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Susarrey y el extravío intelectual de la derecha en México

*Cesar Martínez (@cesar19_87)

Necesitamos luchar por el poder para el Pueblo porque, si no, no hay nada:

ni Constitución, ni leyes, ni justicia, ni buen gobierno. ¡Nada!

Arnaldo Córdova

Además de demostrar un gran dominio teórico sostenido por una exhaustiva bibliografía con su serie de ensayos El Debate Político e Intelectual en México de 1993, el intelectual neoliberal Jaime Sánchez Susarrey nos permite ubicar dónde y cómo inició el extravío de la derecha mexicana, incluso décadas antes del 1 de julio de 2018. Algo pocas veces visto en un analista proveniente del bando conservador, Susarrey es capaz de imprimir mucha energía a sus propias ideas mediante el mismo sentimiento anti-Estado que actualmente impulsa al feminismo y al ambientalismo viendo al Estado como gran feminicida y gran ecocida. En el caso específico, el autor se lanza a intentar destruir la idea de Estado soberano y democrático proyectada por la Constitución de 1917; idea que solo gracias al Pueblo de México sobrevivió tras más de 30 años de política corrupta de privatización y de anticonstitucionalidad.

Aunque Susarrey ejerce una habilidad para ocultar sus propios prejuicios ideológicos, (francamente muy superior a la de los dos caciques a quienes no cesa de elogiar, Octavio Paz y Enrique Krauze), él termina por sincerarse al confrontar a quien surge como adversario intelectual: el finado doctor en filosofía del derecho, Arnaldo Córdova. Y es que el neoliberalismo inconsciente de Susarrey sale a la superficie cuando él desahoga su sentimiento anti-Estado confrontando a Córdova al respecto del espíritu del Artículo 27. Ese neoliberalismo personificado por Susarrey estalla con toda su cólera en rechazo al principio constitucional, aún vigente, según el cual la propiedad privada en México deriva del patrimonio originario de la Nación. Así pues, Córdova aparece como el blanco de los dardos de Susarrey por su defensa estoica de la razón de interés público como razón de Estado a raíz de la Revolución Mexicana, traducida en hitos históricos como la expropiación petrolera y la nacionalización de la industria eléctrica.

Esta gran habilidad de Susarrey, escondiendo los intereses económicos y políticos de la agrupación intelectual fundada por Octavio Paz tras conseguir concesiones de Carlos Salinas de Gortari (es decir, una de las formas flagrantes que tomó la privatización de la cultura y el arte en México), consiste en una suerte de “estética reaccionaria de lo juvenil”: presentar al Estado como una idea obsoleta propia de gente vieja, pues el libro es abundante en expresiones como “la gerontocracia del Kremlin”, “ los viejos priístas”, “los nostálgicos del pasado”, “lograr evolucionar”, “modernizar”, “atraso” y “parálisis”. Podemos hablar de una estética exitosa por parte de Susarrey porque desafía la estética universal de izquierda, la crítica contra la dominación y la desigualdad, a través del tiempo avanzando no como lucha histórica, sino como sucesión generacional pasiva, transformando a Paz en algo así como el Ortega y Gasset mexicano.

Con astucia, Susarrey toma al dos de octubre de 1968 como la fecha del fin de la historia, una suerte de versión mexicana de la caída del Muro de Berlín, a partir de la cual surgen los jóvenes intelectuales cuyos nexos, vueltas y letras libres habrán de sepultar definitivamente el cadáver del Estado revolucionario:

Pero, ¿tiene sentido hablar de una “generación del 68”? ¿No es una generalización abusiva? ¿Individuos con posiciones diversas – incluso opuestas – pueden pertenecer a una misma generación? ¿No es este un concepto metafísico? Al hablar de “una generación” existe el riesgo de construir un sujeto colectivo por encima de los individuos reales que la integran. Semejante procedimiento se puede comparar con el uso que los marxistas hacen de la lucha de clase. Para evitar cualquier tipo de hipostatización, el concepto de “generación” debe utilizarse en sentido heurístico. Es decir, es un concepto que nos sirve para delimitar una experiencia común a un conjunto de individuos y para comprender las múltiples preguntas y respuestas que esa experiencia provoca. Según Ortega y Gasset, una generación se distingue por su sensibilidad vital. ( Sánchez Susarrey, p.21)

