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El antikirchnerismo como método. Intelectuales y política en la Argentina actual

Marcelo Starcenbaum

I.

Entre finales de agosto y comienzos de septiembre del presente año se vivió una de las secuencias políticas más intensas de la historia reciente argentina. Al alegato del fiscal Diego Luciani en la llamada “causa Vialidad”, en el que solicitó para Cristina Kirchner una condena de 12 años y la inhabilitación perpetua para el ejercicio de cargos públicos, le siguió una serie de actos y manifestaciones en defensa de la actual vicepresidenta, que comenzaron en distintos lugares del país, pero que tendieron a concentrarse frente a su domicilio en el barrio porteño de Recoleta. La decisión del gobierno de la Ciudad de Buenos Aires de vallar las inmediaciones del domicilio de la vicepresidenta generó una mayor afluencia de manifestantes y una tensión entre el gobierno de la Ciudad y el de la Nación. Luego de un día de movilizaciones masivas y un acuerdo entre ambos gobiernos, Cristina Kichner pronunció un discurso en la puerta de su casa en el que le pidió a la militancia allí reunida que volviera a sus casas. Cinco días después, la vicepresidenta fue víctima de un intento de asesinato por parte de un grupo de neonazis –como dijo Ezequiel Ipar, el acontecimiento de violencia política más previsible y explicable de la historia argentina reciente[1].

Como si se tratara de una respuesta irónica de la historia a la metáfora cortazariana de la casa tomada, luego del atentado se reveló que en los días previos el domicilio de Cristina Kirchner había estado rodeado por militantes de agrupaciones de extrema derecha. Miembros de Revolución Federal –agrupación vinculada al intento de asesinato– no sólo habían merodeado el edificio sino que había entrado al departamento de arriba de la vicepresidenta, habitado por personas pertenecientes a otros espacios del mismo espectro ideológico como Republicanos Unidos y Nación de Despojados. A su vez, la identificación de los responsables del intento de asesinato permitió constatar que dichas agrupaciones habían estado por detrás de una serie de acciones violentas e intimidatorias desarrolladas en los últimos meses: ataques con antorchas a la Casa de Gobierno, el emplazamiento de una guillotina frente al Obelisco, la exhibición de bolsas mortuorias con nombres de referentes políticos y sociales, una acción violenta contra el Instituto Patria y escraches en ocasión de la asunción de los ministros Silvina Batakis y Sergio Massa.    

Con el correr de los días también se tornaron visibles los lazos de estas agrupaciones con el principal partido opositor al gobierno. Además del vínculo explícito entre los miembros de dichas agrupaciones y dirigentes del ala dura de Juntos por el Cambio como Patricia Bullrich y Ricardo López Murphy, quienes se negaron a repudiar el atentado e insistieron en la hipótesis de loco suelto, la defensa de quien se supone uno de los autores intelectuales del atentado fue asumida por abogados pertenecientes a dicho espacio político –asesores parlamentarios y el defensor de dos espías de la Agencia Federal de Inteligencia acusados de espionaje ilegal durante el gobierno de Mauricio Macri. A este dato, que no pasó desapercibido ni para los periodistas afines al macrismo, se le sumó el posible financiamiento a Revolución Federal por parte de la familia del ex ministro Luis Caputo, el cual se habría realizado a través del pago por un trabajo a la carpintería del líder de dicha agrupación. Más grave aún ha sido la denuncia realizada hace pocos días por Cristina Kirchner, según la cual el diputado Gerardo Milman –ayer progresista, hoy referente del ala dura del macrismo– tenía conocimiento de que el atentado se realizaría el día 1 de septiembre.   

II.

