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Hacia una crítica de la crítica de Octavio Paz. Breves apuntes en torno a Postdata

Hugo Nateras

Introducción

En la historia cultural del México de la segunda mitad del siglo XX se ha vuelto casi un lugar común recordar y exaltar el “gesto rebelde” que tuvo Octavio Paz al renunciar a su cargo de embajador en la India tras enterarse de lo que había ocurrido en la plaza de Tlatelolco el día 2 de octubre de 1968. La historia, relatada por muchos, comenzó cuando a unos pocos días de la matanza estudiantil el intelectual escribió el poema “México: Olimpiada de 1968” y prosiguió cuando algunos medios periodísticos de la capital mexicana comenzaron a difundir la versión de que estaba preparando su renuncia al Servicio Exterior Mexicano. Lo que motivó que la propia secretaría emitiera un comunicado el día 18 de octubre en el que confirmaba la noticia de que Paz efectivamente había dejado de prestar sus servicios diplomáticos.[1]

La noticia, como era de esperarse, pronto causó revuelo en el campo cultural mexicano, por lo que algunos grupos de escritores e intelectuales salieron públicamente en defensa del poeta y se solidarizaron con él. Y si bien recientemente Jacinto Rodríguez ha documentado que Paz nunca renunció, sino que solicitó ser puesto “en disponibilidad” (término técnico que significaba tomar una licencia por tres años y regresar cuando así lo deseara, preservando su sueldo íntegramente), esto no ha imposibilitado que el acto del autor de El laberinto de la soledad siga siendo leído e interpretado como una “protesta única y valiente”, como un “acto moral audaz” o como el grito encendido del intelectual que se opuso de frente al régimen autoritario mexicano.[2]

Interpretación que no ha hecho más que reproducirse, de una manera u otra, a lo largo de las últimas décadas. En ese sentido ejemplos hay muchos, y sería complicado enlistarlos todos aquí, por lo que bastará con mencionar a un par de ellos como representativos de esta tendencia. En primer lugar tenemos a un Enrique Krauze, quien llegó a afirmar que, en comunión con la revuelta estudiantil, “Paz se iba a su revolución en el acto de romper con una revolución petrificada” y que ese “acto de libertad” había tenido repercusiones no sólo en México, sino en toda América Latina.[3] O el mismo Carlos Fuentes, que señaló que Paz había protagonizado la ruptura más clara y digna de la inteligencia mexicana con el poder represivo.[4]

Ahora bien, tras “separarse” de su cargo en el continente asiático, Paz estuvo viviendo por breves periodos de tiempo en países como Francia, Estados Unidos e Inglaterra, en donde impartió algunas conferencias sobre el tema del movimiento juvenil mexicano. Y precisamente una de estas conferencias que concedió en el mes de octubre de 1969 en la Universidad de Austin, Texas, fue la que le sirvió como base para elaborar uno de sus ensayos políticos más reconocidos: Postdata.

Si hemos vinculado la renuncia de Paz a su puesto como embajador y la publicación de su libro Postdata es porque la manera en que ha sido leído e interpretado este texto ha estado determinada directamente por ese acontecimiento. Es decir, el contenido del libro, las ideas desplegadas ahí, han sido pensados como una extensión escrita de esa “protesta única y valiente” frente al régimen autoritario y solidario con la revuelta estudiantil. Lo cual ayuda a explicar la existencia de aquellas valoraciones que ven en esta obra “una de las más cuidadosas revisiones filosóficas y políticas de los sucesos del 2 de octubre”.[5]

Precisamente, es esta interpretación que ve en Postdata uno de los ejercicios más críticos que se han escrito en el país sobre el sistema político mexicano y el movimiento estudiantil la que nos parece un objeto digno de análisis historiográfico y de discusión política. Pues todo parece indicar que su salida de la embajada, y la interpretación que se hizo de ésta, ha eclipsado los ejercicios de lectura más atentos y críticos del libro, que visibilicen y cuestionen asuntos como su idea de la historia, del tiempo, el papel de los mitos prehispánicos, así como en general la insuficiente explicación que nos ofrece sobre lo que ocurrió en la Plaza de Tlatelolco el 2 de octubre de 1968.

