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Las elecciones presidenciales colombianas, ¡un giro decolonial!



Las elecciones presidenciales colombianas, ¡un giro decolonial!*

Ricardo Sanín Restrepo[1]

“Colombia ha elegido a su primer presidente de izquierda” o alguna variación de este titular es la abrumadora descripción de la prensa internacional de las elecciones presidenciales de Colombia del pasado domingo. Es una descripción correcta, tan correcta como decir que un pequeño grupo de presos se sublevó en una prisión conocida como La Bastilla el 14 de julio de 1789, correcta como un acontecimiento que empieza a ocupar su propio espacio de producción de verdad. Sin embargo, lo que quiero mostrarles es que lo ocurrido el domingo en Colombia no es solo la promesa de un nuevo comienzo, sino como tal un giro histórico trascendental, no solo para el país, sino para el país como núcleo posible de procesos más ambiciosos de decolonialidad[2].

Para entender a Colombia, primero hay que entender que durante los últimos 500 años lo que ha definido el país es el privilegio social y racial, jalonado por pesadas cadenas de exclusión y la represión violenta de la diferencia (cualquier diferencia que se atreva a apartarse un ápice de la fantasía del hombre blanco emprendedor). Este es en el corazón, no solo de lo que ha sido el país, sino de cómo se siente, y más importante aún, cómo parecía condenado, por algún tipo de destino o necesidad histórica, a ser.

Así, tenemos una élite exigua, blindada y alimentándose de privilegios feudales envueltos en el simulacro de la modernidad, la ley y los discursos de superioridad (del esfuerzo personal, de la clase social como algo merecido por la blanquitud; o en el concepto que lo encapsula todo: el patriarcado). Debajo de esa élite, una codiciosa pseudo clase media que, careciendo de todo y debiéndolo todo, sobrevive del deseo parasitario de lo que no tienen y que han sido adoctrinadas por el miedo mítico que el otro, las masas indígenas y negras, las masas femeninas y queer, es decir, el otro en resistencia, les arrebatará todo. Esta combinación letal es lo que hecho girar la rueda sucia de la corrupción política, y con ese miedo sembrado profundamente en ellos florece la industria bélica y la idea de que el papel del Estado y la ley es castigar y mantener intactos los privilegios. En el fondo de estos ciclos de violencia, el otro absoluto, silenciado, asesinado, esclavizado y privado de voz propia, pero siempre en resistencia y practicando así siempre la verdadera democracia como ejercicio permanente de la pura diferencia frente a modelos de unidad e identidad forzada sobre la que se construyó este país… hasta ahora.

Sin embargo, este “pueblo oculto”, como lo he llamado, organizó un movimiento político masivo, heterogéneo y compacto, el “Pacto histórico”, formado por todos los miserables de la tierra, los nadies, por todos los que tradicionalmente se han opuesto al patriarcado creando vastas zonas de resistencia basadas en la solidaridad y el amor. Sindicatos, exguerrilleros, afrocolombianos, artistas, mujeres, Lgbtq, estudiantes, partidos políticos periféricos, intelectuales, la Minga indígena, se unieron en torno a Gustavo Petro y armaron un muy sofisticado y novedoso proyecto democrático basado en la justicia social y la reconciliación nacional para deponer 500 años de colonialidad mientras intenta sacar el capitalismo, como dijo el propio Petro en su discurso de aceptación, del feudalismo. En estas páginas, hace ocho años, denuncié el intento de acabar con las ambiciones políticas de Petro, y aquí es donde estamos hoy.

