Carlos Montemayor. La casa que se habita
Leonardo Meza Jara
I.- La casa como retorno
“Morir es como quedarse en casa, a solas.”
Carlos Montemayor
La casa es la tierra originaria donde uno se sabe por primera vez en el mundo, es la memoria que se traslapa con las palabras y los silencios que se encierran dentro de ellas, confrontación de la ausencia y la presencia, instante en el que emerge todo lo que el hombre es. Territorio de dudas y preguntas, de respuestas que calan como pequeños clavos que se encajan en el mirar de los ojos y el decir de la lengua. Es el lugar y el tiempo, que se invaden uno al otro de formas subversivas e irracionales. La casa de Montemayor es Parral, latente en su poesía y su narrativa, geografía literaria y espiritual, que trasciende al lugar en carácter de territorialidad y que hace de él un espacio rulfiano, poblado de imaginarios y fantasmas. La casa de Montemayor es Parral, como historia interior que a partir del eterno retorno de la memoria y las palabras, borra las distancias y las temporalidades. El pasado, el presente y el futuro se aglomeran abruptamente, como el ángel de la historia que Walter Benjamín plantea en su novena tesis de La filosofía de la historia. Montemayor escarba en su pasado, en su infancia, busca su casa como buscándose a sí mismo, construye un retorno hacia sí mismo:
Subo al monte de mi pueblo,
subo a la parte mas alta del monte,
encima de mis recuerdos, encima
[de mi vida.
El mundo y la tarde me rodean
y parecen la casa de mi infancia
[cuando había fiesta… (1)
En la novela Las minas del retorno, Carlos Montemayor cae–retorna hacia sí mismo poéticamente a través de su decir y sus personajes. Escarba la tierra de su infancia, de Parral, hurga desde su decir poético–narrativo. Cae–retorna y con la punta de los dedos roza lo abismal de la muerte que se proyecta en forma de mina, de profundidad abierta en lo terrenal y lo insondable:
Los hombres disparan. El muchacho alcanza a oír los disparos como estallidos de los cerros, gritos de la tierra y la tarde, como si de pronto la mina se abriera en todos sitios y afloraran en él la roca y el metal, como si toda su vida hubiese vivido igual que Alfredo, y lo invade una nostalgia, algo luminoso que brotó de él con un rumor de muchas flores que de tantas parecen aves que vuelan, que salen de su vida como una fragancia o un amor, recuerdos que lo sofocan, cayendo con un peso dulce, como un sol… y desea apartar la pesantez que tiene encima, que siente por dentro, y un vómito de arrepentimiento o de distancia le brota con el deseo de gritar, de gritar, y confusamente siente que Ana llega junto a él, pero trata de escupir algo que le llena la boca, el silencio en que estallan las palabras, y siente un llanto lejano, la fatiga, pesando, y pedazos en la boca con el sabor de la calma. (2)
El final de las Minas del retorno es poético, rasgo presente en los distintos textos narrativos de Montemayor, él mismo dijo ser poeta antes que narrador, ensayista o investigador. El decir poético de la novela es un retorno que se repite, manifiesto en la reiteración gramatical que da lugar a la profundización de las frases y las metáforas narrativas que emplea el autor (3). El título del libro es una metáfora introspectiva, es Montemayor que se busca a través de lo que dice.
II.- La casa como ausencia
“El principio y el fin de la circunferencia es el mismo.”
Heráclito
La casa de Montemayor es la ausencia de los lugares que amó, la ausencia de sí mismo, es el no estar en casa. Es el pensamiento terrenal de saberse destinado a la noche y la muerte. Es el deseo poético de ser y permanecer en la vida después de la muerte a través de las palabras, a través de lo creado:
Ahora nadie hay en la casa.
Es noche. Es tan solitariamente noche.
Me demoro escribiendo estas palabras
como si así permaneciera un momento
[más en el mundo… (4)
[…]
Dame un momento, uno solo, Finisterra,
en que tu encuentro resuene en mi
[cuerpo convulso en el otro cuerpo,
en que tu rumor y tu oleaje que se
[estrella en las costas
sea mi rumor y estallido en el otro
[cuerpo,
en que mi mar, mi océano,
[se despedace y se convierta
en la blancura hirviente de otra
[espuma seminal y eterna:
así, en ese instante en que tus
[océanos se juntan,
en que se exalta la espuma,
déjame decir que ese grito
[espumeante es para siempre,
que será mi voz para siempre… (5)
Después de la muerte de Carlos Montemayor, quedan sus palabras registradas en múltiples libros de poesía, narrativa, ensayo y artículos periodísticos. La casa del escritor nacido en Parral, Chihuahua, está hecha de palabras que crecen hacia mañana. Desde ahí, su presencia se dilata.
