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España: la utopía neoliberal de Francis Fukuyama

 César Martínez (@cesar19_87)*

Una dictadura modernizadora puede en principio ser más efectiva que una democracia en cuanto a crear las condiciones sociales que permitirían tanto el crecimiento económico capitalista como, con el pasar del tiempo, el surgimiento de una democracia estable.

Francis Fukuyama

La agresividad de las oligarquías políticas, económicas y mediáticas de España contra los movimientos democráticos de Latinoamérica, cuyos más recientes exponentes son el Perú de Pedro Castillo y la Cuarta Transformación de la vida pública de México, debe hacernos cuestionar cuál es la base ideológica y moral sobre la que se sustenta el régimen neoliberal español desde la muerte de Francisco Franco en 1975. Acaso la descripción más sutil y elogiosa de la España post-dictatorial se halla en el ya clásico libro-ensayo El Fin de la Historia y el Último Hombre del influyente politólogo estadounidense Francis Fukuyama, quien aún hoy defiende el contrasentido de establecer democracia a partir de la antidemocracia. En otras palabras, se trata de descubrir qué hay detrás de la engañifa intelectual de la “transición democrática” mediante la cual la España modernizada se ha intentado imponer como modelo único para nuestra América.

A diferencia del derechista común caracterizado por su pensamiento nihilista (“todo es relativo”) y por su visión antihistórica (“eso ya fue hace mucho y no importa”), Fukuyama impulsó fuertemente al neoliberalismo entre 1989 y 1992 sobre el campo de las ideas dotándolo de un horizonte histórico y de una moralidad específica bajo el imperativo del desarrollo económico. De ahí que su obra magna lleve el título original de The End of History and the Last Man, haciendo referencia al concepto de Historia Universal según Hegel y al concepto de Último Hombre según Nietzsche. Así, lo cierto es que, aun cuando tanto la extrema izquierda como la intelectualidad “progre” han intentado sin éxito deslegitimar al capitalismo esgrimiendo motivos teóricos y técnicos, Fukuyama conserva su vigencia porque en el fondo él ha sido capaz de presentar a la desigualdad no como un hecho histórico, sino como una condición moral, inherente a la naturaleza humana.

Si bien otros han examinado cuán profundo o superficial es el dominio de Fukuyama sobre sus propias fuentes (léase a Michael Rustin en New Left Review), lo que más me interesa aquí y ahora es exhibir brevemente cómo Fukuyama retrata a España como la gran utopía neoliberal con el propósito de disfrazar de institucionalidad democrática aquello que en realidad es un estatus-quo iracundo, reaccionario, autoritario y antipopular.

Así, el siguiente párrafo extraído de El Fin de la Historia… es largo pero contiene rasgos claros de la fantasía ibérica en el imaginario de este afamado neoliberal norteamericano:

La relación estrecha entre el desarrollo económico, los niveles educativos y la democracia se ilustra claramente en el sur de Europa. En 1958, España se embarcó en un programa de liberalización económica en que las políticas mercantilistas del Estado franquista fueron reemplazadas para abrir la economía española al resto del mundo. Esto aceleró el crecimiento: antes de la muerte de Franco, el país crecía al 7,1% anualmente… Con la urbanización, llegaron mayores niveles educativos y de ingreso personal; también llegó la aspiración a la cultura de consumo creándose al interior de la Comunidad Europea. Aunque estos cambios económicos y sociales por sí mismos no produjeron mayor pluralismo político, sí crearon el entorno necesario en que el pluralismo pudiese florecer cuando las condiciones políticas estuvieran maduras. Al secretario franquista del Plan de Desarrollo Económico, quien encabezó la revolución tecnocrática de España, Laureano López Rodó, se le atribuye haber declarado que España estaría lista para la democracia cuando el ingreso per cápita fuera de dos mil dólares. Resultó profético: para 1974, la víspera de la muerte de Franco, dicha cifra era de dos mil 446 dólares. (p. 110)

