La inteligencia artificial no tiene la culpa de las desigualdades
Verónica González-List
En el debate público al que asistimos hoy, parece que va ganando la opinión de dejar los smartphonesde los estudiantes afuera de las aulas. La presidenta Claudia Sheinbaum Pardo ha aludido en diversas ocasiones a la postura del Papa León XIV, expresada en la Encíclica Magnifica Humanitas donde llama a “desarmar” la inteligencia artificial para evitar que aumente la desigualdad, que controle a las personas y que vulnere la paz. Suscribo firmemente sus preocupaciones pero discrepo absolutamente de su propuesta de solución. La inteligencia artificial es un recurso tecnológico que ayuda a organizar la comunicación y la información porque simula a la inteligencia humana, no es una máquina tomando el control de los gobiernos. Las desigualdades que el Papa exige subsanar estaban ahí desde muchas décadas atrás, son sistémicas, profundas y se resuelven atendiendo las causas que las generan. El hecho de que con las tecnologías digitales se exacerben las desigualdades no significa que las tecnologías provocan esas desigualdades, y justo por esta razón, al desarmar a la inteligencia artificial no van a desaparecer las desigualdades. Lo terrible con los recursos tecnológicos es que visibilizan sin filtros las desigualdades. Las comunican. Las exponen masivamente. Las informan descarnadamente. Antes no eran tan crudamente evidentes porque no había estas herramientas de comunicación y de difusión de la información al alcance de cualquier mano en el mundo.
Estoy convencida de que esa polarización que hoy se denuncia y se cuestiona con tanta vehemencia, existía antes de las redes sociales pero, dado que las posiciones políticas e ideológicas contrarias a la oligarquía no tenían acceso a los micrófonos ni a las cámaras de los poderes mediáticos masivos, entonces parecía que todos estaban de acuerdo con la misma narrativa. Antes de que la inteligencia artificial estuviera al alcance de los ciudadanos comunes, en los medios de comunicación prevalecía la interpretación de la realidad de las potencias dominantes. A la fecha sigue siendo así, pero como hoy cualquiera puede expresar su desacuerdo con un clic en sus redes sociales, los poderes oligárquicos aseguran que la polarización evidente en esas redes antes no existía. ¿Qué era en realidad lo que había? Falta de acceso. Falta de disponibilidad. Falta de herramientas digitales de comunicación y de difusión mastodóntica en las prótesis digitales de cualquier ciudadano. Entonces, si antes era imposible que una persona común pudiera expresar su opinión y que esta tuviera la posibilidad de llegar a oídos del poder, lo que naturalmente corresponde hacer es aprovechar estas herramientas que en México, apenas hoy, comienzan a estar al alcance de todos. Me parece que al señalar flamígeramente a la inteligencia artificial acusándola de exacerbar desigualdades, se desafana a las autoridades, al Vaticano que decidió entrar a la discusión y a los gobiernos, de trabajar en la erradicación de las desigualdades.
Ante la inteligencia artificial la solución es programar el destino
En 1958, tras una lucha en los tribunales por la autorización para estudiar en una escuela secundaria exclusiva para blancos, Mary Jackson se convirtió en la primera ingeniera negra de la NASA. Mary formó parte de un equipo liderado por Dorothy Vaughan, dedicado a hacer cálculos matemáticos, conocido como las West Area Computers: un grupo de mujeres matemáticas afroamericanas que, dadas las leyes estadunidenses de segregación racial, debían trabajar, comer y usar los baños del ala oeste del Centro de Investigación de Langley. En ese entonces, el vocablo “computadora” aludía a la profesión humana de realizar manualmente largas y complejas operaciones necesarias en los diseños aeronáuticos. Cuando en 1961 la NASA instaló su primera gran máquina computadora, Dorothy dedujo de inmediato que sus compañeras se quedarían sin trabajo de la noche a la mañana y se metió a la biblioteca a aprender el lenguaje de programación Fortran de forma autodidacta, que posteriormente le enseñó en secreto a sus compañeras. El desenlace de esta historia, que se puede ver en la película “Hidden Figures” dirigida por Theodore Melfi, es que estas mujeres terminaron operando las máquinas que supuestamente iban a reemplazarlas. Vemos que, ante la innovación tecnológica, la solución es programar el propio destino aprendiendo a usar las nuevas tecnologías. Evidentemente se requieren unos mínimos prerrequisitos. Un conocimiento referencial previo al que se puedan articular los nuevos datos. Pero frente a la incorporación de grandes cambios tecnológicos, las personas que realizan cotidianamente operaciones con las tecnologías, se adaptan. Y dado que los recursos tecnológicos cada día se actualizan y se superan, usar habitualmente las tecnologías les permitirá a los usuarios incorporar más rápido las nuevas características.