Por lo que en este breve ensayo buscaremos presentar, en principio, algunas de las líneas de discusión centrales que recorren los tres capítulos de los que se compone Postdata. Para en un segundo momento introducir un par de cuestionamientos que nos permitan entablar un diálogo con las ideas vertidas por Octavio Paz. Todo esto con la intención de que al final podamos arribar a un análisis que nos posibilite leer e interpretar el trabajo de este importante intelectual mexicano desde un mirador más amplio y quizá crítico.

Olimpiada y Tlatelolco

En el primer capítulo del libro Postdata, publicado bajo el sello de la editorial Siglo XXI a principios del año de 1970, Octavio Paz se concentra básicamente en dos aspectos: el análisis de las características del movimiento juvenil mexicano y la respuesta que el gobierno mexicano dio ante este fenómeno. En lo que respecta al primero de estos temas, el poeta le dedica unas líneas a lo que considera es la situación paradójica de los estudiantes. Pues ésta no era fruto de una condición socioeconómica adversa, sino que más bien era resultado de los largos años que pasaban aislados en sus centros de estudio. Ya que esa estancia los mantenía en una “situación artificial”, al ser una especie de “reclusos privilegiados” que vivían como “irresponsables peligrosos”. Los estudiantes, nos dice Paz, eran unos “seres reales en un mundo irreal”.[6]

La universidad, entonces, es vista por nuestro autor como el objeto y la condición de la crítica juvenil. Objeto porque era una institución que separaba a los jóvenes de la vida colectiva y de ese modo les anticipaba su futura “enajenación”, y condición de la crítica porque sin esa distancia que establecía entre el sector juvenil y la sociedad no habría ninguna posibilidad de crítica, pues los estudiantes ingresarían de inmediato en el “circuito mecánico de la producción y el consumo”. Para Paz esto último representaba la contradicción insalvable del movimiento juvenil, ya que si desaparecía la universidad podía desaparecer la posibilidad del ejercicio de la crítica. Lo cual le lleva a señalar que “la crítica de la rebelión juvenil es real, su acción irreal”.[7]

También nos indica que el movimiento estudiantil mexicano presentó algunas similitudes con lo que aconteció en otras latitudes, pero su idea central es que los jóvenes mexicanos no se propusieron nunca un cambio violento o revolucionario, su programa nunca tuvo tintes radicales. El movimiento juvenil “fue reformista y democrático” a pesar de que algunos dirigentes se encontraban vinculados con organizaciones de extrema izquierda.[8]

¿Por qué fue reformista y democrático el movimiento estudiantil de 1968? Paz responde que esto se debió a las circunstancias y al “peso de la realidad objetiva, ya que ni el temple de la sociedad mexicana era revolucionario ni tampoco lo eran las condiciones históricas del país. Su postura en este sentido es tan clara que no duda en afirmar que en México nadie quería una revolución sino una reforma, el objetivo era acabar con el régimen de excepción iniciado por el Partido Nacional Revolucionario cuarenta años atrás.[9]

Un momento clave de este primer apartado es cuando Paz argumenta que las revueltas juveniles eran un fenómeno que se daba de manera más acentuada en sociedades avanzadas y, en tal sentido, tanto el movimiento juvenil mexicano como las Olimpiadas eran signos del relativo desarrollo por el que atravesaba el país. Es decir, hasta aquí podría decirse que no había nada extraño en los sucesos de 1968, pues México al ser parte de ese mundo desarrollado estaba viviendo esos episodios de rebeldía juvenil al tiempo que era sede de un magno evento deportivo. Lo extraño, anómalo y discordante, fue la respuesta del gobierno mexicano, ya que esa “mancha de sangre” difuminó el optimismo oficial y generó un serio cuestionamiento sobre el sentido del progreso llevado a cabo.[10]

En lo que se refiere al modo en cómo interpreta la respuesta gubernamental, es importante anotar que sólo nos deja un atisbo en estas primeras páginas. Ya que nos presenta al gobierno mexicano como un individuo, como un sujeto, y nos dice que al negarse a hacer un examen de conciencia frente a la revuelta estudiantil evidenció una debilidad mental y moral que lo llevó a ejercer una violencia física. Desde su perspectiva, el gobierno nacional actuó como un “neurótico” que al enfrentarse con situaciones nuevas o difíciles tuvo que retroceder y cometer “acciones insensatas”, “conductas instintivas”, “infantiles” o “animales”. El gobierno mexicano “regresó” a épocas anteriores de su historia, pues la agresión no es otra cosa que un sinónimo de la regresión.

