Releer a Marx desde los márgenes: contra el eurocentrismo. Sobre Kevin Anderson, por Marcelo Starcenbaum
- Anderson, Kevin (2024). Marx en los márgenes. Nacionalismo, etnicidad y sociedades no occidentales. Barcelona: Verso.
Marcelo Starcenbaum
La traducción al castellano del libro de Kevin Anderson constituye un acontecimiento relevante en el campo de los estudios sobre Marx y el marxismo, y en el más general de los debates contemporáneos en las ciencias sociales y humanas. Si en el primero de ellos se destaca el ejercicio de reconstrucción de un Marx alejado de los marcos eurocéntricos e interesado en la legitimidad de los caminos no europeos al desarrollo y la revolución, en el segundo cobra relevancia la discusión con las lecturas que hacen del marxismo una corriente intelectual necesariamente teleológica y ajena a las opresiones basadas en el género y la raza. Se trata entonces de una intervención con un doble sentido. Uno más interno a la propia tradición marxista, en el que se perfila una lectura de Marx diferenciada de los marxismos realmente existentes de gran parte del siglo XX -ya sea en su versión soviética o marxista occidental. Aquí, el libro de Anderson acompaña una tendencia más amplia en la que Marx se presenta como un pensador multilineal atento a las formas del desarrollo económico y de la política revolucionaria en las sociedades no occidentales. El otro sentido excede la tradición marxista y se ubica más bien en un espacio desde el que se intenta contrarrestar los efectos de los discursos posestructuralista y posfundacionalista. En este caso también el libro de Anderson forma parte de una corriente más amplia en la que Marx es recuperado como un pensador que permite dar cuenta de las relaciones entre la dominación de clase, las opresiones de la raza y el género, así como nutrir las causas anticolonial y ambientalista.
Esta intervención es posible gracias a una torsión interpretativa sobre el corpus marxiano. Los argumentos de Anderson alrededor del carácter no eurocéntrico de Marx y su preocupación por las sociedades no-occidentales descansan sobre la exégesis de un conjunto de textos tardíos del autor y considerados menores en las tradiciones marxistas contemporáneas. Estos textos corresponden especialmente al análisis realizado sobre la coyuntura política irlandesa, las reflexiones sobre la comuna campesina en Rusia y el tratamiento sobre las formas rurales de comunismo en regiones periféricas. Si bien estos textos no eran desconocidos en el marxismo angloparlante, hasta el momento no habían sido integrados en una reflexión sistemática alrededor de los vínculos entre Marx y el eurocentrismo, y las relaciones entre política y tiempo histórico en la perspectiva materialista formulada por Marx y Engels. Es entonces el tratamiento integral de este conjunto de materiales el que le permite a Anderson sostener la tesis de que es posible encontrar en Marx a un pensador no determinista, interesado en las experiencias históricas de las sociedades no-occidentales y precapitalistas, y abierto a problematizar la relación entre la dominación económica y formas no-económicas como las raciales y generizadas. En tanto este tratamiento debe enfrentar el hecho de la existencia de un Marx eurocéntrico, poseedor de una perspectiva unilineal según la cual las sociedades no-occidentales -como la India- debían ser absorbidas por el capitalismo, Anderson suscribe la tesis de una evolución en la obra del autor a partir de la década de 1850.
