Algunas virtudes y aspectos discutibles de Coacción muda:una teoría marxista del poder económico del capital, de Søren Mau

Antoni Puig Solé

Este libro sobresale, en primer término, por el vasto conocimiento que el autor demuestra acerca de la obra de Marx, junto con su empeño por aportar un nuevo impulso a su interpretación, lo que le ha ganado numerosos elogios. Sin desmerecer los méritos que a todas luces posee ni obviar la riqueza teórica que nos ofrece, en este escrito adoptaremos un enfoque crítico, señalando aquellos aspectos que, desde nuestro punto de vista, constituyen ciertas limitaciones. En esta reflexión nos centraremos en abordar únicamente una parte de la amplia gama temática que desarrolla el libro, haciendo hincapié en las valoraciones sobre cuestiones que desglosa, las cuales ya habían sido tratadas por relevantes marxistas. Lejos de pretender ser simplemente una reseña que, al día de hoy, podría considerarse un tanto anacrónica dado que el libro fue publicado hace algunos años, aspiramos a que este texto funcione como un ejercicio enriquecedor de aprendizaje compartido.

¿»Traduttore, traditore»? 

Comentar un libro leído en un idioma diferente al original siempre implica un riesgo. De entrada, nos enfrentamos a la paradoja de que las dos traducciones al español disponibles difieren incluso en el título: mientras una lo traduce como «compulsión muda», la otra lo hace como «coacción muda». Si nos remitimos a la cita de Marx que el autor emplea como referencia principal, encontramos que ninguna de las traducciones al español habla de compulsión o de coacción muda, sino que optan en ciertos casos por «presión» o «coacción sorda», mientras que otras prefieren términos como «coacción» o «presión silenciosa».

Estas posibles confusiones tampoco se aclaran del todo al recurrir directamente a la versión original del libro, ya que, si está escrito en un idioma distinto al del lector, es habitual que cada persona realice su propia interpretación, incurriendo en los mismos errores o imprecisiones que podrían encontrarse en cualquier buena traducción.

En lo que nos concierne, queremos señalar desde el principio que no sería extraño que alguna observación o análisis realizado aquí provenga de un malentendido derivado de la traducción. De ser este el caso, agradecemos de antemano cualquier crítica o corrección que permita superar dichas deficiencias.

El objeto de estudio

El libro explora la distinción entre lo que Lenin llamó presión económica y presión extraeconómica, destacando la centralidad de la primera en la evolución del mundo actual. Marx ya había señalado este fenómeno en diversos textos: Apuntó que los trabajadores asalariados, al ser privados de los medios de producción, aunque libres de presiones extraeconómicas, se ven forzados, debido a la presión económica, a vender su fuerza laboral al capital y a normalizar esta venta y su posterior sumisión. Esta modalidad de coacción emerge como una de las características propias del capitalismo en comparación con sistemas anteriores de producción, los cuales, según el autor, se sustentaban principalmente en una coacción extraeconómica fundamentada en la fuerza directa y la ideología. Así, este planteamiento adquiere un especial significado en las conclusiones de la obra, donde se subraya que su propósito “ha sido centrarse en esta forma particular de poder [la presión económica], distinguiéndola de manera sistemática del poder coercitivo y el ideológico, además de identificar sus orígenes y articular sus mecanismos.” 

Mau podría haber dirigido su análisis limitándose a las particularidades de la presión económica, examinándola como una faceta particular del capitalismo, como uno de los múltiples aspectos fundamentales para comprender su dinamismo en la producción y reproducción, sin por ello considerarla necesariamente como su componente principal en cuanto a su continuidad. No obstante, esta no es la orientación propuesta al inicio del libro.

En este libro [nos dice] ofreceré una teoría del poder económico del capital. Sobre la base de una lectura atenta y una reconstrucción crítica de la inconclusa crítica de la economía política de Marx intentaré explicar por qué el poder del capital toma la forma de una «compulsión muda de las relaciones económicas»; por lo tanto, intentaré localizar sus fuentes, identificar sus mecanismos, explicar sus formas, distinguir sus diferentes niveles y especificar las relaciones entre los mismos.

