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Coordenadas históricas de la 4t. Apuntes y precisiones sobre un proceso inédito (parte 2)

Alejandro Rozado

 

Una izquierda no socialista

La 4T es la oportunidad de acceder a nuestra propia modernidad. Con el fin de determinar las coordenadas de esta transformación histórica en ciernes, es preciso aquí responder a una pregunta casi obligada: ¿Es de izquierda el nuevo gobierno que encabeza este cambio de régimen? Por supuesto que la derecha retardataria se muestra horrorizada de que «AMLO nos llevará al comunismo», pero no me detendré en ese tipo de apuntes meramente viscerales afectados por un trastorno elitista de pánico social.   

Sin embargo, entre ciertas personalidades de la opinión pública persiste la duda. Por ejemplo, algunos radicales, decepcionados, creen que el gobierno de la 4T no es de izquierda porque no es socialista; para ellos, cualquier acción política con tufo a capitalismo es de derechas. Y como AMLO promueve para México una sociedad capitalista sin corrupción, entonces aquéllos concluyen catastróficamente que la Cuarta Transformación Mexicana es sólo una restauración derechista del sistema, una maniobra burguesa más, cargada de demagogia populista. Como es evidente, estos compañeros confunden izquierda con socialismo; su teoría entra de inmediato en conflicto al revisar la historia nacional, pues ninguno de los líderes y movimientos transformadores de la sociedad mexicana -desde Hidalgo hasta Lázaro Cárdenas- han sido socialistas, pero sí de izquierda. A propósito del tema, cabe recordar la definición que Adolfo Gilly propone:

Por izquierda entiendo un binomio: justicia y libertad. Si esta definición es buena, quien quiera la una sin la otra, quien haya atado su vida e ideas a regímenes que niegan una u otra, cualquiera sea su creencia o su imagen de sí mismo, no se ubica en la izquierda.

Creo que Gilly da en el clavo: desde la Guerra de Independencia hasta la 4T, México posee una rica tradición de doscientos años de izquierda no socialista -con la cual AMLO se alínea- que precisamente ha buscado trabajosamente vías de acceso a la modernidad. Desde luego que también tenemos cien años ya de una tradición igualmente rica de izquierda comunista que, no por ser tan exitosa es menos importante en sus contribuciones al país.

Coordenadas de la 4T

Aún así, la dicotomía izquierda-derecha es apenas uno de los ejes de lucha en la 4T; el otro eje, no menos importante, describe la tensa polaridad que hay entre modernidad y patrimonialismo. De tal modo que podríamos inscribir las coordenadas de la 4T en un cuadrante donde se mueven las fuerzas principales de una izquierda moderna, en contraposición tanto de una derecha neoliberal promotora de un capitalismo salvaje como de una izquierda y derecha patrimonialistas y, lo que es peor, de escaso pensamiento. A diferencia de lo que opina AMLO, la contradicción política principal de hoy dista mucho de ser entre liberales y conservadores (conflicto del siglo XIX). En el siglo XXI, México será escenario de la disputa mundial entre una sociedad justa, cooperativa y ambientalista y una barbarie decadente y depredadora. Sobre tal escenario tendrá que desenvolverse -motivada por la historia- una izquierda empeñada en ser moderna: la única manera de conducir, hoy, al país hacia un bienestar digno y libre.


