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“Los poetas malditos del proletariado”. Una reseña de José Manuel Mateo, Espectros del ensayo: José Revueltas y Ricardo Flores Magón, México, Universidad Nacional Autónoma de México, 2019.

 Hugo Nateras

Pocas voces hoy en día pueden negar el hecho de que dentro de la historia de las izquierdas mexicanas del siglo XX las figuras de Ricardo Flores Magón y José Revueltas ocupan un lugar destacado, el primero más asociado al anarquismo y el segundo al comunismo, y no sólo en términos de la pura militancia, sino en tanto pensadores que produjeron profundas reflexiones teóricas y políticas. De manera que el libro que José Manuel Mateo publicó en el año de 2019, titulado Espectros del ensayo: José Revueltas y Ricardo Flores Magón, resulta en muchos sentidos sugerente y atractivo al reunir a estas dos grandes figuras en una misma investigación.

Pero hay que aclarar rápidamente que no los incluye o presenta a modo de inventario o como ejemplos de las diversas etapas de la izquierda mexicana, pues lo que Mateo se propone, en cambio y a pesar de las aparentes diferencias que mediarían entre uno y otro, es mostrar los vínculos profundos que existen entre la escritura de Flores Magón y Revueltas. Con este objetivo, entonces, realiza un análisis crítico y creativo de su práctica ensayística, pues ahí es donde descubre una serie de elementos que le permiten proponer la idea de pensar a ambos escritores como miembros de primer orden de una tradición política e intelectual de alcances globales a la que, siguiendo al propio autor de Los muros de agua, denomina como pensamiento proletario.

Ahora bien, en cuanto a la estructura de Espectros del ensayo, su autor desarrolla su contenido a lo largo de poco más de 200 páginas, una “nota previa”, seis capítulos y un epílogo. De entrada, resulta relevante destacar la fina hechura del libro, el modo en que a través de un robusto arsenal de herramientas provenientes de diversas disciplinas (historia, filosofía, literatura, etcétera.) Mateo va construyendo los argumentos. Cada uno de los capítulos aparece como una “vista fragmentaria” que de a poco, y conforme se avanza en la lectura, nos van revelando una imagen más completa y compleja de ese tipo particular de escritura radical que tanto Ricardo Flores Magón como José Revueltas plasmaron en papel.

En el primer apartado, que lleva por título “Manifestaciones del espectro”, Mateo se adentra críticamente en el asunto del ensayo en América Latina y México, el cómo se han construido las historias de este género discursivo, las temáticas con las que se le ha asociado tradicionalmente y las formulaciones teóricas con las cuales se le ha buscado definir. Pero no lo hace para adherirse a estos posicionamientos, sino para “postular una mínima disidencia”, ya que encuentra que dentro de estas amplias nóminas del ensayo se ha excluido “una práctica cuya especificidad literaria surge de la tensión entre acción cognoscitiva, pasión intelectual y radicalidad política” (p. 19). Práctica ensayística que Mateo ve materializada en los trabajos de Revueltas y Flores Magón, pero que justamente debido a la radicalidad de su situación enunciativa, a los temas, los medios donde se publicaron, los contextos, e incluso la adscripción de sus lectores, ha sido ubicada históricamente por la crítica fuera del campo literario.

Esta exclusión o no-presencia le permite a Mateo recurrir al filósofo francés Jacques Derrida y su concepto de espectro, pues tanto el líder del Partido Liberal Mexicano como el autor de El apando figurarían como una especie de “presencias inadvertidas o espectrales” en las tierras del ensayo literario en México. Es decir, ese estar y no-estar se debería al hecho de que “la potencia de transformación que habita en su escritura no es el Espíritu entendido como esencia sino como trabajo” (p. 38). De ahí que a lo largo del libro se aboque a analizar tanto el trabajo de escritura como el espectro que se apersona en la práctica ensayística de Revueltas y Flores Magón.