El agotamiento del primer ciclo kirchnerista y la experiencia del gobierno de la alianza Cambiemos modificaron sustancialmente los términos del debate intelectual en Argentina. Luego de un acercamiento temprano y parcial a la experiencia kirchnerista, los intelectuales que habían hegemonizado el campo intelectual después del regreso de la democracia comenzaron a realizar un enjuiciamiento a dicha experiencia a través de los argumentos clásicos del progresismo antiperonista: estatismo, autoritarismo, personalismo[2]. Esta crítica tendió a radicalizarse durante los dos gobiernos de Cristina Kirchner, frente a los cuales dichos intelectuales elaboraron una serie de relatos decadentistas en los que la experiencia kirchnerista se asociaba a los tópicos como los del simulacro y el rencor[3]. La oposición al kirchnerismo, si bien frontal en todos los planos, fue especialmente aguda con respecto a las políticas de memoria, verdad y justicia impulsadas por el gobierno nacional. Memoria oficial, revanchismo, cooptación de los organismo de derechos humanos y utilización política de los juicios de lesa humanidad constituyeron elementos que se integraron en un discurso que tendía a señalar los límites de las políticas de memoria, verdad y justicia pero que apuntaba veladamente a su reversión a través de la propuesta del diálogo y la reconciliación[4].

Las elecciones de 2015 significaron el pasaje abierto de gran parte de estos intelectuales hacia posiciones netamente conservadoras y reaccionarias. Acompañando desde sus comienzos al gobierno de Macri –de modo entusiasta algunos, de manera vergonzante otros–, reformularon sus argumentos antiperonistas y antikirchneristas en la legitimación de una alternativa de derecha y democrática. Ha sido simbólica, al respecto, la reunión con el entonces flamante presidente en la que participaron Hilda Sábato, Marcos Novaro, Vicente Palermo, Liliana de Riz y Alejandro Katz entre otros, y en la que Luis Alberto Romero le pidió a Macri la finalización de los juicios por delitos de lesa humanidad. Aquello que no pudo ser logrado en el terreno de las políticas concretas –recordemos la marcha multitudinaria que frenó el 2×1 para represores– fue compensado en el plano discursivo. Fue sintomática al respecto la reacción desproporcionada frente a una entrevista en la que Horacio González, quien por entonces no ejercía ningún cargo público, realizaba una serie de consideraciones en torno a las memorias del pasado reciente, entre las que se incluía una valoración positiva de la lucha armada en las décadas de 1960 y 1970.  

El fracaso de la gestión macrista, el contundente triunfo del Frente de Todos en las elecciones de 2019 y las medidas del gobierno nacional frente a la pandemia exacerbaron la derechización de esta franja de intelectuales: desde las solicitadas que denunciaban la existencia de una infectadura o una política de facilismo educativo, en las que los intelectuales anteriormente progresistas compartían firmas con negacionistas y antivacunas, hasta episodios de alto impacto mediático, como la fotografía de José Emilio Burucúa con una estrella amarilla como si se tratara de un prisionero del nazismo, o la operación a la que se prestó Beatriz Sarlo cuando el gobierno le ofreció vacunarse como parte de una campaña de concientización. En el contexto de las elecciones legislativas de 2021, varios de ellos firmaron la solicitada “La democracia argentina en la encrucijada: neogolpismo o progreso”, en la que se caracterizaba al gobierno de Alberto Fernández como una experiencia de destrucción del sistema democrático a través del voto popular.

No resulta sorprendente, por tanto, que estos intelectuales acompañaran la persecución a la que fue sometida recientemente la vicepresidenta –algunos de ellos incluso llegaron a comparar al “juicio Vialidad” con el Juicio a las Juntas y al fiscal Luciani con Julio Strassera– y no se pronunciaran públicamente sobre el espiral de violencia que culminó con el atentado contra su persona. A los dos días del ataque, el diario Perfil publicó una crónica de Beatriz Sarlo sobre los días previos de manifestaciones en la que sobresalían consideraciones clasistas y misóginas sobre la vicepresidenta. Una búsqueda sobre “CFK” o “atentado” en el sitio de La Mesa, un espacio de reflexión sobre derechos humanos que comparten Hugo Vezzetti, Claudia Hilb, Emilio de Ípola, Roberto Gargarella y Sergio Bufano entre otros, no ofrece resultados –una ausencia llamativa tratándose de intelectuales que desplegaron gran parte de su producción intelectual bajo el supuesto de que las diferencias políticas nunca más deberían ser saldadas a través de la violencia. No sin una cuota de humor –involuntario–, un grupo de intelectuales socialistas porteños realizó un encuentro titulado “¿Cómo salimos de ésto?” en el que una de las invitadas a responder dicha pregunta era la ex–diputada de la Coalición Cívica conocida por referirse a la vicepresidenta como la dragona que come carne humana.  

