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El Obradorismo a través del humanismo de Karl Marx

Cesar Martínez (@cesar19_87)**

La crítica principal de Marx al capitalismo no es la injusticia en la distribución de la riqueza; es la perversión del trabajo en un trabajo forzado, enajenado, sin sentido, que transforma al hombre en un “monstruo tullido.”

Erich Fromm

La estoica resistencia del Obradorismo ante las embestidas de una clase media alienada resulta fascinante toda vez que Andrés Manuel López Obrador ha prescindido por completo del discurso anti-capitalista y anti-Estado que suele conseguir el beneplácito de los grandes medios de comunicación globales y de las élites universitarias extranjeras, simbolizado por íconos del pop como Alexandria Ocasio-Cortez y su Tax the rich. Para sorpresa de propios y extraños, López Obrador ha rechazado una y otra vez el discurso marxista dominante según el cual la acumulación de la riqueza es producto de la explotación del trabajador por parte del dueño de los medios de producción. Esto es, la propiedad privada. “En el caso de México,” dice AMLO, “no aplica el marxismo que nos enseñaban en la facultad de ciencias sociales de la UNAM, pues la desigualdad y la violencia han sido los frutos podridos de la corrupción”.

Así podemos decir que la diferencia de fondo entre el Obradorismo y la izquierda académico-mediática de Europa y Estados Unidos radica en el contenido del concepto de la lucha de clases como una de las formas de comprender la realidad o mediaciones identificadas por el propio Karl Marx. La pregunta es: ¿Qué dice el Obradorismo sobre el dicho marxista de que “la historia de toda sociedad es la historia de la lucha de clases” y en qué se distingue del marxismo dominante?

Asimismo, la pugna Obradorismo versus marxismo dominante (este último, paradójicamente, a menudo ni siquiera necesita invocar a Marx porque su estandarte anti-capitalista se viste con cualquier bandera disponible en el mercado de las ideologías) es el debate clásico entre el “Joven Marx” y el “Viejo Marx.” Este debate, según Erich Fromm, es el artefacto de poder usado en un principio por distintas burocracias en ambos lados del telón de acero durante la Guerra Fría para descartar las primeras reflexiones de Marx sobre esencia y existencia humana: la libertad, el amor, la igualdad entre la mujer y el hombre, las leyes de la belleza y la naturaleza humanizada. En nuestros días, sin embargo, este artefacto continúa siendo usado por la academia occidental, descalificando el carácter de revelaciones póstumas de aquellos escritos donde Marx incorpora y supera a Hegel y a Feuerbach en cuanto a la filosofía de la historia. Hablamos de los Manuscritos Económico-Filosóficos de 1844 y la Ideología Alemana. El profesor Terrell Carver, quien fue mi gran maestro marxista en la Universidad de Bristol, tacha a ambas publicaciones de “fabricaciones editoriales”, “textos muertos”, “notas desordenadas” y “formas simplonas y hasta populistas.”

Los golpes por parte del marxismo dominante, que en el México post-2018 podemos llamar “extrema izquierda”, “izquierda verdadera”, “progres”, “neo-zapatistas”, “anti-imperialistas” y “wokes” contra el Obradorismo pueden resumirse así: al tener una postura institucional hacia los grandes dueños del capital como Carlos Slim Helú y Ricardo Salinas Pliego, o la banquera española Ana Patricia Botín, López Obrador rehúye a la lucha de clases. Desde esta perspectiva, él es un neoliberal de clóset, un cachorro del imperio y un apologista de la propiedad privada. “La Cuarta Transformación es pura propaganda y atole con el dedo” señala al borde de un ataque de nervios cierto escritor de columnas de opinión en un conocido periódico de izquierda.

No obstante, cabe preguntarnos si la lucha de clases concebida por el Marx cuyo genio vigente fue haber logrado un pensamiento consistente consigo mismo desde su juventud hasta su madurez, hubiera admitido juicios hechos sobre la superficie de las formas ideológicas y no en la profundidad de la existencia humana desenvuelta a través de las fuerzas productivas y las relaciones sociales de producción. Es lo que Marx denominó en el prefacio a la Contribución a la Crítica de la Economía Política como “base material” del movimiento histórico.

