Una muerte a su medida
Ana C. Gómez
“Las formas y circunstancias que llevan a la muerte son muchas y muchas veces se elige morir. Es una perogrullada, pero vale recordarla” le dice José Oregón a Philip Grossmith.
José era dueño de un almacén de tabaco y diarios y Philip un periodista de Ohio que llegó al lugar para investigar una muerte. El hecho había sucedido quince años antes, allí, en la frontera por El Paso. Y lo cierto es que al día de hoy, aquello se registra como un misterio de innumerables conjeturas.
—Él fue mi amigo también y fuimos soldados del Ejército de la Unión. Recuerdo su gran valentía, y en los períodos de paz escribía cosas extraordinarias. Le aclaro que era escritor y periodista, al igual que yo.
José lo escuchaba atento como un perro con las orejas levantadas.
—Mire señor, lo único que puedo decirle es que él se detuvo aquí por un rato. Habló con mi hermano Joaquín, que en paz descanse, y en esta misma galería, eso sí lo recuerdo, estuvo escribiendo y me pidió agua.
—¿Le contó algo su hermano acerca de lo que hablaron?
—Me dijo que su amigo quería conocer a Pancho Villa y a su gente y que en la mirada de ese gringo, disculpe, pero así los llamamos a ustedes, había desilusión.
El viento silbaba entre los matorrales que se inclinaban sobre la tierra como queriendo escrutar el camino por el que había desaparecido aquel hombre. Como la luz mala. Como un fantasma.
José Oregón se puso de pie y volvió con un papel escrito de puño y letra del desaparecido sin rastros.
—Mire, esto lo guardé como reliquia. Esperé años para entregarlo a quien me lo solicitara. Fue por preciso pedido de su amigo a mi hermano, y la destinataria, creo, era una sobrina de aquel hombre.
El gringo dio un respingo y se puso en pie por educación y en señal de agradecimiento. Con perplejidad, tomó el papel doblado que el mexicano le extendía. Lo leyó en silencio. Reconoció la letra de Ambrose, apretada, de trazos secos al igual que su carácter. Creyó verlo con su clase peculiar de ojos y un lazo negro anudado al cuello a modo de pañuelo o de corbata.
“Las circunstancias adecuadas”, ese cuento que había escrito su amigo, estaba siendo reeditado por él como uno de los personajes. Porque así se sintió Philip Groosmith, periodista de un diario de Columbus, Ohio, al leer la breve carta. Ese era el lugar propicio para leerla, lejos de ruidos parásitos.
Se escuchó el chillido de una lechuza y desde la rama de un árbol le contestó un pájaro de plumas azuladas. Ambos hombres elevaron la mirada envueltos en el sortilegio que brotaba de esos sonidos. El atardecer sugería lo declinante y esa hora confirmaba que ya era tarde, pero aún con la luz de una vela, cuando se quiere, se pueden leer los indicios, o sentirlos.
“Adiós. Si oyes que me pusieron contra un muro de piedra mexicano y me fusilaron hasta dejarme hecho jirones, por favor, debes saber que creo que es una muy buena manera de dejar esta vida. Es mejor que la vejez, la enfermedad o caerse por las escaleras del sótano.” Ambrose Bierce
Un silencio inmemorial ganó esa galería de pisos gastados y brillantes. El rostro de Philip reflejaba una emoción que saltó como agua bombeada por una máquina hidráulica. El de José estaba en calma, aunque visiblemente pálido.
—¿Vio? Por eso le dije lo que le dije al comenzar esta charla. Hay cosas, hombre, que de tan sencillas se nos aparecen como mensajes cifrados. Y son sencillas nomás.
El almacenero miraba con afán al gringo esperando un comentario.
—De acuerdo José. Después de leer la carta, sé que tendría que haber evaluado otras hipótesis. Considerar, sobre todo, los argumentos y bromas escatológicas a las que mi amigo nos tenía acostumbrados. Es más, así vivió siempre y no podría haberlo hecho de manera diferente.
“Bítter será para mí inolvidable. Los años transcurridos solo me dan la buena nostalgia y el honor de haber sido uno de sus pocos allegados. El que arrastró malherido por el campo de batalla, exponiendo él mismo su cuerpo a las balas que llegaban a más de 400 metros”, piensa el gringo mientras se aleja por el camino opuesto al camino que tragó a su amigo. Apuró el paso porque en las últimas palabras de la carta, que no leyó en voz alta para no incomodar a José, Bierce decía “para un gringo, México puede ser la eutanasia.”
—Tienen sus razones, amigo.
—Claro. Por eso vine a este lugar, a demostrarles que estaba junto a los harapientos campesinos.
Creyó escuchar la voz y la carcajada de Bítter, como si hubiera resucitado allí en un cuerpo o en un pedazo de materia transformada movida por ráfagas.