III.

La derechización de los intelectuales que habían hegemonizado el campo desde el regreso de la democracia implicó la puesta en disponibilidad del espacio de enunciación antikirchnerista. Como vimos, estos intelectuales pasaron a atacar no sólo al kirchnerismo y al peronismo sino también a los mismos fundamentos de la vida democrática, a la vez que transformaron el histórico antiperonismo y el coyuntural antikirchnerismo en el apoyo y la promoción de experiencias políticas de derecha. Así, el lugar de la crítica a la experiencia kirchnerista comenzó a ser ocupado por los discursos de intelectuales pertenecientes a otras generaciones y a otras tradiciones políticas e intelectuales. Uno de ellos, de contenido socialista liberal, le proporcionó una continuidad al discurso esbozado por los intelectuales democráticos antes de su pasaje a la derecha. Desde este espacio, la experiencia kirchnerista fue objeto de una caracterización que combinaba argumentos de izquierda –carácter aparente de las transformaciones sociales, apuesta por un capitalismo serio, prolongación del neoliberalismo– con otros de raíz liberal –superposición entre Estado y gobierno, centralidad del liderazgo. Otro, que podría caracterizarse como peronista socialdemócrata, intervino en las discusiones acerca de los itinerarios actuales del peronismo impulsando alternativas moderadas y realistas frente a lo que se percibía como la primacía de una tendencia mesiánica y replegada sobre sí misma.

Este relevo en la discursividad antikirchnerista estuvo acompañada en parte por una transformación de los dispositivos de enunciación. Como advirtió tempranamente Damián Selci y actualizó recientemente Gastón Fabián, el rechazo a la conducción política de Cristina Kirchner propició la transformación en analistas políticos de un conjunto de intelectuales que habían militado o simpatizado con el kirchnerismo[5]. En blogs primero, revistas digitales luego y columnas dominicales en la actualidad, los analistas políticos intervienen con textos cuyas características más visibles son la crítica frontal del kirchnerismo y la búsqueda de una alternativa política para el futuro de la Argentina. Un tanto hastiado con la proliferación de este género, el escritor Carlos Busqued decía que “nadie puede escribir una columna por semana, nadie tiene tanto para decir”. Efectivamente, proclive al tirapostismo, los títulos efectistas y juegos de palabras, este tipo de escritura sólo puede desplegarse a condición de una distorsión de la relevancia de los problemas analizados y la fuerza real de los sujetos ponderados. Puesto a analizar un objeto como la política que tiene una temporalidad más compleja que la de la coyuntura –salvo que uno superponga la política con la dirigencia y las instituciones–, cada acontecimiento que sucede en la Argentina no hace sino confirmar los vicios del kirchnerismo, así como cada alternativa que se insinúa no puede sino convertirse en el polo que nos convoca hacia el país del poskirchnerismo. El patrón se repite, independientemente del acontecimiento y la alternativa: la inflación da cuenta de que el kirchnerismo prioriza las transformaciones superestructurales, el acuartelamiento de la policía certifica las limitaciones de las políticas de seguridad del kirchnerismo, la pandemia deja al descubierto el desconocimiento del kirchnerismo de la economía popular, las declaraciones de un trapero son un índice de los problemas del kirchnerismo con la cultura popular, un revés electoral representa el fracaso del kirchnerismo como proyecto político, Randazzo es el peronismo racional, Lavagna es la posibilidad de salir de la grieta, el albertismo jubilará a Cristina.    

Es evidente la distancia ideológica entre las posiciones de los intelectuales reaccionarios y las del socialismo liberal y el peronismo socialdemócrata. Algunas dimensiones de la práctica intelectual de los nuevos antikirchneristas permiten, sin embargo, matizar el carácter tajante de dicha escisión: la publicación de sus textos en medios que también dan lugar a intelectuales y ex–funcionarios del macrismo, la integración de escenarios de enunciación pretendidamente plurales en los que están todas las voces menos las del peronismo, el intercambio fraterno con núcleos intelectuales de derecha. Es claro también que la operación de relevo entre los discursos sólo puede realizarse a condición de mantener el núcleo argumental del antikirchnerismo. Relocalizadas en el plano del análisis político, las producciones de estos intelectuales pueden poner al servicio de la argumentación antikirchnerista un conjunto de variables que resultan contrarias a las reglas básicas de la investigación en ciencias sociales y que no podrían ser desplegadas en el plano de la producción académica: descontextualización de los procesos sociales, amputación de marcos teóricos, ruptura de relaciones de causalidad.

