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De Ortega y Gasset a Chumel Torres: humor y barbarie

César Martínez (@cesar19_87)*

El sistema insistía en que “las utopías habían muerto” y se vivía “el fin de la Historia.” Coexistía la fetichización de la alta tecnología con nuevas formas de barbarie.

José Agustín, Tragicomedia Mexicana 3 

Aunque parece un chiste sin sentido, el Felipe Calderón que durante sus años en la presidencia de México citaba frases del ideólogo español José Ortega y Gasset para darse aires de hombre culto, es el mismo Felipe Calderón que en el México post-2018 cita tuits del influencer Chumel Torres. Hallar el sentido al chiste consiste en encontrar la tierra común, una misma filosofía de la cultura, representada tanto por Ortega y Gasset como por Chumel, cuyo objeto político es crear un nuevo tipo de persona, sin sensibilidad para la “vieja política de ideas y principios”, pero con la sensibilidad para una “nueva política del placer, el deleite y el entretenimiento.” El prototipo de esa nueva criatura sería el Calderón filósofo y el Calderón tuitero, que son el mismo Calderón.

Arturo Barea, escritor español republicano exiliado en Inglaterra y autor de la magnífica trilogía La Forja de un Rebelde sobre la corrupción de las élites que llevó a España a la catástrofe, no dudó en tachar a Ortega y Gasset de ser un intelectual mediocre, confeccionador de “racionalizaciones eruditas mediante las cuales los conservadores pueden seguir ignorando no solo la actual situación económica y política, sino también otros valores humanos más importantes.” (p.247) La crítica de Barea contra Ortega y Gasset mantiene su vigencia aún hoy, pues lo acusa de simular; lo cual representa una crítica análoga en el caso de las y los Chumeles: valerse de expresiones culturales como la comedia y el humor para disimular una militancia política basada en la deshumanización de los pobres y los humildes.

 

Para crear este nuevo ser insensible a las ideas y las abstracciones, es decir, desilusionado de los antiguos ideales y utopías como la justicia, la libertad, la beatitud y la belleza; pero sensible a estímulos orgánicos o “imperativos vitales” como el deseo, la voluptuosidad y la autoindulgencia, Ortega y Gasset necesita bajar la razón al mismo nivel de la respiración o la digestión. Así lo hace en su ensayo El Tema de Nuestro Tiempo, donde señala que el fracaso de la cultura humanista abanderada por la Ilustración (cuya rigidez, según él, es atributo de los cadáveres), es haber hecho idolatría y divinizado las ideas políticas en una forma parecida a la que el cristianismo hizo con la idea de Dios. Su punto, dice, es “someter la razón a la vitalidad, localizarla dentro de lo biológico, supeditarla a lo espontáneo… La misión del tiempo nuevo es precisamente convertir la relación y mostrar que es la cultura, la razón, el arte, la ética quienes han de servir a la vida” (p. 60). Cultura, para él, es una relación entre funciones fisiológicas y leyes objetivas convirtiendo al deseo en la caja registradora del entusiasmo: es una nueva sensibilidad que rompe las trabas de la ética y la moral. La cultura ortego-gassetiana de la vida espontánea consiste, pues, en darle al cuerpo lo que pida. Atender al estómago, abrir la garganta, alzar la copa y decir salud.

Para defenderse de quienes, como Arturo Barea, podían acusarlo de ser anticultural (de inventar racionalizaciones eruditas para desvalorizar el valor de la cultura), Ortega y Gasset se presentó simultáneamente como el crítico de lo viejo y lo tradicional y promotor de una nueva cultura orgánica, asumiendo ese tono beligerante, estigmatizante contra personas adultas mayores, mujeres humildes, grupos lingüísticos y personas que viven con discapacidad que las y los comediantes de derechas suelen hacer pasar por humor negro, irreverencia o incorrección política. Alguna vez Ortega y Gasset llegó a declarar que le parecía “impía burla conceder autonomía a los paralíticos”.

