La acumulación invisible: cuando la vida se vuelve capital digital

La acumulación invisible: cuando la vida se vuelve capital digital

Élodie Ségal

Profesora/Investigadora, UAM Cuajimalpa,

Doctora en Sociología de trabajo, Centre Pierre Naville, Francia.

La sociología del trabajo se construyó durante décadas a partir de una escena relativamente estable: la fábrica, el taller, el horario, el salario. Esa escena organizó tanto las prácticas productivas como las categorías analíticas con las que se pensó la relación capital–trabajo. Hoy, sin embargo, ese marco parece haberse disuelto. Ya no hay muros visibles, ni capataces claramente identificables, ni tiempos delimitados entre trabajo y no trabajo (Antunes, 2018). La desaparición de la fábrica como espacio material central no ha supuesto, sin embargo, el fin de la explotación. Por el contrario, ha dado lugar a formas más difusas, más íntimas y, por ello mismo, más difíciles de nombrar.

En el capitalismo digital, no solo se trabaja: se produce valor al vivir. Al comunicarse, desplazarse, mostrarse y evaluarse mutuamente, las personas generan datos, reputación y visibilidad. Estos elementos, lejos de ser neutros, constituyen hoy una fuente central de acumulación (Ségal, 2025a). La vida cotidiana se convierte así en materia prima de un nuevo régimen económico, en el que la frontera entre trabajo, consumo y sociabilidad se vuelve cada vez más porosa.

Desde esta perspectiva, el llamado capital digital no puede entenderse únicamente como una competencia técnica —saber usar plataformas, manejar herramientas o adaptarse a dispositivos—. Se trata, más bien, de una forma específica de capital, ligada a la capacidad de transformar visibilidad, reputación y exposición de la subjetividad en valor económico y social. Un capital que no se acumula en fábricas ni en oficinas, sino en interfaces, algoritmos y métricas aparentemente triviales.

Esta acumulación es, en gran medida, invisible. Invisible porque se presenta como autonomía, como juego, como oportunidad individual. Invisible porque desplaza la relación de explotación hacia el interior de los sujetos, bajo la forma de autoexigencia, disponibilidad permanente y competencia constante. Invisible, finalmente, porque oculta las profundas desigualdades sociales, de género y geopolíticas que la atraviesan.

El objetivo de este ensayo es proponer una conceptualización crítica del capital digital como mecanismo central de la economía de plataformas, articulando esta noción con las transformaciones históricas del trabajo y con las formas contemporáneas de explotación subjetiva. Lejos de anunciar una ruptura radical con el pasado industrial, se sostiene aquí que el capitalismo digital prolonga y profundiza lógicas ya existentes, al tiempo que las extiende al conjunto de la vida social.

  1. La fábrica difusa: del taller al algoritmo

Para Pierre Bourdieu, el mundo social es historia acumulada. Sus nociones de capital económico, cultural, social y simbólico permiten comprender cómo se reproducen las jerarquías sociales y cómo el poder se distribuye de manera desigual entre los distintos grupos (Bourdieu, 2001). El capital no existe en abstracto: se despliega siempre en campos de lucha estructurados por relaciones de fuerza históricamente situadas. Esta perspectiva resulta central para pensar las transformaciones contemporáneas del trabajo.

Siguiendo el análisis desarrollado en Sin salir de la fábrica: la subjetividad atrapada en la era del capitalismo digital(Ségal, 2025b), el capitalismo no ha dejado de buscar nuevas formas de capturar la energía humana. El taylorismo racionalizó el oficio y subordinó el cuerpo obrero a una vigilancia directa; el fordismo legitimó esta subordinación mediante el acceso al consumo masivo y la protección social. Con la crisis de los años setenta y el ascenso del toyotismo, la explotación dio un giro decisivo: la presión dejó de ejercerse únicamente desde el exterior y comenzó a desplazarse hacia la subjetividad del trabajador. La participación forzada, los círculos de calidad y la lógica del just in time trasladaron el control a la implicación emocional, a la autoexigencia y a la relación con el cliente.