Una metáfora deportiva

Eso significa que hasta las formas de la lucha de clases tendrán que cambiar, pues se trata de la disputa cultural más grande jamás dada que requiere el convencimiento de hasta el último de los ciudadanos, pues está en juego la sobrevivencia de la humanidad frente a una civilización en franco declive. Aquí, la 4T ha preferido -y seguirá prefiriendo- más la competencia que el choque frontal. Más el convencimiento con argumentos superiores que la descalificación soez y dogmática del adversario. Mediante la competencia, Andrés Manuel obtuvo treinta millones de votos -y así debe seguir la izquierda que lo acompaña. La analogía deportiva quizá pueda ilustrar con claridad la diferencia de los tipos de lucha. En vez del enfrentamiento tradicional, de poder a poder, entre dos grandes colosos en un ring de boxeo, la 4T deberá elegir la pista de atletismo y la carrera de medio fondo -digamos, los 400 metros planos- como deporte político moderno. Eso significa ocupar su propio carril y dar una gran carrera, venciendo a los rivales de la derecha sin distraerse mucho en ellos -quizá sólo viéndolos con el rabillo del ojo- y llegar a la meta de la modernidad como ganador indiscutible, sorteando las zancadillas de los competidores tramposos y los tropiezos de uno mismo, así como las limitaciones propias por falta del entrenamiento o de la estrategia adecuada. Entonces, la 4T es un fenómeno histórico que -como un atleta vigoroso y bien entrenado- corre por el carril de la izquierda no socialista, y compite con técnicas y espíritu modernos contra la derecha en sus diferentes versiones cachirulas y contra cierta izquierda patrimonialista. 

Revolución, revuelta, rebelión o reforma

De ahí la importancia de la 4T bajo los nuevos tiempos que corren. Con la complejidad que adquirió en Estado moderno capitalista, sobrevino en el mundo aquello que se llamó el ocaso de las revoluciones; a partir de 1968, el cambio radical ya no llegaría como un momento cataclísmico, sino como una sucesión interminable de sorpresas, caminando de manera zigzagueante hacia una sociedad más decente. Eso es la 4T: un acontecimiento inédito que ha ido cobrando forma con el paso de las años -para el asombro de muchos- desde los difíciles años de la oposición hasta su contundente hegemonía política. Antes, en tiempos que concebíamos como revolucionarios, no había medias tintas: o eras comunista o no lo eras y nos imponíamos como tarea inexorable «tomar al cielo por asalto»; hoy, en cambio, no hay necesidad de grandes acciones heroicas para participar en el proceso de transformación social. Acciones pequeñas, como ir a votar o defender tu humilde opinión, multiplicadas por millones de personas, pueden transformar el mundo.

Independientemente de la retórica sobre una “revolución de las conciencias”, en estricto sentido la 4T no es una revolución propiamente dicha, en el sentido filosófico de la palabra; es decir, no es «hija de filosofía radical» alguna (como lo fueron la francesa –heredera de la Ilustración- o la rusa –consumación histórica del marxismo), ni está dirigida por un puñado de poseedores de la verdad histórica (jacobinos, bolcheviques, etc.); tampoco, finalmente, pretende asaltar el aparato del Estado y destruirlo mediante el terror o la dictadura del proletariado -ni siquiera inaugurar un orden económico socialista en México. Ya no es tiempo de revoluciones. Éstas fueron la respuesta a un tipo de dominación estatal básicamente coercitiva que ya no es preponderante -de ello se ha estudiado ya mucho.

Tampoco la 4T es una revuelta de los pueblos, en el sentido en que Octavio Paz dio al término: es decir, un regreso social instintivo y nostálgico a los orígenes fundacionales de la nación -como fue el caso del zapatismo. El EZLN, expresión viva de la revuelta de los pueblos en la actual posmodernidad mexicana, no participa de la 4T, precisamente porque no se identifica con el perfil moderno de ésta.


AMLO, ¿caudillo? 

