Fidel Castro y los esfuerzos unitarios de la izquierda latinoamericana en la década de 1960.

Alejandro Sánchez Fernández[1]

El triunfo de la Revolución Cubana señaló un punto de inflexión dentro de la historia contemporánea latinoamericana por el cambio social radical que desencadenó en el país y por los acontecimientos y procesos que derivaron de ella en la región. El efecto que tuvo en el campo de la izquierda en América Latina fue extraordinario pues impulsó el debate acerca de los objetivos, estrategias y tácticas seguidas por estas fuerzas, las cuales conformaban un panorama diverso dadas sus diferentes condiciones y concepciones. La convicción de que lo ocurrido en Cuba podría replicarse en sus respectivas naciones hizo que empuñar las armas se presentara como la única opción efectiva para cambiar el orden de cosas ante los ojos de una zona de la izquierda regional.

De esa manera, en la década de 1960, eclosionaron movimientos guerrilleros en el área; los que recibieron entrenamiento, apoyo logístico y combatientes de Cuba, sobre todo a partir de 1962. El 4 de febrero de ese año, una gigantesca concentración popular en la Plaza de la Revolución validó la II Declaración de La Habana, leída por Fidel en respuesta a la expulsión de la Organización de Estados Americanos acordada en la reunión de cancilleres en Punta del Este, Uruguay. En el mismo plantea que la lucha revolucionaria en el continente era inevitable en tanto las circunstancias sociales las propiciaban y que su éxito se hallaba imbricado con la unidad de distintos sujetos sociales, con la disolución de divisiones estériles:

En la lucha antiimperialista y antifeudal es posible vertebrar la inmensa mayoría del pueblo tras metas de liberación que unan el esfuerzo de la clase obrera, los campesinos, los trabajadores intelectuales, la pequeña burguesía y las capas más progresistas de la burguesía nacional (…) En este amplio movimiento pueden y deber luchar juntos por el bien de sus naciones, por el bien de sus pueblos, por el bien de América, desde el viejo militante marxista hasta el católico sincero que no tenga nada que ver con los monopolios yanquis y los señores feudales de la tierra[2].

Luego mencionó también a los elementos progresistas de las fuerzas armadas como un grupo propenso a incorporarse a ese bloque revolucionario. El líder de la Revolución Cubana resaltó así la necesidad de unir fuerzas para combatir por la revolución, de articular una construcción política amplia donde criterios y prejuicios que descartaran a sectores sociales específicos no tuvieran lugar. El proceso cubano, en su propio desarrollo, había impugnado la interpretación dominante sobre el modo de hacer la revolución a la vez que configuró un momento histórico diferente para la región, donde nuevas fuerzas y comprensiones emergieron.

Para el historiador cubano Alberto Prieto, a partir de la II Declaración de La Habana entraron en crisis los acuerdos del VII Congreso de la Tercera Internacional, sobre la estrategia de los «Frentes Populares» encabezados por la burguesía; a estos, por inercia, los Partidos Comunistas los habían seguido considerando como válidos, a pesar de haber sido disuelta dicha organización hacía casi 20 años[3] La expansión de las guerrillas en América Latina había colocado a los partidos comunistas en la disyuntiva de ofrecer o no su respaldo a esta vía. La coexistencia pacíficaentre el Este y el Oeste, ponderada por la Unión Soviética, había tenido su correspondencia en la aceptación de la participación en el juego político como única opción para esos partidos.

Al calor de la Revolución Cubana y su impacto en la zona se generó una discusión, al interior de los partidos comunistas, sobre la pertinencia de asumir la lucha armada como medio para alcanzar el poder. Militantes comunistas se sumaron a organizaciones guerrilleras aun cuando las direcciones partidistas no se identificaban con esa línea. La ilegalización y represión de los partidos comunistas terminó empujando a algunos a inclinarse por ese camino. El Partido Comunista de Paraguay creó en 1960 la Columna Mariscal López para enfrentar al régimen de Stroessner. El Partido Guatemalteco del Trabajo se incorporó a las Fuerzas Armadas Rebeldes, estructuradas en 1962. Ese mism año, en Venezuela, el Partido Comunista y el Movimiento Izquierda Revolucionaria fueron ilegalizados por el gobierno de Rómulo Betancourt y conformaron una guerrilla, las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional.

