El heredero

El heredero

Ana C. Gómez

Esta historia sucedió cuando tenía 12 años.  Tal vez los oídos den poco crédito. Quizá, de haber sucedido en lejanos paisajes, entre palimpsestos, la indulgencia de quienes están habituados a un imaginario exótico estaría garantizada. Pero sucedió en la zona de Florencia Varela, época en la que se podía ver desde varias cuadras de distancia, a través de descampados, el paso del Expreso en su recorrido desde Buenos Aires hacia La Plata. No era extraño que en una manzana se hallara sólo una casa rodeada de extenso baldío y terreno de juego para los niños del lugar. La casa era una más de tantas, de similares características, pero abandonada. Quizá eso fuera lo que despertaba el resquemor de la gente del lugar. Quizá. Es una de las pocas cosas que conserva mi memoria. La memoria “esa forma de olvido que recuerda el formato mas no el sentido”, al decir magistral del viejo. El caso es que recuerdo dos niños. Uno, Daniel, yo el otro, que en una tarde de juegos se aventuraron a entrar en la casa del baldío. Aquella que tanto nos perturbaba y empujaba a transgredir las órdenes de los padres. Lo cierto es que entramos con la excusa de hallar una pelota que había caído días atrás. No puedo decir que la apariencia de la casa fuese horrenda, es más, ni siquiera su aspecto difería del aspecto de una casa corriente, abandonada. En este despropósito se percibía algo siniestro. Lo que alguna vez fuera el jardín, se hallaba cubierto de restos de latas y basura. ¿Cómo describir la contradicción entre el miedo irracional que sentía y la curiosidad que me empujaba a seguir avanzando? Las historias que habíamos oído sobre la desaparición de niños afluían en mi mente creando en mi espíritu un torbellino de sensaciones encontradas. Recordaba aquella que me contara mi padre –quien a su vez la había recibido de los labios de mi abuelo– sobre el cadáver de un niño encontrado en las inmediaciones de la casa, destrozado, sin vísceras y vacías las cuencas de los ojos. Se decía que era obra de un grupo de mendigos que merodeaba el lugar y como si este comentario bastase por sí solo la policía se apuró para aprehenderlos y silenciar el hecho. Sin embargo, más de uno sospechaba la posibilidad de un crimen más absurdo aún, si cabe. Preso de esas sensaciones seguía avanzando hasta entrar en la cocina. Lo que vimos allí terminó de helarme la sangre. Dentro de un indescriptible desorden formado por bollos de papel de diario manchados de excrementos esparcidos por el suelo, una antiquísima vajilla enmohecida por el tiempo. Colgados de una de las viejas paredes de madera, cuadros descalabrados recordaban paisajes de enormes llanuras, envueltas en telas de araña. Dentro de este desorden, decía, pudimos advertir sobre una vetusta cocina restos recientes de comida. Pero, cómo –nos dijimos– ¿acaso esto está habitado? Cuando el miedo comenzó a cohibir mi paso y enajenarme el ritmo de la respiración, tiré la manga de la camisa de Daniel que se deslizaba hacia el cuarto siguiente, poseído por una extraña determinación. Me miró fastidiado y de un movimiento se desprendió de mi mano.

¿Qué pasaba con Daniel? Daniel nunca se había comportado de esa manera. Tenía una personalidad afable y serena que solo se veía perturbada cuando con los otros pibes del grupo le decíamos:  Dale Ruso, mostranos la pistola.    

Entonces, después de infructuosos rezongos, se desabrochaba la bragueta y satisfacía nuestra curiosidad mostrándonos el pene circunciso.    

–Che, Ruso, ¿no te duele? -Decía siempre alguno con gesto angustiado por la particularidad de nuestro amigo.    

–No boludo, cómo me va a doler si me lo hicieron cuando recién había nacido –repondía Daniel viéndose obligado a contestar una andanada de preguntas inquisitorias.    

-¿No te raspa el pantalón?    

–¿Por qué te lo hicieron?    

–¿Y tu vieja dejó que te la cortaran?    