Cuando hablamos de las habilidades digitales que deriven en el mejor desempeño a lo largo de la vida, el mayor obstáculo no es la falta de capacidad para aprender cosas nuevas, sino la inercia cultural y el miedo a desaprender hábitos ya dominados. Las personas con dispositivos digitales no parten de cero cuando se mejoran las herramientas porque esas herramientas se diseñan para la continuidad, atendiendo el fenómeno técnico-sociológico conocido como “dependencia de la trayectoria”. Es un hecho que las tecnologías digitales podrían haber sido diferentes, quizás más intuitivas, quizás más incluyentes, quizás más amigables con el medioambiente, pero lo cierto es que por inercia cultural, se actualizan y escalan a partir del modo como ya operan.
Un bonito ejemplo que ilustra lo anterior está en la historia de la distribución QWERTY. Hace pocos años hubo un debate en torno a poner en orden alfabético las letras en las pantallas de cristal líquido de los teléfonos inteligentes. Los partidarios de la propuesta argüían que en la actualidad la gente no sabe mecanografía y que las teclas QWERTY no son útiles ni intuitivas. Pero esta distribución del teclado nació en el siglo XIX cuando las máquinas de escribir ya eran muy populares. Fue patentada por un periodista estadunidense llamado Christopher Sholes en 1874 (TEM, 2024). Sholes quería evitar que las varillas mecánicas que suben a golpear el papel para imprimir las letras se atoraran cada vez que se tecleaban rápidamente palabras cuyos tipos estaban físicamente muy juntos. Entonces los teclados de las máquinas se distribuían en dos filas de letras dispuestas en orden alfabético y cuando el usuario tecleaba rápido dos tipos juntos, la máquina se trababa, obligando al mecanógrafo a detenerse y desatorar las varillas antes de continuar el escrito. Sholes pasó años observando las letras que habitualmente van juntas en las palabras más comunes del idioma inglés y diseñó la distribución QWERTY, que no sólo logró evitar el enganche físico de las varillas mecánicas, sino que las manos izquierda y derecha se utilizaran alternadamente para escribir consecutivamente de modo equilibrado.
El orden en que aparecen las letras que hoy usamos en nuestros modernos dispositivos no se diseñó para ser cómodo, ni ergonómico, ni eficiente. Responde a un razonamiento del siglo XIX que evitó la ralentización del ritmo de la escritura porque se enganchaban las varillas de un mecanismo metálico.
Para que no creamos que la inteligencia artificial se va a apoderar de los gobiernos, necesitamos entender la razón de ser de su diseño, aceptar que difícilmente va a cambiar y comprender cómo ese diseño estructura nuestra comunicación actual y nuestras interacciones con los otros. En el futuro habrá interfaces más inclusivas y centradas en el ser humano que se concebirán con base en las herramientas del pasado. Entonces es comprensible aceptar que una buena forma de garantizar la participación social en la comunicación y la información a lo largo de la vida de las personas es que utilicen asiduamente las tecnologías digitales tal como las tienen a su alcance hoy.
Buenas noticias respecto al acceso pero malas respecto a la brecha
En México tenemos buenas noticias respecto al acceso a las tecnologías digitales. Según la Encuesta Nacional sobre Disponibilidad y Uso de Tecnologías de la Información en los Hogares (ENDUIT) del INEGI (2026), en 2025 México alcanzó un máximo histórico de conectividad con 104.9 millones de usuarios de internet, equivalente al 86.1% de la población de 6 años en adelante. Hace diez años, 39.1% de los hogares tenía acceso a internet (como Honduras hoy) y actualmente, el porcentaje de hogares con internet es de 78.3% (cinco puntos arriba de Colombia hoy, pero diez debajo de Chile). En las zonas rurales, el crecimiento fue de 6.7 por persona en acceso a internet, conformando el 75.6%. Hoy, el 97.3% de los usuarios accede a internet con un smartphone, siendo este el dispositivo que ha alcanzado una penetración prácticamente universal. En 2017, la brecha de uso de internet entre el ámbito urbano y rural era de 31.9% y hoy es de 13.7%. Y en 2015, la brecha de uso de internet entre hombres y mujeres era de seis puntos porcentuales y hoy es de sólo un punto. Estos números son sobresalientes, sobre todo si los comparamos con Honduras, por ejemplo, cuyo acceso general a internet es de 54.8%, y con Bolivia, donde los hogares con internet son el 55%. Pero frente a Chile, el acceso de 86.1% de la población mexicana con acceso a internet en 2025 palidece, ya que en el país del fin del mundo la población alcanza un acceso general del 92%, debido a que invirtió masivamente en infraestructura de fibra óptica residencial y logró que el 80.9% de sus usuarios móviles tengan planes de contrato y no de prepago. Sin embargo vemos que en México la conectividad ya no es el problema de “antenas” que se padecía hace 10 años. Ahora se requiere subsanar la calidad de acceso y de uso con enfoque de equidad.