En el capitalismo contemporáneo, caracterizado por Shoshana Zuboff (2020) como capitalismo de vigilancia, esta lógica se intensifica. Ya no se trata únicamente de producir mercancías, sino de producir datos, afectos y atención (Ségal, 2025a). La gestión algorítmica elimina la mediación humana y convierte al algoritmo en juez y ejecutor, instaurando un control opaco, continuo y difícilmente impugnable.

En este contexto, el concepto de trabajo no clásico desarrollado por Enrique de la Garza Toledo (2010) resulta central. La frontera entre producción y consumo se desdibuja, y el usuario —cliente, consumidor, trabajador— se convierte en coproductor de valor, trabajando gratuitamente al generar información, evaluaciones y contenidos. Es sobre este terreno —una fábrica sin muros, sin horarios y sin centro visible— donde la subjetividad se convierte en el principal insumo productivo. Y es precisamente ahí donde se inscribe la noción de capital digital que aquí se propone.

  1. El capital digital: visibilidad, reputación y extracción de la subjetividad

Aplicada a la realidad de la economía de plataformas (Srnicek, 2017), la lógica bourdieusiana permite identificar el capital digital como una forma específica de poder. No se reduce a la posesión de dispositivos ni al dominio de competencias técnicas, ni equivale simplemente al capital cultural institucionalizado. El capital digital es, ante todo, un poder de conversión: la capacidad de transformar visibilidad, reputación y exposición de la subjetividad en valor económico y social.

Este capital opera bajo la lógica de lo que he denominado una economía de la explotación subjetiva (Ségal, 2025b) y puede identificarse a partir de tres dimensiones estrechamente articuladas.

En primer lugar, el capital digital implica la incorporación de un habitus algorítmico. Retomando la definición bourdieusiana del habitus como sistema de disposiciones duraderas, este se traduce, en el universo digital, en la capacidad práctica de anticipar las reglas implícitas de los algoritmos. Trabajadores de plataformas y creadores de contenido interiorizan las lógicas de visibilidad de Instagram, TikTok o Uber: saben cuándo publicar, cómo titular, qué emociones movilizar y qué tipo de interacción maximiza el compromiso. Se trata de una forma de capital cultural incorporado que permite adaptarse a un entorno de control algorítmico y optimizar la extracción de valor.

En segundo lugar, el capital digital se materializa en métricas objetivadas de reputación: seguidores, likes, calificaciones y reseñas. En la economía de plataformas (Srnicek, 2017), la reputación cuantificada se convierte en el principal activo de la persona trabajadora. Una diferencia mínima en la puntuación puede significar acceso preferente al trabajo o, por el contrario, la exclusión silenciosa mediante la desconexión algorítmica. El capital simbólico se transforma así de manera inmediata en capital económico, bajo condiciones de extrema volatilidad y dependencia de evaluaciones permanentes.

En tercer lugar, y de forma particularmente crítica, el capital digital se basa en la mercantilización de la subjetividad y de la intimidad. El capitalismo digital captura cuerpos, emociones e identidades, convirtiéndolos en datos monetizables. Plataformas como OnlyFans (Bernal Calderón, 2025; Gómez Oña, 2022) ilustran esta lógica, donde se pone en juego lo que he denominado el capital erótico (Ségal, 2025b). El capital digital mide, en este sentido, hasta qué punto la vida —la imagen, los afectos, la privacidad— puede ser empaquetada y vendida en el mercado de la atención.

  1. Acumular en la precariedad: capital digital, clase y género

Lejos de constituir un espacio meritocrático, la distribución del capital digital reproduce y amplifica desigualdades estructurales. Su acumulación depende de recursos previos y refuerza asimetrías de clase, género y geopolíticas.

Desde una perspectiva de clase, acumular capital digital exige tiempo, estabilidad y recursos materiales que la clase precaria moderna no posee (Hirata, 2014) . Mientras los sectores privilegiados utilizan las plataformas para el ocio o el networking estratégico, las clases trabajadoras —y de manera especialmente marcada las mujeres, personas migrantes y racializadas— se ven atrapadas en dinámicas de autoexplotación y disponibilidad permanente. El trabajador y la trabajadora de plataformas no acumulan capital digital para sí mismos: producen datos que alimentan el capital informacional y económico de la empresa. La figura del “cliente-trabajador”, que se autogestiona a través de aplicaciones, no encarna una forma de empoderamiento, sino un mecanismo de transferencia gratuita de valor hacia la corporación.