Con esta pretensión inicial, el análisis se amplía al resaltar que el poder del capital se traduce en una forma de «coacción silenciosa». Según lo expone el autor, esta perspectiva facilita la comprensión de cómo el capital ejerce su dominio tanto en la esfera económica como en la política dentro del contexto histórico contemporáneo. Esta visión más amplia, diseñada para instaurar las bases de una futura teoría alternativa, atraviesa la obra en su totalidad y da pleno significado al subtítulo que la acompaña. Es en esta ampliación y evolución, que en ciertos momentos adquiere un tono casi normativo e incluso llega al nivel de ser considerado una ley, donde considero que reside el eje central en el cual debe enmarcarse la crítica.

El poder

Como sucede con muchos otros conceptos, en Marx no encontramos una definición exacta de lo que es el poder, o al menos, si existe, nos ha resultado imposible encontrarla. Nuestra impresión es que, para Marx, el poder no es inherente ni a un objeto ni a un sujeto en particular. A menudo se escucha decir que un partido político «accede al poder» al ganar las elecciones, pero esta idea es incorrecta. Si bien su capacidad para influir puede incrementarse en ciertos aspectos al adquirir control sobre algunas funciones del Estado, ese poder limitado requiere ser ejercido dentro de un entorno donde interactúan otras fuerzas, que pueden fortalecerlo, limitarlo, debilitarlo o incluso despojarlo, dejando a dicho partido en una posición más vulnerable que antes. Por ello, intentar construir una teoría sólida i totalizadora del poder en el marco del capital puede llevarnos fácilmente a un enredo del cual es verdaderamente difícil salir.

En cuanto al dominio, este suele ser ejercido por quien posee cierto poder. Mau señala que este poder puede derivar de la fuerza física aplicada sobre el sujeto subordinado, de las habilidades para persuadir, o de una combinación de ambas. Añadamos que también podría ser que a quienes lo ostenta se lo hayan cedido temporalmente, como ocurre, por ejemplo con un encargado en una fábrica, o con un general al frente de un ejército. La clave, en todo caso, es que en la mayoría de los supuestos el poder se deriva del sistema de relaciones sociales vigente y las relaciones de poder cambian al modificarlas.

A través del dominio se imponen las creencias, la voluntad o los intereses de unos sobre otros, obligando a los dominados a actuar como quiere el dominador. Lo que Mau denomina una «convulsión muda» no es más que una expresión del dominio que el capital ejerce sobre los explotados, que quedan obligados a vender su fuerza de trabajo a capitalistas concretos. Este dominio, como señalaba Lenin, es consecuencia de la presión económica impuesta por las relaciones sociales capitalistas, presión que a su vez emana del poder que los capitalistas concentran, del cual también se originan otras formas de coacción y otras instancias de poder.

Las abstracciones

Mau recurre a abstracciones para analizar y conceptualizar el modo de producción capitalista como un objeto de estudio refinado. En este contexto, su enfoque no se limita a las formaciones sociales particulares, sino que prioriza el estudio de las dinámicas esenciales que constituyen dicho modo de producción. El desafío principal radica en discernir qué elementos deben ser extraídos y cuáles conviene depurar en cada etapa del análisis, con el fin de lograr una conceptualización más precisa de la realidad. Esto se torna especialmente complicado y, como observaremos más adelante, en el caso de Mau, este proceso no siempre culmina con éxito, especialmente al analizar los componentes estructurales del capitalismo contemporáneo, identificar cuáles pueden ser descartados en fases iniciales del estudio y distinguir aquellos de carácter transitorio. En repetidas ocasiones, tenemos la impresión de que tiende a abstraer aspectos que Marx ya había depurado para desarrollar sus propias categorías, mientras otorga protagonismo a otros que el mismo Marx optó por mantener en un segundo plano.