A la par de esto, y conforme se avanza en las páginas de este que es uno de los capítulos medulares, se encuentran una serie de elementos muy sugerentes sobre los que nos gustaría extendernos brevemente. En primer lugar está la cuestión del rechazo a la distancia, el confort y la mesura como los componentes necesarios e indispensables para el despliegue del pensamiento, ya que si algo demuestra la escritura de Flores Magón y Revueltas es que la reflexión crítica puede surgir de la cercanía con los acontecimientos, de la entraña misma de los conflictos, de vivir al ritmo de la marea de los días, y que puede expresarse a través de esa diversidad de medios impresos de carácter efímero con los que han contado las organizaciones políticas radicales a lo largo del tiempo.

En un segundo plano destaca la operación de relectura que realiza Mateo sobre la amplia bibliografía que existe sobre estos personajes, que lo lleva a señalar acertadamente que los ensayos han recibido hasta ahora una atención limitada. Pues muchas veces en los estudios literarios o históricos ha predominado eso que Dominick LaCapra define como una visión documentaria de los textos, esto es, aquella perspectiva que los sitúa y lee en términos de la información empírica o histórica que nos pueden brindar, y con ello se ha olvidado que tanto Flores Magón como Revueltas fueron unos escritores y militantes notables, que practicaron y ensayaron distintos tipos de escritura en las páginas del periodismo militante.

Finalmente, en este primer capítulo se encuentra la cuestión del vínculo entre ambos pensadores, pues contrario a lo que nos podría sugerir su adscripción dentro del anarquismo y del comunismo, respectivamente, Mateo registra que en el Ensayo de un proletario sin cabeza Revueltas busca establecer la genealogía de la ideología proletaria y encuentra en el magonismo y Flores Magón “la raíz de un movimiento social propio, es decir, nacional y personal” (p. 35). Esta operación arqueológica le lleva a reivindicar la memoria del líder del PLM, recoger su herencia y perfilar las preocupaciones y los intereses del pensamiento proletario. A partir del descubrimiento de este vínculo Mateo desliza una de las ideas clave de todo el libro, que entre uno y otro habría “una continuidad literaria signada por una pasión intelectual que no borra ni encubre la diferencia entre literatura y política, sino que la problematiza y la mantiene viva en el ejercicio de escribir” (p. 28).

Al arribar al segundo capítulo, “Noticia del espectro: Ricardo Flores Magón”, nos encontramos con un ejercicio de relectura muy sugerente, ya que Mateo dirige su mirada al libro El regreso del camarada Ricardo Flores Magón, de Claudio Lomnitz, y lo hace, de nuevo, no para secundar lo dicho ahí, sino para postular una desavenencia. Ya que nos dice que el profesor de la Universidad de Columbia en su obra nos devuelve a un “héroe consumido por un fuego que poco tiene de luminoso”, que en su intento de exponer las incongruencias y excesos en los que habría caído el líder del PLM termina por “darle sepultura simbólica”. Y con ello deja de lado u omite lo que desde la perspectiva de Mateo es central: su pensamiento y la expresión escrita que se materializó en hojas y papeles. Por lo cual se opone a esta sepultura simbólica de Lomnitz y cree necesario señalar que si bien Flores Magón nunca ha estado vivo (como otras figuras de la izquierda), su “presencia espectral resulta ineludible y sobre todo deseable como reserva intelectual para pensar lo político, la literatura y el mundo” (p. 54).

Al señalar que lo central en Flores Magón es su pensamiento desplegado en papel, lo que realiza Mateo es una operación en la que nos devela el eje que recorre todo este capítulo. Pues a partir de ese momento se concentra en un conjunto de cartas que el revolucionario oaxaqueño escribió desde la penitenciaria federal de Leavenworth, Kansas, y lo hace porque en ese espacio de comunicación íntimo se expresa con toda claridad el tipo de radicalismo político y estético que practicaba. En esas misivas surge un sujeto que pugnaba por un cambio definitivo en la distribución de la belleza, en las condiciones para disfrutar de la contemplación, que creía que la razón por lo que lo mantenían preso era porque era un escritor que se había dedicado con pasión a investigar el origen del sufrimiento y la injusticia, que afirmaba que la única arma que había esgrimido era su pluma. En suma, que su mayor crimen no era otro que el “estar provisto con nervios capaces de resentir la transgresión más pequeña contra la Belleza” (p. 77).

