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Algunas cosas que decir sobre cierto feminismo, aunque no quieran escucharlo

Lucía Pi Cholula

Hace poco escribí que discutir en 140 caracteres no tiene sentido, que en realidad no hay espacio suficiente para todo lo habría que decir en un diálogo que permita la confrontación y el disenso, siempre como una oportunidad de construir en colectivo otras formas de pensar, ver y vivir el mundo. No sé por qué, dentro de mi reflexión no había contemplado la posibilidad del “bloqueo”. Bloquear a alguien en las redes sociales, a alguien que no te está violentando, sino simplemente discutiendo con tu postura o señalando algo con lo que no está de acuerdo cancela por completo el diálogo. No hay posibilidad de discusión en el mundo del Tuiter, no existe en realidad el colectivo, aunque mucha gente se deje llevar por ola de “likes” y las respuestas de apoyo. Por eso escribo este texto, porque a mí sí me interesa ir más allá de las afirmaciones fáciles y del feminismo de 140 caracteres.

Me sorprende que alguien que dice estar en contra de la cultura de la cancelación, del punitivismo, de esa moda de obligar a las mujeres a posicionarse cada vez que un hombre cercano sale señalado en una denuncia, decide bloquearme sin más, sólo porque no comparto lo que dice. Quiero aclarar que responde y después me bloquea, orillándome al silencio, a asumir que lo que dice es la verdad absoluta porque cuando te bloquean no existe el derecho de réplica. No sé cuántos “likes” vaya a tener el tuit donde me señala, cuántas veces vaya a retuitearse como una verdad sin cuestionamiento, porque claro, #yosítecreo, tú eres quien tiene la voz cantante, la otra (es decir yo) simplemente guardó silencio. Y la que calla otorga, ya lo saben.

Quiero decir muchas cosas, pero antes de ello, me gustaría aclarar, dirigiéndome directamente a ella, aquellas acusaciones que no pude responder en Tuiter debido al bloqueo: 1) si te refieres a la denuncia que hiciste en el #Metooescritores, él no era mi amigo, jamás habíamos hablado en persona, lo conocí después, lo invité incluso a una fiesta en mi casa, no porque obviara tu denuncia, sino porque mi postura frente a la cancelación es clara y contundente: no estoy de acuerdo con ella y menos cuando afecta directamente a otras mujeres. 2) Dices que no participaste de la ola punitivista, cuando hay un tuit en el que claramente denuncias lo que considerabas “inaceptable”: que hubiera espacio en las páginas de algunos medios para personas como él, es decir, pedías que le quitaran el trabajo, tal como sucedió. Eso es punitivista, eso es exigir que alguien se posicione frente a tu denuncia. 3) No recuerdo nunca darle “like” a comentarios en los que se refirieran a alguna mujer —no solo a ti— como “loca” o “enferma mental”, mucho menos en ese momento en el que yo misma estaba lidiando con la dificultad de comprender qué significan las denuncias y cómo es posible hablar de ellas sin caer en la venganza, el señalamiento y, por supuesto, la violencia. Si lo hice y tienes pruebas te pido una disculpa sincera, jamás fue mi intención. No te conozco, no tengo por qué insultarte, yo no voy por ahí ofendiendo a la gente. Mi discusión no es personal, es política. Y sí, ya sé que lo personal es político, lo que quiero decir es que no te estoy atacando ti. Por otro lado, si no encuentras aquellos comentarios de los que hablas, te pido que rectifiques. Yo incluso los busqué y no hallé nada.

Me gustaría en este punto aclarar que estar en contra de la cultura de la cancelación y el punitivismo no significa que entonces no debe suceder nada. Pero tener las cárceles llenas de hombres precarizados, hacer que alguien pierda su sustento —en este mundo en el que nos han forzado a trabajar para sobrevivir— y obligar a les otres a retirarles la palabra a los denunciados no me parecen soluciones viables para combatir y detener la violencia de género que padecemos. Eso no significa que no crea en la reparación del daño, que niegue el trabajo que deben hacer los compañeros día con día, que piense que solo algunas pocas personas (“las violentas”) están atravesadas por la cultura patriarcal y que el resto permanecemos impolutas. Esto tampoco quiere decir que ignore la gravedad de las violencias, pero justo porque no lo hago es que creo que existen los matices en el análisis, la necesidad de pararnos a pensar, a dudar, a cuestionar antes de asumir verdades absolutas.

