Clase media y corrupción en México: un enfoque psicológico

César Martínez (@cesar19_87)*

 Ciertos rasgos de carácter definen a este sector de la clase media durante su historia: su amor al fuerte y su desprecio al débil, su mezquindad y su hostilidad…

Erich Fromm.

Existe un cambio en el discurso de Andrés Manuel López Obrador en la segunda mitad de su sexenio al reemplazar el concepto “Prensa Fifí”, que designa a los medios de comunicación en tanto aparatos ideológicos del antiguo régimen, por la expresión “Los que se sienten Fifís” como aquellas personas de clase media cuya autoestima es validada simbólicamente por dichos medios de comunicación. En su nueva significación, “Fifí” deja de referirse a la postura de tal o cual corporación mediática según sus nexos con el México oligárquico, para designar el carácter del México clasemediero marcado por su hostilidad ante el cambio histórico impulsado por el México de las clases populares, o Cuarta Transformación.

“Los que se sienten Fifís” refleja así un paradigma diferente donde esas expresiones vacías de contenido intelectual (con las que nos bombardean a diario desde radio, televisión y prensa) tales como “falso mesianismo”, “peligro comunista” o “régimen unipersonal” nos llaman a sondear la psicología de quienes aprovechan esta atmósfera hostil para dar rienda suelta a emociones e ideas racistas, clasistas y discriminatorias.

De modo que los ánimos caldeados en la clase media son un problema político con dos consideraciones: la primera, correspondiente a la crisis ideológica tras el colapso del PRIAN en su función de vínculo representativo entre la clase media y la vieja clase dominante; y la segunda correspondiente a la corrupción como la ideología o sistema de imágenes políticas que brinda estabilidad emocional a la clase media a través de conductas compulsivas como la inclinación por el poderoso y su rechazo al humillado.

Combinando argumentos de los pensadores críticos Nicos Poulantzas y Erich Fromm, decimos que en el México post-neoliberal hay un sector de la clase media que intenta desesperadamente cambiar su antiguo rol de clase de apoyo para ejercer por sí misma el rol de clase reinante a partir de sus compulsiones de poder como fuerza reaccionaria. Para prevenir que dichas emociones destructivas se tornen autodestructivas, quienes nos reconocemos obradoristas debemos pensar ideas para fortalecer una nueva emocionalidad derivada del carácter social fraterno, pacífico y solidario del Pueblo de México: se trata de librar una lucha política sin romper un cristal optando por la resistencia, la perseverancia y el apego a la verdad característico de quienes son pobres en el espíritu.

Poulantzas: La crisis ideológica y el nuevo PRIAN

La originalidad del pensador griego Nicos Poulantzas radica en haber reflexionado la política como un campo de energía movido hacia adelante o hacia atrás según la relación de fuerzas entre dos polos opuestos: la gran burguesía monopolista por un lado y las masas populares cuya única propiedad es su fuerza de trabajo, por el otro. A diferencia de los marxistas vulgares quienes sostenían que las crisis capitalistas anunciaban con trompetas la victoria inminente del proletariado, Poulantzas advertía que pensar así, renunciando a la lucha política en todos los espacios de la vida social, significaba capitular ante el poder dominador del fascismo.

El Marx filósofo, nos explica Poulantzas, indica la presencia de la dialéctica histórica, o lucha de clases, tanto en la base económica de la sociedad como en su superestructura política e ideológica. La síntesis entre base y superestructura es la consciencia social de las personas: la lucha política inicia desde nuestras cabezas porque la consciencia de clase no solo se determina por la posición económica, sino por las ideas y también por los sentimientos. Es decir que la consciencia social es un fenómeno psico-emocional, como se expresa simplemente en la frase “Los que se sienten Fifís.”