Fue una repetición instintiva que asumió la forma de un ritual de expiación; las que corresponden con el pasado mexicano, especialmente con el mundo azteca, son fascinantes, sobrecogedoras y repelentes. La matanza de Tlatelolco nos revela que un pasado que creíamos enterrado está vivo e irrumpe entre nosotros. Cada vez que aparece en público, se presenta enmascarado y armado; no sabemos quién es, excepto que es destrucción y venganza. Es un pasado que no hemos sabido o no hemos podido reconocer, nombrar, desenmascarar”.[11]

El desarrollo y otros espejismos

El segundo apartado comienza con un breve análisis histórico del sistema político del México posrevolucionario, en específico se concentra en el asunto de los partidos. Pues en los nombres del Partido Nacional Revolucionario (PNR), el Partido de la Revolución Mexicana (PRM) y el Partido Revolucionario Institucional (PRI) cree advertir los tres momentos clave del México moderno: creación del nuevo Estado, reforma social y desarrollo económico. Aunque es enfático en señalar que la misión del partido a lo largo de esas décadas del siglo XX no fue otra que la dominación política, en tanto control y manipulación de los sectores populares por medio de las burocracias que dirigían el sindicalismo obrero, las agrupaciones campesinas y de la clase media.[12]

Sobre el poder que ejerce el presidente de la República, Paz señala que es inmenso, aunque siempre acotado al momento de su investidura, ya que tras dejar el cargo desaparece. Y en clara sintonía con lo expresado en líneas atrás, afirma que la religiosa reverencia que inspiran los atributos impersonales del presidente en la población mexicana “es un sentimiento de raíz azteca”.[13]

El asunto clave del ejercicio crítico que realiza Paz sobre el funcionamiento del PRI se encuentra en la imagen o metáfora que utiliza para definirlo. Ya que nos dice que el rasgo decisivo del sistema político mexicano es la existencia de una burocracia política especializada en la manipulación de masas. “Hecho a la imagen de la realidad política y social del país, el PRI es una burocracia jerárquica, una verdadera pirámide”. Con este argumento busca sostener la idea de que, además de constituir una realidad política y social, esta pirámide encarna una “realidad imaginaria”, pues tanto el PRI como el presidente son “proyecciones míticas, formas en las que se condensa la imagen que nos hemos hecho del poder”.[14]

Líneas adelante Paz llega al tema del desarrollo y lo hace para enfatizar el hecho de que la opinión pública coincide en que todo intento de corrección de los problemas por los cuales atravesaba el país debía tener como premisa la reforma democrática del régimen. Pues sólo en un clima democrático podrán discutirse asuntos urgentes y graves como el excesivo crecimiento de la población y la cuestión del “desarrollo a toda prisa, cueste lo que cueste”.[15]

Ante las evidencias de los desastres ecológicos y sociales el poeta cuestiona el hecho de que no se haya retrocedido y buscado otros modelos de desarrollo. Tarea que requiere de ciencia, imaginación, honestidad y sensibilidad, pues ante el fracaso de todos los modelos provenientes del Oeste o del Este es un asunto de la máxima urgencia.[16] Un aspecto interesante de esta crítica al desarrollo que realiza Paz es que parece estar sustentada en una visión lineal de la historia, en la cual México vendría a la cola, ya que sostiene que aquello que ha terminado en los países desarrollados apenas se iniciaba en estas tierras. “Lo que es alba en México es ocaso allá y lo que es allá aurora no es nada todavía en México”.[17]

En este segundo apartado Paz nos deja otro claro indicio de la perspectiva con la cual interpreta los acontecimientos del 2 de octubre y la represión llevada a cabo por el gobierno mexicano. Ya que señala que:

El ejemplo del psicoanálisis me ahorra demorarme en una demostración fastidiosa: la persistencia de traumas y estructuras psíquicas infantiles en la vida adulta es el equivalente de la permanencia de ciertas estructuras históricas en las sociedades. Tales estructuras son el origen de esos haces de rasgos distintivos que son las civilizaciones. Civilizaciones: estilos de vivir y morir.[18]

Por último, en el cierre de este segundo capítulo el autor de El laberinto de la soledad se concentra en la cuestión de la crítica en nuestro país, y de manera certera apunta que para esos años existía una especie de “horror sagrado” a todo lo que oliera a crítica y disidencia intelectual, ya que cualquier opinión se transformaba en una querella personal, sobre todo si el objeto del comentario era el presidente.[19] Aunque aclara que en medio de ese escenario cerrado los que iniciaron la crítica no fueron los “moralistas” o los revolucionarios radicales, sino los escritores jóvenes. Crítica que no fue directamente política, sino verbal, “el ejercicio de la crítica como exploración del lenguaje y el ejercicio del lenguaje como crítica de la realidad”.[20]

Crítica de la pirámide

En el tercer apartado de Postdata vuelve a aparecer el tema del desarrollo, pero en esta ocasión lo hace como parte de la argumentación que apunta hacía la existencia de dos Méxicos: el desarrollado y el subdesarrollado. Ya que si bien es un problema de cuya solución depende la existencia misma del país, Paz se muestra crítico de las perspectivas abiertas por economistas y sociólogos que ven las diferencias entre la sociedad tradicional y moderna como una oposición entre desarrollo y subdesarrollo, como un asunto cuantitativo, en el que el asunto clave pasa a ser si la parte desarrollada puede absorber a la otra. El poeta, por su parte, cree que detrás de esas cifras existen “realidades psíquicas, históricas y culturales irreductibles a las groseras medidas que, por fuerza, debe utilizar el censo”.[21]

Lo que, desde la perspectiva de Paz, parece escapársele a economistas y sociólogos por igual es que cuando se habla del otro México, pobre y marginal, no sólo hablamos de una cuestión numérica, sino de verdad de otro país. Y es esa otredad la que le parece irreductible a nociones como pobreza, riqueza, desarrollo o atraso, ya que es un complejo de actitudes y “estructuras inconscientes” que no son meras supervivencias de mundos extintos, sino que son pervivencias sustanciales de nuestra cultura contemporánea.[22]

Si bien nuestro autor no está seguro de que la expresión otro México sea la más precisa, no cree haber encontrado otra que le ayude a explicar este fenómeno. Pues con este término quiere designar esa “realidad gaseosa” que se encuentra conformada por creencias, imágenes y conceptos que la historia ha depositado a lo largo del tiempo en lo que llama la “psiquis social, esa cueva o sótano en continua somnolencia y, asimismo, en perpetua fermentación”.[23]Para Paz, en síntesis, hablar del otro México es evocar una realidad compuesta de “diferentes estratos que alternativamente se pliega y despliega, se oculta y se revela”.[24]

Este asunto de la otredad le permite a Paz arribar a lo que consideramos es la parte medular y más problemática del análisis en Postdata: la existencia de una “historia subterránea o invisible”. Nos dice que cuando él habla del “verdadero pasado” no se refiere a lo que comúnmente los historiadores entienden cuando buscan entender “lo que pasó”, con sus fechas, personajes y demás elementos. Pues más allá de eso hay algo que pasa, o más bien, “algo que pasa sin pasar del todo”, un perpetuo presente en rotación. Ya que cada sociedad contiene dentro de sí ciertos elementos invariables o cuyas transformaciones son tan lentas que resultan la mayor parte de las veces imperceptibles.[25]

De modo que lo que ocurrió en la Plaza de Tlatelolco el 2 de octubre de 1968 es interpretado por Paz como la negación de aquello que hemos querido ser desde la Revolución (¿modernos?) y la afirmación de aquello que sí somos desde la Conquista y aún antes (¿barbaros?). En ese acontecimiento irrumpió el otro México, o al menos uno de sus múltiples aspectos.[26] Esa sería la doble realidad del 2 de octubre, ser un hecho histórico y una “representación simbólica de nuestra historia subterránea o invisible”, ya que lo que realmente se desplegó en la plaza capitalina esa tarde fue un acto ritual, un sacrificio.[27]