Este texto surge a partir de encontrar un tuit de una escritora, con algunas respuestas de otras, donde decía estar harta de que se nos obligara a las mujeres a tomar postura, a abandonar espacios, etc. cada que un hombre cercano saliera denunciado. Yo contesté que eso lo hicieron desde el principio y que cuando se señaló lo problemático que podría ser, la mayoría de las feministas que conozco, y de las más visibles, guardaron silencio o validaron esa práctica persecutoria. Ahora que las denuncias crecen, porque en el mundo patriarcal no existe ningún hombre que nunca haya ejercido violencia, la exigencia hacia nosotras también se expande. Decir e incluso no decir nada implica el riesgo de ser llamadas cómplices, encubridoras, sanas hijas del patriarcado, aunque nosotras no tuviéramos nada que ver con lo sucedido, aunque no hubiéramos estado allí, aunque no hayamos ejercido violencia. Exigir cancelar a alguien sin complejizar ni analizar cómo se construyen las relaciones personales, qué implicaciones tienen en la vida de los seres humanos, qué significa en tanto conservadurismo político este anhelo irreal de que esos hombres señalados desaparezcan de pronto del mundo es reduccionismo al absurdo, y más si esta exigencia pasa por la amenaza de la cancelación de otras mujeres. Aquellas que no estábamos de acuerdo con lo que estaba sucediendo, que nos atrevimos a poner en duda, a cuestionar, a preguntarnos más allá del discurso hegemónico fuimos vetadas de espacios y discursos, de asambleas y acciones, como si nosotras mismas fuéramos las supuestas agresoras. Y vuelve a ocurrir: cuando lo volvemos a poner sobre la mesa, se nos bloquea. Un feminismo que no es ni siquiera para todas, eso es lo que están construyendo. Un feminismo de autoconsumo, redundante, poco propositivo, que se mira al espejo para afirmar su supuesta radicalidad. Un feminismo en el que el diálogo se cancela con apretar un botón. ¿Eso de qué nos sirve?

La segunda aclaración que quiero hacer tiene que ver con lo que la cultura de la cancelación les hace a otras mujeres, porque cuando se nos señala también como “culpables” de algo que no hicimos nos inunda la vergüenza, lo sé porque he estado ahí y conozco compañeras que también lo han padecido. Aquí no me interesa la comparación, ni equiparar sufrimientos, ni validar una experiencia sobre otra, ese no es el punto. Lo que quiero decir es que esa culpa y esa vergüenza y esa soledad que sentí no me gustaría que las sintiera nadie, por eso la invité a mi fiesta, sí a ella, a mi amiga que estaba envuelta en un desastre que no le competía a ella. La invité para decirle que no estaba sola, que no tenía por qué pensarse culpable, que podía salir a la calle, incluso con su pareja, y no tenía por qué sentir miedo. Quería decirle que mi casa era un sitio para hablar, para desahogarse, para pensar otras formas en las que podríamos solucionar el problema. Están hartas de que se nos exija posicionarnos, pero hacen exactamente lo contrario. A mí sí me han exigido posicionarme, en detrimento de mi propia vida, de mi salud mental, de todo aquello que construí durante años y no quisiera que ninguna compañera pase por ese mismo dolor. Esto no quiere decir que no se deban señalar las violencias, que no se deba exigir que haya un resarcimiento del daño, pero la denuncia en redes, la denuncia sin matices que llama al borramiento, esa me hace preguntarme qué mecanismos hemos construido y con qué consecuencias. Lo que quiero decir es que no debemos acorralar a nuestras pares, empujarlas al ostracismo y a la vergüenza, quiere decir que no hay que hacerlas sentir como si ellas tuvieran responsabilidad en lo sucedido, que no debemos apartarlas de nuestros espacios, aunque sus decisiones nos contradigan. Es imperante estar abiertas al diálogo y preparadas para la discrepancia y el desacuerdo, solo así lograremos colectivizar la lucha.

Sé que mi tuit tenía un “se les advirtió” que se leía entre líneas y lo sostengo. He leído a otras mujeres, antes fervientes defensoras de la cultura del castigo, de la cancelación, de los martillos que una vez al año golpean unas vallas metálicas, decir que “tal vez” este feminismo “ya no las representa”. Por supuesto, porque la cancelación llegó hasta el absurdo de prohibirle a otras actuar, vivir, hacer. Tal es el caso de Rebeca Lane en la marcha del 8M en Guatemala, cuando cientos de tuiteras la insultaron por si quiera preguntar si el padre de su bebé de tan solo unos meses podía asistir para realizar los trabajos de cuidado que cualquier padre del mundo debe hacer, es decir, por ejercer una crianza responsable. No escribiré aquí todos los casos que recuerdo, pero propongo hacer un archivo de esto, un registro que dé cuenta no sólo de la exclusión, sino de la falta de empatía, de pluralidad, de diálogo en un movimiento cada vez más reaccionario.

