Historia, lenguaje y subalternidad: la poética narrativa de Verónica Murguía en El ángel de Nicolás
Francsico Javier Sainz Paz
El libro de cuentos El ángel de Nicolás de Verónica Murguía propope una narrativa de tintes históricos y míticos en donde, lejos de la reconstrucción documental o del historicismo anecdótico, la historia aparece como experiencia humana simbólicamente configurada gracias a una exploración en donde el lenguaje, la memoria y la narración hacen inteligible la experiencia del tiempo, especialmente desde posiciones subalternas.
Uno de los logros más notables del libro radica en su capacidad para reconstruir contextos históricos sin caer en los lugares comunes de la ficción histórica contemporánea. Murguía logra restituir los momentos de enunciación —la atmósfera cultural, religiosa y política en que se inscriben las voces narrativas— sin recurrir a la acumulación erudita ni al cliché histórico. El lector no percibe una exhibición de datos, sino una inmersión progresiva en horizontes culturales específicos. Se trata de una reconstrucción que privilegia tangentes poco abordadas: los márgenes internos de los grandes acontecimientos, los lugares pequeños dentro de las grandes historias.
En este sentido, la autora reconstruye el pasado desde una periferia social inmersa desde el canon de la tradición histórica y cultural. Sin embargo, lo hace desplazando la mirada hacia figuras menores, testigos indirectos o sujetos históricamente subordinados. Así, el centro histórico permanece, pero su focalización cambia: la historia deja de ser relato de vencedores para convertirse en experiencia humana compleja, contradictoria y vulnerable.
Este desplazamiento se vincula con una notable variedad de estrategias narrativas. Los cuentos del volumen no repiten herramientas compositivas ni estilísticas; por el contrario, ofrecen un amplio inventario de recursos: narradores confesionales, voces testimoniales, focalizaciones indirectas, registros casi cronísticos, modulaciones épicas y tonos intimistas. Cada relato parece encontrar su propia forma en función del problema histórico o simbólico que aborda. Esta diversidad formal contribuye a la cohesión del libro precisamente porque revela una poética narrativa consistente: la forma narrativa debe surgir de la experiencia que intenta hacer inteligible, no imponerse sobre ella.
La manera en que Murguía se acerca a los personajes históricos o míticos resulta particularmente interesante. Incluso figuras tradicionalmente condenadas o estigmatizadas son abordadas desde una perspectiva compleja. Ejemplo de ello es su tratamiento de Herodes, que recuerda parcialmente la tradición literaria inaugurada por Oscar Wilde en Salomé. Wilde ya insinuaba un Herodes dominado por el miedo y la superstición; Murguía profundiza esa línea, mostrando no sólo la monstruosidad del personaje, sino también su conciencia de la condena, su temor, su incapacidad para escapar del ciclo de violencia que él mismo ha puesto en marcha. No se trata de absolverlo ni de relativizar sus crímenes, sino de mostrar la dimensión humana —y trágica— del poder cuando se sabe atrapado en sus propias decisiones.
Este enfoque revela una característica central de la poética narrativa de Murguía: la historia se vuelve inteligible cuando se exploran las zonas de ambigüedad moral y emocional que los relatos oficiales suelen ocultar. El poder aparece entonces no como categoría abstracta, sino como experiencia humana atravesada por el miedo, la culpa, la vulnerabilidad y la violencia.
Un ejemplo particularmente logrado de mediación narrativa es “El idioma del Paraíso”. El cuento está narrado en primera persona por una nodriza obligada a participar en el experimento lingüístico del emperador Federico II. Aunque la focalización se mantiene en la voz de la narradora, el relato incorpora discursos ajenos —rumores populares, crónicas, testimonios indirectos— que amplían el horizonte histórico sin romper la coherencia narrativa. Esta inserción de voces múltiples permite reconstruir el contexto cultural y político desde dentro de la experiencia subjetiva. Así, la historia aparece como entramado discursivo que atraviesa la conciencia del personaje.