Esta interpretación paciana adquiere todo su sentido cuando entendemos que para él todas las historias de los pueblos en el mundo son “simbólicas”, y con esto se refiere a que los acontecimientos o los protagonistas, en tanto historia superficial, siempre aluden a otra historia oculta, que no son más que la manifestación visible de una realidad que se encuentra escondida. De ahí que Paz traduzca la matanza del 2 de octubre de 1968 en los términos de lo que él cree es la verdadera e invisible historia del país. Pues en la manifestación que llevaron a cabo los estudiantes la historia visible desplegó, al modo de los códices prehispánicos, la otra historia, la invisible. “La visión fue sobrecogedora porque los símbolos se volvieron transparentes”.[28]

Posteriormente, pero en esa misma tesitura, Paz argumenta que la geometría de México tiende a una “forma piramidal”, como si existiera una especie de relación secreta pero indiscutible entre el espacio natural y la “geometría simbólica”, y entre ésta y la historia invisible. La pirámide es al mismo tiempo una “imagen del mundo” y esa imagen es una proyección de la sociedad. Por este motivo le dedica unas líneas críticas al mundo azteca, no sin antes considerarlo como “una de las aberraciones más grandes de la historia”, y nos sugiere que para estos el mundo de la política no era algo diferente al mundo de la religión, por lo que la pirámide, en tanto lugar de los sacrificios divinos, era también la imagen del Estado, ya que tenía como misión asegurar la continuidad del culto. Y si bien asegura que para los herederos del poder azteca la conexión entre ritos religiosos y actos de dominación desapareció, “el modelo inconsciente del poder siguió siendo el mismo: la pirámide y el sacrificio”.[29]

Queda claro que, desde la perspectiva de Paz, entre la antigua sociedad prehispánica y el mundo que sobrevino después se tendió un hilo invisible de continuidad: el hilo de la dominación. Ese vínculo no se rompió de ninguna manera a lo largo de los siglos, pues tanto los virreyes españoles como los presidentes mexicanos son los sucesores de los tlatoanis aztecas.

En este argumento del hilo de continuidad hay un aspecto que creemos no debe pasar inadvertido, y es la idea de que el fundamento inconsciente que satura la historia y la política mexicana no encuentra su asidero solamente en la figura de los gobernantes, sino también en los gobernados, en todos nosotros. Pues, según Paz, la mayoría de los mexicanos a lo largo del tiempo ha hecho suyo el punto de vista azteca, y con ello han fortalecido, sin saberlo o quererlo, “el mito que encarna la pirámide y su piedra de sacrificios”.[30]

Finalmente, Paz aborda el asunto de la crítica y al papel que ésta debía jugar frente a una realidad como la mexicana. Ya que por un lado acepta que México-Tenochtitlán ha desaparecido desde hace varios siglos, y por ello lo que realmente le preocupa no es algo que pudiera conceptualizarse como un problema de interpretación histórica, sino que es el hecho mismo de que no podamos contemplar cara a cara al “muerto” debido a que su “fantasma nos habita”. Por lo que la actividad de la crítica del país, y de su historia, la entiende como una especie de “terapéutica” al modo de los psicoanalistas, pues debe comenzar por un examen de lo que ha significado la visión azteca del mundo. Ya que la imagen del mundo como una pirámide es tanto el punto de vista de los tlatoanis, los virreyes, los presidentes y, más importante aún, el de las victimas aplastadas por la pirámide o plataforma santuario a lo largo de los siglos. El poeta mexicano concluye su obra con un autoelogio al señalar que la crítica en el país, si quiere serlo en verdad, debe comenzar por la crítica de la pirámide.[31]

Elementos para una crítica de Postdata

Debido a la breve extensión, y a la naturaleza misma de este ensayo, no nos será posible detenernos más que en un par de aspectos del libro de Paz. Lo cual no impide reconocer la amplitud de temas tratados a lo largo de sus páginas, y que merecerían un examen crítico por sí mismos. Entre ellos está la caracterización que hace del movimiento estudiantil mexicano como un movimiento reformista, la síntesis histórica que esboza sobre el sistema político del México posrevolucionario, su crítica al desarrollo, la necesidad de la crítica en un medio saturado por la retórica oficial del régimen priista, entre muchos otros temas.

