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Crónica de los ausentes

 

Juan Schulz

Ayer se cumplieron 3 años desde que Andrés Manuel López Obrador asumió la presidencia de México. El domingo pasado desde su cuenta de twitter, el presidente hizo un llamado a que la gente fuera al Zócalo a celebrar y escuchar su tercer informe de gobierno.

Hace tres años fui a Los Pinos, en el helipuerto habían colocado pantallas y desde ahí una multitud de personas escuchamos el primer discurso del presidente. En tres años ese sitio ha cambiado mucho. Las que eran las mansiones inaccesibles a la gente, se convirtieron en museos, casas culturales que además de su oferta variopinta ofrecen un mensaje poderosísimo: ahí donde los jeques del poder político dominaron por casi un siglo hoy camina el que quiera.

Hace tres años, la esperanza de que un país desangrado y saqueado recuperara cierta dignidad, encandiló a millones que salimos a celebrar. Algunos creyeron que sin mover un dedo los cambios se harían por arte de magia y decidieron que no iban a aportar sino su amargura, ya que las cosas no iban al ritmo que ellos desde su facebook querían.

A tres años de un quiebre en nuestra historia aún no acabamos de entender la magnitud de lo que pasa. La prensa burguesa a diario gasta toneladas de tinta en hablar del presidente. Los más listos se han esforzado en tratar de entender, pero en la gran mayoría de los opositores siguen mareados por la irrupción de algo insólito.

En los últimos días las encuestas le dan entre un 66% y un 70% de aprobación al presidente. Convocar a la gente a la plaza en el argot político se le conoce como mostrar músculo. En ese sentido el obradorismo parece que va al gimnasio: está entero y musculoso. Tiene un líder que trabaja todos los días desde la madrugada, que recorre todos los rincones del país con un pueblo que en su mayoría lo apoya.

Al Zócalo llegó gente de todas partes del país. Camiones estacionados con letreros que señalaban el lugar de procedencia. Ya algunos saben esas historias: gente que hace sacrificios para venir al DF desde muy lejos sólo para oír a Andrés Manuel. Si algo puede definir a este movimiento es su base popular diversa. Colectivos LGTB, banderas feministas, banderas del PT y de Morena; familias con banderines con dichos como “me canso ganso”, etcétera.

Sería muy descarado si los noticieros no sacan imágenes de las multitudes. ¿Qué noticia podría ocupar la primera plana si no es el presidente y su gente? No esperamos nada de ellos. Algunos nos llamarán acarreados o zombies. Seguramente en las columnas de opinión habrá sesudos balances, análisis del discurso y esos textos aburridos que tratan de lo mismo: de su fobia a López Obrador (a veces disimulada para fingir la objetividad que tanto les gusta pretender).

En el metro de regreso venía pensado escribir sobre la gente y el clamor que se vivió en el Zócalo, quería escribirlo para que los que no pudieron acudir tuvieran un acercamiento a través de las palabras y para tejer memoria. Pero les voy a quedar a deber ese texto. Llegando a este párrafo la cabeza me pide ir para otro lado, quiere escribir sobre los que no fueron al Zócalo, pero no porque no pudieran sino porque no quisieron. Ahora quiero escribir sobre algunos de ese 30% que no apoya la gestión del ejecutivo.

Hace un par de semanas en uno de los periódicos más importantes del país, un connotado economista escribió que el gobierno de México estaba llevando a cabo una “vil persecución contra los científicos”.

También, hace no tanto, un crítico de arte aseguró que vivíamos bajo un régimen estalinista. Y antier, un comentador de películas escribió que el presidente era un fascista por criticar a la prensa. Y no son pocos los escritores que han asegurado en congresos muy bien pagados que la libertad de expresión está en riesgo con este gobierno.

Y hace no sé cuantos meses, un grupo de energúmenos que se hacían llamar FRENA, decían que vivíamos en una dictadura.

Y así podríamos seguir sumando opiniones de gente que tiene toda la libertad, y que tiene lo que pocos: medios de comunicación masivos para expresar su opinión.