Junto a esta hostilidad cultural, añadió un discurso “cosmopolita” banalizando la soberanía y la cultura españolas con expresiones tales como “El caso de España es bien claro: … nuestra inteligencia étnica [sic] es una función atrofiada y lo poco de temperamento subversivo que hay es reflejo de otros países.” (p.129) Sobre esta línea presuntamente cosmopolita, Ortega y Gasset tomó elementos del debate filosófico de la Alemania del siglo 19, tal como la palabra Gegenstand, con el propósito de avanzar la nueva sensibilidad. Él mismo explica que “la cultura se ha objetivado, se ha contrapuesto a la subjetividad que la engendró. Ob-jeto, “ob-jetum”, “Gegenstand” significan eso: lo contra-puesto, lo que por sí mismo se afirma y opone al sujeto como su ley, su regla, su gobierno” (p.52). Páginas más adelante, distingue la doble existencia de las cosas entre Gegenstand como “la estructura de cualidades reales que podemos percibir” y Objekt como “estructura de valores que solo se presentan a nuestra capacidad de estimar.” Ejemplifica esta diferencia aludiendo a las pinturas de El Greco o de Manet: es posible ver la tela, las líneas y los colores (el Gegenstand), pero solo los “genios del estimar” pueden apreciar la belleza de la obra (el Objekt). De modo que Ortega y Gasset establece que únicamente las élites con su subjetividad, que él denomina “clases abstractas”, están facultadas objetivamente para estimar cosas superiores. Por ende, solo las élites tienen autoridad cultural. Así, el pensamiento de Ortega y Gasset contempla fabricar un sistema sin utopías ni valores universales, cuyo principio dinámico se reduce al acto de satisfacer al cuerpo humano entreteniendo sus deseos y repulsiones. Es cultura, dice él, para el “vulgo retardatario”. Yo hago televisión para jodidos, mencionó alguna vez el dueño en México de una famosa televisora.

Más allá de debatir si una cultura sin las utopías de la dignidad o la igualdad no es más bien un proceso de corrupción y decadencia, el pensamiento de Ortega y Gasset sufre una contradicción de base: el nuevo tipo de persona sin escrúpulos ni ideales, pero sensible al deleite espontáneo, es una persona caracterizada por la pasividad. Al tomar el binomio Gegenstand-Objekt sin mayor elaboración, este intelectual español no se percata de que Karl Marx ya lo había cuestionado en su primera tesis sobre Ludwig Feuerbach: “La falla fundamental de todo el materialismo precedente reside en que solo capta la cosa (Gegenstand), la realidad, lo sensible, bajo la forma del objeto (Objekt) o de la contemplación (Anschauung), no como actividad humana sensorial, como práctica…” La clave, aquí, es que Ortega y Gasset comprende los actos eficaces de desear o estimar como actos de contemplación alrededor de un Gegenstand plano, sin mediación de facultades específicas de la razón tales como la memoria, la imaginación, el aprendizaje o el diálogo, por las cuales es posible y de hecho se transforma al Gegenstand colectivamente: la actividad práctica como la verdadera y auténtica cultura surgida desde abajo; que Marx llamó actividad revolucionaria con consciencia de clase.

Para Ortega, en claro contraste, la subjetividad es física e individual, no histórica ni social.

A manera de ejemplo, consideremos cómo la comedia política dominante en México funciona a través del error de Ortega y Gasset señalado arriba, que suele llamarse error de “empirismo” porque considera, por un lado, que solo lo que se experimenta se conoce y, por el otro, que la razón no aspira a descubrir el movimiento de fuerzas políticas y económicas detrás del objeto de contemplación.

Con la imposición de la narrativa de la “transición democrática” del año 2000 por parte de grupos mediáticos e intelectuales, proliferaron sketches y shows de “parodia” con las figuras del presidente Vicente Fox o de otros personajes de diversos partidos políticos en situaciones así llamadas “chuscas”, como el juicio de desafuero manipulando instituciones del Estado, el Poder Legislativo y el Poder Judicial, en contra del Jefe de Gobierno del Distrito Federal en el 2005. Aquellos programas de parodia jamás superaron el nivel empírico porque se trata de una forma cómica que opera mediante la imitación de rasgos físicos de personas de carne y hueso: el color de piel, la forma de hablar, el peinado, etcétera. Es decir que la “caracterización” (objeto de intuición sensible) acaba funcionando como un dispositivo que limita el espacio de interpretación política tanto para el público como para el artista.