Pero el hecho de que el 86.1% de los mexicanos esté conectado primordialmente con un smartphone(sólo 38.1% de personas usaron una computadora) que además, en su amplia mayoría es de prepago, abre una discusión profunda sobre el verdadero significado de la inclusión. Los teléfonos inteligentes con datos limitados sirven muy bien para el consumo rápido de contenidos: redes sociales, mensajería, streaming, pero no son adecuados para la producción del conocimiento. Un ensayo como este, si bien podría haber sido escrito en un smartphone, seguramente habría requerido al menos el doble de tiempo de producción para quedar tal como se lee. Es sumamente difícil preparar un currículo académico, programar un código, tomar un curso virtual que implique producción de contenidos, hacer pódcast de calidad y resolver el examen digital de acceso a la UNAM, en pantallas de seis pulgadas. Estar conectado no significa estar alfabetizado digitalmente. La educación inclusiva debe exigir que el acceso transite del celular que es primordialmente un dispositivo de consumo, a herramientas que permitan la creación de contenidos y el desarrollo de competencias digitales, garantizando una infraestructura digna.
Dado que el acceso a internet mediante teléfonos celulares indica un uso pasivo del dispositivo que además está orientado al consumo de contenidos hegemónicos controlados por algoritmos, el uso predominante del smartphone en México, que no deja de ser muy buena noticia, muestra a una población expuesta a comunicaciones verticales controladas por intereses dominantes en las redes sociales. La alfabetización tiene que enseñar a los ciudadanos a erosionar esta inercia. El aprendizaje permanente debe capacitar a los adultos para dejar de ser simples generadores de datos comerciales y utilizar el internet móvil como trampolín de emancipación educativa, social y económica.
¿Cómo vamos a aprender a entender de qué manera los algoritmos reorganizan el conocimiento para después tomar decisiones respecto a la participación de los algoritmos en el ámbito del conocimiento y la información? Usando a los asistentes, a las plataformas, a los software, a las redes sociales. En México tenemos esta expresión de “agarrar el modo”, la usamos para indicar que alguien ya entendió la forma correcta de tratar a una persona, a una situación, a una máquina. Así como pasadas las primeras semanas del curso los estudiantes ya “agarraron la maña” de la clase, así se aprende a usar las tecnologías digitales favoritas.
Necesitamos al menos un norte, una noción básica de cómo operan los algoritmos.
¿Y cómo vamos a entender cómo operan los algoritmos? Al usar las plataformas entendemos cómo está configurado un asistente determinado conforme más lo usamos. Y cuando sucede una modificación en sus algoritmos, lo notamos de inmediato: “antes esto servía así y tenía esta función y ahora ya no se puede hacer eso”. Así como hay una red social para cada gusto y cada usuario entiende a su red favorita, los muy asiduos detectan cuando se modifica la configuración y lo expresan en la propia red, cuestionándola. Los usuarios frecuentes de Twitter notaron los diametrales cambios que Elon Musk le hizo a la red cuando la adquirió, y los cambios posteriores que le hizo cuando le cambió el nombre por X, y los de apenas hace un par de meses. La red ya no cumple las funciones para las que fue creada. El debate democrático ya no opera con las lógicas de la red antes de Musk. Ni lo critico ni lo aplaudo, sólo pongo el ejemplo de cómo, como usuarios, vamos comprendiendo los algoritmos.