La 4T tampoco es una mera rebelión que sólo pretenda eliminar los abusos -sin cambiar los usos-, ni es liderada por un alzado rebelde o caudillo regional de enorme carisma. Que el Presidente López Obrador sea carismático no lo convierte necesariamente en caudillo -como lo quiere ver Krauze. Una reciente intervención decrépita del no menos decrépito Mario Vargas Llosa recicla el espantajo neoliberal del «populismo». El Nobel de Literatura sostiene que el pueblo de México está embelesado con AMLO, pero que «la era de los caudillos debe terminar» tarde o temprano. Bien. Lo que debe terminar es esa dizque teoría de los «caudillos populistas» cada vez que surgen liderazgos sociales alternativos a las políticas que privilegian a los núcleos financieros más poderosos del planeta. A intelectuales como Vargas Llosa y Krauze les falta, ni más ni menos, que el «toque de ubicación histórica» en sus análisis. Así, por ejemplo, el caudillismo fue un fenómeno de rebeldes latinoamericanos del siglo XIX, en tiempos en que los diversos Estados incipientes carecían del control total del territorio y de una red de instituciones democráticas sólidas. Nada que ver con el presente. De igual modo, el populismo fue un fenómeno político del siglo XX -con Estados más desarrollados- que rompió los viejos esquemas de las democracias oligárquicas y dio paso a estructuras políticas que respondiesen a la emergencia de la sociedad de masas (Cárdenas, Perón, Getulio Vargas). En México, todo eso ya sucedió. Cierto: AMLO es carismático, mas ello no lo convierte automáticamente en caudillo, pues no vivimos una época de caudillos -así de sencillo: la circunstancia condiciona al fenómeno. Es decir, si la personalidad de Andrés Manuel hubiese existido en el siglo XIX, hubiese sido -no tengo duda- un caudillo típico. Pero al vivir en el México actual, eso es imposible, por mucho arrastre social que aquél tenga. La circunstancia moderna de México hace que AMLO sea un hombre de instituciones y apegado a la ley. Y su enorme carisma sólo ayuda a que la sociedad transite más rápido -pues urge- hacia un verdadero Estado de derecho. 

Hoy se está superando la crisis del modelo autoritario de democracia simulada que todavía defienden, inútilmente, los Krauze y los Vagas Llosa. El Estado que se fue carcomiendo durante los años neoliberales fue una mixtura particular de patrimonialismo y voracidad financiera que promovió, mediante el privilegio y la violación de la ley, la entrega a particulares de los recursos de la nación, arrojó a la miseria y la desprotección a la población más vulnerable y toleró y protegió el gran negocio del crimen organizado. Es la crisis de un Estado a todas luces canalla que está siendo sustituido por un verdadero Estado de derecho. Es decir, un Estado moderno.

Un Aggiornamento para México

Por eso, desde sus primeras medidas, López Obrador ha pegado “duro y a la cabeza” a la figura principal del patrimonialismo político mexicano: el presidencialismo. La cancelación de las onerosas pensiones presidenciales; la disolución del cuerpo de élite:el Estado Mayor Presidencial (EMP) y su reintegración al ejército; la conversión de la lujosa y hermética residencia oficial de Los Pinos en un gran centro cultural abierto al público; la venta del avión presidencial y la flotilla de aeronaves al servicio del poder ejecutivo; la reducción drástica del sueldo del presidente y de los demás altos funcionarios, la reforma constitucional para poder juzgar a quien ocupe la silla presidencial por el delito de corrupción y la iniciativa para la revocación del mandato si la ciudadanía así lo decidiese son algunas de las decisiones que modernizarán al régimen político desde el Poder Ejecutivo. Ello ha provocado ya una reacción en cadena: el cierre de los flujos de subsidio ilegítimo a otras estructuras como los medios de comunicación chayoteros y la eliminación del intermediarismo de los programas sociales y agrícolas, los contratos leoninos en Pemex y CFE, la disolución de la descompuesta y delincuencial Policía Federal, etc. Así, AMLO está desmontando los baluartes del viejo régimen. La batalla de los siguientes 30 años ha comenzado y será ganada por las fuerzas modernas frente a las tradicionales o patrimonialistas. Al extirpar de su vida la corrupción, México será una potencia a la cual le tendrán más respeto y consideración los demás países por la calidad que tendrán sus ciudadanos.

Entonces: ni revolución, ni revuelta, ni rebelión. Y aunque a menudo se manifiesten y confundan algunos rasgos de estas tres formas conocidas de cambio social, la 4T es otra cosa: una puntualización de la democracia moderna que tantas décadas hemos tardado en conquistar. Asistimos a una gran reforma histórica –“de gran calado”, como se dice ahora- en todas las áreas de la vida nacional que buscará su definitivo Aggiornamento (puesta al día) en el siglo XXI. En efecto: la 4T es un reformismo pacífico, altamente participativo, legal y socialmente justo. En ello estriba el carácter inédito de la 4T.