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La comuna de Cali

Por Odín Ávila Rojas[1]

Una de las enseñanzas que la Comuna de París en marzo de 1871 dejó en la historia, fue mostrar que la población trabajadora y civil tiene la capacidad y potencia de responder contra los abusos e injusticias del poder político mediante la apropiación colectiva y social de los espacios urbanos. En este sentido, ciudades colombianas como Cali, a partir del 28 de abril del 2021 a la fecha, se han enfrentado a la misma problemática de violencia extrema y abuso de poder que los franceses en el siglo XIX. Pero a diferencia del pueblo parisino, la resistencia caleña se inserta en un contexto, por un lado de emergencia sanitaria por la propagación del virus del Covid-19, y por otra parte este tipo de resistencia social y colectiva es una de las múltiples respuestas contra la imposición de las reformas tributaria y de salud de corte neoliberal a cargo del presidente Iván Duque y el gobierno colombiano.

Hay que señalar, la resistencia de los caleños hasta el momento ha sido compuesta por movilizaciones masivas y plurales, en la que el papel de las juventudes en las redes virtuales medios electrónicos y las calles ha sido protagónico en la organización y resignificación de los mismos espacios de la lucha social. A tal grado que son quienes han  impulsado el ejercicio de las asambleas en las calles. Dichas asambleas han mostrado que la ciudadanía también puede empoderarse colectivamente de la ciudad y sembrar semillas de gobierno desde lo social.

Otro de los actos de protesta que se han efectuado en Cali y otras partes del país ha sido el derrumbamiento de las estatuas de conquistadores esclavistas como Sebastián Balcázar a cargo de indígenas misak. Un derrumbamiento que se ha llevado a cabo desde el 2018 por el movimiento indígena, cuyo objetivo sigue siendo la denuncia y cuestionamiento a las relaciones de poder coloniales que no han dejado de ser reproducidas en la ciudad y el país entero. Relaciones de poder que, por cierto, son un elemento definitorio en la geopolítica y neocolonialismo del capital que sucede en la actualidad.

En contraste con la lógica de la violencia estatal que se ha basado en el fomento de la violencia y el uso de  armamento como las tanquetas lanzadoras de proyectiles múltiples. Tecnología armada cada vez más sofisticada y que se usa por primera vez en Latinoamérica por las fuerzas del Estado para reprimir a las manifestaciones sociales y meter miedo a la población. Si el gobierno usa tanquetas de lanzamiento de múltiples fusiles, la gente responde con asambleas y esfuerzos por ejercer sus derechos de manera democrática.

Por lo tanto, el gobierno nacional colombiano innova con tecnologías de represión y sometimiento sobre el cuerpo social, mientras los colombianos aportan tanto con su experiencia como con sus  prácticas asambleístas y de acción colectiva lo que podría ser la semilla de nuevas maneras de gobernar y construir los espacios urbanos en países en los que el Leviatán de la violencia domina y el Behemoth camina en las calles bajo los rostros del pueblo colombiano.

Las causas de los caleños como de todas y todos los colombianos proviene no únicamente de la imposición de reformas neoliberales sobre ellos, sino también de una serie de acumulación de agravios y hartazgos que sienten miles de trabajadores, desempleados, estudiantes, indígenas, afrodescendientes y de los diversos grupos étnicos, clases y estratos sociales al no experimentar cambios sustanciales que los ayuden a superar su situación  de pobreza, desigualdad, injusticia, explotación, despojo y exclusión.

Una condición que sufren más de dos millones que viven en la ciudad y que se agrega a la de millones de colombianos en otros territorios del país. Precisamente, según datos de instituciones internacionales, Colombia tiene casi 60% de su población en pobreza monetaria y tiene un índice GINI (medida de desigualdad del Banco Mundial) de 51.3% lo que confirma la situación y condición profunda de miseria, precariedad y marginación que enfrentan los colombianos. A esto se le debe sumar los más de 1100 asesinatos y actos de violencia contra líderes, activistas y periodistas por defender los derechos humanos en territorios de conflictos armados en el país.

Además, es inevitable ver a América Latina reflejada en Colombia y en esas venas abiertas como decía Eduardo Galeano y que todavía no han sido cerradas. Y mucho menos, si todavía existen gobiernos autoritarios como el colombiano, cuyas políticas de control, manejos y administración de la población cierran el diálogo en lugar de abrirlo. Aquí se puede observar que la necropolítica es llevada a su máxima expresión, porque a la esfera gubernamental no le interesa la vida del ciudadano, sino la muerte de ellos. La muerte para lograr cumplir sus compromisos en términos de tratos y negocios con los grandes capitales trasnacionales.

Por eso, la comuna que se comienza a generar en Cali es una experiencia importante que debe ser recuperada y reflexionada para entender que el mayor enemigo que actualmente enfrentan las luchas sociales en este país y América Latina no es la pandemia en sí, sino el espectro del fascismo societal que se hace presente incluso en contextos en los que los sistemas democráticos electorales se han fortalecido en reglas y términos instituciones vigilantes del proceso, pero no en los espacios comunitarios y colectivos que son el núcleo de la democratización.  Sin la construcción de estos espacios no hay democracia real y efectiva.

La diferencia entre el fascismo de regímenes políticos como el de Benito Mussolini y el de tipo societal consiste en que el primero corresponde a una época determinada enmarcada en una Segunda Guerra Mundial, mientras el segundo se caracteriza por ser el resultado de la tendencia privatizadora neoliberal del Estado en las últimas décadas del siglo XX como plantea Boaventura de Sousa Santos. Colombia es un claro ejemplo de esta privatización, pero también de las luchas contra las políticas y gobiernos que han tratado de imponer dicha lógica en los ámbitos de la salud, la educación y fiscales del pueblo.

De ahí que la tarea que nos queda a todas y todos, por un lado es desentrañar la naturaleza de este tipo de régimen dictatoriales para impedir que se repitan en nuestra historia; por otra parte debemos reflexionar hasta qué punto experiencias comunitarias y ciudadanas que expresan ciudades como Cali pueden llegar a tener impacto nacional y contribuir a la generación de alternativas realmente democráticas pensadas desde la imaginación epistemológica que nos han enseñado las luchas sociales.

[1] Mexicano. Doctor en Ciencias Sociales por la UAM Xochimilco. Profesor e investigador de la Universidad del Cauca, Colombia. Contacto: avilaodin@gmail.com/odinavila@unicauca.edu.co.

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