Vale la pena repetir aquí “la anécdota de los peones” relatada por AMLO para explicar cómo la lucha de clases no empieza ni termina en la simple forma ideológica de una ley o una narrativa mediática; sino que empieza y termina con el ser humano al interior del proceso histórico. La anécdota empieza cuando Miguel Hidalgo promulga la abolición de la esclavitud en 1810 y sin embargo la esclavitud continúa en México incluso más de 100 años hasta que Venustiano Carranza emite decretos en 1914. Dice López Obrador: “Existen testimonios de que los revolucionarios llegaban a las haciendas y les decían a los peones que ya eran libres, pero los peones en vez de alegrarse se ponían a llorar, porque no sabían qué era la libertad […] En esas haciendas estaban enterrados sus tatarabuelos, sus bisabuelos, sus abuelos.” La anécdota de los peones exhibe el error garrafal del marxismo dominante en Estados Unidos y Europa que establece la mediación de la propiedad privada como el punto de partida de la lucha de clases, cuando el caso es que Marx en los Manuscritos de 1844 fue claro y explícito al respecto de que la propiedad privada solo es un velo que cubre al trabajo enajenado, lo cual es el corazón de la crítica del Marx maduro contra Adam Smith y David Ricardo alrededor del tema de la división social del trabajo. Por buenas que hayan sido las promulgaciones anti-esclavistas de Hidalgo y de Carranza desde la superestructura política, nada avanza en la historia si las mujeres y los hombres de a pie no abrigan en lo hondo de su ser el anhelo de la libertad. Por eso Marx pertenece a la casta de liberales del siglo 19 que en México incluye a Francisco Zarco, Melchor Ocampo, Ponciano Arriaga y Benito Juárez.

Es precisamente en la idea del trabajo como actividad natural, humana y social donde Marx absorbe lo mejor de Friedrich Hegel y Ludwig Feuerbach, sus antecesores en el desarrollo del método dialéctico. Si para Hegel la actividad es la mediación estrictamente ideal y especulativa entre esencia y existencia, para Marx el trabajo es la mediación concreta y material entre la naturaleza humana (su cuerpo orgánico compuesto por sus sentidos y facultades) y la realidad exterior (cuerpo inorgánico compuesto por todo aquello que le rodea incluyendo a otros seres vivos y sensibles). Por ello el “Viejo Marx” en El Capital nos habla, al criticar a Jeremy Bentham, de que debemos distinguir entre la naturaleza humana general y la naturaleza humana históricamente condicionada, donde el trabajo enajenado deshumaniza a las personas quienes se denigran entre sí y se denigran a sí mismas para satisfacer sus necesidades individuales.

Cuando Marx dice en sus manuscritos que “El trabajo enajenado invierte la relación, en tanto que el hombre como ser con conciencia de sí hace de su actividad vital, de su ser, solo un medio para su existencia”, está diciéndonos que la enajenación es la raíz de la corrupción humana:

¿Qué constituye la enajenación del trabajo? Primero, que el trabajo es externo al trabajador, que no es parte de su naturaleza; y que, en consecuencia, no se realiza en su trabajo sino que se niega, experimenta una sensación de malestar más que de bienestar, no desarrolla libremente sus energías mentales y físicas sino que se encuentra físicamente exhausto y mentalmente abatido. […] Su trabajo no es voluntario, sino impuesto, es un trabajo forzado. (p. 125)

El Marx humanista, el Marx que todavía está vivo, el Marx que sigue denunciando la alienación y las numerosas formas de miseria humana desde hace casi 200 años es precisamente el Marx embestido por el marxismo dominante bajo la excusa de que él nunca desarrolló una “teoría sociológica de clase.” Que, por tanto, de Marx solo vale rescatar el anti-capitalismo como forma “descremada y desnatada” de Marx dentro de universidades, partidos políticos y medios de comunicación.

Marx no se preocupó en desarrollar semejante teoría porque originalmente estableció que las clases sociales son formas ideológicas dependientes del desarrollo del modo de producción: las clases son en un primer lugar reconocibles a través de las actitudes activas o pasivas de distintos grupos sociales ante las ideas dominantes de cada época. Una época caracterizada por la enajenación no solo involucra la decadencia material (las relaciones sociales, el influyentismo, el nepotismo, el compadrazgo, la lambisconería, estorban a las fuerzas productivas), sino también la decadencia moral tal como es personificado por los peones de la anécdota, a quienes embarga la tristeza ante la libertad, pues para ellos la libertad marca el fin de la hacienda como su forma misma de existir. La hacienda, que es su existencia, avasalla la esencia de los peones como seres humanos, naturales y sociales. La hacienda los deshumaniza gradualmente, pero ellos no pueden darse cuenta porque dicha deshumanización se les presenta como un proceso inconsciente del que no pueden liberarse de la noche a la mañana y por eso rompen en llanto desconsolado.