Aunque la lectura que yo mismo tuve sobre Fukuyama durante mucho tiempo era que él situaba el Fin de la Historia en el colapso de la Unión Soviética y la caída del Muro de Berlín, lo cierto es que más bien lo coloca en las así llamadas “transiciones democráticas” de Portugal, Grecia y España tras sus respectivos regímenes dictatoriales, que tacha de autoritarios, mas no de totalitarios. Esta distinción entre regímenes autoritarios (pero transitorios según él) y regímenes totalitarios (fascismo y comunismo según él) resulta fundamental porque Fukuyama termina legitimando al Franquismo con base en su transitoriedad hacia un “Estado homogéneo y universal” donde estuviesen garantizados los derechos individuales y asimismo todo el mundo estuviese satisfecho gracias al avance de la ciencia y la tecnología y a la división capitalista del trabajo. Es el óleo fukuyamista de la España contemporánea marcada por una clase media bien educada y bien remunerada, una tecnocracia dando vueltas dentro de la puerta giratoria sector público/sector privado y un bipartidismo “corrido hacia el centro”, donde cualquier soberanía ha sido transmitida sin regreso a la Unión Europea y a su banco central.

Declarar que una dictadura como la española en el siglo 20 resultó más efectiva que una democracia en cuanto a producir libertad e igualdad obliga a Fukuyama a entrar en gravísimas inconsistencias filosóficas respecto a la tradición liberal de los siglos XVIII y XIX, porque su tesis establece: a) que la libertad es postergable, que se puede dejar para después y b) que la libertad es subjetiva y que cada quien puede darle objetividad mediante relaciones de mercado: los objetos del deseo, de la aspiración y del consumo. De modo que él recurre a una extrañísima interpretación hegeliana del concepto de hombre diciendo cosas como que “la naturaleza humana es indeterminada” (p.63) o que los seres humanos son “causas no causadas” (p. 296). Ambas expresiones le sirven a Fukuyama para ensalzar al Estado franquista en vista de que dicho régimen presuntamente se habría abstenido de ejercer influencias sobre la sociedad civil, definida como la esfera sub-política donde el Estado no se inmiscuye, liberando al individuo para disfrutar su vida privada. De acuerdo a Fukuyama, mientras la Unión Soviética habría buscado ejercer un control totalitario sobre la intimidad de las personas, los tecnócratas ilustrados de la España franquista habrían encarrilado un proceso con límites bien definidos de ingeniería social. “Un Estado totalitario que permite un extenso sector privado deja por definición de ser totalitario” y remata:

Para ilustrar el poder homogeneizante de la división del trabajo, consideremos su impacto sobre las relaciones sociales en casos concretos. Al momento de la victoria del General Franco sobre las fuerzas republicanas en la Guerra Civil, España era predominantemente un país agrícola. La base social de la derecha española descansaba en notables y terratenientes de las provincias quienes podían movilizar masas de campesinos apelando a la tradición y a la lealtad personal… El desarrollo económico de España a través de los años 50 y 60 introdujo relaciones modernas de mercado que destruyeron estas tradiciones de clientelismo y patronazgo… (p.79)

La España post-franquista, el régimen ideal en la prosa de Fukuyama, representa el modelo culminante de la historia universal porque durante la transición entre dictadura militar y “Estado social y democrático de derecho” fue creado intencionalmente un nuevo tipo de ser humano: el último hombre. Siguiendo su peculiar discurso hegeliano, Fukuyama sostiene que la consciencia del burócrata, del ejecutivo, del académico o del científico supera a la consciencia del artesano, del campesino y del trabajador manual ya que la nueva moralidad individual fue creada en la esfera política por “estadistas sabios y eficaces” que reemplazaron a su debido tiempo las instituciones franquistas por las instituciones de una sociedad post-industrial donde la dignidad humana cobra nuevos significados modernos. El Hegel de Fukuyama nos dice pues, que la historia finaliza cuando se reemplaza la noción de autoridad política por una relación de reconocimiento universal definida en términos de derechos estrictamente individuales: de ahí que Fukuyama dedica también varias líneas de su libro examinando el derecho de la mujer al aborto y la liberación sexual como ejemplos del nuevo debate político en un Primer Mundo que dejó la antigua política para las sociedades tercermundistas. Así, la cuestión de la desigualdad desde el horizonte histórico de Fukuyama deja atrás toda consideración material para convertirse en un hecho humano, natural y moral. Por lo tanto, su contraste entre España y los países latinoamericanos ciertamente reanima esa retórica retrógrada de superioridad cultural que en ambos lados del Atlántico aún hoy se rehúsa a morir.