Dichas variables, facilitadas por el dispositivo de enunciación, vienen siendo desde hace años el sostén de una intervención que hace del kirchnerismo el principal obstáculo para el futuro del país –sea éste cifrado en términos de una Argentina sin peronismo o una Argentina gobernada por un peronismo conciliador. Sin abandonar nunca su rasgo predominante, esta intervención sufrió modulaciones según las etapas atravesadas por el país en estos últimos diez años. El último gobierno de Cristina Kichner fue caracterizado como el fin de ciclo de una experiencia aparentemente transformadora –socialismo liberal– o como el agotamiento de una política cerrada sobre sí misma –peronismo socialdemócrata–, el gobierno de Macri como la novedad de una derecha moderna y democrática –socialismo liberal– o como el advenimiento de una derecha a cuyo surgimiento el propio kirchnerismo había contribuido –peronismo socialdemócrata–, el gobierno del Frente de Todos como el esperado giro hacia el centro de la política argentina –socialismo liberal– o como el saludable repliegue del kirchnerismo frente a las tendencias moderadas del peronismo –peronismo socialdemócrata. La crisis interna del Frente de Todos, el espiral de violencia propiciado por la extrema derecha y la persecución judicial a Cristina Kirchner le otorgaron una nueva modulación a la intervención antikirchnerista, la cual osciló entre la relativización de los méritos del kirchnerismo para ser atacado y su responsabilización por haber generado un clima de polarización política. Confirmando y profundizando estos esquemas interpretativos, el atentado contra la vicepresidente fue caracterizado como un episodio protagonizado por el anticomunismo zombie propio de las nuevas derechas globales o como un acontecimiento que da cuenta de la persistencia de la grieta y la irrupción de una vida común que el kirchnerismo desconoce.     

IV.

Según Pablo Stefanoni, el atentado a Cristina Kirchner debe ser enmarcado en el proceso de radicalización global de las derechas y surgimiento de un anticomunismo sin comunismo[6]. Este abordaje tiende a jerarquizar las analogías entre las agrupaciones de extrema derecha argentinas y las redes informales y formales de la derecha global, así como el carácter bizarro de las representaciones y las acciones de los grupos que le dan forma a este fenómeno novedoso. De este modo, el atentado es equiparado con otros episodios como la toma del Capitolio por parte de los seguidores de Donald Trump o las manifestaciones contra la gestión de la pandemia en países como Italia o Alemania. La idea de un anticomunismo zombieempuja la interpretación del fenómeno del atentado y de otros episodios internacionales como acciones conspirativas contra un peligro inexistente. En una dirección similar a la de Stefanoni, José Natanson colocó el atentado a la vicepresidenta en sintonía con fenómenos internacionales como los atentados del Estado Islámico en las capitales europeas y los tiroteos en Estados Unidos, en tanto todas estas acciones habrían sido realizadas por individuos desequilibrados sin vínculos orgánicos con organizaciones políticas[7].

Esta caracterización es sumamente problemática. Por un lado, porque el hecho de que ya no exista la experiencia política que le daba sentido al anticomunismo del siglo XX no implica necesariamente que las nuevas formas de la derecha no reaccionen frente a peligros reales. Lo que ocurre más bien es lo contrario. Los sujetos y las prácticas sobre las cuales suele depositarse el odio de la extrema derecha son precisamente aquellas que han tendido en los últimos años a visibilizar y transformar desigualdades estructurales. Blancos como el adoctrinamiento, la ideología de género o la critical race theory están lejos de ser peligros imaginarios. Vistos en una perspectiva histórica, parecen ser más bien los emergentes de un proceso amplio de democratización y cuestionamiento del orden social establecido. No se requiere demasiado análisis para constatar los efectos disruptivos que puede tener la politización de contenidos curriculares en un sistema educativo permeado durante décadas por una perspectiva liberal, los debates y avances concretos alrededor de la igualdad de género en sociedades patriarcales o las reflexiones en torno a la dominación racial en sociedades que –como la estadounidense– funcionaron hasta hace poco bajo un régimen de segregación racial o cuya población negra sigue siendo objeto de una violencia sistémica.   

