El silencio de los literatos

El silencio de los literatos

Juan Schulz

En un acto de inalcanzable bajeza, María Corina Machado acudió a Washington a entregarle su medalla de Premio Nobel de la Paz a Donald Trump, esto después de que Estados Unidos bombardeara su país y asesinara a decenas de personas. No es ninguna noticia falsa, cualquiera la puede verificar: una latinoamericana fue y le entregó su Premio Nobel de la Paz a Donald Trump, el mismo que ha levantado una persecución fascista contra los latinos en Estados Unidos.

Ese gesto lo podríamos antologar dentro de los grandes momentos cipayos de la historia, como cuando los conservadores iban a Europa a pedir una monarquía para nuestras tierras o los que pedían sangre europea para mejorar la raza, entre muchos otros. La historia no va a olvidar que Corina Machado prefirió ser la reina de las lacayas en vez de la emperatriz de la bizarra paz noruega.

Después de esa entrega, la revista Letras Libres colocó en su portada de febrero de 2026, a María Corina, como estandarte de la democracia, al mismo tiempo que Enrique Krauze, director de la revista, no ha dejado de repartir elogios para ella.

Nos podemos reír del tono de sus críticas, incluso podemos hacer de cuenta que no existió la Operación Berlín, pero que le hagan un saludo al fascismo y que el medio literario mexicano ni se inmute, me parece una situación en la que vale la pena detenerse. No porque sorprenda que Krauze de manera mustia, liberal, le haga un saludo al fascismo justificando al tipo que bombardea a un país hermano y amenaza y maltrata a nuestros connacionales, sino por el consenso silencioso del gremio. Por tal motivo trataré de trazar las coordenadas del lugar donde está sitiada nuestra cofradía literata para intentar pensar las salidas.

El campo literario mexicano

Sobre tres bases históricas principales se sostiene el campo literario mexicano: 1) los remanentes del pasado colonial; 2) la burocratización artística; 3) el mercado neoliberal.

1) Probablemente como a ningún país del continente, la institución colonial marcó tanto a la sociedad mexicana. El rastro de esos siglos es notable en la arquitectura y en su estratificación social. Sus remanentes artísticos: el uso de la cultura como un ropaje de distinción; los premios como códigos nobiliarios modernos para acceder a los salones del vasallaje. El ámbito literario mexicano es conocido regionalmente por el uso de manteles largos en presentaciones de libros. El silencio y el elogio calculado son fundamentales en un gremio que sigue aspirando al homenaje.

2) Para decirlo en sus términos: en México tuvimos al mayor ogro filantrópico. Ningún Estado en América Latina, con la excepción del Brasil reciente, ha tenido la capacidad de gestor cultural del Estado mexicano. Para bien y para mal. Disponemos de espacios increíbles como la Cineteca Nacional o instituciones tan valiosas como el Fondo de Cultura Económica. Para mal: las eternas ceremonias de inauguración o conmemoración con 70 trajeados en una mesa. La propagación de premios. No existe país que más se auto celebre y sufra tanto por las ansias de letras doradas; las becas elitistas, que han generado una casta de escritores más doctos en la presentación de proyectos que en la formulación de pensamiento crítico. Si algo describe la trayectoria del escritor mexicano, es su tendencia a escalar socialmente para encontrar el cómodo papel de entretener a las clases medias con ínfulas. No es raro que una de las pocas cosas que active políticamente a muchos estetas sea la defensa de la cultura, en abstracto, para referirse a beneficios muy concretos.

3) El mercado neoliberal: El más grande mercado editorial de América Latina. México es el riquillo de Hispanoamérica (también tenemos la liga de futbol mejor pagada y los resultados, quizás, guardan un símil). La subordinación de la literatura a las industrias transnacionales ha transformado la forma en que se escribe, pero también ha modificado la forma de ser escritor. Nuestras letras, las más jóvenes, pasaron a desfilar como “influencers sin influencia” dedicadas con esmero a la promoción domesticada de sí mismas. Los riesgos que corren los narradores mexicanos se volvieron imperceptibles. Las prosas tienden a una digestión reconfortante y el trabajo esmerado con el lenguaje se volvió prescindible. Las ganancias de la industria editorial se volvieron las que más fuerza tienen para dictar qué temas son los que hay que leer y cuales son los libros que tienen valor. El periodismo cultural, lejos de ser un espacio para la creación o la crítica, se convirtió en el mayordomo de las editoriales.

El motor de la literatura mexicana

Si sobre esas tres simientes, resumidísimas, se levanta el aparato literario, el motor que mueve a la literatura mexicana es el arribismo, un motor que no es sino la inercia por la que sus actores buscan un lugar, un reflector, un galardón.

El arribismo tiene consecuencias estéticas y políticas, y no sobra aclarar, que muchas veces la palabra arribismo fue la elitista manera de desdeñar las formas que adopta la gente de la periferia al buscar un lugar en los centros que reparten el prestigio, la visibilidad. Sin embargo, el arribismo está en todos los estratos: es la forma más habitual con la que se mueven las capas medias que aspiran a los brillos del prestigio artístico de las élites y es la manera subordinada con la cual las élites se relacionan con sus mecenas o con el exterior (Europa occidental y Estados Unidos, claro está). Es una corriente, un mito silencioso pero persistente, que arrastra de manera transversal a todos los actores menos a sectores menos visibles de los que hablaré en el último apartado.

El arribismo es también una forma de colonialismo voluntario. Son los silencios una parte fundamental en la manera en que los literatos se desenvuelven al jugar al escritor mediático. El elogio dirigido con intención, la reseña estratégica, el cálculo afectivo como medio para acceder a la vitrina, son hijos de no decir lo que se piensa. Si la crítica literaria se volvió tan timorata, en parte ha sido porque triunfó el tragar saliva como el modo más frecuente de expresar ideas profundas.

En la parte artística el arribismo tiene múltiples variantes. Un ejemplo sencillo: si uno agarra al azar un ensayo literario mexicano no va a encontrar dos párrafos seguidos sin que la autora o el autor se refieran a un autor europeo o estadounidense. La tendencia general no es resistirse a beber de la misma fuente. Y es obvio que no se trata de ignorar lo que pasa de aquellos lados, ni hacerlo menos, lo curioso es que parece el siglo XIX, cuando lo prestigioso y sofisticado suele terminar siendo lo que viene de allá. El arribismo en la mirada, además de ser una herramienta para incrementar el capital social-cultural, es un lente que ha estrechado la mirada y ha diluido los lazos con el sur.

Puntos de fuga

Sólo le encuentro propósito a contextualizar las limitaciones del gremio, si es para buscar los puntos de fuga hacia donde podemos imaginar una situación diferente a la de las dinámicas descritas, porque como diría el clásico: “Contra lo que baratamente pueda sospecharse, mi voluntad es afirmativa, mi temperamento es de constructor, y nada me es más antitético que el bohemio puramente iconoclasta y disolvente”.

En México no tuvimos un Mariátegui, un Antonio Cándido o un Ángel Rama que trazara el funcionamiento histórico de sus actores. Sí hubo sablazos de lucidez, dispersos, que convendría recuperar para sentarnos a pensar nuevos rumbos que no sean tan complacientes con los ya mencionados.

Antes del periodo neoliberal tuvimos editores literarios de izquierda, que fundaron acontecimientos editoriales como ERA, Siglo XXI y que se vinculaban de una manera artística y política con América Latina, y tuvieron una mejor relación con el pensamiento crítico. Pero no vine a predicar nostalgia, vengo a pensar cómo podemos romper las inercias. Porque lo que se disputa no es una Literatura, se disputa una forma de pensar e interpretar el mundo y estoy seguro que nos merecemos algo mucho mejor que un gremio que enmudece y sin rubor se acomoda en la revista que saluda entusiastamente a los fascistas.

El silencio no es sólo la ausencia de sonido, de palabra, de meme. Agregaría que la falta de potencia del pensamiento es una forma de silencio. Cuando colectivamente estamos diezmados en quejidos, la fuerza, podríamos decir, se convierte en una suerte de murmullo alérgico a los escuchas. El alcance del vituperio no surca un nuevo sendero. El cómodo activismo de historia de Instagram, más que tener filo parece encaminado a una proyección identitaria subversiva. Tal vez esas formas ayuden al desahogo cotidiano, pero si es la principal forma de expresarse políticamente un gremio que se dedica a las letras estamos perdidos.

Las disidencias en el ámbito serán aisladas, minoritarias y con grandes contradicciones, pero no son tiempos de remar en busca de la pureza. A cada rato surgen pequeños proyectos, blogs, círculos de lectura, revistas virtuales, fanzines, pequeñas editoriales que no tienen como apuesta acomodarse en los tres bloques históricos mencionados y tienen otro motor que el arribismo. Artistas que largan el afán por la palmadita y se aferran a poner toda su energía en gestionar otras redes de pensamiento. Los fascistas avanzan todo lo que nuestro silencio les permite. El gremio que se dedica a la imaginación no ha dado muchas muestras de imaginación fuera del papel. Algún día las dará.