Fukuyama logra autoproclamarse como liberal y demócrata en la medida en que convence a la lectora o al lector de que el progreso es sinónimo de fabricar y difundir una nueva moralidad a partir de la subjetividad y de los deseos modernos del cuerpo humano. Y es que aquellas comunidades políticas articuladas alrededor de ideas morales clásicas como la autodeterminación de los pueblos y la soberanía de las naciones han demostrado ser históricamente peligrosas, sugiere Fukuyama, pues dichas ideas han desatado expresiones patológicas, tales como los totalitarismos. Pero él trata la palabra “patológica” con base en la raíz griega (pathos = emoción/pasión) por lo que el objetivo buscado por su moralidad neoliberal es evitar que el “último hombre” experimente pasiones esencialmente políticas y reivindicaciones comunitarias. De manera contradictoria, pero predecible, Fukuyama huye de la cuestión del Pueblo y Nación del País Vasco (p.270) sin abordar siquiera la posibilidad de una solución de índole democrática.

Cabe señalar que Fukuyama es muy consciente de que apostarle a la moralidad neoliberal, personificada por una clase media satisfecha en su burbuja de derechos individuales, conlleva el riesgo de que dicha clase media termine cuestionada y caricaturizada por el mismo devenir histórico: así lo manifiesta citando al personaje Zaratustra de Nietzsche acerca de que los últimos hombres son seres sin fe ni superstición, carentes de principios e ideales más allá de sí mismos, llenando de aire sus pechos vacíos. Son los “pechos fríos”, como diría aquella expresión común en las canchas de fútbol de Sudamérica. Entonces, el proyecto cultural de “transición democrática” consiste en fabricar el sistema de neo-valores, (la transvaloración de los valores al estilo nietzscheano), mediante el cual la gente habrá de abrazar la virtud de la “tolerancia” como eufemismo del miedo a la transformación política y del miedo a la libertad positiva. “Ese es el porqué el hombre moderno es el último hombre: está hastiado de la experiencia de la historia y ha perdido la capacidad de la experiencia directa de los valores” (p. 306).

En última instancia, la versión fukuyamista de Nietzsche concluye que los hombres de pechos fríos carecerán de la estatura política y moral para imponer definitivamente el Fin de la Historia a menos de que tecnócratas, intelectuales y “estadistas” les inculquen la pasión de la ira como símbolo de valor personal o de auto-estima (p. 334). Fukuyama denomina esta ira usando varios nombres: “el ethos del guerrero aristócrata”, “la superioridad innata de quien arriesga su auto-preservación”, “la consciencia del amo sobre el esclavo”, “el thymos de Sócrates en La República de Platón”, “sociabilidad asocial según Kant”, etcétera, etcétera. Esta ira, resultaría, de esta manera, una explosiva fuerza reaccionaria dirigida no a la conservación de objetos de consumo, sino a la conservación de objetos abstractos como el estatus-quo, la ideología de clase y la burbuja de lo sub-político.

La imagen de España desprendida de las páginas de The End of History and the Last Man es profética si consideramos que la agresividad de las oligarquías españolas contra los movimientos democráticos de América Latina ha ido envuelta en el discurso de la “transición democrática.” Ya sea en la compra y el soborno de corruptos políticos mexicanos por parte de empresas españolas de petróleo, gas y electricidad, o en la fabricación de reputaciones intelectuales para novelistas peruanos y caciques universitarios mediante el premio Príncipe de Asturias, la consciencia franquista intenta afirmarse negando por la fuerza de la ira la soberanía de los pueblos y naciones dentro y fuera de España. Si bien el cuerpo de Franco no está más en el sepulcro del Valle de los Caídos, la historia española parece continuar enterrada en 1975.

*Maestro en relaciones internacionales por la University of Bristol y en literatura estadounidense por la University of Exeter.

Bibliografía:

Fukuyama, Francis (2006) The End of History and the Last Man, Free Press: Nueva York.