Los referentes

Mau muestra un dominio notable de El Capital de Marx y presenta una lectura bien argumentada de muchos de sus pasajes, valiéndose de ejemplos cotidianos para ilustrar sus ideas. Con todo, en algunos casos deja de lado ciertos aspectos clave. Un caso notable es su tratamiento de la ley general de la acumulación de capital, donde si bien enfatiza el concepto del ejército industrial de reserva, omite tratar elementos esenciales como la acumulación y la centralización del capital. Estos aspectos son centrales para dicha ley, ya que reflejan cómo el poder económico tiende a concentrarse. Marx, de hecho, analiza primero la acumulación como un proceso inherente al capitalismo antes de abordar sus efectos sobre la clase trabajadora. Se advierte una falta semejante de profundidad al analizar la transformación de la agricultura en el marco del capitalismo, donde no se desarrolla en detalle la teoría marxista sobre la renta de la tierra. ¿Acaso la renta de la tierra no representa una ganancia que perciben los terratenientes debido a su apropiación de este recurso? ¿No puede interpretarse también como un derecho de las naciones a exigir una compensación a quienes desean explotar los recursos naturales existentes en el subsuelo? ¿No es, asimismo, la violencia ejercida por las potencias más poderosas para apropiarse de estos recursos, eludiendo el pago de la correspondiente renta, uno de los rasgos inherentes al capitalismo imperialista?

Los demás referentes con los que el autor a veces debate, y en otras ocasiones coincide en algunos planteamientos, podrían situarse en el ámbito del marxismo académico o cultural, mayoritariamente enmarcado dentro del contexto occidental. También encontramos varias referencias a teóricos burgueses y explícitamente anti marxistas. En contraste, el marxismo ligado a experiencias revolucionarias o desarrollado en el sur global recibe muy poca o prácticamente ninguna atención.

¿Qué era Marx?

Mau dedica muchas páginas a argumentar que Marx no era economista, a pesar de que es claro que Marx en diversas ocasiones alude a sus «escritos económicos». Por ejemplo, en una carta dirigida a Engels, menciona su intención de «dar por terminada toda la basura económica en cinco semanas«, refiriéndose específicamente a El Capital. Sin duda, su obra transcendía lo estrictamente económico. En esa misma carta, deja claro que una vez finalice ese proyecto, «me dedicaré a otra rama científica«. Si Mau hubiera atendido más a Engels y Lenin, podría haber visto que ambos sostuvieron que el marxismo se alimenta de múltiples fuentes. No obstante, como Engels ya dejó en claro, antes que nada, Marx era un revolucionario.

Lenin

Desde nuestro punto de vista, Mau aborda la figura de Lenin de manera superficial en cuanto a su obra teórica. Esta perspectiva lo lleva incluso a afirmar que Lenin estuvo excesivamente centrados en el militarismo sin lograr “comprender la compulsión muda de las relaciones económicas, que reproducen el poder del capital incluso en ausencia de corrupción y violencia.” Una lectura de los escritos de Lenin críticos con el populismo le habría hecho ver lo errada que es su afirmación.

Asimismo, Mau evidencia una falta de entendimiento respecto a la visión de Lenin sobre el capital monopolista y el imperialismo. En realidad, Lenin nunca plantea que la aparición de grandes monopolios implique la eliminación de la competencia ni que el monopolio fuera el único elemento distintivo de la etapa imperialista. Por el contrario, enfatiza que en esta etapa la competencia se vuelve aún más feroz, dado que las disputas se producen entre poderosos grupos capitalistas respaldados por sus respectivos Estados. Esto, precisamente, da lugar a la propensión hacia las guerras mundiales, resultado de la lucha por el control de nuevos mercados y la apropiación de recursos naturales y materias primas necesarias para la producción en gran escala. 

Para Mau, la presión muda se basa previamente en el sometimiento vertical de una clase sobre la otra y en la competencia horizontal dentro de una misma clase. Sin embargo, en ningún momento aborda la cuestión de cómo estas dinámicas se manifiestan a nivel internacional, ni las maneras en que las leyes económicas de la producción capitalista dan lugar asimismo a una diversidad de formas políticas, trayectorias desiguales de desarrollo, dominación imperial y conflictos Inter imperialistas.

