El 2024, Lenin y Justo Sierra: cuando los extremos se tocan

César Martínez (@cesar19_87)*

 La teoría materialista de que los hombres son producto de las circunstancias olvida que son los hombres quienes cambian las circunstancias: el educador necesita ser educado.

Marx citado por Erich Fromm

En la recta final del sexenio de Andrés Manuel López Obrador se ratifica que la ríspida lucha de opuestos se encauzó democrática y políticamente: quedó garantizado el derecho a disentir y la libre expresión; y en cuanto a la maquinaria de Estado usada durante el neoliberalismo para coaccionar a disidentes, esta no fue utilizada. Pero, aunque el escenario es positivo, queda el riesgo de que a partir de 2024 un gobierno de derecha de élites, o de izquierda de vanguardias, busque desempolvar dicha maquinaria para gobernar sin el Pueblo, mandar sin obedecer.

En otras palabras, el riesgo es pasar de un sexenio cuya directriz fue el “nada por la fuerza, todo por la razón y el derecho”, a uno donde la fuerza vuelva a caracterizar el ejercicio de gobierno, ya disfrazada sutilmente mediante el aparato ideológico: las universidades, los partidos políticos y los medios de comunicación.

Cuando decimos que los extremos se tocan mencionando élites o vanguardias, aludimos a la cultura política de quienes detrás del discurso actúan bajo la superstición de que es el Estado y no el Pueblo el actor histórico fundamental. Quien esto escribe, por nombrar un caso de estudio tan inesperado como revelador, halló exactamente esta misma cultura política en dos figuras teóricamente opuestas: Justo Sierra, ideólogo conservador de la dictadura de Porfirio Díaz en México; y Vladimir Lenin, ideólogo marxista de la revolución soviética en Rusia.

La raíz filosófica de ambos es la idea según la cual el conflicto que caracteriza a la política tiene solución usando la maquinaria de Estado para suprimir el conflicto por la fuerza. Por ende, suprimir también la política. Partimos de un presente, dice este argumento, caracterizado por la “terrible polarización” para llegar a un futuro de “paz y progreso” cueste lo que cueste. Así pensaba Sierra, quien en su brillante e indispensable clásico Juárez, su obra y su tiempo, aboga por una dictadura para pacificar al país elogiando episodios como el Golpe de Estado que el presidente Comonfort se dio a sí mismo en 1858 o la invasión francesa como momentos críticos donde la necesidad de tener un Estado eficaz “como el monstruo del Apocalipsis, el Leviatán según Hobbes” (p. 269) se impone a la noción de una autoridad legítima pero débil, constreñida doblemente por los mandatos popular y constitucional. Para Sierra, finalizada la obra política de Juárez con su muerte, sobrevendría la era apolítica del dictador Díaz, “nuesto gran pacificador.”

Asimismo, Lenin, en su no menos brillante e indispensable El Estado y la Revolución, parte de la lucha de clases y del drama de la explotación del proletariado: resulta necesario aplastar al Estado capitalista, explica él, para iniciar la transición entre el agotado modelo de producción privada y un nuevo modo de producción científicamente demostrado, donde el antagonismo desaparece y el Estado como instrumento de dominación, también.

Al fin y al cabo, hijos del mismo tiempo ellos dos, Sierra y Lenin observan a fines del siglo XIX la consolidación de algo que venía surgiendo desde la Edad Media tardía: el Estado como un poder centralizado cuyos dos principales aparatos, el represivo y el burocrático, simbolizaban la victoria de la ciencia y la tecnología por sobre la ley y la política. Mientras don Justo retoma los tratados del doctor José María Luis Mora acerca de los defectos y virtudes del poderoso aparato de la Nueva España, Lenin interpreta a Marx y a Engels al respecto de la formidable máquina de terror usada por Luis Napoleón en Francia para arrasar a sus enemigos.

Siguiendo caminos distintos, Sierra y Lenin llegan pues a encontrarse contemplando a la fuerza como objeto del desarrollo histórico, lo cual les lleva a embrollarse en su intento por restarle importancia a la razón y al derecho. “La ley traduce relaciones sociales pre-existentes”, escribe Sierra, “[y de ahí] que la Constitución de 1857 contiene la falsedad de dar como hechos existentes las doctrinas liberales de sus autores” (p. 439). Como para el ideólogo porfirista lo que existe es la fuerza, consagrar en la ley la igualdad, la justicia y la democracia no es más que redactar textos poéticos sin aplicación real. De igual manera Lenin topa con pared “en el estrecho horizonte del derecho burgués”, pues aún pretendiendo que es posible abolir por la fuerza la propiedad privada de los medios de producción, él reconoce que el derecho burgués, santificador de la desigualdad, seguirá prevaleciendo en la distribución del producto. De modo que en la transición entre capitalismo y comunismo tampoco habrá libertad ni justicia ni democracia en vista de que, de acuerdo a sus propias palabras: “¡Entonces ocurre que bajo el comunismo eventualmente persiste no solo el derecho burgués, también el Estado burgués, pero sin la burguesía!” (p.89)

Antes de concluir explicando el porqué estas reflexiones son relevantes de cara al México más allá de 2024, vale mencionar en el siguiente párrafo la última semejanza entre Lenin y Sierra alrededor de la misma cultura política o forma ideológica.

Fue Erich Fromm, teórico marxista del psicoanálisis, quien señaló que en Lenin había más bien un pensador de corte positivista-mecanicista, (justo igual que don Justo): alguien para quien el poder representa un objeto material susceptible de dominio y posesión; y no una forma de relacionarse (actividad subjetiva) capaz de corromper al sujeto carente de valores éticos y morales. Resulta así paradigmático que mientras Justo Sierra creyera que el porfiriato se reivindicaría respaldado por “grupos científicos”, Lenin creyera ingenuamente que la clase profesionista de la Rusia zarista aportaría su trabajo en la Rusia revolucionaria sin adoptar actitudes burocráticas, como terminó ocurriendo con un partido de vanguardia completamente burocratizado.

En conclusión y volviendo al 2024, durante el sexenio del Obradorismo entendido como imperativo ético la apuesta por garantizar el derecho a disentir implicó dejar el aparato ideológico de Estado (partidos, medios y universidades) en manos de la rancia derecha elitista y de una cierta izquierda facciosa y ensimismada. De modo que traer a colación a Justo Sierra y a Lenin resulta pertinente como símbolos de una obsoleta, pero vigente, cultura política que mal entiende al poder en términos de acumulación.

El carácter de dicha cultura, decía Fromm, exhibe una profunda neurosis: se desconfía del poder transformador del Pueblo y se fetichiza al Estado como botín de grupo de interés. Si bien esto no sorprende en cuanto al bando reaccionario, a las vanguardias “de izquierda” habría que citarles la frase de Marx usada por Fromm que está al inicio de estas líneas. Las tesis sobre Feuerbach: el objeto de la política se transforma mediante la práctica revolucionaria de la persona, es el educador quie necesita ser educado.

*Maestro en relaciones internacionales por la Universidad de Bristol y en literatura estadounidense por la Universidad de Exeter.

Bibliografía:

Fromm, Erich (2019) Marx y su concepto del Hombre, Fondo de Cultura Económica.

Lenin, V.I. (1991) The State and Revolution, Penguin.

Sierra, Justo (1976) Juárez, su obra y su tiempo, EVM.