III.- El decir como una forma de habitar
“No hay manera de bañarse dos veces en la misma corriente; que las cosas
se disipan y de nuevo se reúnen, van hacia el ser y se alejan del ser.”
Heráclito
El decir es transcurso creado entre quien nombra y el mundo, que se retroalimentan entre sí. La vida y el mundo son realidad vivificada a través de un moverse que se realiza constantemente de manera compleja, no se aquietan por sí mismos y mucho menos pueden ser fijados por nosotros con el pensamiento o las palabras. El ser de los vocablos es riesgoso, porque como signos escritos y como conceptos llevan en su interior el aquietamiento de sí mismos y de la realidad vivificada, una inmovilidad que les imponemos.
Al quedar registradas en la escritura como signos en calidad de grafías, las palabras se convierten en estatuas, símbolos escritos que en su trazo fijado desean acallar a la vida y al mundo. La creación del alfabeto, la caligrafía y la ortografía, es un procedimiento para petrificar el lenguaje.
Por otro lado, los conceptos que se generan a partir de procedimientos de definición y que se condensan en la arquitectura del diccionario, pretenden también petrificar el lenguaje. La aprehensión conceptual de las palabras es una celada que hemos construido sobre la vida y el mundo. Los diccionarios son monumentos del fracaso en la concepción de la vida y del mundo. Son los gulags de las palabras.
Por lo anterior, enfatizamos no los vocablos que tienden al aquietamiento, sino a su vaivén entre nuestro nombrar y la realidad vivificada. Montemayor parte de esta tesis en su arte poética:
Cuando mi hijo come fruta
[o bebe agua o se baña en un río,
solo dice que come fruta
o bebe agua o que se baña en el río.
Por eso ríe cuando leo mis poemas.
No comprende aún tantas palabras,
No comprende aún que las palabras
[no son las cosas,
que en un poema quiero decir
[lo que nos rebasa a cada paso…
No comprende aún que así hablo yo,
que trato de comprender lo que
[desconozco,
y que intento decirlo, a pesar de todo.
Como si ignorar fuese también
[una forma de comprender.
Como si siempre recordara
que la vida no es una frase
ni un nombre, ni un verso
[que todos entienden.
Es, a mi modo, como decir
que bebo agua o como fruta
o que me baño en un río. (6)
El decir del hijo en el poema: “que come fruta, que bebe agua o se baña en un río”, es el decir mismo del poeta que se confronta a las palabras estatuificadas. En un niño pequeño como el del poema, es un nombrar inconsciente, diáfano, que es ajeno a lo laberíntico del lenguaje, que no está poseído por ningún deseo racional de aprehender o representar en forma de signo o concepto al mundo ni a la vida, que en su moverse se devela conjugado con éstos. El develamiento ocurre cuando el decir que no se aquieta, se traslapa al grado de la confusión con el mundo y la vida. De manera paradójica, al develarse el nombrar del niño se oscurece porque se vacía en su marcha, porque no pretende algo posterior al nombrar mismo. Heracliteanamente el decir del niño se incendia en su moverse concluyente. Montemayor refleja su nombrar poético en el nombrar de su hijo y lucha contra la estatuificación de las palabras haciendo uso de las mismas palabras, otra paradoja más.
El decir poético es andar inaquietable en su moverse, y a diferencia del decir del niño no concluye, se proyecta sin detenerse hacia lo que es exterior a la creación: la realidad vivificada y el diálogo intertextual. ¿Qué duración tiene este moverse del nombrar poético? La que existe en tanto el poeta poetiza a la realidad vivificada y, la que se deriva de lo intertextual, en las influencias posteriores en otros escritores, que pueden darse a partir de los textos creados por el poeta.