Si Mau hubiera expandido su horizonte de referentes más allá del estrecho marco occidental, habría podido analizar de manera más detallada la trayectoria del capitalismo global en las últimas décadas. De este modo, habría entendido que a mayor expansión y hegemonía del capitalismo, mayores son las desigualdades a nivel global y más se intensifica la violencia a lo largo del planeta. Obviar esto implica no solo calificar al presente como un caso excepcional, sino también convertir la excepción —la ausencia de violencia— en una regla general. La realidad presente, que no tiene nada de excepcional, nos muestra como la violencia y la ideología son factores fundamentales que deben ser considerados al intentar desarrollar una teoría sobre el poder totalizador del capital, una teoría que ciertamente aún presenta una evidente incompletitud y que no puede separarse de la intrínseca naturaleza imperialista del capitalismo contemporáneo. 

Por el contrario, al ignorar la existencia de monopolios y el imperialismo, terminamos en un punto muerto donde el capital se trata únicamente como una noción difusa, especialmente en la etapa actual donde lo que domina no son los capitalistas individuales sino las sociedades anónimas y las grandes corporaciones internacionales. Esto impide reconocer las diferencias entre los distintos tipos de capitalistas y el papel específico que desempeña cada Estado en el escenario internacional, complicando la tarea de captar las particularidades de cada momento histórico.

El economicismo y el papel de la violencia

A pesar de que el autor destaca reiteradamente la importancia de la presión económica, resulta contradictorio que dedique una aguda crítica al fenómeno que denomina «economicismo». Dentro de esta reflexión, incluso señala como economicistas a prominentes marxistas conocidos precisamente por combatir dicha perspectiva. En este marco, se impone la necesidad de retrotraernos de nuevo a los aportes de Lenin, una figura central en la oposición al enfoque economicista. Para Lenin, tanto el economicismo reformista como el planteado por quienes reducen la lucha al ámbito sindical terminan por debilitar las capacidades del movimiento obrero, limitándolo a las estructuras del sistema capitalista. En estas condiciones, la presión económica ejercida por el capital representa un mecanismo eficaz para someter a la clase trabajadora.

Todavía más preocupante resulta su reflexión en torno a la forma en que el marxismo ortodoxo o tradicional ha tratado la cuestión de la violencia. Conviene señalar que las perspectivas que exaltan la violencia como el principal motor de la evolución histórica, y descuidan un examen profundo de las estructuras económicas que influyen en ella, suelen ser promovidas por quienes buscan distorsionar o desviar los principios fundamentales del pensamiento marxista. Un ejemplo clave de ello es el caso de Dühring. Su posición llevó a Engels a dedicar varios capítulos de su Anti-Dühring al análisis de la relación entre la violencia y su función en la consolidación y perpetuación del poder económico, tanto en el capitalismo como en las formaciones económicas anteriores.

La crítica al marxismo ortodoxo o tradicional nos viene acompañada de un rechazo al materialismo histórico o interpretación materialista de la historia, al que se atribuyen ciertos malos entendidos o usos indebidos. Para reemplazarlo se plantea una nueva herramienta, bajo el nombre de ontología social, que, según se destaca, debería conservar una sólida base materialista. Desde nuestra perspectiva, en lugar de apostar por crear herramientas alternativas, sería más útil enfocarnos en mejorar y optimizar las que ya hemos heredado, complementándolas si fuera necesario con nuevas herramientas que aumenten su eficacia.

El metabolismo y la competencia vertical entre clases dominantes

Uno de los aportes del análisis de Mau radica en su distinción entre la interacción metabólica de los seres humanos con el entorno natural y el metabolismo social. Retomando los planteamientos de Marx, Mau subraya que los seres humanos, al igual que cualquier forma de vida, deben establecer una relación constante con la naturaleza para garantizar su supervivencia. Sin embargo, lo que singulariza a los humanos frente a otras especies es su capacidad para desarrollar herramientas que optimizan esta interacción, particularmente a través de los procesos de trabajo. Esta cualidad nos define simultáneamente como seres sociales y como creadores de instrumentos para la producción.