La transfiguración de Paz en el Ortega y Gasset mexicano alcanza su clímax cuando Susarrey cita “La Teoría de los dos Méxicos”. Un México, desarrollado y moderno. El otro, subdesarrollado y atrasado. Gracias al sincero respeto, (vale reconocerlo), que Susarrey expresa hacia quien le lee, podemos conocer las respuestas de Carlos Monsiváis en distintas notas al pie: “Paz insiste en su teoría de los dos Méxicos [que según él] «no es la contradicción de dos clases, sino de dos tiempos históricos e incluso de dos países» … Por lo contrario, estoy seguro de encontrarme ante un solo país, el lujo de una de cuyas partes depende de la miseria y marginalidad de la otra” (p. 45). De acuerdo con Monsiváis, Paz construye estos “dos tiempos históricos” contiguos pero desvinculados con el propósito de fabricar dos ficciones: la ficción despolitizante, el desentenderse de la vida pública como estrategia de seguridad personal o “analfabetismo moral de la derecha”; y la ficción del intelectual como alguien ajeno y neutral a las luchas de poder como estrategia de imparcialidad. De modo que, cuando Monsiváis nos advierte que lo de Paz es una metáfora agotada, él realiza una advertencia muy similar a la del pensador francés Proudhon quien, citando a Hugo Grocio, advertía que los abogados de la propiedad privada suelen invocar el correr del tiempo como derecho de pertenencia siendo que todo sucede en el tiempo pero nada se hace por el tiempo.

Leyendo a Susarrey, encontramos que la profunda ansiedad de los intelectuales neoliberales era el cómo enterrar ideológicamente al Artículo 27 constitucional para establecer la primacía de la propiedad privada y así pavimentar el camino a la privatización de los recursos naturales. De modo que el inicio de los años 90 atestiguó una auténtica operación de Estado disfrazada como fomento al arte y la cultura mediante eventos de élite, tales como los coloquios y encuentros de las revistas Vuelta y Nexos albergados en Televisa y en la UNAM para festejar la muerte de la Unión Soviética, linchar a Cuba y humillar a la izquierda mexicana.

En medio de ese éxtasis de triunfalismo conservador, Susarrey debió sentir una legítima confianza en sí mismo para polemizar con Arnaldo Córdova, poniendo manos a la obra en un ensayo enérgico y contundente (del tipo del cual los conservadores actuales ya no son capaces de escribir): “Molina Enríquez contra el Estado Propietario,” con dedicatoria inicial para Krauze. En este texto, el autor investiga el pensamiento de Andrés Molina Enríquez, máxima influencia intelectual detrás del Artículo 27, y nos ofrece una tesis distinta y contrapuesta a la tesis de Córdova: el Estado que surge de la Revolución, sugiere Susarrey, debe ser un aparato jurídico al servicio de la clase media cuya función se reduce a transferir a esa misma clase media la propiedad privada del territorio nacional. Sin queja alguna, Susarrey remata: “El organicismo de Molina Enríquez es de corte ‘pequeño burgués’…” (p. 95). Con ese impulso, Susarrey ataca a Córdova tachando sus tesis de himnos al estatismo y de realismo mágico puesto que Córdova invoca una noción de Molina Enríquez ignorada por Susarrey: la Nación en cuanto base jurídica sobre la cual fundar la nación mexicana en el proceso histórico. Es decir que la lectura sobre Molina Enríquez realizada por Córdova presenta al Estado y al derecho como las herramientas para construir el México que es nación soberana frente al extranjero; y al México democrático a partir de tres tipos de propiedad: nacional, social y privada. Por ello Córdova usa el verbo nacionalizar más allá del sentido económico, mismo que el neoliberalismo con la ayuda de universidades públicas y medios de comunicación consiguió caricaturizar al paso de los años, precisamente entre la clase media.