Así, Poulantzas describió la emocionalidad de la clase media o «Mito de la Pasarela»:

Temor a la proletarización desde abajo, atracción de la burguesía desde arriba, la pequeña burguesía aspira a devenir burguesa, por el paso individual, hacia arriba, de los “mejores” y de los “más capaces”. Este aspecto adopta así con frecuencia formas “elitistas”, de una renovación de las élites, de una sustitución de la burguesía “que no cumple con su papel”, por la pequeña burguesía, sin que cambie la sociedad. (281)

Sobresalen las palabras “temor”, “atracción” y “aspirar” que exhiben una pugna de sentimientos entre el miedo a la pobreza y la envidia hacia la opulencia donde el primero sale victorioso, generando un carácter social conservador, cuya utilidad política transforma a la clase media en clase de apoyo de la clase dominante. Por ello, Poulantzas habla de alianza entre clases para formar el bloque en el poder.

Sin embargo, la dinámica de tal bloque, amalgamado alrededor del desdén a la gente humilde, necesariamente termina empobreciendo, económica y moralmente, también a la clase media: la alianza entre dos clases en detrimento de una tercera tiene un valor meramente simbólico para la clase de apoyo. Poulantzas dice: “la pequeña burguesía se alimenta literalmente de la ideología que la cimenta.” De modo que si bien un régimen tan inestable como el neoliberal en México logró sobrevivir agudas crisis económicas (1994/95 y 2009/10) dado que el vínculo representativo entre clase media y clase oligárquica, esto es, el PRIAN, conservaba su significación ideológica; ese mismo régimen neoliberal colapsó sin necesidad de una tercera crisis económica cuando la relación de fuerzas entre el Pueblo y las viejas élites cambió provocando la fractura entre el PRIAN y la clase media. Es la crisis ideológica manifestada aún hoy en los estribillos “todos son iguales”, “ni a cuál irle” y “si votar cambiara algo, ya estaría prohibido”.

A partir de esta crisis ideológica se aprecian dos desarrollos simultáneos que no estaban antes de 2018: en una mano está el papel de los aparatos ideológicos de Estado como los medios, la burocracia y la academia operando como un híper partido político conservador o nuevo PRIAN; y en la otra mano está el sector de la clase media que Poulantzas llama “pequeña burguesía en rebelión” que intenta desmovilizar a las masas populares mediante sus formas ideológicas: la simple y llana hostilidad.

Ambos desarrollos se originan en el “Mito (aspiracionista) de la Pasarela”, pero vayamos primero con los aparatos ideológicos:

Los aparatos no son más que el efecto de la lucha de clases: a saber, el poder notable de permanencia y de duración de la ideología dominante por encima de las transformaciones de los aparatos (incluidos los ideológicos) y del poder de Estado… En efecto, si estos aparatos son una de las formas de existencia social de la ideología, esta es la condición de existencia de tales aparatos. (362)

Esto último coloca a las prestigiosas universidades públicas o privadas, redacciones periodísticas, grandes corporaciones mercantiles y  “organizaciones de la sociedad civil” como espacios ideológicos que materializan las relaciones de poder político y económico. De ahí su reacción ante el proyecto de transformación en México.

El desfase entre la orientación conservadora de estos aparatos y el rol simbólico que siguen llenando en las aspiraciones de la clase media impacta la autoestima de la así llamada “pequeña burguesía en rebelión.” Aferrado al valor emocional que asigna a estos pilares del antiguo régimen, este sector también abraza la imagen que la clase media tiene de sí misma como clase que aspira al arbitraje social entre los de arriba y los de abajo (las frases: “a ver, convénceme” y “a ver, explícame”) con el propósito de imponer sus propias formas ideológicas al resto de la sociedad.

Estas formas, según Poulantzas, son:

  1. a) El anarquismo o rechazo a la organización social y política: “Soy apartidista”.
  2. b) El individualismo o doble movimiento entre cinismo e ingenuidad: “El Pueblo es tonto”.
  3. c) La “jacquerie putschista” o culto abstracto a la violencia: “rómpanlo y quémenlo todo”.

Observamos que los ataques tanto desde la extrema derecha como desde la extrema izquierda contra la Cuarta Transformación buscan restaurar el vínculo representativo entre clase media y vieja hegemonía, pero ahora alrededor de los aparatos ideológicos o nuevo PRIAN. Desde luego, esta hostilidad expresada a diario y tan abiertamente demuestra que el Pueblo logró modificar la relación de fuerzas a su favor: ahora, el desafío político es continuar acompañando al Pueblo y fortalecer sus sentimientos. Esto involucra conocer cómo funciona la psico-emocionalidad de “Los que se sienten Fifís.”