Nuestro punto de partida, entonces, será la idea que nos presenta Paz en la cual ve a la pirámide como una representación simbólica de la permanencia de una estructura de poder y dominación que se habría transmitido desde el período prehispánico hasta el México moderno. Y ponemos el acento aquí porque detrás de esta idea lo que se encuentra es uno de los modos poéticos de la escritura paceana, aquel que Rachel Phillips denomina como “mítico”. Modelo mítico de escritura que entiende a las comunidades nacionales no como un devenir histórico, sino como una actualización constante de ciertos arquetipos que habitan el fondo de la conciencia colectiva nacional.[32] De ahí que en Postdataexplique los sucesos acaecidos en Tlatelolco como una proyección contemporánea del arquetipo del poder azteca, como el cumplimiento del ritual inmerso en la dialéctica implacable de la pirámide.[33]

No deja de resultar hasta cierto punto paradójico que este libro que ha sido considerado desde cierta tradición intelectual como uno de los ejercicios más críticos y lúcidos que se hayan escrito sobre el año clave de 1968, no contenga casi ningún elemento que nos ayude a entender lo que pasó en Tlatelolco a partir de la situación política por la que atravesaba el país. Hablar de responsables, de protagonistas, de Díaz Ordaz, de Luis Echeverría, del ejército, de grupos paramilitares, es algo que a Paz parece no interesarle mucho, ya que se concentra en la historia subterránea, en demostrar que el modelo azteca de dominación seguía vivo más de cuatro siglos después. Ejercicio de dominación del cual, además, no sólo los virreyes españoles o los presidentes mexicanos serían los responsables, sino que todos resultaríamos cómplices al reproducir, sin saberlo, ese arquetipo.[34]

Bajo la explicación de la reactualización del mito de la pirámide que nos ofrece Paz, el gobierno mexicano, con Díaz Ordaz al frente, parece quedar exento de cualquier tipo de responsabilidad o culpa por los asesinatos cometidos contra decenas de estudiantes. Pues si uno sigue hasta sus últimas consecuencias la explicación de Postdata, lo que resulta es que cualquier otro gobierno hubiera actuado de la misma manera. Aquí parece no existir espacio para una alternativa, ya que la irrupción constante del tiempo cósmico a través del mito de la pirámide y su piedra de los sacrificios es lo que explicaría real y profundamente los sucesos trágicos de aquel año (y los de toda nuestra historia).[35]

Si bien en la nota previa que introduce Paz sostiene que este volumen es una prolongación crítica y autocrítica de El laberinto de la soledad que le permite ofrecer una nueva tentativa para “descifrar la realidad”, lo cierto es que puede leerse como una mera continuación. Pues en las dos obras hace uso de esencias innatas y viejas raíces culturales para tratar de explicar el sistema político, el ser del mexicano y sus actitudes. El recurso de los mitos o las metáforas que emplea para pensar la historia se vuelven en su contra y le impiden explicar los procesos políticos y sociales de su tiempo, ya que asuntos como el talante antidemocrático y autoritario del PRI son entendidos a partir de un pasado remoto, son parte de una “maldición” que tiene el pueblo mexicano y que le lleva a sacrificar a su población de manera cíclica.[36]De modo que, a través del análisis de Paz, uno podría llegar a afirmar que en Tlatelolco no pasó nada, o al menos “nada que no estuviera ya determinado por esa supuesta historia invisible”.[37]

Finalmente, el argumento de que los acontecimientos de 1968 encuentran su explicación última, aún antes de realizarse, en lo que Paz llama la historia subterránea nos lleva a detenernos en la idea del tiempo que subyace a todo el libro. Pues en Postdata parecen coexistir dos concepciones acerca del tiempo, la primera es aquella idea lineal, de un tiempo vacío y homogéneo, que el autor utiliza para pensar la modernidad y el desarrollo a nivel global, ya que constantemente indica que México ha llegado tarde a todo, pues lo que es “aurora” en los países desarrollados en nuestro país es nada, que en Occidente sí han conocido lo que es el progreso mientras que México no porque viene a la zaga. La segunda de estas concepciones es la idea del tiempo y de la historia como algo circular, como un eterno presente en rotación, que le sirve para pensar y explicar la historia profunda de nuestro país, es esta presunta irrupción del tiempo cosmológico en el tiempo del México moderno la que nos situaría en el mismo punto una y otra vez.

