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Argentina 1985. Latinoamérica 2022

Federico Bonasso

Toda Latinoamérica debe ver esta película. Y no solo por razones de disfrute cinematográfico. O para criticarla, que se puede. Sino por las lecciones que ofrece la revisión de ese hecho, de enorme importancia, que fue el Juicio a las juntas militares.

Aquel líder o funcionario que, legítimamente, quiera pasar a la Historia, recibirá un lúcido recordatorio de qué tipo de acciones políticas son las que le consagran a uno la letra de molde en la memoria colectiva.

Volveremos a esto en la conclusión.

Por lo pronto mencionemos dos dimensiones del efecto “Argentina 1985”: la estética y la política.

Vamos por la estética primero.

No comparto cierto reproche (recurrente en diversas reseñas) al estilo narrativo que escogió el director Santiago Mitre: “el esquema hollywoodense”. Estaríamos “otra vez” ante el héroe individual y su voluntarismo modélico que restituye la esperanza colectiva en las instituciones y la idea de que la justicia es alcanzable. Y bajo ese esquema, nos dicen los críticos, se marginan de este acto de memoria (que la película es, queriéndolo o no), acciones colectivas fundamentales que propiciaron también el Juicio a las Juntas. El problema con ese enfoque crítico es que olvida que, más allá de los maniqueísmos insufribles de Marvel, Hollywood asimiló los ganchos narrativos clásicos y en eso radica su éxito global. La película es más eficiente acaso que un documental sobre el tema, precisamente por el uso de estos ganchos.

Así, “Argentina 1985” no sería un “producto hollywoodense”, término inseparable de cierto juicio ideológico, sino un relato muy bien ensamblado.

¿Cuáles son esos ganchos? Todos elementos presentes en esta producción: empatía con los personajes, sobre todo con el protagonista; dimensión humana del hecho épico; humor; acompañantes entrañables; hiperrealismo; tensión dramática y, sobre todo: moraleja.

Toda historia que pretenda tener un impacto profundo, como tan bien explica el maestro del guión Robert Mckee, debe ser una metáfora de la vida. Y esta película, más allá de una metáfora de la Argentina, es, sin duda, una metáfora de la vida.

En alguna de las reseñas que revisé llegan a advertirnos sobre el abuso de este recurso del héroe solitario y su escudero. Que conocemos desde Don Quijote y Sancho, nos dicen. Podemos agregar más ejemplos: Sherlock y Watson, Marty McFly y el Doc. Esto “cansa” a algunos críticos pero le tiene sin cuidado a la audiencia.

En “Argentina 1985” la sinergia y las contradicciones entre Strassera y su Sancho Panza, el fiscal adjunto Luis Moreno Ocampo (que venía de una familia acomodada ligada a la casta militar), aportan un valioso ingrediente dramático.

Otros que han contado la historia reciente de la Argentina han acudido a ese modelo narrativo para poder abarcar un objetivo mayor: el de dejar una huella emocional en el lector o espectador. Huella que ayuda a comprender el hecho histórico, que no por histórico está despojado de un componente moral clave: la rebelión contra la injusticia. Lo sé muy bien porque fui testigo de la creación de una de estas historias, hoy un clásico de la literatura argentina: el libro “Recuerdo de la muerte” de Miguel Bonasso. Que alcanzó público en todo el mundo no solo por ser fiel a la evidencia presentada (algo que resultaba obligatorio) sino por usar estas claves narrativas clásicas.

El frío documento de archivo jamás tendrá el poder de la historia de ficción. Desde luego allí mismo se esconde una trampa: la memoria y la Historia misma pueden ser moldeadas por estos trucos. Pero esa trampa es (en general) desarmable para el lector-espectador informado y criterioso. La clave reside en que esos trucos narrativos, cuando estén puestos al servicio del relato de hechos históricos, no falseen la evidencia. Particularmente la evidencia sustantiva, la que nos permite construir un juicio crítico sobre lo acontecido. Así esos “trucos” nos generan rechazo cuando nos ofrecen una versión de la guerra de Vietnam en “Rambo” y, en cambio, nos resultan conmovedores y aleccionadores cuando los usa Oliver Stone en “Platoon” para revisar el mismo episodio histórico. Ambas visiones son radicalmente opuestas: en una, esos trucos resultan baratos, y en la otra, eficientes. Porque no le disputan la potestad al hecho: están allí justamente para confirmarlo. Y en general, esto es lo que sucede en “Argentina 1985”.