Córdova incluso llegó a decírselo personalmente a Krauze durante los escasos minutos en que este le concedió el uso de la palabra durante el encuentro Vuelta: del Socialismo autoritario a la difícil libertad de 1990. “Enrique, quiero decirte algo y con esto termino: el socialismo va más allá de la experiencia concreta de los países del Este porque el socialismo es una de las mejores y más duraderas tradiciones culturales de Occidente. Como vio [Alexis de] Tocqueville al llegar a América, la democracia siempre estará incompleta si solo hablamos de la difícil libertad sin abordar el problema de la difícil igualdad.”

Acuñando el lema “Historia, maestra de la política”, que se inspira en la frase clásica de Cicerón, (“Historia, maestra de la vida”), Córdova dio un poderoso impulso moral a la izquierda mexicana en años de hegemonía neoliberal. Brindó una perspectiva histórica de larguísimo alcance a la idea de Estado con el propósito de no renunciar a la lucha política por la soberanía y la democracia de México reivindicando, de paso, a la figura del intelectual comprometido con los humildes y con los de abajo. Y es que para los “jóvenes intelectuales” de Paz, tanto Monsiváis como Córdova siempre fueron cuestionables intelectuales orgánicos.

Finalmente, las tesis soberanas y democráticas de Córdova provocan que Susarrey reconozca vanidosamente en su libro que la desigualdad no constituye para él un problema político ni histórico justificándose en el relativismo de Max Weber y el anti-historicismo de Karl Popper. Semejante exceso de confianza, sin embargo, le cuesta a Susarrey ser completamente incapaz de reconocerse a sí mismo como miembro de una élite privilegiada, sujeta objetivamente al escrutinio de la historia. Es víctima de su propia falsa consciencia. Esto se exhibe dramáticamente cuando él logra diagnosticar de manera brillante la diferencia fundamental entre Marx y Lenin, pero no puede, o no quiere, aplicar dicho diagnóstico a su propia clase social o grupo de poder:

No hay duda de que las concepciones del partido y de la dictadura del proletariado de Marx no tienen nada que ver con las tesis leninistas. Cuando Marx habla de “partido” no se refiere a ningún tipo de organización política como las que hoy conocemos, y mucho menos a la concepción leninista de un partido de cuadros y de vanguardia… Basta revisar La Miseria de la Filosofía para darse cuenta de que Marx consideraba como un proceso natural la transformación del proletariado en una clase revolucionaria; nada más lejano de su pensamiento que la idea de que el socialismo debería ser introducido desde fuera de la clase por una élite revolucionaria; pero, además, y por lo mismo, su concepción de la dictadura del proletariado está basada en una democracia directa que nada tiene que ver con el monopolio del espacio público por una organización revolucionaria. (Sánchez Susarrey, p.118)

De modo que ya podemos concluir que el drama de Susarrey, Krauze y Paz fue haberse gastado sus energías intelectuales en buscar destruir la idea del Estado revolucionario contenida en el Artículo 27 de la Constitución sin tener la honestidad ni la autocrítica de reconocer que monopolizaron el espacio público al estilo leninista. No podemos concebir a élites políticas, económicas e ideológicas como secciones separadas por el vacío dentro de un mismo régimen oligárquico. Para decirlo usando un concepto mencionado por Paz, conformaron la “ideocracia” de un Estado antidemocrático, antisoberano y anticonstitucional: tanto acusaron a otros de ser intelectuales orgánicos y de componer himnos al estatismo, que jamás se miraron al espejo frente a los lavamanos de las facultades universitarias, de los canales de televisión y de las secretarías federales y estatales de donde salían sus bonos, sus primas, sus aguinaldos y sus quincenas. Mientras la derecha se extravió en su obsesión con adueñarse de un Estado sin Pueblo ni Nación, sus intelectuales hoy por hoy arrastran los pies, huérfanos de ideas, aferrándose a cualquier moda posmoderna que les diga que el Estado es esto y es lo otro.

En contraste, hay ideas que jamás envejecen en mentes que siguen estando con nosotros. Una de esas ideas dice que la historia es maestra de la política. Larga vida a Arnaldo Córdova.

*Maestro en Relaciones Internacionales por la Universidad de Bristol y en Literatura estadounidense por la Universidad de Exeter.

Bibliografía:

Sánchez Susarrey, Jaime (1993) El Debate Político e Intelectual en México, Grijalbo.

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