Las tensiones, dentro de los partidos comunistas, entre partidarios y opositores de la lucha armada se vieron agravadas como efecto de la ruptura chino-soviética. En 1963 fue publicada la Propuesta de Línea General para el Movimiento Comunista Internacional, con la cual China postulaba la necesidad de emprender una guerra popular prolongada del campo a la ciudad como medio para alcanzar el poder en los países del denominado Tercer Mundo. Los simpatizantes del maoísmo se separaron de sus partidos y fundaron nuevas organizaciones. A esa fragmentación se añadieron las tendencias trotskistas que, desde Argentina, buscaban reforzar pequeños grupos afines en la región. En 1964 sesionó, en Cuba, la III Conferencia de Partidos Comunistas de América Latina, donde se estableció una débil conciliación entre defensores y adversarios del combate guerrillero.

En enero de 1966, La Habana acogió la Conferencia de Solidaridad de los Pueblos de Asia, África y América Latina; más conocida como la Conferencia Tricontinental. A ella asistieron 500 delegados de 82 países, representantes de movimientos de liberación diversos en sus realidades, comprensiones y objetivos pero comunes en su lucha antiimperialista. Entre los delegados latinoamericanos sobresalen nombres como Luis Augusto Turcios Lima, Salvador Allende y Rodney Arismendi. Uno de sus acuerdos fue el surgimiento de la Organización de Solidaridad de los Pueblos de Asia, África y América Latina (OSPAAAL), cuya secretaría general se estableció en Cuba. Una vez concluido el evento, delegaciones de la región acordaron constituir la Organización Latinoamericana de Solidaridad (OLAS), con sede en la capital cubana y cuya primera conferencia quedó agendada para el año siguiente.

En su discurso de clausura; Fidel Castro calificó la reunión como una gran victoria del movimiento revolucionario y manifestó la disposición de apoyar cualquier movimiento que lo requiriera en tanto los cubanos entendían que el campo de batalla contra el imperialismo abarca todo el mundo. Hizo comentarios acerca de acontecimientos como la Guerra de Vietnam, la lucha por la independencia en las colonias portuguesas de África, la ocupación estadounidense de República Dominicana, entre otros. Una parte de su intervención la dedicó a responder difamaciones hechas por representantes del trotskismo latinoamericano sobre sus relaciones con el Che Guevara, cuyo paradero no se conocía públicamente. Referente a América Latina, señaló que resultaba imprescindible más que en ninguna otra parte, una estrategia común, una lucha común y simultánea.

(…) el deber de todo revolucionario, como dice la Declaración de La Habana, es hacer la revolución, hacer la revolución de hecho y no de palabra. No ser revolucionario solamente en teoría, sino revolucionario en la práctica; si los revolucionarios invierten menos energía y menos tiempo en teorizaciones, y dedican más energía y más tiempo al trabajo práctico, y si no se toman tantos acuerdos y tantas alternativas y tantas disyuntivas y se acaba de comprender que más tarde o más temprano los pueblos todos, o casi todos, tendrán que tomar las armas para liberarse, entonces avanzara la hora de la liberación del continente[4].

En el año siguiente, entre el 31 de julio y el 10 de agosto, se desarrolló, en La Habana, la I Conferencia Latinoamericana de Solidaridad. El encuentro buscó establecer un mínimo de coordinación y un máximo de convergencia más allá de las diferencias estratégicas y tácticas entre fuerzas de izquierda. La Declaración General cierra con una idea de la II Declaración de La Habana: El deber de todo revolucionario es hacer la revolución y, entre sus puntos, proclama los siguientes:

5- Que la lucha revolucionaria armada constituye la línea fundamental de la Revolución en América Latina.

