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Reseña del libro Edición y comunismo. Cultura impresa, educación militante y prácticas políticas (México, 1930-1940) de Sebastián Rivera Mir

Sebastián Rivera Mir, Edición y comunismo. Cultura impresa, educación militante y prácticas políticas (México, 1930-1940), USA, University of North Carolina Press / Editorial A Contracorriente, 2020.

Javier Sainz Paz

La izquierda mexicana ha sido estudiada desde diversos ángulos, sin embargo, pocas veces la crítica se detiene sobre los proyectos editoriales que llevaron a cabo las organizaciones políticas, sus procesos de producción, edición, sociabilidad, distribución, consumo y cómo éstos impresos se inscriben en el espacio público. En ese sentido, el nuevo libro del historiador Sebastían Rivera Mir, Edición y comunismo. Cultura impresa, educación militante y prácticas políticas, viene a llenar un vacío importante en el estudio de las izquierdas y la cultura impresa.

Como señala el autor, la recuperación de esta historia no es un proceso terso que pueda ser abordado gracias a la existencia de archivos ordenados y a la disponibilidad del público, sino que requiere el esfuerzo de acercarse a “los archivos del terror (asociados a las estructuras represivas del Estado), las (auto)biografías de los militantes y los productos impresos. Éstos últimos, siempre carentes del afamado ISBN, sin cumplir con los depósitos legales, ni tampoco con autoridades bibliográficas dispuestas a recolectarlos, apenas se encuentran disponibles en las bibliotecas mexicanas” (Rivera, 2020: 7-8).

Como muestra Rivera Mir, el proletariado mexicano no sólo fue el protagonista de grandes gestas, sino también formó parte de una comunidad de lectores, editores, libreros, escritores, traductores, dibujantes, distribuidores e impresores que “debieron enfrentar los problemas cotidianos de este tipo de actividades, que iban desde resolver situaciones técnicas hasta los ineludibles problemas financieros” (Rivera, 2020: 16).

En Edición y Comunismo se plantea que dichas actividades y proyectos editoriales están inscritos  en una red transnacional que a principios de la década de los treinta “estaba prácticamente monopolizada por las publicaciones de bajo costo elaboradas en Europa, especialmente en España y Francia” (Rivera, 2020: 21); no obstante, apunta que la situación cambió en 1935 debido a “las nuevas directrices de la Comintern [que impulsó] la estrategia del frente popular antifascista, [rompiendo] las dinámicas sectarias del tercer periodo” (Rivera, 2020: 31) dando oportunidad a que las editoriales accedieran a una red más amplia de escritores, que aumentaran su catálogo, temáticas y lectores.

Asimismo el autor muestra que en esa primera periodización, correspondiente a la primera mitad de la década, la represión que desató el gobierno mexicano en contra del Partido Comunista de México (PCM) acarreó –además de muchas vejaciones,– el cierre de publicaciones, requisición de imprentas, restricción del correo y otros pesares; no obstante, considera que aquél proceso traumático “dotó a las entidades [partidarias] repartidas por la república de una libertad que el centralismo democrático del PCM había limitado. De ese modo, tuvieron que ser capaces de buscar modos creativos de continuar sus labores” (Rivera, 2020: 49) en el partido, así como nuevos métodos de trabajo para lograr superar la situación de precariedad y mantener la actividad editorial; así, el autor sustenta que, si “en algún momento la ecuación «militar es editar» se volvió un axioma para los comunistas, fue precisamente en este periodo” (Rivera, 2020: 69).

Con la llegada del gobierno de Cárdenas la situación cambió, pues la represión callista que controló y restringió la circulación e impresión de materiales comunistas se subvirtió en una proliferación de iniciativas que fue un aliciente para el mercado de los libros marxistas; asimismo, en términos generales, aquel periodo construyó un “proceso de industrialización y profesionalización del ámbito editorial, que significó un salto cualitativo y cuantitativo para el mercado local” (Rivera, 2020: 78).

En ese contexto, el autor plantea que hubo varias iniciativas editoriales locales no relacionadas directamente al PCM pero sí elaboradas dentro de la esfera comunista, entre las que se encontraban “Gleba, Cimientos, Cuadernos de Pedagogía Proletaria, Ediciones de la LEAR, Ediciones Defensa Roja, Ediciones Espartaco, Editorial Dialéctica, Ediciones FER, Integrales y Ediciones Frente Cultural” (Rivera Mir, 2020: 74).

Por otro lado, Rivera Mir señala que desde 1935 el PCM vio la necesidad de crear “fuertes empresas editoriales de izquierda [que pudieran constituir] una verdadera institución de preciosa utilidad para los trabajadores e intelectuales revolucionarios”. (Rivera Mir, 2020: 78). Ello fue puesto en marcha hasta 1937, con el pleno de junio del Comité Central del PCM que, en el marco de la estrategia de frente popular con las fuerzas progresistas del cardenismo, “estableció realizar un esfuerzo especial para fortalecer la propaganda, la difusión y la formación ideológica de los militantes comunistas y del proletariado en su conjunto. Esto se materializó en la creación de la Editorial Popular, que vendería libros y folletos a bajo costo con la finalidad de lograr los objetivos políticos propuestos por la dirigencia” (Rivera Mir, 2020: 105).

Si bien la Editorial Popular fue la más importante de estas iniciativas, no fue la única. Como muestra el historiador, los comunistas buscaron insertarse en sindicatos afines a la edición, realizaron ferias de libros, ediciones especiales, se impulsaron editoriales paralelas, se organizaron redes de libreros, se tradujeron textos al maya, se estrecharon relaciones con librerías y agencias en el centro de la ciudad de México; es decir, toda una serie de actividades que “demuestran las capacidades creativas que tenían los comunistas” (Rivera Mir, 2020: 113).

Uno de los aspectos en los que el autor pone especial énfasis es en las experiencias de obreros que participaron en la edición comunista, cuyas “formas de adherirse a este trabajo fueron variadas y difíciles de enmarcar dentro de una sola explicación” (Rivera Mir, 2020: 120), pero cuya militancia y sacrificio fue esencial para el desarrollo de las publicaciones.

Otro eje de la investigación da cuenta de los intentos editoriales de la derecha mexicana, mismos que, como señala Rivera Mir, es difícil seguirles la pista ya que “en algunos casos obedecieron a iniciativas individuales, que conectaron el nombre de un escritor reconocido con una editorial que buscaba hacer un buen negocio” (Rivera Mir, 2020: 130). Como bien expone el autor, los proyectos de la derecha mexicana pasaron por las mismas problemáticas que los comunistas durante la primera mitad de la década, desde la persecución, la fugacidad, la “falta de especialización de los implicados, carencia de canales de distribución, precariedad laboral, [y un] bajo desarrollo técnico” (Rivera Mir, 2020: 130). Asimismo, como ocurrió con las publicaciones comunistas, para 1935 la situación cambió para las publicaciones conservadoras gracias al fortalecimiento en el escenario público de una derecha secular.

Así, el autor nos presenta los mecanismos de los que se valió la derecha mexicana para construir el discurso en contra de “sus enemigos”, a los cuales fundió en la idea de la “amenaza comunista” personificada en diversos actores, desde el PCM hasta funcionarios públicos de diferentes jerarquías. De igual manera muestra claramente el papel que jugaron los grandes diarios privados, como aliados de los sectores conservadores para denostar las campañas comunistas.

Así, Edición y Comunismo es una obra fundamental, que da cuenta no sólo de las diversas prácticas desarrolladas por el campo comunista y sus múltiples actores, sino también de las diferentes tensiones que conformaron el espacio público de la década de los treinta.

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