Si no se sienten cercanas al feminismo más mediático, si sienten que se ha vuelto intransigente, incluso violento, valdría la pena preguntarse por qué. ¿Qué se hizo para llegar a este punto? ¿Qué sucedió para que de pronto, tan rápido como llegaron, sientan la necesidad de alejarse? En la construcción de un movimiento de lucha siempre hay responsabilidades. Militar no es compartir tu experiencia, abrazarse en las marchas, tuitear que ya no se sienten tan cercanas al movimiento, ni siquiera es hacer carteles o asistir a reuniones feministas. Militar tiene que ver con la construcción de la crítica hacia afuera, pero también hacia adentro, no importa si el movimiento está en auge o va en decadencia. Militar implica la discusión para combatir el dogma que se ha apoderado de los discursos. Sin la crítica, el movimiento está condenado al monólogo y el monólogo siempre es reaccionario, como el Tuiter, una red social de autoconsumo, de afirmación egocéntrica, de discurso unidireccional. Sé que me dirán que la crítica también es “violenta”, sé que lo piensan: yo una vez escribí un par de artículos y muy rápido me vetaron de asambleas. En esta “revolución” se vale bailar, pero jamás decir algo en contra de la hegemonía; se vale quemar las cosas, pero el diálogo no existe. Las respuestas están llenas de falacias, del “te importan más las paredes” repetido hasta el cansancio.

Yo sé que soy feminista, pero qué importa. ¡Qué más da en la lucha colectiva lo que yo me nombre! Para mí lo importante es el fin de la opresión, de la injustica social atravesada por el capitalismo y el patriarcado. Y lo diré con todas sus letras, esa lucha incluye a los hombres, con toda la complejidad y la violencia en las que fueron socializados. Estar en contra del punitivismo implica pensar y cuestionar los mecanismos que hemos construido para la denuncia, no sólo ponerlo en Tuiter como una declaración más de las políticas identitarias: “soy feminista, antipunitivista, anticapitalista, etc., etc.”. Colgarse etiquetas en un mundo donde las categorías han perdido forma y fondo no dice realmente nada. Luchar desde las etiquetas y la consigna fácil no lleva a ningún lado. Por cierto, no estoy negando a los grupos de mujeres ni a las organizaciones que están al pie del cañón para atender la emergencia, pero eso no constituye un movimiento social. Habría que aprender de otras experiencias; las mujeres argentinas, por ejemplo, están, según yo, a años luz de nuestras discusiones y bloqueos mediáticos.

¿Hemos perdido al feminismo? La verdad no lo sé. Pero no tener la voluntad de escuchar, de hablar, de compartir con otras compañeras que no están de acuerdo con nosotras es para mí una condena.

Pero no pasa nada; si lo dejan morir, si lo entregan a la reacción, a la derecha y al conservadurismo, haremos otro, es más, estamos haciendo otro. En este párrafo dejo de discutir para ponerme a soñar, porque me gustaría un movimiento de mujeres no centrado en nuestra condición patriarcal de víctimas, en el que no busquemos ocupar el lugar de los hombres, en el que no capitalicemos nuestra imagen a partir de denuncias y purgas, sino uno que busque desestabilizar todos los mandatos. ¿Qué es la demanda de igualdad en el sistema capitalista? ¿Qué es la paridad en un mundo en el que a millones de personas se les niega la vida digna? ¿Qué es la seguridad cuando lo único que hemos inventado son cárceles y policías? ¿Qué es la cancelación en un movimiento colectivo sino la ruina? Habría que ponernos a pensar e imaginar la libertad, en vez de repetir los errores. La guerra de los sexos y la exclusión es un loop del movimiento, y ya sabemos cómo termina esa historia. Lo bueno es que Tuiter no cancela las palabras, ni el pensamiento y no es la única tarima. Lo bueno es que seguimos aquí, aunque incomode. Para nosotras también es la añorada libertad, a pesar de que pretendan decirnos que no la merecemos. La emancipación no se trata de méritos. La libertad debe y será para todes, para eso luchamos.