Un nuevo fantasma recorre Europa
Renata Wimer
¡Vive la révolution!
¡Qué momentos estamos presenciando en Europa! Sin duda, es tiempo de revoluciones. Las movilizaciones que recorren el continente revelan una fractura cada vez más profunda entre los gobiernos y los pueblos a los que deberían servir. Las protestas estudiantiles, las manifestaciones por el derecho a la vivienda, las huelgas y las movilizaciones contra el deterioro de los servicios públicos expresan una indignación que atraviesa fronteras.
La pregunta que yo me hacía desde hace tiempo era: ¿hasta cuándo iban a aguantar los europeos semejante abandono?
Es evidente que las estructuras de poder han dejado de funcionar para quienes deberían servir en primer lugar: los pueblos, y no las oligarquías. Durante años, los gobiernos europeos han ido abandonando las necesidades más elementales de sus sociedades. Las prácticas neoliberales y la sumisión política a Washington han contribuido a adelgazar el Estado de bienestar europeo hasta un punto crítico.
Ese Estado de corte social no fue una concesión generosa de las élites. Se construyó mediante largas luchas obreras, sindicales y populares, particularmente después de la Segunda Guerra Mundial. La educación pública, los sistemas de salud, las protecciones laborales y la seguridad social fueron conquistas históricas. Sin embargo, décadas de privatizaciones, austeridad, especulación inmobiliaria y concentración de la riqueza han erosionado un pacto social que prometía condiciones dignas de vida.
La vivienda expresa con claridad esa fractura. Según Eurostat, entre 2010 y 2024 los precios de compra aumentaron alrededor de 53 % en la Unión Europea y los alquileres, 25 %. Para millones de jóvenes, estudiar y trabajar ya no garantiza siquiera la posibilidad de acceder a una vivienda. ¿Qué clase de futuro puede ofrecer una sociedad que ni siquiera permite a sus nuevas generaciones construir un hogar?
Francia constituye uno de los ejemplos más reveladores de esta crisis. Las movilizaciones estudiantiles recientes surgieron en las periferias de París, desde Créteil hasta los institutos de Seine-Saint-Denis, territorios donde la desigualdad económica convive con profundas formas de exclusión social.
En el departamento de Seine-Saint-Denis, donde se encuentra Saint-Denis, el 29,5 % de la población vive bajo el umbral de pobreza. No estamos hablando de una región remota ni de un país empobrecido, sino de la periferia de una de las capitales más ricas de Europa. Allí, jóvenes de familias trabajadoras, muchos de ellos descendientes de inmigrantes, enfrentan dificultades que contradicen la promesa republicana de igualdad.
Pero no se trata solamente de desigualdad económica. Francia continúa arrastrando estructuras de discriminación racial que afectan especialmente a poblaciones negras, árabes, musulmanas, inmigrantes y descendientes de inmigrantes. La discriminación en el acceso al empleo, la vivienda y la educación, así como las denuncias de prácticas policiales discriminatorias, forman parte de una realidad documentada por las propias instituciones francesas.
La insurgencia social en Francia, impulsada inicialmente por los jóvenes de las periferias de París, debe ser escuchada y protegida. Es infame la represión que se está ejerciendo sobre la juventud. Esta generación ha entendido que le quieren arrebatar el futuro entero y que, si no lucha por él, no le darán nada.
No habrá futuro digno para ningún francés si quienes ya viven en condiciones de exclusión continúan siendo tratados como ciudadanos de segunda categoría.
Y mientras las autoridades discuten si las protestas son responsabilidad de la izquierda radical, de los migrantes o de supuestos agitadores, las demandas fundamentales permanecen sin respuesta. Faltan maestros, se deterioran los servicios públicos y persisten las desigualdades. Ninguna provocación ni ningún episodio de violencia puede servir como pretexto para ignorar las razones profundas de esta indignación social.
¿En qué momento los gobiernos europeos fueron renunciando a las conquistas sociales que tanto les costó construir? ¿Cómo llegaron hasta este punto?
Porque mientras amplios sectores de la población enfrentan una creciente precariedad, Europa entra en un nuevo ciclo de rearme.
Los gobiernos europeos justifican el rearme invocando una amenaza rusa, mientras omiten décadas de expansión de la OTAN hacia las fronteras de Rusia y el papel de Washington en la escalada de tensiones. La pregunta es hasta qué punto el miedo se ha convertido en un instrumento para obtener el consentimiento de los pueblos ante una política que beneficia enormemente a la industria armamentista estadounidense. Entretanto, la guerra continúa devorando vidas. En Ucrania, el reclutamiento forzado revela el costo humano de esta tragedia. ¿Y después qué? ¿También enviarán a morir a los jóvenes franceses y alemanes? ¿Hasta cuándo tendrán que sacrificar su futuro los pueblos mientras otros acumulan fortunas?
En 2025, los integrantes de la OTAN acordaron avanzar hacia un gasto equivalente al 5 % de su producto interno bruto en defensa y seguridad para 2035. Entretanto, la industria armamentista estadounidense consolida su posición como proveedora de los ejércitos europeos. Según el Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo, el 58 % del armamento importado por los países europeos de la OTAN entre 2021 y 2025 procedió de Estados Unidos.