La hipótesis de que gran parte de los debates generados por el anticomunismo contemporáneo se despliegan sobre palabras que no significan nada no parece verificarse en un contexto en el cual el odio tiene blancos específicos. Como afirman Ana Grondona y Martín Cortés, el odio que circula en nuestra sociedad no es un odio sin más sino uno que “tiene objetos claramente delimitados: los choriplaneros, las aborteras, les hablantes de lenguaje inclusivo, los corruptos peronistas, etc.[8]. Y como bien señalan estos autores, la reacción conservadora no se produce únicamente ante la visibilización de dichos sujetos sino sobre todo ante sus reivindicaciones y la puesta en marcha de políticas reparatorias y de ampliación de derechos. Resulta lineal y simplista suponer la inexistencia de amenazas reales por el sólo hecho de que el comunismo frente al cual reacciona el anticomunismo contemporáneo ya no exista. Las palabras, en general, siempre significan algo. Levantarse contra el comunismo hoy no significa luchar contra el socialismo realmente existente sino más bien contra lo que en el presente se percibe como actualizaciones de lo que aquella experiencia tuvo de revolucionaria. Cuán transformadores son los procesos democratizadores e igualadores contemporáneos –contradicciones del progresismo– o cuáles son las limitaciones en la implementación de estas agendas –cultura woke– forman parte de otra discusión y no le quitan el carácter reactivo a las extremas derechas que hoy se consolidan a nivel global. 

También resulta problemático el sentido que esta interpretación le asigna a lo global de las nuevas derechas. Como puede verse en cualquier texto metodológico sobre el abordaje de los fenómenos globales, se le puede adjudicar dicho rasgo a procesos que se desarrollan de manera sincrónica y convergente en diferentes partes del mundo. Efectivamente se trata del caso de las extremas derechas que se despliegan hoy en diversas regiones del globo. Ahora bien, lo único que permite que la perspectiva global no implique un aplanamiento analítico es la interrogación acerca de los modos en los que lo globalse expresa a nivel local. De lo contrario, se corre el riesgo de que los fenómenos que se desarrollan de manera sincrónica y convergente sean homogeneizados o algunos de ellos sea considerado impuro frente a otro de ellos que pasa a considerarse modélico. Algunos de estos problemas son evidentes en los análisis de Stefanoni y Natanson, ya sea en el modo en el cual tratan de relativizar los elementos locales que le dan forma a las extremas derechas globales –la imbricación con el antiperonismo histórico y las tradiciones de derecha vernáculas– o en la forma en la que presentan como curiosa la recepción en la política argentina de los tópicos del debate estadounidense –ningún proceso de recepción es curioso si existe un contexto permeable a la incorporación y resignificación de ideas elaboradas en otro contexto.  

Además de esta concepción acotada de lo global, el otro recurso argumental para desligar el atentado a Cristina Kirchner del odio histórico del antiperonismo es el de los vínculos entre las nuevas derechas y dirigentes o experiencias históricas del peronismo. Por ejemplo, se cita el hecho de que el libertario Javier Milei reivindique la presidencia de Menem o la hoy derechista Patricia Bullrich haya sido dirigente del peronismo hasta 1989. Estos datos parecen irrelevantes frente al hecho de que los gobiernos kirchneristas impulsaron una agenda política y social de ampliación de derechos, transformando al peronismo en un partido de masas con un perfil ideológico netamente progresista. Por convencimiento o necesidad –poco importa tratándose de asuntos de la política– no hay dirigente de peso en el peronismo que no tenga un discurso favorable a la ampliación de derechos y las políticas reparatorias de desigualdades estructurales –piénsese en referentes provenientes de la centro–derecha como Sergio Massa o el propio Alberto Fernández. No parece entonces haber contradicción en el hecho de que los grupos libertarios reivindiquen a Menem o que ex–dirigentes peronistas –como Bullrich o Miguel Pichetto– militen en las filas de la derecha y que al mismo tiempo el peronismo represente en nuestro país el mayor peligro –real– para quienes reaccionan frente a las transformaciones del orden social.

