¡No te bajes, Camps! Memoria, comunismo y genealogía en los años del Maximato
Jaime Ortega
Martín Camps nos entrega con ¡No te bajes, Camps! Un relato que se mueve en múltiples senderos. El que es quizá el más importante, el afectivo y personal aparece hasta el último segmento del libro, cuando a la manera que recomendaba John Berger, ofrece un epílogo sustancioso, rico de referencias hemerográficas y que muestra un profundo compromiso con el saber histórico. Ese epílogo viene a sancionar el conjunto de la obra y los otros senderos de la novela. Por un lado, la genealogía familiar que tiene como eje central a su abuelo Federico Camps, quien provenía de una estirpe de trabajadores mineros, afiliado al Partido Comunista de México (PCM). Por el otro, una segunda parte, tras el asesinato del pariente masculino, la vivencia de la viuda.
Martín Camps es un reconocido experto en la obra de José Revueltas. Sin saberlo con claridad, se encontró que una frase consagrada por Juan de la Cabada cuando en memoria del autor duranguense hizo referencia a su abuelo. Es este extraño y pocas veces común vínculo entre alguien cuya pasión literaria le lleva a la familiar, en un momento en donde, como dicen los clásicos: “los locos años 20” juntaron a tan disímiles personajes.
El abuelo de Camps no era escritor, ni intelectual, pero su nombre se vincula a José Revueltas y Juan de la Cabada. La novela relata con prontitud la lejanía del árbol familiar, para concentrarse en un joven inquieto que, en su proceso de madurez, encuentra las ideas de justicia, solidaridad y revolución. Como ocurre para todos aquellos que cruzaron la década de 1920 a la de 1930 el cerco se estrecha con la crisis de la revolución mexicana y el advenimiento de los gestos fascistizantes de un gobierno incapaz de escuchar los reclamos populares. El maximato es la expresión de ese proceso
Ese es el otro sendero que el autor cumple con recorrer, sancionando en forma literaria un periodo complejo y en cierto punto oscuro. Se trata del Maximato, época que es mirada por tradición como el del ejercicio del poder tras las sombras de Plutarco Elías Calles, pero que debe ser mirado en su complejidad. Esto es justo lo que hace Camps, mostrar el derrotero, los cruces, las contradicciones y los impulsos para comprender la oposición a dichas formas de gestionar la autoridad política.
Esta es una novela en cierto grado con el PCM, que en sus años de ilegalización y clandestinidad, sostuvo su iniciativa de crítica sobre la base de la experiencia política acumulada, pero también de la irreverente presencia de una juventud deseosa de escapar de aquel atolladero en el que la revolución estaba presente. La novela, habla entonces del comunismo, de la reacción fascista que se encumbró durante los años del Maximato y, también, de la postura antiimperialista que colocaba en entredicho la capacidad de dominio monopólico de los capitales provenientes de metrópolis imperialistas.
Son estos elementos lo que vuelven un relato sobre una genealogía familiar compartida. En realidad, pese a la distancia que podrían tener las y los lectores respecto a una experiencia particular, es una muestra y síntesis de una época tensa, llena de altibajos, pero también de voluntad por revertir la precaria condición de las clases subalternas. Es el momento en donde el poder de la idea comunista encarna en multiplicidad de actores, muchos de ellos que han quedado en el olvido antes los grandes nombres y procesos.
Se puede pensar que la novela cumple una función tanto familiar, como social y política. La familiar ha quedado clara dada la genealogía del epílogo. La social porque mira el caso específico de los mineros, especialmente los de Hidalgo vinculados al capital inglés y las tensiones que provoca esa presencia imperialista, tan detestable ayer como hoy. Y política, porque reivindica la figura del PCM como artífice de los grandes combates de la época, movilizando la imaginación y la voluntad.
En ese sentido vale la pena recordar la epopeya de donde proviene la frase del título, utilizada, a decir por los testimonios, especialmente los de Juan de la Cabada: “¡No te bajes, Camps!”. Se trata del momento en que un grupo de jóvenes -adolescentes muchos de ellos- coloca una gran bandera en la Catedral Metropolitana, gritando consignas de enfrentamiento al gobierno nacional. Esa frase, dicha por Revueltas, quien sería encarcelado en esa acción, expresaba la necesidad de continuar con las arengas para llamar al pueblo a la revuelta y la revolución.
No queda más que saludar, pues descentra de las figuras canónicas -muchas veces como si estas fueran las únicas participantes de los dramas y épicas de aquel momento-, segundo porque logra enlazar lo particular de la familia con el contexto de la familia y, finalmente, porque nos recuerda que la dupla imperialismo-fascismo siempre encuentra pared, generalmente teñida de rojo.