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De plagios y malas prácticas: la punta del iceberg

CE, Intervención y Coyuntura

Hace unas semanas Guillermo Sheridan dio a conocer, fruto de una “casual” pesquisa, evidencias de un supuesto plagio que involucraba a la ministra de la Suprema Corte de Justicia, Yasmín Esquivel Mossa, y al licenciado Edgar Ulises Báez Gutiérrez; dicho hallazgo, “fortuito”, apareció casualmente en el marco de la disputa por la presidencia de la Corte. Es por todos sabido que Sheridan no es ningún simpatizante del actual gobierno, y resulta una obviedad el pensar que la intención de hacer público el evidente parecido entre las tesis en cuestión tuviera detrás el propósito de golpetear a un elemento que se consideraba cercano a la 4T. Sin embargo, como dice el dicho, le salió el tiro por la culata.

El caso de la Corte se ha resuelto y ha pasado a un segundo plano. A partir del caso de las tesis plagiadas se ha dado a conocer información relevante sobre la propia actividad de Sheridan como investigador del Instituto de Investigaciones Filológicas (IIFL) de la UNAM, siendo calificado por la revista Polemón[1] como un ejemplo del “aviador”, acusándolo de ir de sabático en sabático, de permiso en permiso, de comisión en comisión, sin dar clases, y gozando de los privilegios que su posición como “investigador” le otorga. En respuesta a dichas acusaciones, Sheridan, en un tono de indignación e ironía, mencionó que él solo respondió “obedientemente” al llamado del presidente para denunciar al que miente, roba o traiciona.[2] Nos quedan claras dos cosas: obedeció, pero no se sabe a quién; y en efecto, acabó como el perro de rancho: lanzó el ladrido, pero ilusamente no calculó que la denuncia “desinteresada” y la visualización del problema terminó calando más hondo en la “sagrada” institución que ahora dice defender.

Aunque ahora se vista de caballero andante –o machito más bien– en defensa del honor de su amada, y aunque su ego le diga lo contrario, esto va mucho más allá de su persona o de una directora de muchas tesis, pues son muchos los casos que dan cuenta de malas prácticas académicas; entonces ¿cómo es que ningún órgano de la UNAM ha hecho algo respecto? ¿Qué posibilita que estas prácticas queden impunes en la institución o cuando se identifiquen se individualice el caso para tapar el sol con un dedo?

Sería más fácil decir que hay una serie de individuos que desde las altas esferas los protegen –lo cual no es descartable. Pero el fenómeno es más complejo y enmarañado, pues dichos casos apenas son una muestra de cómo ciertas prácticas académico-administrativas se han tolerado, auspiciado y reproducido en diversos niveles de la institución y gracias a las cuales ciertos grupos, en cada una de las facultades y escuelas, han logrado enquistarse en ciertas áreas otorgándoles una serie de privilegios económicos, mientras que cerca del 75% del profesorado de la institución es condenados a bajos salarios y a una excesiva carga de trabajo que debería ser llevada por aquella casta privilegiada.

La respuesta que ha dado la UNAM ante el caso de plagio expresa la intención de realizar una serie de reformas con la finalidad de prevenir que un caso similar vuelva a ocurrir. Sin embargo, hace caso omiso del bestiario de casos que han salido de la caja de pandora. Desgraciadamente ello no es nada nuevo bajo el sol, pues la institución ha sido incapaz de llevar procesos de reforma que terminen con la explotación laboral, la corrupción sindical, la fuga de recursos, las formas de violencia como el “porrismo”, por mencionar algunos de los malestares que aquejan a la Máxima Casa de Estudios de la Nación.

Por más que los anti-4T salgan ahora a la defensa de la UNAM, esta está ya marcada: su autonomía ha valido, entre otras cosas, para ocultar el gran desgaste y la profunda descomposición de un elefante que, si bien recibe millones de pesos, apenas y entrega resultados a la sociedad. El acelerado proceso de desgajamiento universitario se ha venido profundizado en el último lustro. Los signos son evidentes: un auditorio “tomado” hace 20 años; facultades con amplios recursos económicos pero descompuestas en su cotidianidad, mercados andantes en las explanadas, cierres y tomas sin ton ni son, a capricho y gusto. Y, por supuesto, una burocracia contenta de que todo este suceda, pues al igual que a Sheridan, a ellos nada de esto afecta.

El destape de la red de corrupción de la venta de tesis entre los abogados, por ejemplo, es apenas una de las múltiples banderas rojas que se podrían colocar en la UNAM. Expresa lo más profundo de una institución que alardea con marketing, pero que en su interior está podrida profundamente. ¿Cómo harán ahora para reparar este daño? Las medidas anunciadas recientemente, con bombo y platillo, de la inclusión de un software (¡una concesión económica más que entregar!) que detecte “el plagio” es como colocar un curita a una presa llena de grietas.

Lo que está lejos del horizonte es la transformación de la institución. Atrás quedó la idea de la comunidad a la vanguardia de la democracia y la libertad. Ahora, es asociada con la protección de intereses de grupo –médicos, ingenieros, abogados, la “investigación científica o cualquier otro grupo de poder al mando–, con corrupción y, lo peor para una institución que recibe miles de millones de pesos: simulación. Esta negativa a reformar la institución tampoco es nueva, pues ello derivaría en la posibilidad de alterar aquellos modos por los cuales se reproduce el privilegio de unos cuantos; asimismo, está el viejo fantasma que ronda sus más profundos miedos y que puso en la mesa el movimiento del Comité Estudiantil Universitario con la huelga de 1986: el Congreso Universitario resolutivo, aquel que congregara a toda la comunidad universitaria para transformar todos sus estatutos.

Es poco probable que las acciones de la UNAM en torno a este caso rebasen el marco inmediato del caso de plagio, de lo contrario tendrían que abrir la puerta para una transformación de la institución, algo, que, insistimos, está muy lejos del horizonte. La elite universitaria prefiere una institución amparada en la autonomía, recibiendo cuantiosos recursos, pero desgarrada y descompuesta que moverse un ápice para estar a la altura de los tiempos. Por ahora, conviene recordar que esto una oportunidad para evidenciar y denunciar las malas prácticas institucionalizadas en la academia mexicana.

[1] https://polemon.mx/documentos-que-prueban-que-sheridan-no-da-clases-en-la-unam/

[2] https://www.eluniversal.com.mx/opinion/guillermo-sheridan/bitacora-de-vuelo-y-respeto-la-unam