Agresión imperialista y acuerdos con la “boliburguesía” en la coyuntura venezolana

Agresión imperialista y acuerdos con la “boliburguesía” en la coyuntura venezolana

Frank Molano Camargo

Profesor del Doctorado en Estudios Sociales y de la Licenciatura en Ciencias Sociales, Universidad Distrital Francisco José de Caldas

El violento, y condenable, secuestro de Nicolás Maduro, presidente venezolano, en la madrugada del 3 de enero de 2026, por parte de tropas estadounidenses constituye un acto más en una trama histórica que cruza la historia reciente de Venezuela y la lógica global de disputa interimperialista China – EE.UU. – Rusia. La presentación del mandatario venezolano como trofeo de caza imperial no alcanza para ocultar el suelo movedizo desde el que vociferan Trump-Rubio y cuyos mensajes fascistas, coloniales, capitalistas, patriarcales y plutocráticas son difundidos globalmente por los medios de información, hoy abyecta y cínicamente convertidos en fanáticos divulgadores del proyecto trumpista MAGA (Make America Great Again). Pero hay que decirlo: No es cierto. Estados Unidos no es el dueño absoluto de Venezuela y su petróleo. A medida que pasan los días, el panorama no es tan nítido y controlable como se insinuó.

La agresión yanqui y el secuestro de Nicolás Maduro no derivan necesariamente en una invasión y ocupación del país. La elite fascista trumpista dice que se va a hacer grande otra vez con el petróleo venezolano, pues se trata de un crudo pesado y abundante, superpesado, difícil de extraer y muy costoso de procesar. No se trata de una operación fácil e inmediata para ver pronto fluir el crudo hacia las refinerías de Texas y Luisiana. La industria del petróleo del hermano país viene de una larga crisis producto del bloqueo, las sanciones económicas y la corrupción interna.

En ese suelo movedizo Trump-Rubio buscan desesperadamente un acuerdo con la estructura de poder que durante las últimas décadas se ha conformado en Venezuela. Las experiencias de Libia, Afganistán, Irak, les enseñan a los yanquis que no se trata de quitar y poner personajes, esto ha llevado a involucrar a EE.UU. en costosas guerras, bajas militares y desgaste político interno. La figura de Maduro prisionero es parte de la retórica guerrerista que busca satisfacer los deseos del fascismo social y cultural de contar con un ícono, un hombre de paja, que haga creer en una victoria contundente, admirable, hecha por un macho colorado, un berraco, se dice en Colombia, pero no es suficiente. Obviamente, la criminal acción de secuestrar a Maduro no es menor, pero el objetivo real es poner sobre la mesa una carta maestra, la amenaza de la violencia extrema si no se acata el capricho imperial. Pero hay otros jugadores fuertes.

Desde hace años era previsible que si en Venezuela la revolución bolivariana no se profundizaba hacia la hegemonía popular, fuerzas procapitalistas aprovecharían la burocratización y la corrupción para degenerar y agotar las reservas populares revolucionarias en beneficio propio. El resultado es una crisis, una de cuyas formas de resolución es un acuerdo entre los imperialismos yanqui–ruso–chino y las dos facciones granburguesas venezolanas, la vieja burguesía representada por diferentes facciones de la oposición y cuya expresión capitalista se concentra alrededor del Grupo Polar liderado por Lorenzo Mendoza Giménez  y la nueva burguesía (boliburguesía) que emergió en Venezuela en el marco de las inconsistencias y transiciones del proyecto revolucionario bolivariano. Es justamente negociando y pactando con estas dos facciones granburguesas y especialmente con la boliburguesía, que Trump-Rubio esperan recuperar la hegemonía en la región.

La boliburguesía más allá de Nicolás Maduro

En Venezuela de hoy se han constituido tres poderosos grupos político-militar-empresariales, según lo propuso el analista venezolano Domingo Alberto Rangel, ya fallecido, que representan el verdadero poder dominante. El primero gravita en torno a Diosdado Cabello y Rafael Sarría, ambos militares retirados y el último empresario de la radio venezolana. Es después del Grupo Polar el segundo poder económico del país.

Un segundo grupo es comandado por Arné Chacón Escamillo, exmilitar, banquero, dueño de centros de apuestas, de gigantescas haciendas y de una de las fábricas de leche en polvo más grandes de Sudamérica.

El tercer grupo gravita en torno a Ronald Blanco La Cruz y Edgar Hernández Behrens, militares retirados ambos, el primero un poder regional del Estado Táchira y el segundo, banquero, presidente del Fondo de Garantías de Depósitos (Fogade), de CADIVI (Comisión de Administración de Divisas) y de SUDEBAN (Superintendencia de Bancos) durante un largo período.

