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Adiós al último espartaquista

Victor Hugo Pacheco Chávez[1]

Enrique González Rojo Arthur fue uno de los marxistas mexicanos que destacó por su originalidad. Entre las varias maneras en las que se puede describir su enfoque (althusseriano, revueltiano, maoísta, etc.), la formulación que más lo caracteriza quizás sea la de «espartaquista mexicano», una tradición política local que, aunque marginal, fue parte medular de las revueltas y las batallas del comunismo mexicano de la segunda mitad del siglo XX. A González Rojo le tocó asumir la definición y los periplos por los cuales transcurrió esta vertiente política.

La obra de González Rojo fue prolífica y abarcó varias vertientes: filosofía política, psicoanálisis, historia, ensayo, poesía, autobiografía. De todo aquello, probablemente hoy la parte más conocida sea la obra poética, que ha transitado del movimiento poeticista hasta sus últimos poemas, catalogados por él mismo como novelemas, una mezcla de novela y poesía. Esta faceta de su producción ha sido reconocida por el Premio Xavier Villaurrutia en 1976 y el Premio Nacional de Poesía «Benemérito de América» en 2002.

Sin embargo, a pesar de estos reconocimientos, no se trata de un autor que esté integrado al campo de las élites culturales del país, a las cuales combatió de diversas maneras. El último gesto que tuvo como denuncia, en ese sentido, fue su rechazo a la postulación al Premio Nacional de Ciencias y Artes en 2018 por no estar de acuerdo con recibir un premio otorgado por Enrique Peña Nieto, el presidente en turno. Las palabras de su hija Graciela González sintetizan muy bien lo que Enrique González Rojo significa para el campo cultural mexicano:

Uno de los grandes méritos de Enrique es haber permanecido de por vida independiente de los grupos de poder. La de González Rojo Arthur no es solo una militancia política sino una militancia en contra de las mafias literarias. Pero el precio que se paga por ello es alto: marginación y cierta soledad. No obstante, en ello influye también su manera de ser.

Tal vez sea ahora, tras su muerte, el momento para revertir esa marginación y recuperar la figura de uno de los marxistas más originales que ha producido México.

La militancia espartaquista

La inquietud de Enrique González Rojo por el marxismo surgió en la misma biblioteca familiar, donde desde joven tuvo acceso a obras marxistas. Pero no fue hasta 1953 que impactaron en él los cursos de Eli de Gortari, filósofo mexicano con quien profundizó en el estudio del texto de Lenin, Materialismo y empiriocriticismo. Tres años después, en 1956, se incorporó al Partido Comunista Mexicano (PCM). A partir de este momento, combinó su trabajo docente con la militancia política.

Dentro del PCM se incorporó a la Célula Carlos Marx que, a partir de 1957, impulsó una crítica al Partido por no permitir la lucha de tendencias a la vez que cuestionaba su impacto dentro de las luchas revolucionarias de ese tiempo, especialmente su actuación en el movimiento ferrocarrilero de 1959. Caracterizando con ello al PCM como un partido que no tenía «realidad histórica», sostuvo la tesis desarrollada por José Revueltas.

Dicha discusión tuvo como consecuencia que en 1960 se salieran del PCM los miembros de las células Carlos Marx, Federico Engels y Julio Curie para integrarse al Partido Obrero Campesino Mexicano. Esta alianza fue muy breve, y a fines de 1960 se creó la Liga Leninista Espartaco, la cual sufrió dos escisiones importantes. La primera se dio en 1963 cuando fue expulsado su principal ideólogo, José Revueltas.

Esta discusión se plasmó en el libro que escribió ese año González Rojo, titulado ¿Así se forma la cabeza del proletariado? (Reseña de una lucha interna). El punto central de la discusión fue el posicionamiento con respecto al conflicto chino-soviético: mientras José Revueltas respaldaba la posición rusa, Enrique González Rojo se decantó por el apoyo chino, siendo de esta manera de los primeros marxistas que promovieron el maoísmo en México.

Después de un año se escindió el grupo que dirigía González Rojo y, por un corto tiempo, ambos grupos firmaban como Liga Leninista Espartaco. Para este momento las tesis de González Rojo apuntaban a que las diversas organizaciones marxistas dejaran de actuar como pequeños partidos y se replantearan la cuestión de la construcción del Partido Revolucionario.

Luego de esta experiencia, en 1965 se formó el grupo Espartaquismo Integral y, en 1978, el grupo Espartaquismo Integral Revolución Articulada (EIRA), donde permaneció hasta 1982, momento en el cual grupos provenientes del autonomismo, del anarquismo, del maoísmo, del luxemburguismo, del espartaquismo y del sindicalismo revolucionario fundan la Organización de Izquierda Revolucionaria-Línea de Masas (OIR-LM). Desde su fundación, esta organización de clara inclinación maoista  –según Sergio G. Sánchez Díaz– «reivindicó el desarrollo de la lucha de clases, la democracia proletaria, las organizaciones autónomas de base, así como una línea de masas», enarbolando las demandas más sentidas del pueblo.