Finalmente, la anécdota de los peones relatada por AMLO también nos ayuda a entender cómo la alienación o existencia enajenada es la bisagra a partir de la cual se crea la clase conservadora y la clase liberal según lo explicado por Marx como el “Fetichismo de la Mercancía.” Donde el marxismo dominante señala que la idolatría por el dinero es obra del capitalismo, el humanismo de Marx responde que se trata más bien de una autoenajenación sufrida por personas que renuncian a sus facultades humanas transfiriéndolas a objetos, individuos e instituciones que se las devuelven en forma de hábitos corruptos o de vicios. Aunque el latifundio era ya completamente insostenible, injusto e inhumano desde la perspectiva histórica, los peones sufren existencialmente su desaparición porque ellos mismos fetichizaron la hacienda: no pueden concebir modo alternativo de existir puesto que su consciencia no es productiva sino pasiva, en claro contraste con los revolucionarios anónimos quienes activamente van de hacienda en hacienda proclamando la libertad de los cautivos.

Para dimensionar cuán fundamental es la dicotomía actividad/pasividad en el pensamiento de Marx, Erich Fromm rescata esta cita de Las Tesis Sobre Feuerbach en La Ideología Alemana donde explica la manera en que Feuerbach acierta al concebir la actitud activa (actividad vital) como la esencia del ser, pero se equivoca al no colocar esta actividad en la base de lo natural-humano-social ( es el trabajo productivo haciendo historia):

La falla fundamental de todo el materialismo precedente reside en que sólo capta la cosa (Gegenstand), la realidad, lo sensible, bajo la forma del objeto (Objekt) o de la contemplación (Anschauung), no como actividad humana sensorial, como práctica; no de un modo subjetivo. De ahí que el lado activo fuese desarrollado de un modo abstracto, en contraposición al materialismo, por el idealismo, el cual, naturalmente, no conoce la actividad real, sensorial, en cuanto tal. Feuerbach aspira a objetos sensibles, realmente distintos de los objetos conceptuales, pero no concibe la actividad humana misma como una actividad objetiva (gegenständliche) (p.26).

Según Marx, la actitud de contemplación pasiva es sinónimo de falsa conciencia o de consciencia transferida al objeto usurpando el sentido del ser por el sentido del tener. Fromm incluso señala que Marx fue influenciado por el poeta Goethe citando estas líneas de Fausto: “Ni la posesión, ni el poder, ni la satisfacción sensual pueden realizar el deseo del hombre de encontrarle un sentido a su vida; en todos esos casos permanece separado del todo e infeliz. Solo cuando es productivamente activo, puede el hombre hallar sentido a la vida y, aunque así la goza, no vive aferrado a ella codiciosamente.”

En conclusión, la lucha de clases del Obradorismo supera al fetiche de la revolución anti-capitalista, tan anhelada por el marxismo académico-mediático, ya que el Obradorismo atraviesa las formas ideológicas para abordar directamente el problema de la humanidad deshumanizada, pasiva y corrupta. El Obradorismo no pretende una lucha fratricida, sino la superación de la pasividad como vicio de la vieja clase media que lleva a varios a confundir la cultura y la educación con los grados académicos o a confundir la verdad y la memoria con las opiniones establecidas por los medios de comunicación. Transformar o revolucionar las consciencias es crear una nueva clase media dotada de sentimientos humanos: no es ya cuestión de realizar lecturas fetichizantes de El Manifiesto Comunista o El Capital; es cuestión de llevar el humanismo de Marx a la práctica activa. Cuando Marx apunta que “La coincidencia del cambio de las circunstancias con el de la actividad humana o cambio de los hombres mismos solo puede concebirse y entenderse racionalmente como práctica revolucionaria”, López Obrador complementa con la frase bíblica de que ya no puede ni debe ponerse el vino nuevo en botellas viejas.

* Maestro en relaciones internacionales por la Universidad de Bristol y en literatura estadounidense por la Universidad de Exeter.

** Fueron invaluables para la elaboración de este ensayo las cápsulas de youtube del canal Filosofía de la Historia, de Amilcar Paris Mandoki.

Bibliografía

Carver, Terrell (2018) Marx, Cambridge: Polity.

Fromm, Erich (2019) Marx y su concepto del Hombre, México: Fondo de Cultura Económica.

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