A lo que invariablemente respondía que era una tradición del pueblo judío con lo que daba término a la situación. Mientras nosotros contestábamos con un ¡Ah! denunciando que comprendíamos aquello de lo que no habíamos entendido nada, ni qué cosa era una tradición y mucho menos algo acerca del pueblo judío.     

Daniel parecía atraído por una fuerza sobrenatural que lo impulsaba al interior de la casa. De hecho, él me había convencido de acompañarlo. Compañía que ahora parecía no importarle demasiado, ya que mientras yo quedaba paralizado de terror en la cocina él se introducía en la habitación próxima. Ahí estaba detenido ante la disyuntiva de seguir avanzado o retroceder, dejando a mi amigo solo en ese lugar, cuando de pronto algo me rozó las piernas, suave y despaciosamente. Recuerdo que pegué tal salto que caí sentado contra una de las paredes de la pequeña cocina. Tirado allí, pude advertir uno ojos de pupilas fulgurantes y alargadas que me observaban fijamente, sentí que de un momento a otro estallaría mi cabeza, tenía la boca reseca y por más que lo intentaba no podía articular palabra.    

No podía articular palabra, cuando los ojos giraron desinteresados y se marcharon hasta que, merced a un rayo que se filtraba, advertí que era un gato negro. ¡Imbécil! me dije y envalentonado por mi absurda cobardía decidí seguir a mi amigo. Cuando entré en la habitación, mi sorpresa fue mayúscula pues el orden y la limpieza eran totales. Grandes cuadros con figuras antiguas, muebles de ébano lustrado, porcelanas brillantes y, frente a un hogar apagado, sentado en un sillón tapizado con delicado cuero, un anciano me miraba risueño mientras acariciaba al gato que tanto me había asustado. El anciano me dirigió algunas palabras que por mi aturdimiento no logré comprender.

Estaba maravillado por el lujo de esa habitación en la cual el rostro del anciano encajaba perfectamente, resumiendo sobre si toda la sabiduría del mundo condensadas en las máscaras que calza la vida, ora comedia, ora tragedia. Su discurso cadencioso, y en gran parte para nosotros galimatíaco, nos resultaba embriagador. ¿De qué nos hablaba? No lo entendíamos. Sin embargo, la belleza y la plasticidad del verbo nos tenía absortos sin poder resistirnos a la seducción y al goce que nos proporcionaba. Mencionaba historias de guerras que no conocíamos. De legiones que jamás habíamos oído nombrar en el colegio. De pronto se callaba para mirarnos detenidamente y luego seguía hablando. Durante uno de esos encuentros advirtió nuestra turbación ante el ruido que producían el viento y los árboles. Daniel aprovechó para preguntarle    

– ¿Son viejos esos árboles?     

–Mucho -dijo el viejo y agregó– son los jinetes que acompañarán su camino.    

Y miré interrogante a Daniel que parecía entenderlo todo. Sin embargo, él no respondió a mi tácita pregunta. Después de esa tarde, las visitas de Daniel al viejo se hicieron frecuentes. En cambio, yo no retorné hasta que la desaparición de mi amigo fue un hecho. Los padres recurrieron a mí sospechando que podía decirles algo que orientase su búsqueda. Le conté el último diálogo que tuvimos en el que Daniel confesó que el viejo le había dicho que llegaría alguien del pueblo de los circuncisos y que por las profecías bien podía ser él quien propiciase la llegada del esperado.     

Estulticia y fantasías infantiles, pensaron algunos. Lo cierto es que Daniel nunca apareció y cuando fuimos con la policía no encontramos rastros de mi amigo ni del viejo. La habitación que tanto me fascinara no era más que un cuarto viejo y sucio poblado de alimañas.”    

  Nadie creyó mi historia y esa noche regresé a mi casa triste, y con un gato negro siguiendo mis pasos que, quizá por simpatía o por temor, nadie se atrevió a echar. El transcurso de los años me hizo comprender que Daniel no fue más que el instrumento para realizar un cambio siniestro.   Ahora soy yo el heredero.