He tratado de investigar en qué cárcel está el José Revueltas de la ciencia, o donde se esconde nuestro Galileo Galilei, y en mi inmensa curiosidad he tratado de indagar en qué parte de la república está la Siberia o los gulags donde se manda a hacer trabajos forzados a los escritores por ser críticos, y nada. Yo veo a los escritores diciendo todas las babosadas que quieren, dando clases, viviendo en colonias de clase media y escribiendo opiniones en prensa.

La crónica que algún día quisiera escribir, trataría del ánimo antipopular de muchos de los intelectuales. Me arrepiento, de verdad, de no haber recopilado todo lo que les he leído o escuchado decir en estos tres años. Tendríamos material para reírnos largo y tendido. El delirio de persecución y las pulsiones de clase que ciertos sectores de la sociedad han mostrado durante estos tres años nunca se van a olvidar. La crónica que algún día escribiré será sobre los ilustrados que se sentían con la última palabra, se sentían dueños del país, y ahora viven con el ceño fruncido victimizándose.

Y si aludo a ellos, no sólo es para burlarme de su decadencia. Soy Latinoamericanista de formación, he visto y he estudiado cómo después de gobiernos con avances sociales importantes ha regresado una derecha asquerosa: la de Bolsonaro, la de Macri, la que dio el golpe en Bolivia. Y aunque cada contexto es diferente, empezamos a ver que la casta que odia al presidente está muy dispuesta a relajar sus modales progresistas o liberales con tal de frenarlo. En estos tres años es muy probable que la ultraderecha sume fuerzas.

En el Zócalo tampoco estuvo presente la izquierda ultra revolucionaria, esa que saca el pecho (o sube el tono cuando dice “pequeño burgués”) para parecer más revolucionaria; aquella que está atrapada en el laberinto de su ombligo, que no quiere salir de su monólogo contestatario porque no quiere perder su papel de subversiva, aunque en la práctica sólo revolucionan la licuadora y lo único que autogestionan sea su quincena. Pero más allá de la carrilla, lo cierto es que se echa de menos su lucidez, su épica para impulsar movimientos a la izquierda. ¡Se extraña cuando tenían por adversario a la derecha y usaban el sentido del humor! No soy nadie para decirles qué estrategia tomar, pero resulta penoso verlos coincidir con los conservadores en el asedio al movimiento. A veces parece que su aporte en estos tiempos se reduce al quejido, y no es por nada pero eso le sale mucho mejor a los literatos.

Tampoco estuvieron presentes los que viven lejos; los que quieren cambiar el mundo con respiraciones new age; los que están cansados de las pugnas políticas entre bandos; no estuvieron los estetas a los que lo que más les importa es que les digan que son fantásticos; faltaron los que su vida no gira en torno a la política o a la Ciudad de México. Y está bien. Sinceramente yo no creo que todas las personas se tengan que interesar de los asuntos públicos, ni mucho menos creo que apoyar al presidente sea la única forma de participar. Sólo espero que si un día tienen que luchar por sus derechos no sea muy tarde, o que al menos tengan el decoro de no confundir sus privilegios con derechos.

El discurso del presidente de ayer no fue tibio. Hizo un llamado a girar a la izquierda: a no quedar bien con todos. Nos quedan tres años. Vamos saliendo de la pandemia y ya estamos encaminados, se han logrado un montón de cosas (pobre gente la que no puede ver cosas positivas). Lo cual no significa que el movimiento pueda relajarse. Al contrario, tenemos que redoblar esfuerzos, sumar a más gente y ser más férreos para evitar chapulines y oportunistas, y a la vez evitar provocaciones que nos dividan.

Muy pocas veces en la historia existen presidentes con tal voluntad para querer cambiar las cosas. En el Zócalo tampoco estuvieron las miles de personas desaparecidas o asesinadas. El país sigue siendo un cagadero sanguinario y la justicia se vislumbra a cuentagotas. Los retos son mayúsculos, pero se han abierto las puertas altas y anchas de la historia por donde un digno presidente y su pueblo cabalgan. Aportemos.