V.

Según Martín Rodríguez, el atentado contra la vicepresidenta marca un quiebre en el consenso logrado por la política argentina de que los presidentes no se tocan[9]. Con el intento de asesinato de Cristina Kirchner se habría roto el acuerdo social inaugurado en 1983, basado en la convivencia democrática y en la inmunidad de la figura presidencial. El restablecimiento del consenso alfonsinista requería entonces de gestos políticos que salieran de la polarización de la política argentina, tales como una reunión de ex–presidentes alrededor de la Constitución o una militancia centrada en ir hacia el que odiamos. La caracterización de quienes atentaron contra la vicepresidenta como personas con vidas precarias que se encuentran más allá de la comprensión estatal y progresista es abonada por otras intervenciones. Pablo Semán, por ejemplo, insiste en la separación entre los debates y los miedos de la sociedad política y los de aquellos que viven la vida común y están fuera de la conversación pública[10]. En este marco, el kirchnerismo es caracterizado como una franja del peronismo que sobreestima sus méritos y subestima los peligros a la democracia que acechan fuera de la sociedad política. En una dirección similar, Ariel Wilkis duda de la eficacia de la interpretación del atentado en términos de derechización y discursos de odio para resaltar la importancia del contexto inflacionario y pos–pandémico en sectores sociales precarizados[11]. Son estas variables interpretativas las que le permiten caracterizar al tirador de Cristina Kirchner como un hijo legítimo de la economía popular

No resulta llamativo que la interpretación de la política argentina en clave de grieta se haya actualizado a partir del atentado a la vicepresidenta. Si lo que impera hace años en Argentina es una crispación política que impide el desarrollo de políticas a largo plazo, y si los responsables de dicho impasse son las minorías intensas de la derecha y el kirchnerismo, un acontecimiento de violencia política no puede ser sino absorbido en la polarización en la que está sumido nuestro país. Si la hipótesis de la grieta se había revelado como problemática desde sus comienzos, el episodio de comienzos de septiembre expresa de manera cruda sus limitaciones interpretativas y políticas. Sobre sus problemas estructurales, la crítica de Martín Cortés ha sido contundente: además de un politicismo con problemas para abordar la conflictividad estructural de las sociedades, la hipótesis de la grieta propicia un aplanamiento en el cual el kirchnerismo es equiparado con la derecha en sus rasgos fundamentales[12]. Como dispositivo de interpretación del atentado, dicha hipótesis tiene como corolario la misma caracterización realizada por referentes y comunicadores de la derecha: el kirchnerismo sería responsable –no directo pero responsable al fin– del intento de asesinato de su propia dirigente.

El dictum los presidentes no se tocan parece estar bastante por detrás de los requerimientos analíticos y políticos de un contexto crítico como el que atravesamos. Por un lado, porque de todos los presidentes argentinos desde 1983 hasta la fecha, sólo la actual vicepresidenta fue tocada. Ningún otro presidente o vicepresidente fue objeto de un intento de asesinato político. Muchos han comparado el atentado a Cristina Kirchner con el sufrido por Raúl Alfonsín en 1989. No se trata de ponerse en sommelier de atentados pero quien disparó en aquella ocasión era una persona desequilibrada sin militancia ni lazos políticos. Comparable sería si –pongamos– aquella persona hubiese militado en una organización de la izquierda peronista y esta organización hubiese tenido lazos con dirigentes del Partido Justicialista. El atentado ha mostrado de manera descarnada que la derecha y el kirchnerismo no constituyen dos polos simétricos en la política argentina. Y no porque el kirchnerismo no quiera asumir sus debilidades y limitaciones –¿qué política no las tiene?– sino porque objetivamente no comparten los mismos rasgos. De allí la artificialidad de los llamados a restablecer el consenso alfonsinista e ir hacia el que odiamos, en los que no todas las fuerzas políticas están comprometidas de la misma manera.