Esta doble dependencia tiene implicaciones cruciales. En primer término, la dimensión social del metabolismo humano pone de manifiesto que las relaciones sociales juegan un papel determinante en el acceso a los recursos necesarios tanto para la reproducción natural como social. En segundo lugar, la dependencia de las herramientas genera una tendencia hacia la alienación respecto a los medios de reproducción, lo que propicia la apropiación de estos medios por parte de un sector específico de la sociedad, mientras otros son marginados y despojados.

Sin embargo, Mau no aborda en profundidad un aspecto central: una de las contradicciones inherentes al capitalismo. Esta contradicción se manifiesta en la brecha entre el carácter colectivo del proceso productivo y la apropiación privada de sus frutos. Es una paradoja distintiva del sistema capitalista, comparable también con la fractura metabólica entre la actividad humana y el ecosistema natural. Por esta razón, al contrario de lo que aparenta sostener Mau, no puede afirmarse que la relación entre los seres humanos y la naturaleza haya sido irrevocablemente conflictiva a lo largo de la historia; de hecho, ha habido períodos históricos en los que esta relación fue armónica. Por ende, resulta factible y necesario trabajar hacia una restauración de dicha armonía en el futuro.

Otra perspectiva igualmente válida, aunque no sea la única concebible, se encuentra en su forma de analizar la competencia. Este aspecto actúa de manera transversal entre las diversas clases dominantes (distintos capitalistas industriales, comerciales y financieros y distintos terratenientes), resultando clave para comprender cómo se distribuye la plusvalía entre ellas. Además, aunque Mau no lo mencione de manera directa, este planteamiento facilita el desmantelamiento de la supuesta incoherencia en la teoría marxista respecto a la conversión de valores en precios.

El principal cuestionamiento que podría plantearse a Mau respecto a su estricta separación entre relaciones verticales y horizontales radica en que esta propuesta omite considerar aspectos esenciales que también caracterizan las interacciones sociales. Por ejemplo, entre los capitalistas no sólo existe competencia, sino también cooperación. Una prueba de esta cooperación se puede observar en la distribución de funciones entre el capital industrial, el capital financiero y el capital comercial, lo cual permite distinguir estas diferentes formas de capital. Es en el mercado donde se efectúa la realización del valor, siendo este el espacio donde, por un lado, los capitales interactúan entre sí y, al mismo tiempo, se enfrentan y compiten unos con otros. Son estas específicas formas de relación, condicionadas por el mercado, las que constituyen una de las razones de la anarquía en la producción.

De nuevo sobre el poder

Mau, tal como hemos podido observar, propone la elaboración de una teoría sobre el poder del capital que proporcione una perspectiva enriquecedora al marco conceptual del pensamiento marxista. Como se mencionó al inicio, Marx ya analizó la relevancia de la presión económica al examinar la relación desigual entre los individuos y las condiciones sociales bajo el imperio del capital. Esto evidencia que, en la sociedad actual, el poder reside en aquellos que tienen la capacidad de generar, mantener y transformar dichas condiciones de vida social, utilizando diversas formas y mecanismos para consolidarlo y perpetuarlo. Además, Marx enfatizó el carácter impersonal del capital, señalando, no obstante, que su concreción se realiza a través del capitalista o quienes actúan en su nombre. En nuestra opinión, Mau aborda estas cuestiones de manera adecuada; empero, consideramos fundamental destacar que dichas facultades para moldear la vida social están íntimamente ligadas a lo que Marx definió como las leyes generales de la producción capitalista. Estas leyes originan dinámicas como la coerción económica, la subsunción real o el fetichismo de las mercancías, las cuales permiten a los capitalistas influir y modelar la existencia de las clases desposeídas, al tiempo que se engendran a los actores que eventualmente serán sus sepultureros. Una de estas leyes, desarrollada en el primer volumen de El Capital, es la ley del valor, y otra, previamente ya mencionada, es la ley general de la acumulación del capital.