En términos de género, el capital digital revela una de sus facetas más perversas. La intersección entre patriarcado y precarización empuja a muchas mujeres a mercantilizar su cuerpo y su intimidad como estrategia de supervivencia (Martell Cerón y García Rentería, 2022). El llamado capital erótico no constituye una liberación, sino una adaptación forzada a un mercado laboral que valora los cuerpos femeninos como mercancías visuales. Aunque algunas trayectorias individuales puedan traducirse en movilidad social, para la mayoría se trata de una supervivencia condicionada por algoritmos que refuerzan estereotipos y premian la hipersexualización bajo el discurso del emprendimiento.

La dimensión geopolítica completa este panorama. Las grandes plataformas tienen su sede en los países centrales, desde donde organizan la extracción de valor a escala global. El capital digital se concentra en Silicon Valley, mientras el trabajo digital —moderación de contenidos, etiquetado de datos, conducción— se externaliza al Sur Global. En América Latina, marcada por la informalidad y los bajos salarios, se configura una reserva de mano de obra de datos (Morales Ramírez, 2025). El capital digital opera así como un mecanismo neocolonial que extrae atención y subjetividad de la periferia para reforzar la hegemonía financiera del centro.

  1. La fábrica algorítmica: control, desposesión y resistencia

La conceptualización del capital digital abre una discusión política ineludible. Como ha señalado Christophe Dejours (1998), el trabajo no es solo una actividad productiva, sino un espacio de conflicto, sufrimiento y construcción colectiva de sentido (Neffa, 2015). ¿Cómo disputar ese sentido cuando el lugar de trabajo es un algoritmo?

La gestión algorítmica y la gamificación disimulan la relación de explotación, transformándola en una competencia permanente por puntos, visibilidad y prestigio. Esta lógica fragmenta la solidaridad y desplaza el conflicto: ya no se lucha contra un patrón identificable, sino contra otros trabajadores dentro de rankings opacos.

Frente a las lecturas que anuncian un horizonte de trabajo a muerte (Ogilvie, 2017), asumir esta deriva como inevitable conduce a la resignación. El capital digital no es en sí mismo el enemigo; lo es el modelo de propiedad, control y apropiación del valor que lo organiza. Resistir implica des-fetichizar lo digital: reconocer que los datos son trabajo, que la reputación es trabajo acumulado y que la visibilidad es valor producido colectivamente.

Reimaginar el trabajo como espacio de emancipación exige políticas públicas que regulen la propiedad de los datos, promuevan formas de cooperativismo de plataforma y garanticen derechos laborales plenos, incluido el derecho a la desconexión (Couldry y Mejias, 2019). En contextos como el mexicano, donde el trabajo no clásico constituye la norma, reconocer legalmente que la actividad en plataformas genera valor —y debe ser remunerada y protegida— es un paso indispensable para enfrentar la precariedad digital.

 

Conclusión. Hacer visible la acumulación invisible

Este ensayo ha propuesto una conceptualización del capital digital no como una habilidad técnica, sino como un sistema de conversión de valor basado en el habitus algorítmico, la reputación cuantificada y la mercantilización de la subjetividad. Al articular la teoría de los capitales de Bourdieu con el análisis de las transformaciones contemporáneas del trabajo, se muestra que el capital digital constituye uno de los motores centrales de la economía de la explotación subjetiva.

Lejos de romper con las lógicas del taylorismo, el capitalismo digital las vuelve invisibles y autoimpuestas. La fábrica no ha desaparecido: se ha expandido hasta abarcar la totalidad de la vida cotidiana. El desafío político y sociológico del presente consiste en hacer visible esta acumulación invisible y en construir formas colectivas que impidan que la subjetividad siga siendo, indefinidamente, la materia prima de la riqueza ajena.

Bibliografía

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Ségal, É. (2025b). Sin salir de la fábrica: la subjetividad atrapada en la era del capitalismo digital. Orientación y Sociedad, 25(1).DOI: https://doi.org/10.24215/18518893e083

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