Sobre el atentado como emergente de un antipopulismo popular generado por la crisis económica, el señalamiento de Julieta Quirós, Karina Tomatis y María Inés Fernández Álvarez ha sido esclarecedor. Más que hijo legítimo de la economía popular, el tirador de la vicepresidenta es un hijo legítimo de la economía neoliberal realmente existente[13]. Es decir, no puede obviarse el hecho de que el perfil de Sebag Montiel condensa los procesos de precarización de la vida en el capitalismo realmente existente de la Argentina en los últimos 40 años. Este desplazamiento interpretativo nos permite una aproximación significativamente diferente a los vínculos entre precarización y derechización. En el abajo, porque el tan mentado antipopulismo popular convive con otras formas de resistencia al neoliberalismo en las que la norma no es la muerte de dirigentes políticos sino la organización y la militancia en pos de una sociedad más igualitaria. Pero también en el arriba, porque no parece muy atinado señalar como responsable de la precarización a la experiencia política que más ha tensionado la lógica del neoliberalismo. Valorados en una perspectiva histórica que va de la recuperación de la democracia hasta el presente, los gobiernos kirchneristas han sido indudablemente los que más han propiciado una política reparatoria y transformadora de los lazos neoliberales. No hay dudas que esta política ha sido contradictoria y dispar –¿qué política no lo es?– pero difícilmente pueda encontrarse otra experiencia en la Argentina reciente que haya corrido los mismos límites que el kirchnerismo.

VI.

Entre las pistas que ofrece Alejandro Grimson para desentrañar los problemas de definición del peronismo, se encuentra su caracterización como la identidad política popular más persistente de la Argentina[14]. Un análisis de los problemas políticos actuales que atraviesa el país podría acercarse o alejarse de este supuesto –que por otra parte tiene sustentos incuestionables, como la mayor pregnancia del peronismo en la sociedad argentina frente a otras tradiciones como el liberalismo y el socialismo o el hecho de que el peronismo sólo haya perdido tres elecciones presidenciales desde 1946 hasta la fecha. Lo que difícilmente podría hacer un análisis de tales características es obviar este supuesto. De lo contrario, fenómenos sociales que involucran las relaciones entre el peronismo y las identidades políticas populares se presentan como incomprensibles o absolutamente distorsionados. En relación con los acontecimientos recientes, sólo la relativización de la significación del peronismo en la política argentina puede llevar a la conclusión de que el intento de asesinato de la vicepresidenta representa un acontecimiento bizarro protagonizado por organizaciones que combaten un peligo inexistente. En el mismo sentido, sólo la negación de la fuerza transformadora y reparadora del kirchnerismo puede conducir a la idea de que el antiperonismo no constituye una variable de peso en la consolidación de las expresiones locales de las nuevas derechas globales. El hecho de que dichas expresiones tengan como objeto de su odio a sujetos y políticas ubicados en el espacio kirchnerista de la política argentina constituye un dato de la realidad que dificulta las interpretaciones de la violencia derechista en términos de anticomunismo zombie y derechas conspirativas.

En la dialéctica entre transformación y reparación se juega una de las dimensiones centrales que permiten contrarrestar los argumentos del nuevo antikirchnerismo. Que el kirchnerismo no haya realizado los cambios revolucionarios que se esperan de un proyecto auténticamente transformador no quita el hecho de que haya sido la experiencia política que más modificaciones progresivas ha propiciado en la sociedad argentina. Como ha afirmado Javier Trímboli, sólo el agotamiento del paradigma revolucionario y la constatación del daño producido en nuestra sociedad por la ofensiva neoliberal permiten comprender el pasaje de la transformación a la reparación de un modo distinto al de una distracción de los verdaderos cambios o una traición a los principios revolucionarios[15]. Si el kirchnerismo representa en la historia argentina reciente la irrupción de una política que, por delante de la sociedad, propicia cambios significativos en diferentes espacios de la vida social, algunas de las conclusiones a las que arriban los discursos antikirchneristas se revelan sumamente problemáticas. Ya sea porque se le niega al kirchnerismo esta capacidad transformadora y reparadora, lo cual distorsiona las características de las fuerzas reactivas de las sociedad argentina –que forman parte de una derecha global pero que también son resultado de la sedimentación de tradiciones contrarrevolucionarias nacionales– o porque se equipara al kirchnerismo con dichas fuerzas, lo cual relativiza el hecho de que nos enfrentamos a dos formas de la política absolutamente contrarias –una progresiva, la otra conservadora. 