6- Que todas las demás formas de lucha deben servir y no retrasar el desarrollo de la línea fundamental, que es la lucha armada.

7- Que, para la mayoría de los países del continente, el problema de organiza, iniciar, desarrollar y culminar la lucha armada constituye hoy la tarea inmediata y fundamental del movimiento revolucionario.

8- Que aquellos países en que esta tarea no está planteada de modo inmediato, de todas formas, han de considerarla como una perspectiva inevitable en el desarrollo de la lucha revolucionaria en su país[5]

Si bien la declaración final recibió un respaldo unánime, durante la conferencia tuvo lugar un intenso debate debido a posturas encontradas sobre la lucha armada. En su discurso de clausura, Fidel abordó esta cuestión -que definió como lucha ideológica- e hizo un llamado a renovar interpretaciones teóricas de las organizaciones revolucionarias, a desarrollarlas en correspondencia con el sentido crítico y complejo del pensamiento marxista. Hizo extensos comentarios con respecto a la decisión del Partido Comunista de Venezuela de abandonar la guerrilla a partir de los ofrecimientos del presidente Leoni, lo que definió como una traición. La OLAS se extinguió tras la muerte del Che Guevara puesto que su origen y su razón de ser estaba conectado con el proyecto de lucha continental que pretendía desencadenar con la guerrilla en Bolivia.

La insurgencia revolucionaria en América Latina experimentó un notable repliegue tras la desaparición del Che Guevara y como resultado, en buena medida, de la fragmentación en el campo de la izquierda. Para evitar ello se habían producido los esfuerzos de Fidel Castro por propiciar el mayor grado de unidad posible entre esas organizaciones. Ese sentido impregnó los encuentros que se realizaron en La Habana y las intervenciones del líder de la Revolución Cubana, donde dejó claro la centralidad de la lucha armada y la necesidad de unidad de las fuerzas revolucionarias como una condición fundamental para alcanzar la victoria.

Bibliografía:

Bell Lara, José, Delia Luisa López García y Tania Caram León (comp.): Documentos de la Revolución Cubana 1962. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2009.

__________________________________________________________: Documentos de la Revolución Cubana 1966. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2015.

__________________________________________________________: Documentos de la Revolución Cubana 1967. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2018.}

Guerra Vilaboy, Sergio: Nueva Historia Mínima de América Latina. Ediciones Boloña, La Habana, 2014.

Oliveros Espinoza, Elia: La lucha social y la lucha armada en Venezuela. Fundación Editorial El perro y la rana, Caracas, 2012.

Prieto Rozos, Alberto: Las luchas por el socialismo en América Latina. Editorial Ocean Sur, La Habana, 2020.

__________________: Visión íntegra de América. Editorial Ciencias Sociales, La Habana, 2012.

[1] Profesor de Historia de América Latina del Dpto. de Historia de la Universidad de La Habana. Licenciado en Historia (2023). Máster en Estudios Interdisciplinarios de América Latina, el Caribe y Cuba (2025). Coantologador de Las luchas de Mella en la Universidad. Antología mínima. Autor de artículos de divulgación histórica publicados en medios nacionales. Mención en el Premio Calendario 2026 de la Asociación Hermanos Saíz en la modalidad de ensayo.

[2] José Bell Lara, Delia Luisa López García y Tania Caram León (comp.): Documentos de la Revolución Cubana

1962, p. 529.

[3] Alberto Prieto: Las luchas por el socialismo en América Latina, p. 62.

[4] José Bell Lara, Delia Luisa López García y Tania Caram León (comp.): Documentos de la Revolución Cubana

1966, pp. 37-38.

[5] José Bell Lara, Delia Luisa López García y Tania Caram León (comp.): Documentos de la Revolución Cubana

1967, p.114.

© 2026 by Intervención y Coyuntura is licensed under CC BY 4.0.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *