Wenceslao Roces, el gato de siete vidas
Manuel Vega Zúñiga
Hoy, 29 de marzo, se conmemora el aniversario luctuoso de don Wenceslao Roces, fallecido en 1992. Se trata de una figura de la historia iberoamericana tristemente relegada al olvido o, en el mejor de los casos, reconocida únicamente como un titán de la traducción.
Wenceslao Roces fue también un jurista, historiador, político, además de traductor y, por sobre todo; un militante de la emancipación humana.
Nació en el ocaso del siglo XIX, en 1897, en un pueblito pequeñito, pequeñito, en Asturias, España, y le tocó vivir prácticamente todo el convulso siglo XX. Se formó durante la segunda década del siglo como abogado, doctorándose en derecho.
Recién iniciada la tercera década del siglo XX se trasladó a Alemania para continuar con sus estudios, primero en Friburgo, bajo la dirección del romanista e historiador del derecho Otto Lene, y posteriormente en Berlín, bajo la dirección del filósofo del derecho, Rudolf Stammler. Eran los «locos años 20´s», y en Alemania, eran los umbrales de la República de Weimar, tras la Revolución de Noviembre, que derrocó al imperio alemán con su monarquía constitucional e instauró, por primera vez en la historia en aquél país, una república parlamentaria y democrática.
Con apenas 24 años de edad, el joven Wenceslao Roces estaba en la naciente la República de Weimar, todavía estaba presente la conmoción social y política por el cobarde asesinato de Rosa Luxemburgo y de Karl Liebknecht en manos de los propios socialdemócratas, para evitar dar paso a que el movimiento revolucionario anticapitalista avanzara. Recién se había promulgado la Constitución de Weimar de 1919 que, junto con la Constitución Mexicana de 1917, fueron las primeras en el mundo en reconocer en sus pactos políticos constitucionales los derechos sociales.
De 1920 a 1922 Wenceslao vivió en Alemania, regresando a España en 1923, con una muy sólida formación jurídico-filosófica, y con profundas convicciones democráticas. Obtuvo ese año una cátedra en la Universidad de Salamanca, pero le duró muy poco, pues ese mismo año Miguel Primo de Rivera dió un golpe de Estado en España e instauró un régimen militar al que Wenceslao se opuso desde el inicio. En 1924 le retiran su cátedra de la Universidad, y comienza la lucha clandestina por defender la democracia junto a otros convencidos liberales, demócratas y republicanos como Miguel de Unamuno.
Ya despojado de su cátedra universitaria, el joven Wenceslao con 27 años comenzó su prolífica faceta de traductor del alemán al castellano para poder sobrevivir. Todavía no era marxista para éste momento, así que sus traducciones primeras a lo largo de la década de los años 20´s fueron fundamentalmente sobre Filosofía del Derecho, Teoría del Derecho, Derecho Romano y Derecho Político.
Ahora no tengo tiempo de seguir escribiendo, pero, si hasta aquí, la vida de Wenceslao Roces resulta ya por demás apasionante, y pareciera más bien la de un personaje de ficción de alguna novela; no será en realidad sino a partir de la década de los 30´s, cuando comience con fuerza la vida militante del Wenceslao Roces marxista, del adulto, del exiliado político, del traductor de los grandes pensadores revolucionarios de la época. Falta el Wenceslao de la Segunda República Española. Falta el Wenceslao encarcelado. Falta el Wenceslao del exilio en la Unión Soviética. Y, por supuesto; falta el Wenceslao del exilio en América y en México.
Años atrás me entrevisté con la hija de Wenceslao Roces, doña Elenita Roces Dorronsoro, profesora emérita de la Universidad de Colima, ya de avanzada edad, pero quien con sumo entusiasmo me compartió una serie de anécdotas sobre su padre, al que admira tanto, como yo. Me mostró fotografías de su baúl de los recuerdos, y me invitó a compartir los alimentos en su mesa, mientras me contaba de sus años de infancia en la entonces Unión Soviética como hija de exiliados españoles de la Segunda República, y después, sobre la amistad de su padre con Pablo Neruda, quien le ayudó a llegar al exilio a América, para finalmente asentarse en México, hasta su muerte, un día como hoy, 29 de marzo, pero de 1992.
Una anécdota que me compartió Elenita, y que me causa mucha tristeza; es que me dijo que su padre ya en los últimos años de su vida estaba muy triste, profundamente deprimido, porque, con todo y las revoluciones, «no lograron cambiar el corazón del ser humano». Eso me dijo Elenita que le comentó su padre, don Wenceslao Roces, antes de partir de éste mundo, después de una vida, en la que pareció un gato de siete vidas.