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Las dos caras de García Luna en El Licenciado de Jesús Lemus

César Martínez (@cesar19_87)*

Dos veces quise preguntar a dónde íbamos y me estrellé con el silencio oficial de alguien que sólo cumple una orden.

 Jesús Lemus

Una gran contradicción atraviesa la magnífica crónica El Licenciado: García Luna, Calderón y el Narco del periodista Jesús Lemus. Pero no se trata de la contradicción entre beneficiar al Cártel de Sinaloa o al Cártel de los Beltrán Leyva durante los dos sexenios panistas en la presidencia de la República. Ciertamente, esta última contradicción también importa, pues el libro de Lemus publicado en 2020 habla con voz profética sobre los dos testigos que en 2023 marcaron el inicio y el fin del juicio al “súper-policía” mexicano en Brooklyn por narcotráfico y conspiración: Sergio Enrique Villarreal Barragán “El Grande”, por parte de los Beltrán, y Jesús Zambada, “El Rey”, representando al Pacífico.

No, la más profunda contradicción de El Licenciado está anunciada desde su título: ¿estamos lidiando con una inteligencia superdotada para la traición y la simulación capaz de engañar a los gobiernos de México y de Estados Unidos, un crack delincuencial que burló los sistemas políticos de ambos países? ¿O más bien estamos lidiando con un personaje producido por el viejo régimen corrupto y alcahueteado por Washington? En otras palabras: ¿Es Genaro García Luna muestra palpable de que incluso para delinquir es necesario talento, disciplina e imaginación; o más bien es él una nulidad carente de personalidad propia cuya función hubiera sido cumplida por cualquier otro licenciado o cualquier otro ingeniero o cualquier otro burócrata arribista y servil?

Si se me permite la comparación que no juzgo descabellada, Lemus en su crónica, (enriquecida tanto por su agudo análisis documental como por el drama vivido en carne propia), enfrenta la misma contradicción que la pensadora Hannah Arendt encaró en su crónica periodística al respecto de Adolf Eichmann en Jerusalén. Tratándose de un personaje acusado de operar la logística y el transporte del Holocausto, Arendt resistió la tentación de reproducir la imagen de Eichmann manufacturada por los medios y nos entregó “la banalidad del mal”: el hecho de que gente común, gente sin grandes virtudes ni grandes vicios, consienta y participe en los crímenes más horrendos teniendo un poco o un mucho de poder político.

Tal personaje, sin chispa de vida e incapaz de articular discurso para defenderse usando su propia voz, decía Arendt, “era como la hoja del árbol arrastrada por el remolino del tiempo.”

Así transcurre la narración de El Licenciado: por un lado, entre las descripciones de compañeros de escuela y vecinos definiendo a nuestro hombre como “alguien serio y dedicado a prepararse” o las de compañeros de oficina pintándolo como producto de “la disciplina y la cultura del esfuerzo”; y por el otro lado, las espontáneas descripciones de Sergio Enrique Villarreal Barragán “El Grande” para referir las limitaciones en la expresión verbal de El Licenciado, o la decepción llevada cuando este sicario, según su versión, conoció personalmente a uno de los dos presidentes que permitió a García Luna acaparar el control total del aparato represor heredado del PRI tras el “cambio” del año 2000.

Tal cual Arendt, Lemus ejerce el noble oficio del periodismo cuestionando el costosísimo autorretrato que García Luna se mandó a hacer con dinero público en Televisa y Tv Azteca, llenando el agujero de la nulidad de El Licenciado con un panorama más sombrío: el de un Estado criminal donde la apariencia de legalidad encubre toda una mentalidad burocratizada de quienes “solo cumplen órdenes”, ya sean políticos, funcionarios, agentes, empresarios o sicarios. Ante una personalidad sin ningún atractivo narrativo o literario, Arendt examina “la razón de Estado” como el comodín político que justificó el desprecio por la vida humana en el Siglo XX. Asimismo, Lemus transforma el drama de García Luna en historia del negro periodo donde a punta de montajes fue erosionándose la cultura jurídica de amplios sectores de clase media en México para quienes el único Estado de Derecho legítimo es el de la fuerza bruta, la mano dura, la barbarie y el “mátalos en caliente.”

La crónica de El Licenciado despega del terreno de lo periodístico y apunta a lo alto del juicio histórico cuando Lemus declara de forma lapidaria: “… fueron precisamente las estructuras de los cárteles las menos golpeadas; el llamado combate a la delincuencia estuvo mayormente focalizado en el ciudadano de a pie y en la delincuencia común.” Así, tras señalar que de las más de 200 mil personas acusadas de delitos contra la salud entre 2007 y 2009 solamente 732 pertenecían a Los Zetas/Golfo (0.3%) y 413 a Sinaloa/Beltrán Leyva (0.1%), el autor lanza una batería de preguntas sugiriendo que la Guerra de Calderón fue más bien una Guerra declarada contra el Pueblo de México:

¿Y los ejecutados? ¿Y los desaparecidos? ¿Y las personas injustamente encarceladas? ¿Y los cientos de militares y policías caídos en “el ficticio combate a la delincuencia”?

En suma, tras concentrar la tensión narrativa de El Licenciado sobre las dos contradicciones antes mencionadas, es decir, la contradicción entre Cártel de Sinaloa y Cártel de los Beltrán Leyva, y la contradicción entre el Genaro genio criminal y el Genaro burócrata sin personalidad, Lemus resuelve al estilo de Arendt evocando la imagen de la hoja arrastrada por el remolino del tiempo: “el agente del Cisen de mediana monta que en su escalada por el sistema político pudo amasar una fortuna más grande que la de muchos hombres de negocios.” No es pues al hombre de carne y hueso a quien Lemus juzga en las casi 300 páginas de su crónica indispensable, sino al corrupto sistema político: al Narco-Estado bajo cuya sinrazón en 2006 alguien le pegó un garrotazo a lo tonto al avispero.

*Maestro en Relaciones Internacionales por la Universidad de Bristol y en Literatura Estadounidense por la Universidad de Exeter.

Bibliografía:

Lemus, Jesús J. (2020) El Licenciado: García Luna, Calderón y el Narco, México: HarperCollins.