Así, las mencionadas leyes constituyen el fundamento esencial de las diversas formas de presión que parecen ocupar de manera persistente el interés de Mau. No integrar de manera pertinente estas leyes en el análisis, junto con el sistema de relaciones sociales del cual derivan, lo conduce a un estado de contradicción conceptual. Por un lado, reconoce la imposibilidad teórica de abordar el concepto de capital como si fuera un sujeto autónomo. No obstante, por otro lado, emplea continuamente expresiones como la fortaleza del capital, la capacidad del capital, las garras del capital, el mundo ideal del capital, la logística del capital, el intento del capital por evadir su propia sombra, la debilidad del capital o la mano del capital, entre muchas otras formulaciones similares. A través de estas manifestaciones discursivas, el capital se configura como un ente casi animado, dotado de cualidades sobrenaturales y autónomas. Es justamente en esta atribución casi mágica (el poder del capital) que Mau identifica el núcleo explicativo para su reflexión y crítica.

La forma-valor

Mau se vincula a los teóricos de la forma-valor, que enfatizan la importancia de ahondar en la noción de valor para comprender tanto la dinámica de la valorización del capital como la generación de plusvalía. Esta perspectiva ha sido justamente reconocida. A la vez, su planteamiento ha generado algunas controversias, dado que, en cierta medida, busca retomar las ideas originarias de Marx, tomando distancia de la tradición marxista posterior, incluso de figuras fundacionales como Engels. Este alejamiento podría explicar el limitado interés de Mau por profundizar en las obras de Engels y Lenin.

Aunque no haremos aquí un análisis exhaustivo sobre los teóricos de la forma-valor, no podemos ignorar que los escritos no publicados por Marx, como los Grundrisse, deben abordarse con cierta cautela. Estos textos no deberían ser considerados como una contraparte de lo que Marx finalmente decidió presentar al público, ya que solo los textos revisados y publicados por él pueden considerarse definitivos. Mencionamos esto porque Mau, al igual que otros autores, en algunos pasajes realiza interpretaciones bastante singulares sobre el concepto de valor. Por ejemplo, sostiene que:

Cualquier cosa capaz de  asumir la forma-mercancía —ya sean abrigos, fantasías, humanos, promesas, tierra o habilidades— puede ser integrada en este movimiento y transformada así en el «cuerpo» del  «valor en proceso».

Este planteamiento, si se analiza y desarrolla de manera correcta, puede resultar válido, aunque, por otro lado, de no precisar sus términos, puede generar una gran cantidad de confusiones.

Según Marx, únicamente aquello que contiene la sustancia del valor, con la magnitud asociada a ella —es decir, el trabajo abstracto socialmente necesario—, se considera portador de valor. Por esta razón, ni las fantasías, ni las promesas, ni la tierra sin previa labor pueden considerarse portadoras de valor. Asegurar lo contrario desvirtuaría una parte fundamental de las afirmaciones de Marx en El Capital. En referencia a las habilidades, estas constituyen una dimensión del trabajo social; es decir, no transportan valor, sino que participan en su creación, lo que contribuye a desarrollar la categoría de trabajo complejo. En ocasiones, las promesas pueden generar cierto rendimiento, tal como Marx señala en su análisis sobre el capital ficticio; un rendimiento (o incluso una pérdida) que no deriva del supuesto valor ilusorio de la promesa, sino de las distorsiones que esta es capaz de provocar. Las fantasías tienen una cierta importancia tanto para la economía tradicional como para sus teorías sobre la utilidad, ya que poseen el potencial de impulsar la creación de nuevos valores de uso atractivos dando lugar a nuevos soportes de valor. Sin embargo, esto no significa que la fantasía deba considerarse como el fundamento esencial del valor. En cuanto al llamado valor de los humanos, resulta complicado determinar con precisión a qué se refería Mau, salvo que estuviera aludiendo al valor vinculado a la reproducción de la fuerza de trabajo. Si este es el caso, nos limitaremos únicamente a los individuos que se ven forzados a ofrecer su fuerza laboral, de cuyo trabajo emana la sustancia del valor.

