Crónica: cuando la realidad se desborda y lo humano se vuelve extraño

Ana C. Gómez

El mundo es la totalidad de los hechos, no de las cosas.

Ludwig Wittgenstein

Una nube de langostas sube y baja. Acridinae, una familia voladora, no encuentra rumbo. Durante días pasa rasante por los costados, sobrevuela la cabeza de los habitantes y su descarga verde sobre el suelo, salta como resorte.

La batalla entre la gente y la familia voladora se libra con manotazos, mallas metálicas y lanzallamas que las autoridades han dispuesto para el ataque.

Algunos bíblicos no pueden dejar de pensar en un Éxodo ante el Apocalipsis y que las cosas suceden por castigo “divino”. Los menos mágicos piensan que ciertas cosas suceden por falta de cuidado. Todos coinciden en que cerca del horizonte los lobos aúllan durante la noche y se sienten amedrentados.

A unos y a otros los iguala el cansancio. Se añaden a este desvelo otros protagonistas que no vuelan. Vienen de los albañales, de los acueductos, de la mugre. Son las ratas y las cucarachas. Las ratas despiertan miedo por la transmisión de la peste, y las cucarachas repugnancia.

El escenario se complica día a día. Los roedores roban la comida. Las cucarachas roban el sueño. Y como si a toda esta turbación desordenada por el hambre y la vigilia forzada le faltara algo, comienzan a volar billetes de dinero por el aire.

— ¡Dale agarralos!

Todo es griterío y confusión en los empellones de la carrera frenética. A un inválido lo han derribado de su silla, a una mujer le rasgaron la bombacha, a una nena le robaron la muñeca, al carnicero el cuchillo, al albañil la cuchara, al vecino el farol de noche y al de más allá, las vituallas de la fiambrera…

La cronista observa y escribe.

Los rostros se transforman. En muchos de ellos se pueden descubrir los ojos de las ratas, en los de otros las antenas vigilantes de las cucarachas y algunos, quietos como langostas ante el desborde, aceptan el desastre. Los niños tienen en sus manos los billetes salvadores que en realidad son falsos. ¿Los tiraron para generar caos o diversión? No hay certeza sobre la causa de ese maná de papel. Los pliegan y hacen barquitos que botan al agua acumulada en las cunetas. Las caras de los mayores roen el desencanto. Contraen en sus pechos una rabia oceánica al mirar los barcos

 A la caldera húmeda, que es la ciudad de Santa Fe de La Vera Cruz, se le suma el calor. Los pies de la gente en chanclas, con zapatos o descalzos. Las blusas de las mujeres y las camisas de los hombres son trapos que exhalan olores por debajo de los brazos y la transpiración deja aureolas sobre las espaldas. Muchas calles están llenas de restos de ratas e insectos, y son corredores con nubes de gas metano. Por la noche semejan callejones dignos de una película de terror. El olor es insoportable. Solo alguien desprovisto del sentido del olfato puede restarle importancia a la desmesura del fenómeno. Debajo de las arboledas de las plazas la gente se junta para respirar un poco de aire fresco. No obstante, el amontonamiento las torna insuficientes. Los hechos alteran el orden y pareciera que la situación no es de solución fácil

La cronista hace un alto y se sienta en el banco de una plaza. El atuendo de la cronista es una piltrafa y sus pies están hinchados como sapos. Abre el diario local y lee los titulares:

Hitler es elegido hombre del año por la revista Time”. “Walt Disney estrena su película en Broadway”. “En Esperanza y aledaños continúa la competencia entre los acumuladores de bichos canasto. Será ganador quien logre hacer la montaña de insectos más alta”.

“Hay una forma tonta y feroz en los cuerpos. Son años de modelar en una carnicería colgados por poca plata. La conciencia en estado larval más la carne que hace caso omiso cuando se desprende del gancho” son las ultimas líneas que escribe para la crónica.