Es mucho más probable que aprovechemos mejor los recursos de las tecnologías digitales si las usamos excesivamente, que si no las usamos nada. Es mucho más probable que la inteligencia artificial nos asista en el conocimiento si conversamos con ella que si no le hablamos. Que nos guste o no ya es irrelevante: las tecnologías digitales no tienden a desaparecer. Al contrario. La alfabetización digital ya no es formar a las personas en habilidades técnicas para usar las tecnologías digitales, sino en los objetivos y en los principios y en los valores que promueven una ciudadanía digital autónoma de profunda participación cívica.
La alfabetización digital es cívica
El uso habitual y cotidiano de distintas plataformas y redes sociales no sólo incide favorablemente en la adquisición de habilidades digitales, también fomenta la participación en actividades de índole diversa. Escofet y otras investigadoras (2025) aseguran que los ciudadanos con mayores habilidades digitales son más propensos a participar en una amplia gama de acciones cívicas, incluidas las actividades políticas y sociales. La alfabetización digital es importante porque contribuye a promover el compromiso cívico de los ciudadanos ya que fomenta el intercambio de información, la organización de actividades de diversa índole y la toma de decisiones explicitada públicamente, todo con criterios socializados y con más información. Y en el sentido inverso, la falta de habilidades digitales no sólo afecta aquello directamente relacionado con el uso de las herramientas tecnológicas, también menoscaba la deliberación democrática y la participación cívica.
La alfabetización digital puede contribuir a la inclusión y al empoderamiento de la ciudadanía lo que, a su vez, redunda en un fortalecimiento del compromiso cívico y de los principios democráticos de la sociedad. Como resultado, la alfabetización digital puede aumentar el impacto cívico en términos de inclusión, empoderamiento, aprendizaje y experimentación (2025, pág. 467). En adición, nuestras autoras afirman que esa participación cívica que se observa en personas que desarrollaron mejores habilidades digitales, no sólo promueve el compromiso cívico de los ciudadanos: “también fomenta el intercambio de información y la organización de eventos, así como una toma de decisiones en asuntos públicos con más criterio e información más precisa”. (2025, pág. 468)
Como pudimos deducir con Dorothy aprendiendo Fortran y después replicando su estrategia con sus compañeras, la alfabetización digital se convierte, a su vez, en un medio para el pensamiento crítico, la resolución de problemas y la inclusión, eso sin contar que la innovación pedagógica va implícita: es más probable que a un profesor se le ocurran formas originales y novedosas para que sus estudiantes desarrollen habilidades mediante el uso de las herramientas digitales cuando él usa esas herramientas, que cuando les rehúye.
La alfabetización digital no sólo abarca habilidades tecnológicas y otras capacidades técnicas necesarias para participar en comunidades en línea, además implica habilidades operativas para usar dispositivos digitales, habilidades cognitivas como leer, comprender y evaluar contenido digital, así como pensamiento crítico sobre la información proporcionada por los medios digitales.
En la alfabetización digital, las habilidades técnicas están subsumidas, son un simple requisito previo. La alfabetización digital implica conocimiento de los contextos digitales: saber qué función desempeñan las distintas plataformas, cuál sería la razón para participar o no en ellas, qué utilidad aportan. Cuando en el 2015 mi suegro creó su cuenta en X entonces llamada Twitter, más de diez años después de lanzada la red en México dijo todo enojado: “Ajá, ya la abrí, ¿y ahora qué?”. Hay una necesidad de fijarse menos en los dispositivos tecnológicos y en las habilidades técnicas para usarlos eficientemente, y más en las capacidades críticas para encajar su uso en las dinámicas capitalistas, el empoderamiento personal y la deliberación democrática.
Referencias
Escofet Roig, A., López Costa, M., & Sanz Martos, S. (2025). Hacia la ciudadanía digital: la participación de las mujeres en entornos digitales. Educar, 61(2), 465-480. https://doi.org/https://doi.org/10.5565/rev/educar.2296
INEGI. (2026). Encuesta Nacional sobre Disponibilidad y Uso de Tecnologías de la Información en los Hogares (ENDUTIH). Reporte de resultados 19/26. https://www.inegi.org.mx/contenidos/saladeprensa/boletines/2026/endutih/ENDUTIH_25_RR.pdf
TEM. (20 de 04 de 2024). Chistopher Latham Sholes. La necesidad es la madre de la invención. Electronic Components: https://www.tme.com/mx/es/news/library-articles/inventors/page/57460/christopher-latham-sholes-la-necesidad-es-la-madre-de-la-invencion/