Entre Althusser y Revueltas

Enrique González Rojo fue uno de los primeros y principales impulsores de la filosofía de Louis Althusser en México, y como buen althusseriano su producción en este sentido no fue un desarrollo acrítico de las tesis del pensador francés, sino que implicó un desarrollo propio. Para González Rojo la relevancia de Althusser se encuentra en lograr que su generación despertara del sueño dogmático, lo cual supuso un intento de renovación del marxismo basado en el reexamen de los fundamentos del mismo.

En ese mismo sentido, la obra y la figura de José Revueltas fueron fundamentales para la elaboración teórica y política de Enrique González Rojo. Quizá el gesto de estudiar la historia y el desarrollo concreto de la clase obrera, el autoconocimiento de la tradición política comunista, sea una de las enseñanzas que más recogió de Revueltas. Consecuente con ello, la principal tesis de Revueltas (la de la escisión entre el movimiento obrero y campesino y la estructura del Partido Comunista) fue desarrollada y aplicada por González Rojo incluso en el nivel organizativo de los grupos espartaquistas.

Si bien González Rojo siempre fue un seguidor de la figura y obra de Revueltas, también asestará una de las críticas más fuertes a la manera en la que la propia obra y militancia de Revueltas quedó desvinculada de la realidad política. El problema con Revueltas, destacará González Rojo, es que nunca abandonó la teoría leninista del partido, centrada en la importancia de la lucha prioritariamente política, subordinando y dejando de lado otras contradicciones. Por otra parte, González Rojo señaló que los revolucionarios profesionales que encabezarían el instrumento del Partido eran un sector que había devenido en una clase intelectual.

Aquí se condensan dos de los temas que marcan la originalidad del marxismo de González Rojo: su idea de la revolución articulada y la del triclasismo como condición del neocapitalismo que se instauró a nivel mundial a partir de 1973.

La revolución articulada y el triclasismo

En relación con el primer punto, González Rojo observó que en la fase más desarrollada del capitalismo ya no basta con entablar solo una lucha política, sino que esta se debía articular a otras igual de importantes: económica, cultural, tecnológica, de la fuerza de trabajo, sexual, educativa, antiautoritaria y científica. Pero advertía, al mismo tiempo, que todas ellas tenían en lo económico su punto de articulación. Lo que González Rojo estaba poniendo de relieve era la complejidad de las relaciones de poder que se desarrollaban en el seno de la sociedad capitalista industrial desarrollada.

En cuanto al segundo punto, de la constitución triclasista en que devino el capitalismo, González Rojo consideró la creación de los intelectuales como una «tercera clase». Observará que, en la fase de lo que él llama «neocapitalismo», el trabajador manual ha sido despojado de su desarrollo intelectual. Eso genera dos dinámicas claramente perceptibles en los países altamente desarrollados: «1) un volumen grande del trabajo manual simple tiende a hacerse más complejo, y 2) el trabajo intelectual se pone cada vez más al servicio de la burguesía, tanto en la esfera de la producción como en la de la circulación y los servicios».

En este sentido, el trabajador manual sufrirá una doble explotación: por el capital y por el trabajo técnico-funcional. Doble explotación que, a su vez, conduce a una doble contradicción: primero, capital-trabajo; luego, técnico-funcional (la primera, mediada por la propiedad privada y la segunda, por la apropiación de los medios intelectuales de producción). El trabajador manual sufre un doble despojo. Y la articulación de estas dos contradicciones, para González Rojo, da como resultado la creación de una nueva clase, dominante frente a la clase manual pero dominada frente a la clase burguesa por no poseer los medios materiales de producción.

Bajo estas consideraciones, la lucha política en clave leninista que Revueltas tenía como base, en el esquema de González Rojo queda fuera de lugar, tanto por la amplitud de la lucha revolucionaria a todas las esferas de lo social como por el hecho de que Revueltas no alcanzó a percibir las lógicas de poder que se establecieron entre intelectuales y clase obrera. Estas son las directrices que sustentan su crítica a Octavio Paz en El rey va desnudo (1989) y Cuando el rey se hace cortesano (1990).

Un luchador incansable

Enrique González Rojo fue un luchador incansable hasta los últimos años de su vida. Era común escucharlo hablar contra la reforma magisterial, verlo marchar en las movilizaciones que se dieron alrededor del caso de los 43 compañeros de Ayotzinapa y en buena parte de las luchas por la democratización del país, participando en la fundación del PRD como colaborando en la formación política de las bases de MORENA, en ambos casos siempre del lado de la militancia y con un gran sentido de pedagogo político y popular.

Su obra política y filosófica sigue a la espera de una revalorización profunda que lo ubique en el lugar que le corresponde: uno de los intelectuales más importantes de la renovación del marxismo mexicano.

 

[1] Este texto fue publicado originalmente en Jacobin Latinoamérica, versión electrónica https://jacobinlat.com/2021/03/14/adios-al-ultimo-espartaquista/?fbclid=IwAR2McwKGNWGWJSd1J4kwozsHxMvsnYUpxe4TrNmshHb9nzdANEgHKznnYkk