Una perspectiva diferente, válida en este contexto, sería resaltar que el capital industrial tiene la capacidad de incorporar estos elementos en su proceso de valorización, generando así mercancías portadoras de su respectivo valor y dando juego con ellas, a otras modalidades de capital, como la del capital comercial o a los terratenientes. Un ejemplo de ello sería la inversión de capital en proyectos de construcción inmobiliaria. Si se opta por avanzar en esta dirección, resulta imprescindible allanar previamente el terreno conceptual y práctico para tal propósito.

Les crisis

Aunque la sección dedicada a las crisis se titula «causas de las crisis», resulta evidente desde el principio que el enfoque principal de Mau no se centra estrictamente en el análisis de las causas, sino en las consecuencias derivadas de estas, como el mismo reconoce. Su propósito es examinar cómo las crisis, lejos de ser únicamente un rasgo inherente al proceso de reproducción del capital, operan como un mecanismo que consolida su hegemonía y lo sanea, incrementando las presiones económicas sobre los sectores más vulnerables de la población. Esto, a su vez, conduce a una profundización del despojo y la exclusión social que afecta a la clase obrera en su conjunto. Sin embargo, Mau considera necesario comenzar su análisis ofreciendo algunas reflexiones acerca de las causas que desencadenan estas crisis o, más precisamente, sobre las diversas teorías que han intentado explicar dichas causas.

Desde el inicio, Mau rechaza las teorías subconsumistas que atribuyen las crisis al bajo consumo de las clases trabajadoras, considerando que estas conforman la mayoría de la población. Este rechazo parece adecuado. De hecho, cuando las crisis se manifiestan junto con el problema de la sobreproducción, los capitalistas frecuentemente buscan vaciar sus almacenes mediante descuentos y otros incentivos para estimular el consumo. El problema radica en que esto no es más que una solución temporal que no logra abordar el fondo: la sobreproducción acumulada en el Sector I, es decir, el sector que produce los medios de producción. Más complejo resulta su rechazo a la relevancia de la desproporción entre el Sector I y el Sector II en el origen de las crisis. La proporción representa un factor esencial para garantizar una reproducción equilibrada y sostenida, pero las crisis irrumpen al verse desestabilizada precisamente esa armonía.

Siguiendo los pasos de Michael Heirinch, también se descarta que la causa de la crisis radique en la tendencia decreciente de la ganancia. Aquí la cuestión suele ser más compleja, ya que una cosa es distanciarse de teorías mono causales y otra muy distinta es rechazar por completo la posible influencia de esta tendencia. Lo preocupante es que no solo se descarta la tendencia decreciente de la ganancia como causa de la crisis, sino que, además, se intenta negar la existencia de la misma.

Según Mau, la causa fundamental de la crisis parece estar intrínsecamente relacionada con la naturaleza misma del capital, cuyo propósito es lograr la maximización de las ganancias de manera ilimitada. Este umbral conduce inevitablemente a un estado de sobreproducción. Es evidente que, cuando las crisis se presentan, suele observarse un exceso palpable en la producción; sin embargo, limitar el análisis a este aspecto implicaría quedarse en un nivel superficial del problema.

Retomando el concepto de metabolismo, al que, como hemos señalado, Mau aborda de manera acertada, podría afirmarse que las crisis económicas surgen de una disrupción parcial, de mayor o menor magnitud, en el metabolismo social. La explicación previa sobre los distintos aspectos del metabolismo nos puede permitir, igualmente, tratar la crisis ecológica, derivada de una ruptura de la relación metabólica entre los humanos y nuestro entorno natural y que se relaciona directamente con el actual sistema de relaciones sociales.

Si el objetivo es formular una teoría marxista coherente sobre las crisis —o, en términos más precisos, utilizar el marxismo como herramienta analítica para desentrañar las razones subyacentes a estos fenómenos— resulta conveniente explorar explicaciones adicionales que trasciendan el marco interpretativo propuesto por Mau.

