Lo que más debería preocupar no es la muerte del libro, sino la del escritor[1]
Jean-Yves Mollier[2]
Traducción de Víctor Ramos Badillo
Pese a la mejora constatada a fines del confinamiento entre 2021 y 2022, el número de libros vendidos en Europa disminuye cada año. Solo el audiolibro resiste frente a una reducción del libro digital y un retroceso del libro impreso. En este decaído contexto, editores y autores denuncian la llegada de la inteligencia artificial (IA) y el rechazo de las GAFAM[3] a respetar los derechos de aquellos que escriben y venden los libros.
En mayo de 2000, en el 26° Congreso Internacional de Editores realizado en Buenos Aires, el vicepresidente de Microsoft, Dick Brass, afirmaba a los 700 profesionales convocados para escucharlo que en 2018 no se vendería un solo libro más ni un periódico impreso en papel. La noticia dio la vuelta al mundo, sin embargo, la zozobra cayó algunos meses después y la computadora portátil dejó de ser considerada, por un tiempo, como el verdugo del libro.
Con la aparición de las táblets, luego de los lectores de libros electrónicos[4], entre 2007 y 2008, la inquietud aumentó y el libro digital concentró las nuevas fobias. Estas parecen confirmarse en 2014, cuando en Estados Unidos la venta de novelas desmaterializadas[5] desplazó, por primera vez, a la de los libros impresos a la antigua, bajo la forma de cuadernos cocidos en conjunto.
Sin embargo, la expresión “desmaterializada” es inadecuada, ya que un archivo digital está hecho de material tan real, aunque invisible. Aquel ha conquistado los espíritus al reunir los miedos que a simple vista guían la materia invisible, tales como las nanopartículas o las ondas electromagnéticas.
Cinco años más tarde, sin embargo, el libro en papel pasaba a la cabeza de ventas y, desde allí, no ha cesado de retomar las fuerzas, particularmente gracias al dinamismo del mercado de segunda mano. Desde Japón o Corea del Sur hasta Europa occidental y Estados Unidos, la constatación es la misma: contrariamente a las predicciones más oscuras, el libro no está muerto.
Ni la computadora portátil ni los e-reader ni los archivos digitales han remplazado el uso del códex, aparecido en el siglo II de nuestra era[6].
El audiolibro, una nueva competencia inesperada
Mientras la generación Y se caracterizaba por un uso desmedido de los SMS, el mensaje enviado a velocidad de un rayo por los “pulgarcitos” desenfrenados[7], la siguiente, la generación Z, prefiere enviar mensajes de voz, anunciando quizás un cambio antropológico que está sucediendo ante nuestros ojos.
Así como la escritura a mano ha desaparecido prácticamente y el cálculo mental cede el lugar a las calculadoras de los celulares, el hábito de utilizar un teclado comienza a decaer.
Sin embargo, pasando de la máquina de escribir al ordenador y al teléfono portátil, la mano había continuado de imprimir en el pensamiento su movimiento, que remitía a los orígenes de la humanidad y a la fabricación de las primeras herramientas. Si, de repente, este órgano, del cual el prehistoriador André Leroy-Gourhan decía que había hecho brotar el pensamiento, cesa de ser utilizado en la vida cotidiana, después de haber retrocedido considerablemente en la agricultura y la industria, sus consecuencias para el desarrollo del intelecto serán irreversibles.[8]
Sin embargo, la inteligencia artificial ha venido a añadir un elemento de peso en todas estas mutaciones, al sustituir progresivamente la tarea del traductor, luego la del redactor de artículos y más adelante del autor de libros, fácilmente reemplazables los unos a los otros. Peor: hoy la IA se entrena devorando millones de libros y los exhibe, apenas digeridos, para ofrecer sus contenidos a todos aquellos que atraiga su reducido costo.
En este contexto es que el crecimiento del audiolibro toma todo sentido. En Alemania, país de Goethe y Schiller, pero también de Thomas Mann, Bertolt Brecht y Gunter Grass, la cantidad de lectores consolidados (más de 24 libros leídos por año) pasó de 36 millones, en 2013, a 25 millones en 2023, es decir una pérdida de aproximadamente un tercio. A este ritmo, cabe preguntarse si algunos amantes del libro existirán después de 2050, y esto pese a la buena resistencia de las librerías físicas que han encontrado una respuesta momentánea, aunque delicada: el aumento de precios del libro en papel.
En Suecia, las cifras son aún más alarmantes, ya que en 2024 el audiolibro habría representado 62 % de las ventas de libros, revelándose la comunidad BookTok de TikTok incapaz de impedir este verdadero cambio de un modo de lectura a otro. Como la música o las series televisivas, es además el streaming, la suscripción, que se beneficia más de ello. Así, plataformas como Spotify, la principal competencia de Amazon, se organiza para demandar a sus IA de absorber los catálogos de audiolibros disponibles y de ofrecerlos al público, de modo que canaliza hacia ellas nuevos clientes.
La IA, nueva Gargantúa del libro
Cuando el motor de búsqueda Google decidió digitalizar ciegamente las bibliotecas que contenían cientos de miles de volúmenes, a partir de los años 2005-2010, la firma californiana rechazó hacer la diferencia entre los libros recientes, sometidos a la legislación sobre el derecho de autor, y los libros disponibles en dominio público.
Las máquinas utilizadas trabajaban de manera automática, sin intervención humana encargada de verificar la fecha de vencimiento del copyright. Presente en todos los libros en papel, este último protege la propiedad literaria que se comparte entre editor y autor. Esta propiedad es válida durante la vida del autor y concluye setenta años después de su muerte en los países de la Unión Europea. No obstante, si el escritor cede su derecho patrimonial, su derecho moral no puede ser cedido a un tercero y le permite, como a sus derechohabientes, tomar medidas si su obra está mutilada o censurada.
