El blues de Camilo Cienfuegos

Andrés Piña

Para llegar al principio de la historia, que sólo es la mitad de la leyenda, hay que empaparse de la lluvia que cae en la Sierra Maestra. Y justamente desde allí, con un periscopio inglés a la usanza de Nelson, vemos a un guerrillero en el amanecer de la historia comiéndose a un cangrejo vivo. Pero no nos desviemos de la línea horizontal del relato, estamos en enero del ´59 en plena noche de las palomas. A mitad del discurso la gente busca su mirada. La columna está alegre pero algo cansada. El señor de la vanguardia, mientras tanto, desde su lugar en la tarima improvisada termina de contar alguna que otra ocurrencia graciosa. El tiempo no lo toca ni lo hará. La imagen de su sombrero no da cabida a malas interpretaciones. Sin embargo, tenemos también la curiosidad de ver ya no al guerrillero sino al hombre, al pescador. Al muchacho que en la laguna del tesoro, allá por la Ciénaga de Zapata, pescaba esperanzas. De ahí corre para aparecer en una foto conversando con la milicia campesina, con los llamados malagones. El pueblo lo quiere, camina por las calles de Yaguajay y todos los cantos caminan con él; en su barba crecen palmas que se enredan unas con otras, mientras bucea ágilmente en la bahía de Matanzas. Mañana, después de la ventisca caribeña, tendrá que aparecer; es 28 de octubre y hemos llegado al final de la mitad, que sólo es el principio de la leyenda. En la tarde posiblemente lloverá.