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Morena y las formas de ocupar el centro de lo político

Leonardo Meza Jara

El registro (nombramiento) de ocho precandidatos de Morena a la gubernatura por Chihuahua, se puede leer desde la lógica de la geometría política. De inicio, cabe dejar en claro una síntesis del perfil de los ocho precandidatos: 

– Armando Cabada es un empresario de los medios en ciudad Juárez, que fue cercano al PRI y al duartismo, que ganó la presidencia municipal por Juárez en 2015 y que repitió este triunfo en 2018, ante un candidato morenista de origen priista: Javier González Mocken. 

– Cruz Pérez Cuéllar es un expanista que fue candidato a gobernador por Movimiento Ciudadano en 2018, que encontró cobijo y carrera política en Morena.

– Rafael Espino es un empresario con una formación y una trayectoria como tecnócrata, cuya carrera inició con el gobierno priista de Ernesto Zedillo y que es cercano a López Obrador desde antes de la fundación de Morena. 

– Carmen Almeida es suplente de la diputada Tatiana Clouthier, quien por su nombre y por su propia trayectoria, está ligada al panismo de abolengo.  

– Juan Carlos Loera es un militante de la nueva izquierda morenista (no de la izquierda histórica), al que se le abrió el horizonte de la política con el 2018.

– Bertha Caraveo es también militante de la nueva izquierda morenista, que se sacó la lotería electoral en 2018 y que aspira, como muchos aspiran, a la extensión del poder.

– Víctor Quintana es un militante de la vieja guardia de la izquierda (de la izquierda histórica) que jugó sus cartas con el panista Javier Corral, y que perdió una cantidad significativa de su capital político con ello. 

– Martín Chaparro es también parte de la vieja guardia de la izquierda. En su momento, el expresidente de Morena en Chihuahua fue cercano a los Chuchos del PRD, a través de uno de los principales operadores políticos de este grupo: Miguel Alonso Raya. 

En los perfiles de los ocho precandidatos de Morena a la gubernatura por Chihuahua, unos verán la inclinación del centro hacia la izquierda, otros subrayarán la inclinación del centro hacia la derecha. Lo que queda claro en Morena al perfilar a los ocho precandidatos hasta hoy registrados para la gubernatura, es una tendencia hacia el centro, hacia una cierta centralidad, que no se define con claridad suficiente. 

En el plano de la geometría política, lo que se identifica en estas ocho precandidaturas es una distensión o una condición borrosa de la geometría política tradicional, que se concibe a partir de una polaridad estricta entre izquierda y derecha.

De forma voluntaria o involuntaria (de forma planeada o no planeada) se va perfilando el futuro político e ideológico de Morena. Este futuro consiste en un conjunto de acciones para ocupar el centro del espectro político nacional. No inclinarse demasiado hacia la derecha, como para extraviar una identidad ideológica y política, propiamente de izquierda. Tampoco inclinarse demasiado a la izquierda por el riesgo que implicaría una radicalización, sobre todo en lo electoral. 

Lo que está en juego, es la reinvención de un centro ideológico y político cuyas cualidades son la ductilidad y los desplazamientos. En el fondo de esto, se identifica un pragmatismo. Tal vez, el futuro más promisorio y más riesgoso de la izquierda partidista sea caminar sobre este pragmatismo. El problema, es que al caminar sobre este pragmatismo, se camina sobre el filo de una navaja ideológica, política e histórica, que estará dibujando los posibles equilibrios y desequilibrios de la izquierda partidista.

Lo más problemático a este respecto, es que la izquierda partidista no construye el centro exclusivamente para sí misma. La izquierda construye este centro para alguien más y para algo más. ¿Qué son este “alguien más” y este “algo más”, respecto a los cuales la izquierda construye un centro que no le pertenece enteramente? Son una inercia que está más allá de la izquierda misma, una inercia de implicaciones neoliberales. 

Esta izquierda construye un centro para ganar adeptos: votantes circunstanciales, simpatizantes, militantes y por supuesto, sujetos que sean candidateables, que puedan ser jugados como cartas que estratégicamente se suben o se bajan a la mesa electoral (en cada coyuntura electoral). Lo que deja ver la nota de ocho columnas de «El Diario de Chihuahua» de este domingo 6 de diciembre (“Va Cabada en sorpresa por Morena. Se registran ante el partido ocho aspirantes a candidatos a la gubernatura”), es que la candidatura de Morena a la gubernatura por Chihuahua, se juega con un perfil político y con perfil publicitario, propio de la mercadotecnia. 