Y el negocio no termina en las armas.
La reconfiguración energética posterior a 2022 ha fortalecido también la presencia estadounidense en el mercado europeo del gas. Según cifras difundidas por el Consejo de la Unión Europea, las importaciones de gas estadounidense pasaron de 21 mil millones de metros cúbicos en 2021 a 82,9 mil millones en 2025.
Europa ha reducido drásticamente su dependencia del gas ruso, pero ha creado nuevas dependencias estratégicas. ¿Hasta qué punto sus decisiones responden a las necesidades de sus propias sociedades y hasta qué punto están fortaleciendo los intereses económicos y geopolíticos de Washington?
Y mientras tanto, Estados Unidos continúa financiando y armando a Israel, sosteniendo la maquinaria militar que ha hecho posible el genocidio en Palestina.
Es increíble cómo Europa fue perdiendo su dignidad política en las últimas décadas. ¿En qué momento aceptó que sus prioridades sociales quedaran subordinadas a intereses económicos y estratégicos que sus propios ciudadanos apenas pueden discutir?
Sin embargo, la indignación no se limita a Francia.
En España y Portugal, las movilizaciones por el derecho a la vivienda denuncian la especulación y el poder de los grandes intereses inmobiliarios. En Serbia, las protestas estudiantiles han cuestionado la corrupción y la responsabilidad de las instituciones. En Italia y Bélgica, distintos movimientos sociales han expresado su rechazo al deterioro de las condiciones de vida, a las reformas que afectan derechos laborales y al incremento de las prioridades militares. Alemania y Grecia también han sido escenarios de protestas por cuestiones sociales y decisiones gubernamentales.
No son movimientos idénticos ni responden a una sola causa. Pero sería un error contemplarlos como acontecimientos completamente desconectados. En ellos aparecen preguntas comunes sobre la representación política, la distribución de la riqueza, el acceso a los derechos y el futuro que las instituciones están ofreciendo a sus sociedades.
Lo que presenciamos no es solamente una sucesión de manifestaciones. Es el cuestionamiento de un orden económico y político que ha ido desplazando las necesidades humanas del centro de sus decisiones.
Sin duda, hay algo profundamente trágico en la historia de la humanidad: pareciera que los pueblos necesitan sentir el aliento del fascismo sobre sus propias cabezas para despertar. Como si la memoria histórica no bastara, como si las catástrofes del siglo XX no hubieran dejado suficientes lecciones. Solo cuando el autoritarismo comienza a arrebatar derechos y libertades, una parte de la sociedad comprende la magnitud del peligro.
¿Cuánto tiene que perder una sociedad para decidirse a defender aquello que generaciones anteriores conquistaron? ¿Hasta cuándo? ¿Hasta que ya no tengas casa? ¿Hasta que tus derechos sociales desaparezcan? ¿Hasta que los más necesitados queden totalmente abandonados frente al poder económico de unos cuantos?
Europa se ha vendido a los intereses económicos de una oligarquía cada vez más pequeña y poderosa. Y que la gente se vaya a la mierda. Pues no: los pueblos se levantan y luchan por la justicia y por el derecho a una vida digna para todos.
En este tiempo de colapso del capitalismo tardío, la acumulación de capital se volverá cada vez más vertiginosa y los grandes privilegios, concentrados en manos de unos cuantos, no quieren ser compartidos.
Si por Trump fuera, se adueñaría de todo. Sus visiones supremacistas lo conducen a una concepción de la realidad en la que millones de seres humanos son considerados desechables. Pero no permitiremos que esa visión triunfe.
La historia ofrece una y otra vez oportunidades para replantear el rumbo de las sociedades y transformar las estructuras políticas y económicas que han dejado de responder a las necesidades de sus pueblos. Europa se encuentra nuevamente ante una de esas encrucijadas. Si sus gobiernos quieren evitar que el descontento social se profundice, no basta con condenar los disturbios, criminalizar las protestas o responder con represión. Tendrán que atender las causas que han llevado a millones de personas a cuestionar el orden establecido, recuperar sus responsabilidades sociales y abrir caminos para una transformación profunda de un sistema que ha dejado de servir a quienes debería representar. Porque cuando las instituciones cierran las posibilidades de cambio, las calles se convierten en el espacio donde los pueblos reclaman su derecho a decidir sobre su propio futuro.
Y quizá sea precisamente ese el nuevo fantasma que recorre Europa: el despertar de una conciencia social que comienza a reconocer que la pérdida de sus derechos no es inevitable, que la precariedad no es un destino y que las conquistas históricas pueden y deben defenderse. Un fantasma que no amenaza a los pueblos, sino a quienes han convertido la política en instrumento de acumulación y privilegio. Porque cuando las sociedades dejan de aceptar como natural su propio despojo, aquello que parecía un orden inamovible comienza a resquebrajarse.
¡Los pueblos del mundo se levantan contra el fascismo! ¡Vive la révolution!