Con una estupenda puesta en escena (gracias a Dios “hollywoodense” y no surrealista), bien contada y ambientada, de buen guión, casi enteramente verosímil, “Argentina 1985” es un rico platillo cinematográfico.

Por supuesto: para los que conocemos esta historia desde “dentro” resulta un viaje a un pasado no siempre soportable. Y le exigiremos ausencias y omisiones. Curioso: me sorprendí llorando por “nimiedades”, en los primeros pasajes, porque se me había caído el escudo protector. Y, en cambio, no siempre me conmoví allí donde la película me lo indicaba. Le hago un reclamo: la crudeza de los testimonios reales los hace muy difíciles de reproducir desde la actuación. En los actores “de reparto”, que representan a las víctimas de la dictadura, tenía el director uno de sus mayores retos. No salió del todo bien librado. Ellas y ellos, sin faltar nunca al profesionalismo, cargaron con una responsabilidad emocional casi superior a la del propio Darín. Y no siempre lograron responder a semejante reto. Algo parecido sucede con la música, que, por eludir el dramatismo, se estanca no pocas veces en una neutralidad fuera de tono.

La dimensión política:

Recomiendo a los interesados en este aspecto que revisen la estupenda reflexión de Fernando Rosso, periodista argentino.[1]

Rosso va a fondo y, con su acostumbrada finura, pone luz sobre aquellos puntos políticos que desafían en mayor o menor grado la propuesta del director Santiago Mitre. No coincido en todos porque, insisto, el resultado emotivo de la película es suficientemente aleccionador como para otorgarle un valor social. Sobre todo en una Historia argentina que no está para el museo ni mucho menos; que hoy produce personajes como Javier Milei, esa ultra derecha que admira secreta o abiertamente a los genocidas y que disputa (aunque usted no lo crea) espacios políticos concretos. De Rosso les dejo, para animarlos, esta reflexión: “el régimen democrático había condenado al brazo ejecutor sin inculpar a los beneficiarios económicos (de la dictadura)”.

Y aquí voy a lo que me interesa destacar y compartir con ustedes. “Argentina 1985” resulta un espejo valioso para la realidad mexicana. No porque, como pretenden algunos delirantes afectos al juego de Pedro y el lobo, aquí se viva bajo un régimen de corte fascista como el de Videla o se haya producido un golpe de estado. Sino por la importancia social de los procesos de justicia.

México está en deuda consigo mismo mientras no pase por el traumático pero imprescindible proceso de juzgamiento de aquellos agentes del estado que perpetraron crímenes de lesa humanidad. Estos crímenes no solo fueron cometidos en la “guerra sucia” mexicana y sus morbosas coincidencias con la represión argentina. Fueron cometidos también hace muy poco, y por las fuerzas armadas, en centenares de casos, Acteal, Tlatlaya, Ayotzinapa. Es decir, “ayer”, en términos históricos. Es más, siguen hoy las denuncias de desaparición forzada. Y los perpetradores (salvo excepciones no representativas) no han sido encarcelados, o juzgados, y mucho menos condenados.

No hay mayor legitimación para cualquier institución del estado, que la aplicación de la justicia contra quienes violaron esa ley que juraron defender. Qué habría sido de Alemania sin Núremberg. Lo vemos en España, esa sociedad que acusó al juez Garzón por querer indagar en los crímenes del franquismo, y suele esconderse bajo la alfombra de la Historia enfrentando una inestabilidad política que mucho tiene que ver con la amnesia auto inducida.

Dolorosos y traumáticos, los procesos de justicia donde el estado reconoce su culpa son el pilar de instituciones saneadas, la regeneración de la confianza ciudadana en ellas y de una sociedad que vuelva a enfocarse en la defensa de la democracia y el estado de derecho.

Si Alfonsín pasó a la Historia fue por el juicio a las Juntas.

No se puede hallar la verdad sin decisión política.

No se puede, hallada la verdad, olvidar su mandato de justicia.

[1] Acá puede checarse la nota https://www.eldiarioar.com/opinion/argentina-1985-cosa-juzgada_129_9647080.html?fbclid=IwAR1frd0PkkmhpolJr7UoR2BR3nOQDtqG_jU070NBlm2tRgwUEgbdShsUxGw