Sin embargo, ha sido Francia Márquez, la nueva vicepresidenta de Colombia, una mujer negra que se ha levantado bellamente del pantano de la violencia colombiana y que, en términos tradicionales, ni siquiera debía sentir o hablar, quien le ha dado al movimiento y al país su más profundo y amplio significado filosófico y espiritual, la posibilidad de que todos nos curemos a través del amor al otro, reflejado en su lema de campaña, que más que un lema es una máxima ética, “Yo soy porque somos”. En consecuencia, lo que sucedió el domingo es que recuperamos no solo la posibilidad de imaginar una nueva historia, sino de un nuevo sentido de la temporalidad basado en un nuevo sentido de agencia, donde aquellos que se suponía que no debían ser, no solo devinieron en ellos mismos a través de la oscura rendija de la opresión, sino que alienaron la brecha hedionda de la soberanía donde la colonialidad se mantuvo firme durante siglos.

En este punto me gustaría analizar qué podría convocar esta victoria electoral en términos del “acontecimiento” y del surgimiento de un “pueblo” como giro decolonial definitivo.

El Pueblo Oculto

Permítanme comenzar con una afirmación conceptual directa y seca, la colonialidad como matriz de poder de la modernidad existe porque encripta el poder[3]. Encriptar el poder en la colonialidad es fusionar al “pueblo oculto” (los miserables, los don nadie) y el soberano en un cuerpo simulado e indistinguible para expulsar al pueblo (oculto), cuando sea necesario, del cuerpo político para que pueda ser confiscado y depuesto “en su propio nombre”. Este no es un rasgo secundario o superlativo del poder de la colonialidad, sino su núcleo mismo, su fundamento axiomático, la destrucción de la democracia legitimada en la democracia misma. No puedo pensar en otro lugar donde esto sea más evidente que en la historia colonial de mi país.

Aquí está la clave de todo, el pueblo en la colonialidad tiene un doble papel constitutivo: primero, es el fundamento cuasi-divino de legitimidad de todo lo que existe. Ese “nosotros el pueblo” santifica todo origen y acto (guerras, despojos, el espectáculo de derecho, etc.); pero segundo, el pueblo es el excremento sobre el que se puede ejecutar la violencia pura y absoluta. El pueblo como ser del no-ser, es el total afuera de la ley donde se ejerce permanentemente la soberanía como decisión sobre lo excepcional[4].

Claramente, el núcleo vital de la modernidad, el capitalismo y la colonialidad es tanto un sujeto como una agencia, “el pueblo”[5]. Sin embargo, es una totalidad escindida en su núcleo[6]. En la modernidad la clave de la encriptación es la conversión del concepto de pueblo en una sinécdoque. En consecuencia, una falsa totalidad (el pueblo de derechos humanos y constituciones, el blanco, el modelo masculino, el incluido) pasa a simbolizar y representar falsamente una infinidad imposible (los excluidos, los negros e indígenas, las mujeres, el pueblo oculto).

Como hemos establecido[7], el pueblo en su totalidad es una sinécdoque pars pro toto. Una parte absolutamente arbitraria (el ciudadano dentro de un estado nación, por ejemplo) define una infinidad inalcanzable (los marginados, el migrante forzado, la Minga). El pueblo como sinécdoque une una parte que sobra de la totalidad (simulada) y lo que le falta a la totalidad para convertirse en una verdadera totalidad, como el exceso irrepresentable de las democracias liberales. El pueblo oculto escapa a toda forma de representación y simboliza lo que existe más allá de lo representable[8] (las constituciones, las leyes, los tratados internacionales).

La negatividad inscrita en el seno de la colonialidad trae a la consideración del poder una extraña novedad: el pueblo oculto es la exclusión constitutiva de la colonialidad y, al mismo tiempo, el fundamento de su operatividad.

Como explica Agamben “La excepción es una especie de exclusión (…) Pero la característica más propia de la excepción es que lo que en ella está excluido no es, por estar excluido, absolutamente sin relación con la regla. Por el contrario, lo excluido en la excepción se mantiene en relación con la regla en forma de suspensión de la regla[9]”.

