentes de dinero, ni tecnologías sofisticadas como el VAR, ni pausas de rehidratación, ni superestrellas, por geniales que sean. No necesitamos instituciones de burocracia como la FIFA, o la Federación Mexicana de Futbol (FMF) o el gobierno para que nos autoricen a jugar, ni cancioncitas estúpidas que digan que las mujeres sí pueden ser futbolistas, cuando juegan organizadamente desde hace más de 50 años. Nada de eso debe suplantar al disfrute sencillo de correr, saltar, driblar, pasar el balón, disparar a gol, echarse un paradón. Necesitamos una pelota y cuatro objetos cualesquiera que indiquen las porterías. Y el deseo de ser nosotros mismos quienes hagamos nuestro juego, ejerzamos nuestra libertad, como un fin en sí, como deben ser las relaciones humanas. Que sea el juego de los niños en el recreo de las escuelas, que sean las retas, el encuentro de los cuates de la cuadra, y si se quiere algo más sofisticado ¡claro que sí!, que sean los torneos llaneros, en el polvo cuando no llueva o en el lodazal cuando sí llueve ¡A ver quién sale más raspado o se enloda más! O si, podemos requerir una cancha de verde pasto, desde luego. Pero que seamos siempre nosotros, los humanos comunes y corrientes los que lo hagamos, sin la mediación de honores patrios ni orgullos nacionales ni trofeos de oro puro.  Tan sólo con apretones de manos al inicio y al final de cada partido, y quizás un intercambio de sudadas camisetas. Que sea el reencuentro de nosotros con nosotros mismos.

¿Cuál será, pues, el mejor partido?

El próximo, el que está por jugarse. El que vamos a ganar, a empatar ¡o quizás a perder, chingá!

Nosotros, tú, yo.

[1] La participación de México en los mundiales es capaz de producir impresiones de lo más falsas e ilusorias sobre su nivel, las cuales es necesario disipar: México es uno de los países que más veces ha participado en Mundiales de futbol (18 de 23), Solo detrás de tres grandes potencias como Brasil (23), Alemania (21) y Argentina (19). Esta elevada participación se debe a que desde 1950, ha calificado por pertenecer a la CONCACAF y en consecuencia, eliminarse frente a rivales de Norte, Centroamérica y el Caribe antaño todavía inferiores a México (Y aun así haber sido eliminado por ellos en 1974 y 1982). Pero el equipo nacional es el único que ha ocupado el último lugar en 3 ocasiones (1930, 1958 y 1978), el penúltimo en otras dos (1950 y 1954) y en otras nueve (1962, 1966, 1994, 2002, 2006, 2010, 2014, 2018 y 2022) ubicarse del décimo lugar hacia abajo. Sus mejores clasificaciones (Octavo en 1970, sexto en 1986 y noveno en 2026) las obtuvo jugando en calidad de país sede. Y finalmente México es el único que, habiéndolo sido en 3 ocasiones, ha calificado automáticamente sin tener que eliminarse en una fase previa, mucho de lo cual ha dado la falsa apariencia de haber llegado más lejos, pero esto ha sido conforme el número de selecciones participantes se ha ido incrementando, de 13 en 1930 a 48 en 2026 y por consecuencia aumentado la participación de equipos de mero relleno en la fase inicial de grupos.

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