 

Referencias

Paz, Octavio, El laberinto de la soledad, Postdata y Vuelta a El laberinto de la soledad, México, Fondo de Cultura Económica, 2019.

Pereyra, Carlos, “Postdata: un proyecto fallido”, Solidaridad, México, núm. 17, marzo 1970, pp. 25-26.

Rico Moreno, Javier, “Octavio Paz y las metáforas de la historia”, Literatura Mexicana, vol. XXVI, núm. 1, 2015, pp. 117-132.

Rodríguez Ledesma, Xavier, El pensamiento político de Octavio Paz. Las trampas de la ideología, México, UPN/UNAM, 2015.

Rodríguez Munguía, Jacinto, La conspiración del 68. Los intelectuales y el poder: así se fraguó la matanza, México, Debate, 2018.

Sánchez Prado, Ignacio, “Naciones intelectuales: la modernidad literaria mexicana de constitución a la frontera (1917-2000)”, Tesis presentada para obtener el grado de doctor en Lenguas y Literaturas Hispánicas, Universidad de Pittsburg, 2006.

Volpi, Jorge, La imaginación y el poder. Una historia intelectual de 1968, México, Era, 1998.

 

 

 

 

 

 

 

[1] Jacinto Rodríguez Munguía, La conspiración del 68. Los intelectuales y el poder: así se fraguó la matanza, México, Debate, 2018, p. 235.

[2] Jorge Volpi, La imaginación y el poder. Una historia intelectual de 1968, México, Era, 1998, p. 319.

[3] Enrique Krauze, Octavio Paz. El poeta y la revolución, México, Debolsillo, 2014.

[4] Rodríguez, 2018, p. 238.

[5] Volpi, 1998, p. 344.

[6] Paz, 2019, p. 256.

[7] Paz, 2019, p. 257.

[8] Paz, 2019, pp. 261-264.

[9] Paz, 2019, p. 264.

[10] Paz, 2019, p. 267.

[11] Paz, 2019, pp. 267-268.

[12] Paz, 2019, p. 272.

[13] Paz, 2019, p. 276.

[14] Paz, 2019, p. 301. El subrayado es nuestro.

[15] Paz, 2019, p. 286.

[16] Paz, 2019, p. 287.

[17] Paz, 2019, p. 290.

[18] Paz, 2019, p. 282.

[19] Paz, 2019, p. 275.

[20] Paz, 2019, p. 288.

[21] Paz, 2019, p. 306.

[22] Paz, 2019, p. 308.

[23] Paz, 2019, p. 309.

[24] Paz, 2019, p. 309.

[25] Paz, 2019, p. 310. El subrayado es nuestro.

[26] Paz, 2019, p. 311.

[27] Paz, 2019, pp. 311-312.

[28] Paz, 2019, p. 313.

[29] Paz, 2019, p. 316.

[30] Paz, 2019, p. 319.

[31] Paz, 2019, p. 326.

[32] Ignacio Sánchez Prado, “Octavio Paz y el cierre del ciclo revolucionario”. Naciones intelectuales: la modernidad literaria mexicana de constitución a la frontera (1917-2000), Tesis presentada para obtener el grado de doctor en Lenguas y Literaturas Hispánicas, Universidad de Pittsburg, 2006, p. 214.

[33] Xavier Rodríguez Ledesma, El pensamiento político de Octavio Paz. Las trampas de la ideología, México, UPN/UNAM, 2015, p. 329; Javier Rico Moreno, “Octavio Paz y las metáforas de la historia”, Literatura Mexicana, vol. XXVI, núm. 1, 2015, p. 131.

[34] Carlos Pereyra, “Postdata: un proyecto fallido”, Solidaridad, México, núm. 17, marzo 1970, p. 26.

[35] Rodríguez, 2015, p. 330.

[36] Rodríguez, 2015, p. 333.

[37] Pereyra, 1970, p. 26.