La fusión de la colonialidad y el liberalismo crea la máquina de poder más impermeable y tozuda de la historia[10]. Podemos formularla con una pasmosa sencillez: “¡el pueblo debe ser a la vez la excepción y el soberano (simulado)!”. La colonialidad logra su hazaña primordial: instaura al pueblo como soberano e inmediatamente se apodera de su soberanía como poder absoluto (poder constituyente) [11]. Todo ello manteniendo el simulacro de la soberanía popular como axioma político y jurídico y afirmando el pueblo como piedra angular de la ideología. Lo que se logra con esta fusión es la perfecta y abominable máquina de dominación que descansa sobre el firme soporte de un modelo trascendente de reconocimiento de los pueblos ocultos y a su vez garantiza que estos pueden ser destruidos en cualquier momento evocando su nombre como la justificación moral y ética de su propia destrucción[12]. Esto, lo que permite, entre otras cosas, es que veamos la guerra, la pobreza y la desposesión no solo como algo normal, sino legítimo.

Lo que ha sucedido o ha comenzado a suceder el 19 de junio en Colombia con la elección de la fórmula Petro-Márquez es nada menos que un claro comienzo del desocultamiento de los pueblos y la desencriptación de la soberanía en la colonialidad, el verdadero giro decolonial donde el pueblo se convierte en lo que nunca debió ser, una verdadera democracia. La alienación del abismo que falsamente separaba al pueblo como totalidad simulada y su contrapartida oculta. El evento de la elección es por lo menos el develamiento de una clara posibilidad del pueblo oculto de habitar el lugar de soberanía que fue simulado por la falsa construcción del pueblo como totalidad. Lo que nos está enseñando Francia Márquez, es que el 19 de junio el pueblo de Colombia comenzó a ver lo que siempre estuvo ante nuestros ojos, el pueblo en resistencia, “el otro” como el otro oculto, no solo contiene, sino que “es” el verdadero sentido de la democracia.

* Traducción al castellano del texto originalmente publicado en inglés en el sitio de Critical Legal Thinking https://criticallegalthinking.com/2022/06/24/the-colombian-presidential-election-a-decolonial-turn/

Bibliografía

Agamben, Giorgio. 1998. Homo Sacer: Sovereign Power and Bare Life. Stanford. Stanford University Press.

Mignolo, Walter. 2001. Cosmopolis: el Trasfondo de la Modernidad. Barcelona: Península.

Sanín-Restrepo, Ricardo. 2016. Decolonizing Democracy: Power in a Solid State. London & New York: Rowman and Littlefield.

_____ 2018. “The Meaning of the Encryption of Power as the Razor´s Edge of Politics”. In: Sanín-Restrepo, Ricardo. Decrypting Power. London & New York:  Rowman and Littlefield.

______2020. Being and Contingency: Decrypting Heidegger´s Terminology. London & New York: Rowman and Littlefield International. (Forthcoming).

Sanín-Restrepo, Ricardo and Marinella Machado Araujo. 2020a. “Is the Constitution the Trap? Decryption and Revolution in Chile.” Law and Critique, Vol 31, issue 1 2020.

[1] Académico y novelista colombiano. Autor de los libros “Decolonizing Democracy: Power in a Solid State” y “Being and Contingency: Decrypting Heidegger’s Terminology” (2016 y 2020) ambos con Rowman and Littlefield International (Londres), entre otros textos especializados.

[2] Mignolo, Walter. 2001. Cosmopolis: el Trasfondo de la Modernidad. Barcelona: Península.

[3] Sanín-Restrepo, 2020.

[4] Sanín-Restrepo 2016

[5]  Sanín-Restrepo 2016, 43.

[6] Agamben, 1998.

[7] Sanín-Restrepo and Araujo 2020.

[8]  Sanín-Restrepo 2016, 19; 40.

[9]  Agamben 1998, 18

[10] Sanín-Restrepo 2016, 200.

[11] Sanín-Restrepo 2016; Sanín-Restrepo 2020.

[12] Sanín-Restrepo and Araujo 2020.