El gigante de la economía digital defendió el uso justo para solicitar a los tribunales que concedan una excepción, con fines pedagógicos o científicos, para su biblioteca con vocación universal. Algunas bibliotecas digitales gratuitas, Gallica en Francia, Europeanea en Europa y Digital Public Library of America en los Estados Unidos, han visto la luz para contrarrestar a la biblioteca de Google. Estas respetan el derecho de autor y no digitalizan sino a las obras disponibles en dominio público o “huérfanas”, es decir, cuyo autor es inhallable.
Hoy en día, frente a los sindicatos de autores y editores que lo denuncian con justica, Meta (Facebook más Instagram), el imperio de Mark Zuckerberg, se remite nuevamente al uso justo para sustentar su rechazo a respetar las leyes sobre propiedad literaria.
Para entrenar a su IA, denominada Llama, Meta le hizo descargar millones de archivos, disponibles en los catálogos de Amazon y de otras plataformas de venta en línea, sin que los tribunales de los Estados Unidos encuentren algo reiterativo allí. Al ingerir libros en papel y archivos electrónicos a la vez, las IA no experimentarán ninguna dificultad para devorar los audiolibros que ya están en el mercado, luego, tras haberlos desestimado, a producirlos ellas mismas mediante voces sintéticas, gracias a su memoria prodigiosa.
A estas alturas, lo que más debería preocupar no es la muerte del libro, sino la del escritor, del creador, de aquel, sea hombre o mujer, que utiliza su sensibilidad y su inteligencia para inventar las obras que mañana entrarán en las antologías de la literatura.
Anteriormente presentadas bajo la forma de epopeyas (Iliada y Odisea), después en poemas (de Ronsard o Du Bellay), en piezas de teatro (Corneille, Molière y Racine) y en novelas (desde Balzac hasta Zola y Musso), las obras intelectuales han migrado a todos los soportes, desde los rollos de pergamino hasta el archivo digital y el audiolibro. No obstante, en ningún momento, estos cambios materiales han amenazado al autor en vida o en esencia.
Entre 1967 a 1968, Roland Barthes y Michel Foucault habían anunciado la muerte del autor, aunque tenían como objetivo el triunfo de la escritura, lo cual supone que el escritor se vuelva invisible y deje de ser una suerte de deus ex machina que interviene permanentemente en el relato. Para estos dos estudiosos, el autor era, además, una construcción social reciente aparecida en el siglo XVIII, a la vez que se votaba las leyes sobre propiedad literaria.
En lo que respecta a la retribución que hizo surgir esta categoría social, reconocida por las leyes y protegida por tribunales desde fines de siglo XVIII, la IA podría presentarse como su verdadero verdugo. Sin embargo, esta tecnología parece, por el momento, incapaz de crear nuevos géneros literarios que posean las cualidades necesarias para imponerse.
De este modo, el libro conserva sus poderes de seducción y, ya que el soporte de la voz, cara a los héroes de la novela visionaria Faherenheit 451, parece en condiciones de llegar a públicos cada vez más amplios, es el audiolibro que, a futuro, impedirá tal vez a la IA de destruir todo a su paso.
Al término de la novela de Ray Bradbury, que describe a un Estado incinerador de libros, cada uno de los defensores de la cultura impresa aprende una novela de memoria y se convierten así en los hombres-libros, cuya voz protege a la humanidad de la barbarie.
Sin embargo, la condición es que los comediantes y los actores que graben hoy en día estos libros sean reconocidos por los jueces la facultad indiscutible de añadir al texto leído el grano particular de su voz, ya sea la de Louis Jouvet, tan reconocible, o la de todos aquellos que participan de esta boda entre sonido e imaginación, destinada a producir emoción.
[1] Artículo originalmente publicado en ActuaLitté: https://actualitte.com/article/124696/tribunes/a-ce-stade-ce-n-est-plus-la-mort-du-livre-qu-il-faudrait-redouter-mais-celle-du-createur
[2] Historiador especialista en el libro y la edición, Mollier comparte con ActuaLitté un texto que pone los pies en el plato y los puntos sobre las I(A): con la inteligencia artificial, ¿cuál es el futuro para el audiolibro? Y por extensión, ¿qué dice la industria editorial sobre el desarrollo de este formato en el momento actual?
[3] Nota del traductor: acrónimo de las cinco grandes empresas tecnológicas norteamericanas: Google, Amazon, Facebook, Amazon y Microsoft.
[4] Nota del traductor: conocidos en inglés como e-reader.
[5] Nota del traductor: Si bien puede reemplazarse por “digital”, se ha mantenido el término debido a que luego lo retoma el autor.
[6] Nota de redacción: antes de adoptar la forma de cuaderno o códex, el libro se presentaba en Occidente como un rollo o volumen, pero de otros soportes. La tabla de arcilla, el tablero de madera o la lápida de piedra habían sido empleados.
[7] Según la expresión del filósofo Michel Serres, profesor de la Universidad de Standford, quien denominó de esta forma a los adolescentes que tratan de teclear mensajes sobre su smartphone Véase Michel Serres, Petite Poucette, Le pommier, 2012. (Pulgarcita. El mundo cambió tanto que los jóvenes deben reinventar todo: Una manera de vivir juntos, instituciones, una manera de ser y de conocer… (V. Waksman, Trad.) Buenos Aires, FCE, 2013.
[8] Véase André Leroy-Gourhan, Technique et langage. Le gest et la parole, París, Albin Michel, 1964. (El gesto y la palabra (F. Carrera, Trad.). Caracas, Ediciones de la Biblioteca de la Universidad Central de Venezuela, 1971.)