Hacia una economía de la vida

Hacia una economía de la vida

Jonatan Romero

La crisis del capitalismo, a finales del siglo XX, ajustó el ciclo económico que iba en caída libre y logró rebotar los indicadores hacia arriba. Si bien, los especialistas afirman en sus textos académicos que la caída de la tasa de ganancia fue el corazón de la incertidumbre financiera y productiva, también es verdad que la solución vino del sacrificio de la demanda efectiva. 1980 al 2000, 20 años que promovieron la reducción de la demanda efectiva en favor del aumento del beneficio, en otras palabras, la clase trabajadora fue entregada como ofrenda para que los capitales pudieran tener mejores condiciones de enriquecimiento.

El 2000 fue una época singular, en donde, la crisis de las tecnologías demostró a todas luces que la demanda efectiva no podía sostener la riqueza de unos cuantos. Ocho años de turbulencia económica motivó a la acumulación de capital que el modelo productivo debía neutralizar los desajustes antes planteados y la cura fue montar una actividad económica nueva: la economía de guerra. El empuje nuevo se basó en la atracción del obrero hacia una industria muy lucrativa que su negocio es la muerte y, para ello, la tarea era incentivar el enfrentamiento en contra del enemigo difuso: terrorista, comunista o narcotraficante.

La demanda efectiva tuvo un auge dentro de la economía de guerra, pero los desequilibrios no fueron neutralizados y, además de lo anterior, problemas nuevos surgieron en medio de la barbarie: la violencia se esparció en los territorios como si de un virus se tratara. La crisis multidimensional toca dos puntos claves aquí, por un lado, el consumo era aumentado de manera artificial con la guerra y el crédito y, por otro lado, la inversión promovía infraestructura de muerte. El libre mercado demostró en los hechos que la humanidad burguesa no puede sobrevivir sin el sacrificio del otro y, por lo mismo, la civilización se vio en la necesidad de cuestionar sus propios fundamentos hoy vigentes.

El primer fundamento puesto a prueba en este proceso es que la economía burguesa necesita poner en estado de muerte a la clase trabajadora, en tanto que la miseria de la mayoría se transforma en la abundancia de unos cuantos. Esto invita a la reflexión crítica de que la sociedad actual no puede desaparecer las desigualdades sociales, porque de estas se puede potencializar la fortuna de las clases dominantes. También, la conclución apunta hacia un horizonte bastante apocaliptico, en donde la humanidad puede considerarse superflua y, bajo los anteriores postulados, el genocidio global pueda ser una solución viable ante la caída de la tasa de ganancia.

El segundo fundamento que está en el centro del debate mundial es que la economía capitalista avanza de manera rápida en la conformación de un estadio de guerra en contra de la base material de la vida: la naturaleza. La crisis capitalista al resolverse de alguna manera, o impulsando la demanda efectiva o contrayendo, por lo regular la acumulación de capital siempre va en contra de la fuerza productiva que radica en el propio planeta y, por lo mismo, el hogar de la humanidad sufre el peor impacto en este sentido. Hoy, la cuestión ya no radica tanto en los derechos de los sujetos, sino que el derecho a vivir feliz debe contemplar a la denominada Gaia y todo lo que ahí viva debe ser considerado amenazado por el avance de la economía de la muerte.

Frente a la economía de muerte, el proletariado debe cuestionar los límites materiales de la sociedad impuesta por un puñado de personas, en donde, el mercado ha dejado un saldo bastante desfavorable a la sociedad y, por lo mismo, un cambio de rumbo significa un cambio radical en las condiciones materiales. Por ello, la sociedad del futuro deberá convocar un tránsito de la economía de la muerte hacia una economía de la vida, en donde ese camino histórico – geográfico deberá tener en cuenta un puente táctico que yo le llamaría la bioeconomía política – ética. El eje central de este cambio debe considerar el cambio del paradigma dominante, en donde el beneficio deje de ser central en la producción y consumo de riqueza y la vida se vuelva en la condición básica de la civilización futura.

La economía del futuro debe poner en el centro al valor de uso, en donde, en primer lugar, el fundamento deberá ser la satisfacción de las necesidades vitales de la humanidad, para que, con lo anterior, las relaciones sociales de producción puedan garantizar una calidad de vida que permita al ser humano ser felíz. Por otro lado, este proyecto deberá poner en el centro una economía sin crisis, en donde el equilibrio entre el consumo y la producción pueda lograrse bajo un mecanismo consciente y la sociedad logre planificar su vida material. Una economía nueva será la base de un excedente más allá del plusvalor, en donde la riqueza se mida por la capacidad de generar bienestar a la sociedad y que la medición no sea la ganancia de unas personas.

La economía del futuro, al poner en el centro el valor de uso, sugiere de forma general que la producción de riqueza deberá contemplar el movimiento de la naturaleza, en tanto, la base material de la vida se encuentra en el planeta tierra. Por ende, una primera línea pone el énfasis en que la sociedad burguesa siempre genera un residuo en la naturaleza, este residuo es energético y material, y, por ende, la civilización postcapitalista deberá encontrar la forma de equilibrar la entrada y salida de materia y energía. Otro elemento clave es el tiempo de reproducción de la vida en el planeta, como la sociedad hoy vigente la subsume bajo la forma valor de cambio y, por lo mismo, el desequilibrio fractura la salud de la naturaleza: el fin último es encontrar el equilibrio entre el sujeto y el objeto.

La sociedad del futuro va en dirección de la planificación bioeconómica.

Una economía de la vida no solo debe encontrar una forma material, natural y económica, sino que esta debe anexar una serie de principios éticos, en donde el ser humano se relaciones con sus semejantes y con el planeta de forma más armónica y, por ende, el carácter humano del futuro pueda defender la vida sobre los enemigos de ese principio. La bioética nacerá de la necesidad del siglo XXI, de cómo la sociedad burguesa influye en la forma de producir riqueza y, por supuesto, de cómo el ser humano deberá responder a la economía de la muerte. El derecho a la vida no solo le pertenece al animal pensante, sino que ese derecho no se puede construir bajo una lógica antropocéntrica y, en todo caso, el derecho del hombre también es el derecho de la naturaleza.

Finalmente, una economía de la vida debe poner en el centro al sujeto revolucionario, en donde la clase trabajadora está llamada a darle fin a esta sociedad decadente y en decadencia y este objetivo redentor sólo se conseguirá bajo el ideal de la organización política. La lucha de clases ya no solo será por la liberación del proletariado, sino que la dictadura del proletariado también está llamada a definir la ruta de la emancipación de la naturaleza y, por lo mismo, el sujeto revolucionario despertará el sentido revolucionario de Gaia. Esto recuerda a la humanidad al viejo Che Guevara que escribió sobre un hombre nuevo y hoy emergen las primeras pinceladas de ese superhombre: el bioproletario revolucionario.