Mau también aporta una valiosa reflexión sobre cómo una crisis económica puede actuar como catalizador de un desenlace revolucionario, y no le falta fundamento en su afirmación. Aún así, su planteamiento tiene una debilidad importante: pasa por alto otro factor crucial: la crisis de Estado. Sin la combinación de ambos elementos, y especialmente sin las condiciones subjetivas adecuadas, el proceso sigue siendo incompleto. En este punto, como en tantas ocasiones, el análisis de Lenin ofrece una perspectiva esclarecedora.

La necesaria continuidad

A lo largo de su obra, Mau plantea un mensaje con el que coincido: aunque la violencia es una parte intrínseca de la vida bajo el capitalismo, podrían darse circunstancias en las que se logre una ausencia temporal de violencia física directa sobre los cuerpos e incluso una aparente pluralidad ideológica, sin que ello implique la desaparición del sistema capitalista. En este hipotético y poco probable escenario, las relaciones de opresión seguirían presentes, ya que las dinámicas económicas continuarían operando silenciosamente, perpetuando y reproduciendo tanto a los oprimidos como a los opresores. Esto es posible porque la producción capitalista ejerce un poder oculto que se alimenta de los explotados. Es una advertencia crucial, especialmente válida en las economías centrales del capitalismo, donde las comodidades que ofrece la sociedad burguesa en ciertos contextos pueden adormecer las energías del proletariado, debilitando o relegando a las organizaciones con intenciones revolucionarias haciéndoles creer que lo que solo es puntual y limitado geográficamente, es permanente y generalizable.

Lo que Mou describe como coacción muda tiene un origen profundamente marcado por la violencia, tal como señala Marx en el capítulo dedicado a la acumulación originaria. Hay numerosos ejemplos que evidencian este origen violento, el cual resulta fundamental para la aparición, regulación y generalización de la producción mercantil. Por ejemplo, para implementar este modo de producción en África, en ciertos países fue necesario separar de forma drástica y violenta a la población negra de sus medios tradicionales de subsistencia mediante mecanismos de coerción extraeconómica, asignando las tierras más productivas a los colonizadores. Anteriormente, para emplear a la población negra en la producción mercantil de América del Norte y otras regiones, primero fue despojada de su hábitat y luego sometida a la esclavitud. La paradoja que podría ejemplificar lo que Mou pone en evidencia es que hoy en día, para obtener mano de obra asalariada, el capital ya no necesita recurrir a esas formas coercitivas. Existe un vasto ejército industrial de reserva que, «de manera voluntaria», migra hacia las zonas industrializadas, incluso arriesgando seriamente su seguridad en este proceso migratorio.

El reverso de la medalla es la pretensión de Mau de subir el listón. Basándose en la abstracción inicial, decide excluir de su análisis todo lo que, en su criterio, no guarde una conexión directa con el poder o con las formas implícitas de coacción muda. Esto no le impide hacer observaciones empíricas sobre la realidad contemporánea que considera sujetas a estructuras coercitivas y en más de una ocasión lo hace de manera brillante. Ahora bien, ¿acaso aspectos como el imperialismo, la tenencia de tierras e inmuebles, el empleo capitalista de la tecnología, los procesos de acumulación, la opresión nacional, las tensiones internacionales o el desarrollo del sistema financiero no se entrelazan con las dinámicas del capitalismo y configuran ciertas manifestaciones de poder? Aunque estas cuestiones se sugieren sutilmente, no son abordadas de manera exhaustiva. Asimismo, tampoco se examinan a fondo las contradicciones propias del capital ni las confrontaciones que este enfrenta al chocar con ciertos límites históricos.

Quizás, uno de los aspectos más notables del logro de Mau radique, precisamente, en alentarnos a ahondar en las respuestas a esta intrincada red de interrogantes, aprovechando la rica herencia teórica del marxismo en lugar de descartarla. Este planteamiento nos permitiría valorar el marxismo como un legado significativo, moldeado por dos siglos de triunfos, errores, avances y retrocesos en el ámbito de la lucha social y política de clase, y entenderlo también como una valiosa herramienta estratégica para analizar y transformar la realidad.