Dicha tesis supone un vínculo particular con la recurrente crítica a Marx como pensador eurocéntrico. En el universo de múltiples autores y corrientes que comparten dicha crítica, Anderson privilegia la esbozada por Edward Said a finales de la década de 1970. Como es sabido, su célebre Orientalismo ubica a Marx en una secuencia de pensamientos europeos que absolutiza la diferencia entre Oriente y Occidente, y propicia una centralidad de este último en tanto proyecto civilizatorio. Said advertía en Marx algunos elementos contrarios a la perspectiva eurocéntrica –entre los que se encontraban la solidaridad con los pueblos dominados– pero sobre todo el peso de un esquema interpretativo que absorbía dichos elementos en una matriz orientalista. Frente a esta lectura, de clara influencia foucaultiana, Anderson repone una trayectoria intelectual de Marx en la que pueden ser reconocidos dos períodos sobre una evolución general. Es decir, el pensamiento de Marx adquiere a partir de la década de 1850 un enfoque multilineal de la historia al mismo tiempo que existe un movimiento más general de su obra que lo aleja de los marcos eurocéntricos. La delimitación de la hipótesis de Said como objeto privilegiado de la crítica de Anderson cobra sentido a partir de la pregnancia de dicha lectura en el mundo académico angloparlante, y de los aún perceptibles efectos de una aproximación posestructuralista a la obra de Marx. Al respecto, sería interesante colocar la crítica a la hipótesis del Marx eurocéntrico en un campo más amplio, en el que dicha hipótesis es cifrada a través de otras variables y constituida a partir de otras filiaciones teóricas y políticas. Por ejemplo, en el caso latinoamericano, se trata de un señalamiento de larga data esbozado por las corrientes nacionalistas, populistas y anti-imperialistas. Lo mismo cabe decir del modo en el que Anderson responde a dicha crítica a través de la hipótesis de la simultaneidad del nuevo enfoque y el alejamiento progresivo del eurocentrismo. Sería interesante inscribir dicha hipótesis en el amplio repertorio de interpretaciones marxistas de dichos movimientos en la obra de Marx -desde el viraje tercermundista en algunas expresiones de la teoría decolonial (Enrique Dussel) hasta la existencia de una preocupación global ya en la década de 1840 en los estudios críticos sobre la globalización (Lucia Pradella), pasando por el abanico interpretativo de la teoría poscolonial (August Nimtz, Benita Parry).
Uno de los ejercicios destacados en el trabajo de crítica a la idea del “Marx eurocéntrico” radica en la indagación acerca de las tradiciones marxistas en aquellos espacios periféricos sometidos por Marx a una interpretación orientalista. Se trata de una pista ya explorada en su momento por los críticos marxistas de Said. Tanto Gilbert Achcar como Sadiq Jalal al-Azm observaron oportunamente las limitaciones de la lectura de Said al poner de relieve el impacto que la obra marxista había tenido en espacios no europeos propiciando una lectura crítica de las realidades nacionales y regionales, y orientando su transformación revolucionaria. En esta senda, el libro de Anderson trabaja con la obra de los marxistas de la India a los fines de calibrar las dimensiones eurocéntricas de Marx. Si bien el carácter creativo de la recepción de Marx no implica necesariamente la ausencia de elementos eurocéntricos en su obra -que además, según Anderson, existen-, la hipótesis acerca del inevitable eurocentrismo de Marx queda marcadamente debilitada luego de este ejercicio. En este sentido, es posible ubicar al trabajo de Anderson en algo que podría denominarse una “geopolítica de la lectura del Marx tardío y los debates sobre el eurocentrismo”. A lo largo de la segunda mitad del siglo XX, los intelectuales marxistas de los espacios periféricos enfrentaron la discusión acerca del carácter eurocéntrico de Marx y el marxismo, llevando a cabo en muchos casos un trabajo intelectual -y editorial- sobre los textos tardíos y menores de Marx. Por poner un ejemplo latinoamericano, el problema del “desencuentro” entre Marx y la región que se expresa en el texto “Bolívar y Ponte” forma parte desde hace al menos cincuenta años de los debates intelectuales del marxismo local. Se trata de un debate análogo al que despliegan los marxistas de la India a propósito de “La dominación británica en la India”. Pareciera que el lugar del inglés como lingua franca del mundo académico e intelectual contribuye a una inscripción parcial del trabajo de Anderson en la tradición global de lectura del Marx tardío y de debate sobre la relación entre marxismo y eurocentrismo. Nuevamente, para anclar en las producciones latinoamericanas, los trabajos de José Aricó o René Zavaleta Mercado -recientemente traducidos al inglés- resultan análogos a los de Irfan Habib o Ranahit Guha.