Claro está, sin duda la cúpula militar es parte de este complejo militar empresarial, así como otros sectores emergentes de empresarios y banqueros que se lucran del régimen como Alberto Cudemus, presidente de FEPORCINA; Alberto Vollmer dueño de Ron Santa Teresa; Miguel Pérez Abad presidente de FEDEINDUSTRIA; Víctor Vargas Irasqüín, dueño del Banco Occidental de Descuento (BOD); Wilmer Ruperti, multimillonario naviero petrolero, entre otros.

Este poder burocrático-militar-empresarial mantuvo acuerdos y tensiones con el gobierno de Nicolás Maduro, una figura útil al régimen pues, en el imaginario popular era el continuador del legado de Hugo Chávez, pero que a la vez pactaba componendas con la boliburguesía y se hacía de la vista gorda con la corrupción galopante. Nicolás Maduro se convirtió en el peón del régimen, por ende una figura prescindible. Esto explica lo fácil y rápido de su secuestro.

Adicionalmente, la boliburguesía ha venido ampliando las relaciones financieras y comerciales con China y Rusia. Maduro propuso unirse a los BRICS poniendo a disposición de este sector global las reservas petroleras. Es justamente con esta estructura de poder que Trump debe negociar.

El petróleo, si pero no así y más allá

Venezuela posee el 18% de los recursos petroleros mundiales, es decir, más de 300.000 millones de barriles enterrados bajo tierra, tiene las mayores reservas del mundo, por delante de Arabia Saudita e Irán. Pero se trata de una industria en crisis, tras producir entre 2 y 3 millones de barriles diarios a principios de la década de 2010, el país ahora representa poco menos del 1% del suministro mundial, con una producción de aproximadamente 900.000 barriles diarios. Ante el bloqueo norteamericano Venezuela exporta el 80% del crudo a China en cuyas refinerías se puede procesar petróleo superpesado y el 20% va a Estados Unidos, que aspira a desplazar a China. Los yacimientos están sufriendo años de perforación insuficiente, infraestructura deteriorada, repetidos cortes de electricidad y robo de equipos. Hoy el país es apenas una sombra de su antigua potencia petrolera, socavada por la corrupción y las sanciones internacionales y años de gobernanza deficiente.

Estados Unidos desde 2019 apretó las medidas contra la industria petrolera con el embargo del petróleo, lo que contribuyó al estancamiento y destrucción, así que restaurar la infraestructura deteriorada y a provechar el crudo venezolana tardará bastantes años e implicará gigantescas operaciones. Además, pese a que Trump es un representante del carbofascismo basado en el negacionismo ambiental y la adicción sin límite a los combustibles fósiles, los monopolios yanquis no se arriesgarán de la noche a la mañana a invertir en Venezuela en un ambiente político y social inestable.

Si bien el petróleo es importante para Estados Unidos, el indefendible secuestro de Maduro forma parte de un intento más amplio por consolidar el hemisferio occidental bajo su dominio, incluyendo la isla de Groenlandia en el Ártico, con abundantes reservas petroleras, pero en donde la dirigencia política se ha opuesto a la exploración y explotación del crudo, pue saben que de hacerlo contribuirían a acelerar el deshielo de la isla afectando la vida humana y no humana, una razón por la cual los carbofascistas Trump-Rubio quieren comprar, anexar o invadir a Groenlandia. Los yanquis quieren, con la carta venezolana, fortalecer las derechas fascistas en América Latina, sepultar los progresismos y establecer una hegemonía neocolonial, racista y fascista sobre los menospreciados pueblos de América Latina y el Caribe.

Trump-Rubio se han jugado una carta peligrosa. Apuestan a que tienen todo bajo control pero son “gigantes con pies de barro”. Estados Unidos es hoy una potencia moribunda, gobernada por un sector ultra que trata de impedir el curso de la historia, por eso es tan peligroso. Pero, al activar el terrorismo imperial como amenaza de gobernanza global, agudiza la pugna interimperialista, provoca el repudio mundial, crea las condiciones para el desarrollo de la movilización antiimperialista y la lucha contra el neocolonialismo.

Hoy ser antiimperialista deja de ser un cliché y se convierte en una condición, en una identidad, en una deber ético-político. También, la coyuntura señala a las izquierdas los límites y riesgos de cambios que se hacen al amparo de los acuerdos con las viejas estructuras de poder o que permiten el surgimiento de nuevas burguesías que saquean las expectativas revolucionarias.