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José Mancisidor y su signo

Eduardo Sabugal

Para entender la configuración estética de Mancisidor, su signo, basta con mencionar los autores que él reconocía como valiosos: Ibsen, Rolland, Upton Sinclair, Martín Anderson Nexö, y Teodoro Dreiser. Es determinante su filiación a la literatura rusa y en especial al escritor francés Henri Barbusse. En La literatura y el realismo socialista, escribe: “De los grandes escritores del mundo occidental ninguno tan consecuente como Henri Barbusse, ese gran ingeniero de almas que supo elevar su voz contra la terrible matanza de 1914 en las páginas de El fuego, descubriendo, sobre la tremenda noche oscura, El resplandor en el abismo”  (Mancisidor, Sobre literatura y filosofía. Obras completas V 831). En 1935, cuando la LEAR envió a exponentes mexicanos de la literatura proletaria al primer Congreso de Escritores Estadounidense en Nueva York, incluyó a los escritores Mancisidor, De la Cabada y Miguel Rubio, ahí se discutió ampliamente la concepción que cada uno tenía sobre el realismo socialista soviético. Quizá fruto de esos debates, son los ensayos como Henri Barbusse, ingeniero de almas, en donde Mancisidor utiliza la obra de Barbusse como pretexto para hablar de la forma en la que él mismo entiende el leninismo, como una corriente de pensamiento que permanecería viva en el futuro, en tanto expresión social justa y original. Mancisidor entendía que el socialismo tendría la tarea de escombrar y apuntalar el presente para permitir el porvenir. Con su labor de demolición y construcción, busca evadir el vicio que él había identificado en la mayoría de los escritores realistas, que se detenían en el mero retrato cruel y despiadado de las condiciones miserables de los empobrecidos, sin pretender construir ni guiar.

Contra las abstracciones humanistas Mancisidor hace suya la consigna de Fadéev, que consiste en verlo todo como es, para transformar aquello que existe y dirigirlo. Ese didactismo implicaba un posicionamiento, no sólo respecto a los problemas del proletariado nacional, sino también respecto a la lucha ideológica mundial. Aunque desde Los de abajo, el fracaso de la Revolución ya había aparecido como tema literario, en La ciudad roja, escrita por Mancisidor en 1932, se acusa directamente a los hombres de la Revolución de alquilarse a los enemigos del proletariado. Casi al final del manifiesto que publican los integrantes del Sindicato Revolucionario de Inquilinos (S.R.I), lidereados por el personaje de Juan Manuel, queda clara la propia visión de Mancisidor respecto a la Revolución Mexicana: “En esta Revolución pequeño-burguesa-proletaria, hecha solamente con sangre proletaria, los primeros han satisfecho sus anhelos oportunistas, mientras que los últimos, masa desorientada aún, continúan viviendo en igual miseria que otros días” (Mancisidor, La Ciudad Roja 193).

Las novelas escritas bajo el signo de Mancisidor son mediaciones de un proceso social vivido en el México de los treintas, y de una compleja estructura de poder tejida entre los movimientos obreros, la militancia, los actores políticos y el Estado. Escribir bajo el signo de Mancisidor, fue escribir comprometidamente. Hizo suyo el programa iniciado por Gorki, en torno a una literatura tendenciosa, que, junto a Zhdánov, terminó por consolidarse en 1934, después de casi diez años de discusiones y debates entre diversas corrientes estéticas en la URSS posteriores a 1917. Y que dos años después, en 1936, se encorsetó en una versión “institucional”, más estalinista que leninista. Sin embargo, la intención de Mancisidor coincide con el Gorki proletarizado, que en un artículo de 1933, titulado Del realismo socialista, oponía la literatura burguesa, dominada por el egoísmo y la guerra, a otro tipo de literatura, que no buscaba los bienes materiales sino que se constituía como una literatura humanitaria en la que hombres y mujeres estarían dispuestos “a renunciar a su pequeña felicidad personal por el bien común, a crear el bienestar social, a preferirlo a la comodidad personal de cada día, a coexistir con los otros en la base de una amistad a un mismo tiempo cordial y racional” (Morawski 351).

Bajo el signo de Mancisidor, están las obras de Francisco Sarquís, Mezclilla de 1933, y de Gustavo Ortiz Hernán, Chimeneas de 1937, que de alguna manera parten de La Ciudad Roja, o dialogan con ella y abonan en una dirección, respecto al debate sobre la misión literaria durante la posrevolución y en específico durante el cardenismo. Novelas-mediaciones, que usan la figura del proletariado, y ejemplifican la función respecto a la propaganda ideológica y el uso de la literatura dentro de la guerra política, entendida polarmente en aquellos años.

Referencias

Illades, Carlos. El marxismo en México. Una historia intelectual. Ciudad de México: Taurus, 2018. Impreso.

Lear, John. Imaginar el proletariado. Artistas y trabajadores en el México revolucionario, 1908-1940. Trad. Alfredo Gurza. Ciudad de México: Libros Grano de Sal, 2019. Impreso.

Mancisidor, José. «La Ciudad Roja.» Mancisidor, José. Obras completas de José Mancisidor. Tomo II. . Xalapa : Gobierno del Estado de Veracruz, 1978. 145-292. Impreso.

—. Sobre literatura y filosofía. Obras completas V. Xalapa: Gobierno del Estado de Veracruz, 1980. Impreso.

Morawski, Stefan. Reflexiones sobre estética marxista. Trad. Ana María Palos. México, D.F.: Era, 1977. Impreso.

Ortega, Bertín. Utopías Inquietantes: Narrativa proletaria en México en los años treinta. Veracruz: Instituto Veracruzano de la Cultura, 2008. Impreso.

Taibo II, Paco Ignacio. Bolcheviques. Historia narrativa de los orígenes del comunismo en México. México: Editorial Planeta, 2019. Impreso.

Zhdánov, Andrei. «El papel del partido en el dominio de la literatura.» Sánchez Vázquez, Adolfo. Estética y marxismo. Tomo II. México, D.F.: Era, 1984. 396-402. Impreso.