El poema lleva a las palabras como signos escritos a una trasgresión de lo simbólico representado como grafías, tal como lo muestran los caligramas, las escrituras–lecturas descendentes o ascendentes en la página, de izquierda a derecha, las experimentaciones gramaticales que omiten signos ortográficos (puntos, comas, etc.), la creación de nuevos términos a partir de la poetización, la fusión de dos o mas vocablos en algo que pretende trascender al lenguaje. El poema va más allá de la convencionalidad de las palabras en forma de signos.
A su vez, el poema trasgrede los conceptos. El poema es metáfora, andar que en el decir es etéreo al abrirse-exteriorizarse a cualquier interpretación posible. Más allá de la vaguedad –que podemos interpretar desde una perspectiva racionalizadora– está el moverse del poema como nombrar metafórico. En su arte poética Montemayor naufraga-navega al lenguaje:
Quiero que la palabra
[sea en mí la misma,
escucharla sin argumentos,
con la misma certeza con la que
[la piedra se calienta
o los árboles al ser traspasados
[dejan caer su sombra
como el eco de la palabra,
como la sombra que somos,
el eco a través del cual, quieta,
[luminosa, nos nombra. (7)
El decir del poeta es el vuelo de las palabras hacia lo inasible, es un movimiento que está siempre abierto hacia mañana.
Notas
(1) Montemayor Carlos, Poesía 1977-1994, 1ª edición, Colección: Los Poetas, Editorial Aldus, México, 1997, p 78.
(2) Montemayor Carlos, Las minas del retorno, 1ª edición, Colección: Lecturas mexicanas, Num. 69, Secretaría de Educación Pública, (SEP), 1986, pp 90-91.
(3) En sus poemas el escritor parralense hace uso de la reiteración de palabras que a través de las metáforas derivan en una profundización recurrente. Al respecto Flores Herlinda apunta sobre el poema Elegía de Tlatelolco: “Montemayor escogió los vocablos más precisos y utilizó la repetición de ellos no sólo en un poema, sino en la colección de ellos: piedra, abierta, sueño, mujer, ciudad, muerte, derrumbar/derrumbado; palabras de percepción: escuchar, ver, sentir, tocar (acariciar/abrazar) y las correspondientes a ellas: voz, ojos, oídos, garganta, grito, tañer, piel.” (Carlos Montemayor: entre la palabra y el punto, artículo publicado en La Jornada Semanal, 12 de octubre de 2008, México).
(4) Montemayor Carlos, Poesía 1977-1994, 1ª edición, Colección: Los Poetas, Editorial Aldus, México, 1997, p 73.
(5) Montemayor Carlos, Finisterra, 1ª edición, Fundación Cultural Trabajadores de Pascual y del Arte, A. C., México, 2001, p 30.
(6) Montemayor Carlos, Finisterra, 1ª edición, Fundación Cultural Trabajadores de Pascual y del Arte, A. C., México, 2001, pp 4-5.
(7) Montemayor Carlos, Finisterra, 1ª edición, Fundación Cultural Trabajadores de Pascual y del Arte, A. C., México, 2001, p 14.
Bibliografía
Benjamín, Walter, Tesis de filosofía de la historia, editorial Taurus, Madrid, 1973.
Flores, Herlinda, Carlos Montemayor: entre la palabra y el punto, artículo publicado en La Jornada Semanal, 12 de octubre de 2008, México
Heráclito, Los filósofos presocráticos. De Homero a Demócrito, 1ª edición, Colección: Cien del mundo, Secretaría de Educación Pública, México, 1987.
Matthai, Horst, Aforismos y apotegmas de Horst Matthai Quelle, consulta realizada en: http:www.horstmatthai.blogspot.com
Montemayor, Carlos, Finisterra, 1ª edición, Colección: La inspiración nunca duerme, 2ª serie, Fundación Cultural Trabajadores de Pascual y del Arte, A. C., México, 2001.
Montemayor, Carlos, Las minas del retorno, 1ª edición, Colección: Lecturas mexicanas, Num. 69, Secretaría de Educación Pública (SEP), 1986.
Montemayor, Carlos, Las llaves de Urgell, 1ª edición, Colección: La red de Jonás. Literatura mexicana, Premiá Editores, México, 1983.
Montemayor, Carlos, Los poemas de Tsin Pau, 1ª edición, Alforja Arte y Literatura A.C., México, 2007.
Montemayor, Carlos, Poesía 1977-1994, 1ª edición, Colección: Los Poetas, Editorial Aldus, México, 1997.