Chile: comprender antes que juzgar

Chile: comprender antes que juzgar

CE, Intervención y Coyuntura

Se instaló, entre las múltiples explicaciones del resultado electoral chileno producidas fuera de ese país, la idea de que este se debió a la “tibieza” del gobierno de Gabriel Boric. Al igual que ocurrió con Honduras —donde el tropo de la intervención de Trump terminó por oscurecer el castigo al uso patrimonialista del Estado por parte de la presidenta y de “Mel” Zelaya—, en el caso del país del Cono Sur apareció esta frase mágica que pretende funcionar como llave explicativa de todo.

Que el gobierno de Boric no haya sido particularmente notable es cierto. Que ello haya sido el único motivo de la victoria de José Antonio Kast es, en cambio, discutible. La existencia del voto obligatorio, una segunda vuelta que unificó a las diversas candidaturas derechistas —que no son pocas— y la correcta capitalización, por parte de las fuerzas conservadoras, de una mirada exagerada sobre la violencia —que, por lo demás, algo tiene de real en el contexto local— son algunos de los factores que deberían entrar en el análisis.

Otra distracción que se ha impuesto es la de llamar al candidato triunfante “pinochetista” o “nazi”, como si ello hubiera tenido algún peso real, más allá de la imaginación de quienes observan desde fuera. La elección no fue un referéndum sobre la dictadura, sobre Pinochet o sobre el pasado nazi del padre de Kast. Nada de eso importa a las grandes mayorías que, lejos de votar por un proyecto ideológico, lo hicieron para atender lo que consideran sus problemas más acuciantes.

La migración es un tema especialmente sensible, pues Chile no es un país tradicionalmente receptor ni de tránsito. Que alrededor del 10 % de la población haya migrado en tiempos recientes no es cosa menor y genera desajustes sociales, más aún cuando se la vincula, de manera salvaje, con una creciente inseguridad. Que Chile, en comparación con otros países, no sea particularmente inseguro no impide que la población experimente en su vida cotidiana grados inesperados de violencia.

Otra cuestión señalada ha sido la de una supuesta ruptura, semejante a la de Milei, al interior de las fuerzas políticas. Sin embargo, aunque estas han ido cambiando y reconfigurándose, en Chile no resulta extraño el relevo entre gobiernos de centro-izquierda y de centro-derecha. No hay aquí una gran novedad ideológica, y remarcar el triunfo como una victoria “ultraderechista”, en un tono alarmante, aporta poco. Nombrar de manera alarmista un fenómeno no vuelve más sensibles a quienes se pretende interpelar.

El gobierno de Boric, por supuesto, tiene responsabilidad. Pero no necesariamente en el sentido de la “tibieza”, término que suele funcionar como sustituto del análisis. En todo caso, habría que pensar que los gestos simbólicos —que fueron muchos, por ejemplo en materia de feminismo— no bastan si no se traducen en cambios sustantivos en la vida cotidiana.

Quizá, sin embargo, el punto más doloroso para las izquierdas no sea ese, sino la necesidad de aceptar que, en la realpolitik, los acontecimientos callejeros —como el “estallido social” de 2019— no construyen por sí mismos una fuerza política ni inclinan la balanza hacia una sociedad de mayorías progresistas. Antes bien, habría que reconocer que este triunfo se logró, en parte, a partir de la debilidad generada por el propio estallido: la centroizquierda desapareció y quedaron los extremos.

En el fulgor del acontecimiento, el estallido puede parecer maravilloso y festivo, pero políticamente ello no equivale a que las sociedades hayan cambiado. Más bien, estos episodios ponen de relieve la reiteración de viejos problemas y la dificultad para resolverlos.

Si bien hay motivos para el pesimismo, no es necesario caer en el alarmismo. Si algo ha mostrado Chile es el cambio continuo de gobiernos sin grandes sobresaltos. Quienes hoy agitan el fantasma del “pinochetismo” o del “ultraderechismo” olvidan que, pese a todo, se retorna al tiempo de las dinámicas nacionales y que es ahí donde, finalmente, se juegan las posibilidades políticas.