A su vez, la izquierda partidista en México construye un centro para ocupar espacios de poder político  y para desarrollar una acción estratégica, que están más allá de los alcances de la propia izquierda. Es obvio que los espacios políticos de poder no le pertenecen a la izquierda, sino que tendrá que disputarlos electoralmente una y otra vez a lo largo del siglo XXI. La izquierda está atrapada en un juego electoral que está más allá de sí misma, cuyas implicaciones democráticas se entrecruzan con la dominación neoliberal. La democracia representativa actual está atravesada electoralmente por el neoliberalismo. El dinero que se gasta en las campañas es un condicionante neoliberal de la democracia representativa que tiene como eje a las elecciones. 

Es obvio, que la acción estratégica de la izquierda está atravesada por un conjunto de variables que resultan azarosas. De muchas maneras, la izquierda partidista juega con la variabilidad azarosa de las coyunturas políticas, de tal forma que no sea la variabilidad de azarosa de estas coyunturas, la que juegue con la izquierda. ¿Son las circunstancias electorales variables de las coyunturas las que someten a la izquierda partidista, o es esta izquierda la que somete a estas circunstancias electorales variables? La izquierda electoral en México está atrapada en los barrotes de esta pregunta histórica, que en el fondo es una pregunta ideológica y política.  

Lo que tiene lugar en este caso, es un constructivismo y un experimentalismo de la izquierda que se explican enseguida:

  1. A) Por un lado, se identifica un constructivismo ideológico y político de la izquierda partidista. Esto significa, que se pasa de una postura cerrada y determinista (en el programa y en la acción), a una postura abierta. Lo toral de la postura abierta, es que se va abriendo a partir de las posibilidades de las coyunturas electorales (y de otras coyunturas). El constructivismo de la izquierda está definido por un conjunto de aperturas ideológicas y políticas que no se han clarificado, ni se han conceptualizado todavía. Uno de los pendientes a este respecto, consiste en clarificar y conceptualizar las aperturas ideológicas y políticas de la izquierda. El constructivismo referido está demasiado vivo, está en efervescencia en este momento histórico. La actual coyuntura es un laboratorio para analizar conceptualmente, en qué consisten las aperturas ideológicas y políticas de la izquierda partidista. 

Sin duda, el constructivismo ideológico y político de la izquierda es posmoderno. Esto último, nos lleva a hablar de la des-sustanciación de la izquierda. La definición “a priori” (predeterminada) del programa ideológico y político de la izquierda, camina junto con una definición “a posteriori” (no plenamente determinada), que tiene que ver con las circunstancias electorales y gubernamentales que envuelven azarosamente a esta fuerza política. 

En la historia reciente de la izquierda partidista en México, esta fuerza política ha vivido dos momentos históricos de des-sustanciación. El primero de estos momentos inició en 1988 y llevó a la fundación del PRD. El segundo inició con la fundación de Morena. La misma forma de nombrar a Morena, como “movimiento” implica una des-sustanciación de su perfil partidista. ¿Morena es partido o es movimiento, o más bien, es un partido en movimiento? ¿En qué consiste específicamente, el “moverse” de Morena como partido en movimiento? De manera preliminar se responde que este “moverse” de Morena como partido, es un constructivismo y un experimentalismo que tomo auge con el proceso electoral del 2018, y cuyo contexto histórico es una dominación neoliberal que resulta sumamente problemática. 

  1. B) Junto al constructivismo ideológico y político de la izquierda partidista, se identifica la puesta en marcha de un conjunto de ideas y de acciones que son experimentales. No hay garantía alguna, de que las ideas y/o las acciones de la izquierda puedan ser (o no) efectivas. En este terreno, la izquierda comienza a jugar bajo una lógica contaminada de capitalismo (neoliberalismo). Si el neoliberalismo es dominante, que sin duda lo es, las posibilidades experimentales de la izquierda para transformar el mundo (un estado o un país), tienen como marco de experimentación histórica a esta dominación. Las posibilidades del experimentalismo de la izquierda cohabitan con la hegemonía neoliberal. En otras palabras, la jaula histórica de dominación neoliberal define en gran medida, lo que la izquierda puede hacer o no hacer, en lo electoral y lo gubernamental. 

Derivado de lo anterior, habría que considerar que, tanto el constructivismo ideológico y político de la izquierda partidista (A), como el contexto de experimentaciones ideológicas y políticas de esta fuerza política (B), son un territorio que se abre a la indeterminación. El periodo histórico que vive la izquierda partidista en México a inicios del siglo XXI, tendría que ser entendido entonces como un periodo de fluctuaciones en el que se hace presente la tendencia hacia una determinación y una indeterminación ideológica y política de esta fuerza.