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Lo urgente y lo necesario: la reforma electoral y la ley de hierro

CE, Intervención y Coyuntura

La reforma electoral que se decidirá en próximos días puede ser el aliciente principal para un cambio de las reglas y acuerdos políticos. No basta una reforma electoral, pero no hay posibilidad de deshacerse de la versión neoliberal de la gestión del gobierno y del traspaso del poder público sin ella.

La reforma que se ha presentado tiene grandes avances. Sepulta el poder del “territorio” y la clientela política que se ha formado a partir de esta dimensión. Añade una complejidad con una votación por listas y no por candidatos, lo cual resta capacidad de manejos turbios o de formación de oligarquías. Las listas, por supuesto, pueden ser motivo de pugna política, pero ya no vinculadas necesariamente a la capacidad de los mediadores locales. Estos pierden su suelo.

La vuelta institucional de echar abajo el entramado del INE es quizá lo más importante. Pues evade en la conformación institucional a los poderes locales que se han enseñorado en la designación de funcionarios. Desaparece los órganos locales, que incorporan a grandes contingentes de especialistas y burócratas que no han garantizado elecciones ni más limpias ni más equilibradas.

Rompe con el esquema del partido como forma de vida, al cuestionar el financiamiento permanente de las organizaciones.

Quizá esto es lo que explique la práctica inmovilidad de Morena al respecto. Nacido como partido-movimiento que responde a una coalición de acuerdos –tan diversos como la existencia de simpatizantes de Monreal y de AMLO– la organización enfrenta la ley de hierro de las organización, es decir, la formación de oligarquías y un sector que manejará el “aparato” y estará tranquilo viviendo de ello, así pierde o gane [es decir, una imitación del “chuchismo” perredista]. Son ellos los menos interesados en que esto pase, pues corta su propio financiamiento. Ese grupo no se ahorcará solo.

Muy probablemente no veremos la reforma tal cual aplicada, sino solo en sus puntos más álgidos –reformar el INE, enclave neoliberal– pero, sin duda, estamos lejos de lograr la transformación del sistema de partidos actual, caracterizado por la mercantilización de la política. Se cumplirá lo urgente, aunque no todo lo necesario.