La hipótesis de un nuevo enfoque en la obra de Marx a partir de la década de 1850 sobre el progresivo alejamiento de los esquemas eurocéntricos pone en primer plano el problema de la multilinealidad del desarrollo histórico. Es decir que Marx habría abandonado una interpretación según la cual todas las regiones del mundo debían atravesar el mismo recorrido que la sociedad europea occidental para incorporar una perspectiva multilineal que volvía históricamente legítimas las diversas formas de desarrollo. Nuevamente, aquí también el libro de Anderson comparte con otras investigaciones contemporáneas (Harry Harootunian, Vittorio Morfino, Massimiliano Tomba, Stavros Tombazos) el impulso a complejizar la interpretación de las relaciones entre capital y tiempo histórico en la obra de Marx. Se trata de un movimiento delicado, en tanto supone avanzar sobre una tesis central del marxismo, aquella según la cual el despliegue del capital supone tanto necesidad como universalidad. El marxismo debe desarrollar entonces un esquema que sea capaz de dar cuenta del carácter necesario y universal del despliegue del capital como de la indeterminación de los desarrollos históricos concretos. Una superación de las marcas teleológicas del marxismo realmente existente pero que a su vez no caiga en el relativismo de las filosofías de la diferencia. El riesgo está latente: mientras se asegura que Marx es irreductible a lecturas posmodernas, en tanto el capital se encuentra en el centro de su proyecto intelectual, se afirma que sus escritos tardíos muestran un interés en el análisis profundo y específico de cada sociedad antes que una fórmula general aplicable a todas las sociedades del mundo. Algo similar cabría señalar de la demarcación entre el centro capitalista y la periferia precapitalista. La investigación de Anderson demuestra cómo la producción intelectual de Marx se dirige desde una proyección histórica de la experiencia capitalista hacia las experiencias precapitalistas hasta una provincialización de la primera y cierta indeterminación de las segundas. Se trata de una de las dimensiones más productivas de la investigación, así como constituye uno de los argumentos más potentes contra la hipótesis de un Marx necesariamente eurocéntrico. Creo sin embargo que aquí también hay algunos riesgos latentes. El primero es una dicotomización de la relación centro-periferia, que puede dificultar la comprensión de la estructuración global del capitalismo -que como tal, sí supone la delimitación de un centro y una periferia. El segundo tiene que ver con los efectos de la operación de la provincialización de Europa sobre el propio centro. Si la experiencia europea es una más del despliegue global del capital, ameritaría el mismo tratamiento “excepcional” que las periferias -a pesar de constituir una diferencia en tanto espacio de despliegue originario de las relaciones de producción capitalistas. Para ponerlo en términos de la sobredeterminación althusseriana, o todas son “excepciones” o ninguna lo es.
Por último, el anclaje latinoamericano que propone el libro en su edición en castellano constituye una instancia posibilitadora de una radicalización de la hipótesis anti-eurocéntrica de Marx. El propio Anderson señala que su investigación puede resultar de interés para los debates marxistas latinoamericanos dada la familiaridad entre el tratamiento de los problemas de la nación y las formas precapitalistas en Marx y el lugar que ocupan el nacionalismo popular y el comunismo indígena en las tradiciones políticas e intelectuales de la región. Esto es efectivamente lo que ocurre. Una investigación de tales características sintoniza con un espacio de producción intelectual -como el latinoamericano- siempre dispuesto a indagar en las posibilidades de un Marx no eurocéntrico. Por ello, es posible reconocer en la historia del marxismo latinoamericano ejercicios sobre el corpus marxiano claramente convergentes con el desarrollado por Anderson -desde los 7 ensayos de José Carlos Mariátegui hasta Marx y América Latina de José Aricó. Si bien esta sintonía es general, en tanto existen preocupaciones comunes alrededor de la interpretación y transformación de una sociedad en los márgenes, uno de los tópicos advertidos por Anderson ha representado uno de los más grandes desafíos para las tradiciones marxistas latinoamericanas. Me refiero a las experiencias nacionalistas populares, que han impulsado tanto la modernización económica -tarea correspondiente a las burguesías en el “modelo clásico”- como la incorporación de las masas a la vida política nacional -tarea asignada a la clase obrera en aquel modelo. La asunción de una posición marxista crítica en la región ha implicado el alejamiento de una comprensión de las experiencias nacionalistas populares en términos de “desvío” o “aberración”. Especialmente porque las interpretaciones originarias de las corrientes marxistas latinoamericanas consistieron fundamentalmente en la asignación de rasgos puramente conservadores a dichas experiencias. Y además porque el fuerte peso de los liderazgos carismáticos dentro de dichas experiencias -desde Perón hasta Chávez- ha sido tradicionalmente procesado en términos de bonapartismo. Es decir que una parte significativa de la izquierda latinoamericana entendió -y entiende- dichas experiencias como un proceso de revolución pasiva encabezada por un jefe cuyo accionar tiende a desviar la potencia revolucionaria hacia la recomposición del orden capitalista. De allí la necesidad de avanzar sobre el malentendido que a Marx le impide valorar el rol desempeñado por Bolívar en los procesos independentistas del siglo XIX, y sobre unos esquemas marxistas contemporáneos que no pueden ver a los populismos como expresión política auténtica de las clases populares. Pensar un Marx en los márgenes quizás también conlleve la necesidad de pensar un Marx más allá del bonapartismo.