Fromm: Hostilidad y carácter social de la clase media

El amor al fuerte y el desprecio al débil observados por el psicoanalista Erich Fromm como conductas compulsivas de un sector de la clase media son la actualización más importante del fenómeno conocido como perversión sado-masoquista examinado por Sigmund Freud: si bien Freud creyó que la tendencia de la persona moderna a reprimir sus emociones reflejaba una sexualidad frustrada, Fromm descubrió que la misma represión emocional estaba ligada a un proceso histórico marcado por la fabricación de figuras de autoridad y de objetos de dominación.

Así, eso que Freud llamó neurosis fue rebautizado por Fromm como carácter autoritario al ver a una clase media obsesionada con producirse sensaciones a partir del establecimiento de una jerarquía política: sensación de control, de certidumbre, de seguridad, de tranquilidad y de dominio sobre el mundo externo y sobre los demás. No se trata de carácter individual, sino de carácter social que “resulta de la adaptación dinámica a un modo de existencia que canaliza la energía humana y determina la forma de pensar, sentir y actuar de los miembros de una clase.” (277) 

La teoría de Fromm atraviesa el siglo 20 y su énfasis en el modo de existencia/modo de producción le permitió registrar la conversión de una vieja clase media, cuyas conductas económicas eran ahorrar y producir, hacia una nueva clase media dedicada a consumir y gastar: el homo consumens. Él ayuda así a entender cómo varias victorias de la clase trabajadora acerca del salario mínimo durante la Cuarta Transformación pasan absolutamente desapercibidas para la clase media. Y es que, mientras el consumo de una persona de clase popular está condicionado por su ingreso, el consumo de una persona de clase media condiciona su ingreso por la vía de la aspiración. Hablamos de los recursos políticos y/o conexiones orgánicas que emplea esta persona para insertarse en la distribución de la renta y por eso Poulantzas la llama “trabajadora no-productiva”. Fromm llega a decir que, en la clase media más que en la clase alta o en la clase baja, las relaciones sociales están instrumentalizadas. El pequeño burgués, escribió el novelista Herman Hesse, se acostumbra a soportar relaciones humanas de pobre calidad.

El hecho de soportar relaciones humanas de pobre calidad es el precio que la clase media paga por escapar de la insoportable carga de la libertad, dice Fromm. Examinando los hallazgos clínicos de Freud, él se asombró ante aquello conocido como “transferencia” mediante el cual una persona adulta transfiere sus emociones hacia un objeto o un sujeto. Concretamente, las emociones desagradables ligadas a la libre búsqueda de la personalidad como la ansiedad, el miedo al rechazo y la incertidumbre son reprimidas transfiriendo el poder de tomar decisiones bajo la forma de autoridad: este acto de dependencia voluntaria es conocido como masoquismo, pues reprimir emociones desagradables mediante la transferencia no elimina el sufrimiento.

En la revisión de Fromm sobre Freud hay, sin embargo, un aspecto ignorado en lo correspondiente a la transferencia del sentimiento de culpa cuando se habla de agresividad no-sexual:

[Ocurre] algo notable: Su agresividad se interioriza… se vuelve contra su propio ego. Allí se encarga de ella una porción del ego que se vuelve contra el resto del ego en forma de superego y que ahora, como “conciencia”, está dispuesta a obrar contra el ego con la misma agresividad que al ego hubiera gustado aplicar a otros. La tensión entre el superego y el ego es lo que llamamos sentido de culpa; se manifiesta como necesidad de castigo. Por eso la civilización logra dominar el peligroso deseo que el individuo siente de agredir, debilitándolo y desarmándolo y montando dentro de él un organismo para vigilarlo, como una guarnición en una ciudad conquistada. (Freud citado por Fromm, 153).

Freud se enreda, sugiere Fromm, al suponer que el ego se autorregula como superego, lo que no explica la hostilidad reprimida que impregna la personalidad del hombre o mujer de clase media, los dientes apretados. La clave es la coincidencia entre ambos psicoanalistas a partir del estudio de la esquizofrenia de que la agresividad humana exhibe una autoestima deteriorada: transferir la emocionalidad a un poder jerárquico se acompaña del narcisismo como mecanismo de compensación a través del establecimiento de un objeto de dominación. Es la transferencia negativa: compulsión del desprecio al débil y el odio contra los pobres.

