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Cartas de la prisión de Rosa Luxemburgo

Jonatan Romero

  • Luxemburgo, Rosa. Cartas de la prisión. Trad. de Ana Useros Martin. España, Akal, 2019.

Cartas de la Prisión, publicadas por Akal, se manifiesta como una obra imprescindible y en todo caso es una estación obligada que todo comunista debe pasar en este largo camino revolucionario. Luise Kautsky le regaló al mundo evidencia del carácter revolucionario por excelencia y, más allá de la propaganda leninista, Rosa Luxemburgo se presenta en su forma más pura y ella aparece, al margen de las coyunturas, con una actitud provocativa, alegre, crítica y sobre todo dispuesta a transformar este régimen salvaje.

Clara Zetkin definió el carácter revolucionario de la polaca y derrumbó el sentido acrítico del famoso sobre nombre de “Rosa la Sanguinaria” que mistificaba y banalizaba al máximo su compromiso con la libertad de la clase trabajadora. Luxemburgo era implacable contra el oportunismo y la moral burguesa, pero también era bastante empática contra el oprimido y sus amigos. El lector recordará con gran pasión la escena del búfalo asediado por los soldados alemanes o el pobre escarabajo atacado por un ejército de hormigas.

Franz Mehring menciono que Rosa era la aprendiz más aventajada de Marx y ahí añadiría también a Engels. Las cartas son una evidencia fundamental del carácter científico del comunismo, pues no importaba la situación, ella podría estar en la cárcel o de viaje, siempre buscaba las fuentes del conocimiento. Poco antes de su asesinato, escribió a Luise Kautsky que le quedaba poco en este mundo y desconocía gran parte del conocimiento humano. Interesante pasaje, le molestaba más su ignorancia que su propio encierro en las cárceles alemanas.

A contrapelo de la literatura popular, este trabajo entrega una caracterología rara y muy poco explorada de la pensadora polaca. Mientras en el otro lado se esmeran por llevarla al lugar común de las mujeres: nostálgica, delicada o débil, en las cartas aparece todo lo contrario: una revolucionaria dispuesta a dar su vida por la revolución proletaria pero siempre con una sonrisa. En el método revolucionario no hay tiempo para la depresión y ella siempre mostraba a sus coetáneos su lado más optimista.

No se debe confundir el optimismo vulgar frente al revolucionario y allí se debe aclarar el punto. Rosa Luxemburgo era clara en el tema y se puede verificar en la carta a Sophie Liebknecht en donde responde a su pregunta ¿por qué son así las cosas? Y ella responde de manera magistral que se debe una condición histórica cuyo eje es la dominación de los hombres sobre los hombres. En otro momento, ella argumenta abiertamente en una correspondencia que después de la tormenta vendrá la calma sin antes pasar por un proceso de purga. A pesar de todo, no existió titubeo epistémico alguno y siempre miró críticamente la coyuntura de la primer gran guerra europea.

Socialismo o barbarie no solo fue un slogan, sino se convirtió en el fundamento de su pensamiento. El intercambio epistolar demuestra este doble camino, pues, por un lado, intentaba cuestionar cualquier proceso histórico desde su raíz (hay líneas dedicadas al infantilismo de Lenin) y, por el otro, siempre manifestaba la importancia de la transformación del mundo burgués. Ella amaba la vida como pocas personas en este mundo y cada aspecto por muy pequeño cobraba gran interés a su ojo humano.

La herbolaria se volvió en una afición, en un estilo de vida, también leyó masivamente sobre geología, se interesó por la biología y le dedicó mucho tiempo a la zoología. Aquella frase que versa así “Nada de lo humano me es ajeno”, aquí se debería modificar un poco y quedaría “Nada de la vida me es ajeno” y así se abriría un horizonte político inédito: la revolución no solo debe contemplar la liberación humana de las garras del capitalismo, sino además se necesita liberar a la naturaleza.

Sobre lo anterior, en este trabajo existe un pasaje particular y bastante hermoso, donde ella cuestiona su carácter racionalista (en su juventud) al restarle importancia al canto de los ruiseñores y afirma tajantemente que solo el oído atrofiado no podría dar cuenta de la diferencia del canto de este bello animal. Ahí existe una clara critica a la economía capitalista y el despliegue de la violencia sobre la naturaleza. Pero al mismo tiempo, ella ve en la misma vida las fuerzas propulsoras de la revolución y nunca dejaría de apuntar que el deseo de pelear por un mundo mejor está en el regalo más preciado que se le dio al ser humano: vivir.

Ahora es necesario dar salida a un tema bastante peculiar que Luise Kautsky saca a relucir al final de su correspondencia. La crítica versa hacia la persona de Rosa Luxemburgo en tanto que se equivocó al apoyar a Karl Liebknecht y que él único consejo viable en ese momento era que se alejará de este personaje. Aquella crítica se repite en los cuadros leninista (tanto estalinistas como trotskistas) y ahí se esconde lamentablemente una amplia ignorancia del tema, pero también un claro ataque al pensamiento original de esta gran pensadora.

Sobre lo anterior solo basta decir tres cuestiones:

Primero, Rosa Luxemburgo era una exaltada y jamás iba a permitir callarse cunado las cosas estaban empeorando. Su filosofía de la praxis estaba consolidada y en la cárcel trabajó arduamente para dar el contragolpe en Alemania. Luise se equivoca tremendamente al pedirle ecuanimidad, ya que, en ese momento, después de la primera gran guerra, no había medias tintas: o eras parte del movimiento revolucionario o estabas dentro del oportunismo.

Segundo, Rosa Luxemburgo era una lectora apasionada y estaba bastante informada de los procesos sociales de su época. A diferencia de Karl Liebknecht, ella conocía muy bien la revolución rusa y tenía una interpretación bastante diferente de la toma del palacio de invierno. Por eso mismo, cunado la liga espartaquista decidió apostar por la guerra de asalto y así tomar las calles de Berlín, entonces la revolucionaria cuestionó el error de calculo de la estrategia. Pero, ella no tenía la correlación de fuerzas a su favor y por ende perdió la votación y la discusión al interior del partido.

Tercero, Rosa Luxemburgo tenía dos opciones ante los eventos que se aproximaban violentamente a finales de 1918 e inicios de 1919: ella terminaba apegándose al partido espartaquista o terminaba negociando con los oportunistas. La decisión no era tan complicada y el comunista no necesita explicaciones sobre su decisión: ella era consciente del peligro que significaba el método revolucionario y en su correspondencia a Sophie Liebknecht aseguró que terminaría asesinada en el frente de lucha junto a sus camaradas.

Al igual que su violento fin, Rosa la roja tuvo siempre claro el horizonte político y ético revolucionario, nunca dudo en mostrar las garras ante el oportunismo y siempre apostó por la clase proletaria. Ante la derrota de la comuna de Berlín, ella volvió a mostrar su poderío epistémico y en vez de bajar la intensidad del ataque y a un día de su asesinato escribió fuertemente contra los traidores y oportunistas. La revolucionaria sabía muy bien que tan mal estaban las cosas, pero también era consiente de que tarde que temprano la clase trabajadora empuñará las armas para derrocar la dictadura burguesa. Su obra está inconclusa y estamos llamados a terminarla.