Queda claro, hasta aquí, que uno de los ejes de todo el libro es el pensamiento proletario plasmado en papel, por lo que en el capítulo tres se aborda este aspecto, pero ahora desde la perspectiva de José Revueltas. Ya que en el oriundo de Durango “la hoja impresa también será el componente material de los sueños, la constancia física de lo pensado y lo imaginado” (79). Así, Mateo traza un recuento pormenorizado de todas las organizaciones políticas en las que Revueltas militó a lo largo de más de cuatro décadas, y destaca la persistencia de su participación en múltiples publicaciones o iniciativas editoriales. Todo esto con el objetivo de mostrar cómo desde ningún punto de vista se puede considerar que la palabra impresa representaba la retaguardia de la lucha política y rechazar, de paso, la idea ampliamente difundida en la bibliografía revueltiana de que el periodismo no fue más que un puente hacía la literatura. Pues lo político en la escritura de Revueltas, nos dice Mateo, se encontraría en su negativa a reconocer límites infranqueables, “sea como narrador, como militante o como parte de la discusión que hace de la estética, la historia y la filosofía un terreno propicio para ensayar alternativas” (p. 93).

Si en los dos capítulos previos Mateo teje una fina línea que vincula la escritura puesta en papel y la militancia, en “Espectro social de una escritura: entre “Las flores del mal” y “Los errores”, que es el número cuatro, cree necesario trazar otra línea en una dirección que nos lleva a comprender de manera amplia lo proletario y la forma en que en Revueltas se advierte un índice de lo que sería la escritura proletaria. Y para ello recurre a Walter Benjamin y Pierre Bourdieu, del filósofo alemán retoma sus lecturas de Bernard Adolphe Granier de Cassagnac (en específico de su obra Historia de las clases obreras) y de Charles Baudelaire. En el trabajo de Cassagnac, a pesar de su fuerte tono racista, se advierte cierta conciencia sobre la novedad que supuso la irrupción del proletariado, ya que se le presenta como una “clase subhumana que ha nacido de un cruce de los ladrones con las prostitutas”, que habita las ciudades sin más posesión que la de sus cuerpos y que se encuentra marcada por “la sustracción de esa mercancía cuya posesión debería hacerlo dueño de todas las demás” (p. 105). Mientras que de Baudelaire retoma ese símil que establece entre la condición del escritor y la prostituta, pues “la prostituta que ha vendido cuerpo y alma es la contraparte del poeta que comercializa sus confesiones y su pensamiento” (p. 107).

Bajo la estela de estos autores, Mateo nos dirá que tanto las prostitutas como los escritores formarían parte de un mismo espacio de sociabilidad, al que vendrían a sumarse los proletarios surgidos “gracias a las conjuras políticas y al puro deseo de derribar sin más al gobierno existente” (p. 110). Ahora bien, todo este recorrido cumple la finalidad de mostrar una “comprensión alterna” del conjunto de personajes que de forma recurrente es convocado por la escritura de Revueltas y que “de una manera fantasmal asisten o guían la escritura reflexiva” (p. 115).

Así Mateo nos muestra la densidad del trasfondo histórico que se encuentra estructurado en forma narrativa en Los errores y ensaya una comprensión alterna de esta obra. Pues la presencia de las prostitutas, contrario a otras interpretaciones, es leída como un acto que visibiliza la situación de esos “obreros de lujo” que son los escritores y ayuda a “observar bajo otra luz el espectro proletario” (p. 116). Lo que explica que Revueltas no separe en Los errores a ladrones, proxenetas, policías y prostitutas de los militantes comunistas, obreros, poetas e intelectuales. Pues lo que busca es mostrar claramente cómo “todos ellos forman parte de un mismo universo de sociabilidad que, como hemos procurado resumir, tuvo su origen en la formación misma del campo literario durante el siglo XIX” (p. 117).