Ahora bien, a Fromm le falta concluir que el sector “en rebelión” de la clase media carece de una relación robusta con la verdad ya que Fromm no dio importancia suficiente a la transferencia del sentimiento de culpa hacia la clase dominante. Sin esta consciencia del bien y el mal, se camina siempre sobre la cornisa aspiracionista del triunfar a toda costa sin escrúpulos morales de ninguna índole. Entonces Fromm coloca como fenómeno generacional la incapacidad de sentir en carne propia la emoción de la tragedia, cuando se trata de un fenómeno de clase:

Hay una emoción tabú que quiero mencionar porque su represión toca las fibras más íntimas de la personalidad: el sentido de tragedia. La consciencia de la muerte y de lo trágico de la vida es una de las características esenciales de la persona. Pero nuestra era simplemente niega la muerte y, en vez de permitir que esta idea se vuelva un poderoso incentivo para afirmar la vida a partir de la solidaridad, pues sufrir el dolor ajeno profundiza nuestros propios sentimientos, estamos obligados a reprimirla. Esta es la raíz de la banalidad de nuestras experiencias y del frenesí de la vida diaria. (244-245).

Así como ocurre con la represión de otras emociones vinculadas a la libertad, la represión del sentimiento trágico es un tema psicológico de graves consecuencias políticas: en una sociedad regida por una clase dominante como era el México neoliberal, la clase de apoyo solo puede ignorar el abuso de poder si desde su narcisismo despoja de su dignidad humana a la tercera clase en cuestión, por medio de prejuicios ideológicos y emocionales que comúnmente se conocen como racismo y clasismo.

Conclusión: ¿Qué hacemos con la clase media?

Fromm responde que la transformación de un carácter social reprimido por medio de conductas compulsivas es posible reemplazando dichas compulsiones por conductas espontáneas y libres: el amor como habilidad (y no como acto de poseer a alguien) y el trabajo como actividad creadora y creativa (y no como rutina social). Esta conclusión, por sincera y honesta que es, desafortunadamente no contiene una estrategia política concreta, pues Fromm conceptualizó al carácter principalmente como fuerza productiva y no como superestructura o la imagen que la clase media tiene de sí misma. Fromm no previó ni a la hostilidad como fuerza reaccionaria ni a la “pequeña burguesía en rebelión.”

Si este sector se impone con la ayuda de los medios de comunicación y otros aparatos sobre el resto de la clase media, nos advierte Poulantzas, entonces la corrupción en tanto doctrina de la jerarquía represora y la desigualdad social volverá a soldar ideológicamente al viejo bloque en el poder, en perjuicio del Pueblo de México. La solución no está, empero, en ir a “convencer” a la clase media “que sí es buena onda” ya que esto solamente refuerza su narcisismo y su aspiración de arbitraje social entre los de arriba y los de abajo. La solución es caminar al lado de su antiguo objeto de dominación para darle una gran lección de dignidad: las clases populares, la gente humilde, los pobres en el espíritu.

Hablamos de lucha de clases del siglo 21, sin lanzar bombas molotov ni caer en provocaciones en las redes sociales. Es contestar las formas ideológicas de la clase media con las formas ideológicas del Pueblo: reivindicar la organización social y política, defender la sabiduría popular y promover siempre la vía pacífica. En pocas palabras se trata de no cansarnos de ser como somos, de resistir practicando el verso de Goethe citado por Fromm: “la máxima dicha humana es la propia personalidad.”

* Maestro en relaciones internacionales por la Universidad de Bristol y en literatura estadounidense por la Universidad de Exeter.

Bibliografía:

Freud citado en Fromm, Erich, Grandeza y Limitaciones del Pensamiento de Freud, Siglo 21: 2007.

Fromm, Erich, Escape from Freedom, Holt: 1994. [traducciones del autor]

Poulantzas Nicos, Fascismo y Dictadura, Siglo 21: 1976.

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