Asimismo, el lenguaje de Murguía produce un efecto de historicidad particularmente interesante, pues auqnue ningún personaje habla en un español mexicano contemporáneo reconocible, tampoco se recurre a arcaísmos forzados ni a imitaciones lingüísticas caricaturescas. Más bien se trata de un acto de traducción entre horizontes culturales: la autora recrea la distancia temporal sin teatralizarla. El resultado es un efecto estético de antigüedad que descansa en la tonalidad discursiva, la construcción de imágenes y la modulación sintáctica más que en el léxico arcaizante.
La intertextualidad cumple un papel fundamental en este proceso. Los relatos apelan constantemente a referentes culturales compartidos —textos bíblicos, tradiciones clásicas, imaginarios medievales— que activan en el lector figuraciones previas del pasado. Murguía no reproduce esos referentes; los reinterpreta. El lector reconoce elementos familiares, pero su articulación narrativa los resignifica. Así se produce el efecto de transporte al pasado mediante el diálogo con nuestra imaginación histórica.
Otro aspecto destacable es el uso calculado del lenguaje, especialmente en la construcción de imágenes. En “La mujer de Lot”, por ejemplo, la representación del deseo y la sexualidad evita tanto la vulgaridad como la idealización. El sexo aparece como forma de encantamiento, como ruptura entre horizontes culturales y religiosos, pero también como espacio de incomprensión. La censura divina y angelical hacia lo humano se contrapone con el exceso violento de Sodoma y con la decisión extrema de Lot de ofrecer a sus hijas a la turba. Frente a estos discursos de poder —divino, patriarcal, social—, la voz de la mujer de Lot introduce una perspectiva crítica que evidencia cómo la incomprensión mutua produce discursos de odio y violencia.
Este contraste de perspectivas atraviesa todo el libro. Los cuentos funcionan como espacios dialógicos donde distintas lógicas de poder se confrontan: la autoridad religiosa, la autoridad política, la autoridad patriarcal, la autoridad cultural. Sin embargo, la crítica no se formula mediante denuncia directa, sino a través de la polifonía narrativa. Es en la voz de los personajes subalternos donde se articula una especie de “venganza simbólica”: no una rebelión política explícita, sino un juicio narrativo que cuestiona las dinámicas de autoridad.
En este punto, El ángel de Nicolás dialoga de manera particular con la narrativa mexicana contemporánea escrita por mujeres. Mientras buena parte de esa narrativa se centra en problemáticas sociales actuales desde registros realistas o testimoniales, Murguía desplaza la reflexión hacia escenarios históricos y míticos. Este desplazamiento no implica evasión, sino una estrategia distinta para pensar la subalternidad: no como margen del que necesariamente hay que escapar, sino como posición desde la cual imaginar comunidades afectivas y simbólicas.
La comunidad que emerge en estos relatos no es política en sentido programático. Se funda más bien en la vulnerabilidad compartida, en la memoria, en la palabra amorosa. La herida histórica no clausura la experiencia; la impulsa hacia la narración, hacia la reconstrucción simbólica de vínculos humanos mínimos. En este sentido, la literatura de Murguía confirma la potencia política indirecta de la narrativa contemporánea escrita por mujeres: imaginar formas de comunidad donde la fragilidad no implica silencio ni desaparición, sino posibilidad de sentido.
Finalmente, la importancia de El ángel de Nicolás radica también en su concepción del lenguaje. En muchos relatos, el lenguaje no sólo narra la experiencia: la problematiza. La búsqueda de una lengua originaria, la crisis de la palabra poética, la escritura penitencial o la reinterpretación de discursos religiosos muestran que narrar implica siempre mediar la experiencia. La narración configura el mundo y esa configuración es, en última instancia, un acto ético.
Así, el libro de Murguía se inscribe en una tradición narrativa que entiende la historia no como archivo cerrado, sino como campo abierto de interpretación. Desde voces marginales o subalternas, sus cuentos reconfiguran el pasado para hacerlo inteligible como experiencia humana compartida. En tiempos marcados por la fragmentación social y la saturación informativa, esta apuesta por la mediación narrativa y la memoria simbólica constituye una intervención estética y ética de gran relevancia.