En el capítulo quinto, “Otros espectros: Ethel Duffy y Práxedis Guerrero”, José Manuel Mateo descentra su mirada de los poetas malditos del proletariado, Flores Magón y Revueltas, y se concentra en otros ejemplos de escritura proletaria, como la que se orquestó en la órbita del periódico Regeneración, donde la prosa de ideas se unió con el poema y el epigrama. En específico se detiene en el libro Ricardo Flores Magón y el Partido Liberal Mexicano, escrito por Ethel Duffy, que incluye un apéndice en el que se reproducen una serie de escritos programáticos del partido y otros materiales periodísticos y literarios. Aunque la mayoría de textos pertenecen a la pluma de Ricardo Flores Magón, en este apartado su autor retoma dos que llevan la firma del poeta y ensayista Práxedis Guerrero: “Sopla” y “Escuchad”. Y lo hace para mostrar cómo en estas piezas se heredan un par de tópicos discursivos que se encuentran íntimamente ligados a la corriente intelectual del pensamiento proletario.

El cierre del libro viene con el capítulo “El espectro fuera de orden: la discordia proletaria”, en el que Mateo vuelve al asunto de la caracterización de la escritura y el material ensayístico radical de Flores Magón y Revueltas, y lo hace para recordarnos que los volantes, los carteles, los folletos y los periódicos, antes que impedir la acción cognoscitiva, constituyen el espacio en el que el ensayo prosperó, al punto en que se convirtió en una corriente política e intelectual de alcances globales (aunque poca atendida en las nóminas del ensayo).

Líneas adelante se centra en “Discordia”, un potente escrito que Flores Magón publicó en Regeneración el 29 de octubre de 1910, para exponer la operación que hace surgir al sujeto a través del discurso. Aunque nos aclara que no se trata de un sujeto como entidad individual, sino del que a pesar de estar en el mundo y contar con una voz no figura en las cuentas que hace la nación. En este ensayo Mateo cree encontrar “una poética y una ética para la interpretación del mundo”, pues la discordia es “contrariedad, desavenencia, discrepancia, división de pareceres, diferencia o disentimiento, es decir, resistencia y oposición a ajustarse a ese marco donde cada cosa tiene su sitio y, sobre todo, nada falta” (p. 163).

Posteriormente, trae a colación El ensayo sobre un proletariado sin cabeza, y se aleja de aquellas interpretaciones que han insistido en leerlo en la clave de la teoría leninista del partido, ya que esto ha impedido dar el paso que el mismo Revueltas sí dio ante La sagrada familia, los documentos programáticos del PCM y las formulaciones de los ideólogos “democrático burgueses” y “demomarxistas”: el de la relectura. Desde esta perspectiva, Mateo nos dice que El ensayo sería la indagación de “un lector que desmenuza las vías mediante las cuales los discursos se naturalizan y sirven para cubrir la ausencia de actividad reflexiva, el automatismo ideológico inconsciente” (p. 175). Por lo que la acción que acomete Revueltas es la de inscribir en el discurso ese nombre colectivo que se encontraba obliterado y destacar su papel dirigente, o, dicho en otras palabras, “su capacidad de tomar una dirección propia, autónoma, y por ello mismo, discordante” (p. 178).

Finalmente, lo que tendríamos en “Discordia” y El ensayo sobre un proletariado sin cabeza son un par de piezas en las que se materializa una formulación verbal que busca redefinir una esfera de comprensión del mundo. Pues ambos escritores antes de sancionar el pensamiento como un atributo individual y limitar la práctica ensayística al lugar donde ellogos y la palabra son formas del privilegio, hablan en nombre de aquellos que sólo han existido en el discurso como ausencias. Con sus palabras puestas en papel, Flores Magón y Revueltas le habrían dado forma a un ensayo inundado por el espectro del pensamiento proletario. Espectro que, como dice Mateo, “siempre hará surgir lo político en el interior de la escritura, que reivindicará el derecho a pensar literariamente lo político, aunque no se tengan títulos de comunidad para ello” (p. 190).

 

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