Si el kirchnerismo fue la revolución realmente existente en el capitalismo neoliberal, podría también decirse que ha sido el progresismo realmente existente en la trayectoria reciente del peronismo. La potencia reparadora y transformadora de sus primeros gobiernos, la reacción conservadora frente a sus políticas vehiculizada por la alianza Cambiemos, y su rol actual como fuerza jacobina dentro de la experiencia del Frente de Todos, constituyen elementos que atentan contra una interpretación de la historia reciente argentina en la que el kirchnerismo es el responsable de los problemas que atravesamos como sociedad. Nuevamente puesto en perspectiva histórica, el kirchnerismo no sólo ha sido la fuerza dinamizadora de las políticas progresistas del peronismo sino que ha evitado la transformación del peronismo en un dispositivo más de la política neoliberal. Resulta difícil advertir cuáles serían los rasgos progresistas de un peronismo en el cual el kirchnerismo ocupe un espacio subordinado frente a tendencias moderadas. La experiencia del gobierno del Frente de Todos demuestra sobradamente que el peronismo racional y no confrontativo no sólo se enfrenta a los mismos problemas que se ha enfrentado el kirchnerismo sino que lo hace sin inteligencia ni valentía –déficits que se le suelen achacar únicamente al kirchnerismo. El hecho de que el objeto del atentado haya sido Cristina Kirchner, y no el presidente, Randazzo, Lavagna o Rodríguez Larreta, quizás diga mucho más de lo que se quiere reconocer.   

[1] Ipar, Ezequiel. “Fue el odio”. Anfibia, 1 septiembre de 2022.

[2] Retamozo, Martín. ”Intelectuales, kirchnerismo y política. Una aproximación a los colectivos de intelectuales en Argentina”. Nuevo Mundo Nuevos Mundos, 2012.

[3] Schuttenberg, Mauricio. “Simulacro, cálculo y rencor. Una lectura de las interpretaciones de intelectuales del ‘progresismo’ antiperonista sobre los años kirchneristas”. Temas y Debates, N° 43, 2022.

[4] Oberti, Alejandra y Pittaluga, Roberto. “Apuntes para una discusión sobre la memoria y la polí­tica de los años 60/70 a partir de algunas intervenciones recientes”. Sociohistórica, N° 38, 2016; Goldentul, Analía y Saferstein, Ezequiel. “El ‘diálogo’ como filosofía y como praxis: la circulación de ideas alternativas sobre el pasado reciente y su recepción en la agrupación Puentes para la Legalidad (2008–2018)”. Sociohistórica, N° 45, 2020.

[5] Selci, Damián. “Crítica del analista político”. Revista Planta, 22 de agosto de 2013; Fabián, Gastón. “El anticristinismo de los analistas, el cristinismo de la militancia”. Kranear, 16 de julio de 2022.

[6] Stefanoni, Pablo. “El día que Álex de la Iglesia disparó contra Cristina Kirchner”. elDiarioAR, 18 de septiembre de 2022.

[7] Natanson, José. “El discurso y el acto”. Le Monde Diplomatique, noviembre de 2022.

[8] Grondona, Ana y Cortés, Martín. “Hay una fusilada que vive”. Oleada, 13 de septiembre de 2022.

[9] Rodríguez, Martín. “Los presidentes no se tocan”. Perfil, 4 de septiembre de 2022.

[10] Semán, Pablo. “El miedo del jardinero”. elDiarioAR, 8 de septiembre de 2022.

[11] Wilkis, Ariel. “Sebag Montiel, hijo legítimo de la economía popular”. elDiarioAR, 9 de septiembre de 2022.

[12] Cortés, Martín. “La grieta y la pasión por la moderación”. Oleada, 22 de abril de 2019.

[13] Quirós, Julieta; Tomatis, Karina; Fernández Álvarez, María Inés. “Sebag Montiel y la economía neoliberal realmente existente”. elDiarioAR, 15 de septiembre de 2022.  

[14] Grimson, Alejandro. ¿Qué es el peronismo? De Perón a los Kirchner, el movimiento que no deja de conmover a la política argentina. Buenos Aires, Siglo XXI, 2019.

[15] Trímboli, Javier. Sublunar: entre el kirchnerismo y la revolución. Buenos Aires, Cuarenta Ríos, 2018.