A 20 años de distancia, cualquier comediante, standupero o influencer obsesionado con presumir su “objetividad”,( traducido como que “se burla o critica a todos por igual”), basa sus actos en convertir a los políticos en Objekt u objeto de contemplación sin ser capaz de decirnos nada acerca del Gegenstand histórico: el Estado y su relación material con la economía política. A fuerza de convertir al presidente o a cualquier otra figura pública en un objeto forzado de parodia o caricatura, el humorista reaccionario en el fondo va haciendo una labor de zapa contra la idea de la política como el lugar donde se debate y reflexiona la organización de la sociedad. Por tanto, refritea el recurso de trivializar la política y, además de perder talento, pierde objetividad. Cancela la vía de la participación y apunta a las falsas salidas de la indolencia y/o la violencia. De ahí su pasividad.

Siniestramente, el objeto oculto que es disimulado por la cultura de la banalidad propuesta por Ortega y Gasset, esto es, el Estado, se convierte en el objeto invocado por el mismo Ortega y Gasset para crear a la nueva persona apolítica y apartidista. Sin otra función básica que la contemplación, esta clase de persona ni puede autocrearse ni puede subvertir los valores clásicos de la libertad, la democracia y la soberanía popular por los valores “espontáneos”de la complacencia, el goce y el agasajo: es necesaria la operación de Estado para disciplinar y castigar la diferencia a través del ridículo y la burla, (la comedia política dominante), situaciones que Ortega y Gasset sugiere llamándolas de “ortopedia” y “ablandamiento.” Así se desprende de los ensayos El Ocaso de las Revoluciones y La Reivindicación de las Provincias. En el primer texto, él describe un mundo huérfano de moral, una Europa desmoralizada donde quienes antes entregaban la vida luchando en las barricadas por la justicia o la igualdad hoy deben parecernos simples bobos que murieron por nada (p.120). En el segundo, nuevamente se basa en el binomio GegenstandObjekt para colocar al Estado como objeto de deseo y máquina disciplinadora (en manos de las “clases abstractas”) que ablanda al Gegenstand, entendido ahora como las formas de convivencia entre las personas dentro de la sociedad (p. 23). De esta manera con el correr de las páginas, Ortega y Gasset se la pasa insultando y ridiculizando al Pueblo de España, “parodiándolo”, como el “buen labriego tosco, indotado, lleno de prejuicios arcaicos, sin técnicas contemporáneas, sin espíritu emprendedor” para quien “las cuestiones de Estado pasan por encima de su cabeza como las nubes viajeras sobre la cima de las encinas” (81-82).

Deleitarse y hacer escarnio de la marginación social, política y económica de otras personas, según la cultura del entretenimiento de deseos y repulsiones en el pensamiento de José Ortega y Gasset, descubre el germen de un Estado corrompido, sin ideales ni principios. Es lo que Arturo Barea vislumbró al decir que detrás de una racionalización erudita estaba la cuestión fatal de una convivencia entre seres huérfanos de moral; crítica certera tanto en la España de aquella época como en el México actual, donde los payasos sin gracia siguen aferrándose a un escenario cuyo protagonista siempre ha sido el Pueblo. Reemplazando la subjetividad física e individual de las élites por una subjetividad histórica y social, se aprecia cómo la comedia de derecha ha pretendido burlarse de los valores característicos de la grandeza cultural de México como lo son la solidaridad familiar y vecinal, el gusto por el trabajo práctico y la sátira popular; esto, con el fin de imponer la hegemonía del interés de grupo, la falta de ética profesional y laboral y la humillación contra quienes son diferentes. La cita del escritor y periodista mexicano José Agustín al inicio de estas líneas me parece la mejor forma de concluirlas: una cultura sin utopías, y una vida sin cultura, no son en realidad sino nuevas formas de barbarie.

 

*Maestro en relaciones internacionales por la Universidad de Bristol y en literatura estadounidense por la Universidad de Exeter.

 

Bibliografía:

Barea, Arturo (2019) La Forja de un Rebelde, [edición de Francisco Caudet], Cátedra: Madrid.

Ortega y Gasset, José (1967) La Rebelión de las Provincias, Alianza: Madrid.

— (1945) El Tema de Nuestro Tiempo, El Ocaso de las Revoluciones y otros ensayos, Espasa-Calpe: Buenos Aires.

Ramírez, José Agustín (2016) Tragicomedia Mexicana 3: La vida en México de 1982 a 1994, DeBolsillo: Ciudad de México.