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El momento de la izquierda colombiana

Santiago Castro-Gómez*

Los resultados de la consulta popular realizados el pasado 13 de marzo en Colombia no deberían sorprender a nadie. El uribismo, la fuerza política que dominó al país durante 20 años, había venido perdiendo su hegemonía desde las pasadas elecciones presidenciales de 2018 y con el advenimiento de la pandemia -y los levantamientos sociales que la acompañaron- entró en lo que con Gramsci pudiéramos llamar una “crisis orgánica”. Las políticas neoliberales, que lanzaron a la precariedad a millones de personas, su oposición al proceso de paz firmado en 2016 con la guerrilla de las FARC, el incremento de asesinatos de líderes sociales y la infame represión policial con que el gobierno de Iván Duque hizo frente a las protestas sociales de 2019, terminaron por desacreditar al uribismo. Casi todas las fuerzas políticas que hasta el momento le acompañaron, han salido corriendo de allí como quien huye de la peste. No es extraño, entonces, que las fuerzas de la izquierda, lideradas por Gustavo Petro, que en las anteriores presidenciales obtuvo ocho millones de votos en la segunda vuelta, hayan tomado con claridad la delantera. 

Lo que sí es una sorpresa es el ascenso meteórico de la activista social, feminista y ambientalista negra Francia Márquez, quien apoyada por el Polo Democrático -el partido de izquierdas más sólido de Colombia- obtuvo nada menos que 800 mil votos, superando incluso a Sergio Fajardo, líder de la coalición de centro derecha. Una figura tan representativa como Francia Márquez, respaldada por un sector importante de los votantes, aumenta considerablemente las fuerzas del Pacto Histórico, la coalición de izquierdas liderada por Petro. Y si a esto sumamos que las listas del Pacto Histórico obtuvieron una importante votación para senado y cámara, la fórmula Petro-Márquez se perfila como ganadora en primera vuelta en las presidenciales del próximo mes de mayo en Colombia. No se ve por el momento ninguna otra fuerza política que pudiera impedirlo.

Pareciera entonces que el “momento de la izquierda” hubiese llegado para Colombia. Este país, dominado desde el siglo XIX por una oligarquía tradicional bipartidista, recientemente oxigenada por un conjunto de narcotraficantes y cristianos neopentecostales, jamás conoció un gobierno de izquierdas. Los medios de comunicación en manos de la derecha se han encargado de difundir una imagen demoniaca de la izquierda: se trataría de una banda de “castro-chavistas” y homosexuales que se oponen a los valores de la familia, que expropiarán a los empresarios de su bien habida riqueza y que no dudarán en mandar a la cárcel a todos los opositores políticos, como es propio de su herencia comunista. Pero, como se ha dejado ver en la pasada consulta popular, la imagen de una izquierda comeniños ya no asusta más a un sector considerable de la población colombiana. Lo que la izquierda encarna hoy en día no son los valores de la revolución bolchevique, sino aquellos que hasta hace no muchas décadas eran compartidos incluso por los partidos más moderados. Que la gente tenga mayores oportunidades de empleo, que exista un sistema de salud asequible a las mayorías, que los jóvenes puedan acceder a la universidad pública sin tener que hipotecar el patrimonio de sus familias, que los trabajadores puedan gozar de una pensión digna, que se respete el derecho a las diferencias culturales y personales, que todos podamos respirar y disfrutar de un medio ambiente sano. Esos “antiguos” valores políticos expulsados tanto por la izquierda marxista (por liberales y pequeñoburgueses), como por el neoliberalismo (por inoperantes económicamente).

Pues bien, para escándalo de las viejas y nuevas derechas, la izquierda democrática se ha convertido en abanderada de estos valores, razón por la que hoy recibe el apoyo social de las mayorías. Enterémonos finalmente: el tablero de la política cambió por completo en las últimas décadas. Mientras que la derecha neoliberal asumió el papel “anti-sistema”, destruyendo las instituciones públicas y desvirtuando la función universal del Estado, la izquierda defiende ahora los valores democráticos y constitucionales. Quién lo creyera. Lo que actualmente vemos en países como Chile y Colombia no es el renacer de la vieja izquierda revolucionaria del siglo XX, sino la emergencia de una izquierda republicana que busca poner a la sociedad y la economía en “estado de derecho”. De lo que se trata es de arrebatar al neoliberalismo su falsa careta democrática y poner las cosas en su sitio. Frente al intento fracasado de establecer una equivalencia entre el mercado y la democracia, la nueva izquierda comprende que la función de la política es democratizar la economía, evitando que instituciones públicas como la educación, la salud y las pensiones sean convertidas en un negocio al servicio de intereses particulares. Recuperar estas instituciones para el bien común y fortalecer el Estado social de derecho es la única “revolución” a la que aspira la nueva izquierda. Bienvenidos al mundo pospandémico del siglo XXI.

Desde luego, un eventual gobierno de izquierdas en Colombia, en caso de llegar a producirse, no será tarea fácil y tendría que gobernar, literalmente, con una mano amarrada. Al frente tendrá el poder de la derecha económica y la derecha mediática, pero también de las mayorías en el congreso, que movilizarán en su contra toda la batería ideológica y política de la que son capaces. La correlación de fuerzas no le favorece y necesitará por ello recibir apoyo masivo en las calles y gozar de la solidaridad internacional. Por eso es tan importante que sea precisamente Francia Márquez la fórmula vicepresidencial de Petro. Los afectos políticos que ella moviliza en el imaginario popular serán decisivos cuando lleguen las horas más difíciles. Pero también habrá que enfrentar la oposición “interna”, las fuerzas de la vieja izquierda que aprovecharán los errores del gobierno para gritar a cuatro voces: “te lo dije”. Sobrevive aún en muchos sectores vetero-izquierdistas la idea de que su misión no es el gobierno sino la oposición perpetua y prefieren por ello mantener la pureza de los principios antes que ensuciarse las manos con los asuntos de la res publica. Algunos han renunciado de entrada al universalismo de la política y quisieran incluso regalarle a la derecha el precioso legado de la ilustración. De ellos no podrá esperarse otra cosa que la más despectiva e inoperante de las críticas, dirigidas también hacia la figura señera de Francia (“¿cómo fuiste capaz de pactar con el conquistador y traicionar el legado anticolonial de tus ancestros?”). Los reaccionarios en Colombia no son solo de derechas. 

Pero imaginando por un momento que las cosas seguirán su curso, que la izquierda tendrá su momento histórico y lo aprovechará de la mejor forma, imaginando, pues, el mejor escenario posible, sabemos que Colombia no dejará de ser Colombia, pero al menos podría salir políticamente del siglo XIX y enfrentar de mejor forma los retos compartidos que tiene la humanidad en estas alturas de la historia. Demostrar que el Pacto Histórico no es solo una estrategia electoral contingente sino el paso necesario hacia la construcción de una nueva hegemonía democrática en Colombia: tal es la tarea inmensa que tendría el gobierno izquierdista de Gustavo Petro en los próximos años.

* Filósofo, profesor de la Universidad Javeriana, miembro del Polo Democrático Alternativo