El efecto Rozat: trazos para una relectura crítica al Repensar la Conquista

 Itzá Eudave Eusebio

Instituto de Investigaciones Filológicas, UNAM

itzaeudave@filos.unam.mx

Guy Rozat Dupeyron (1943-2026) nos ha dejado físicamente, pero deja su pensamiento para profundizar en lo que llamó el hoyo negro de la conquista, un espacio en el que una y otra vez se retoman los mismos tropos, las mismas historias para justificar la conquista americana, en un lugar al parecer sin salida. Sin embargo, una luz al final de este hoyo puede posibilitar otras lecturas del pasado, para ello, Rozat no solo hizo la crítica para marcar los errores de no tomar en cuenta los contextos de los cuales provenían los europeos conquistadores del siglo xvi. Con sus publicaciones, trazó un camino para repensar la conquista, al observar los elementos de origen medieval que dan sentido a las ideas e imaginarios que sostienen la empresa de conquista, así como los símbolos inventados o reinventados para el contexto americano a través de estos relatos. Así, los indios imaginarios se superponen a los de verdad, porque las narrativas de la conquista tenían ese objetivo, el desplazamiento y la sustitución del mundo indígena.

Conocí a Rozat a través de sus letras, al leer Indios imaginarios e indios reales, un libro que llegó a mis manos cuando comenzaba a estudiar la maestría en Estudios Mesoamericanos en la UNAM, allá por el año 2005. Después leí América, imperio del demonio. Las reflexiones y explicaciones vertidas en ambos libros me hicieron profundizar en lecturas y elementos que en las crónicas y estudios sobre el pasado siempre resultaban en repeticiones de mensajes e ideas muy similares. Con el tiempo, le pedí que se integrara a mi comité sinodal, a lo cual accedió; por lo que con su guía y nuevas lecturas, profundicé en contextos necesarios para comprender que gran parte de los que nos han contado de la historia es resultado de una invención, develando la caricatura de historia que nos enseñan oficialmente, lo cual es necesario repensar para reescribir desde otro lugar de enunciación.

Nos conocimos en persona al visitarlo en Xalapa, me recibió en la Pitaya, en un ambiente de bosque selvático, con lluvia, neblina y calor permanentes. Ahí, me abrió las puertas de su Biblioteca, lo que me permitió leer libros que no había por acá en ese momento, ni en línea, ni en las bibliotecas. Con tiempo y trabajo acompañó mi tesis, hasta el día del examen; y después, con sus agudas y precisas observaciones a los trabajos que se presentaban cada año en el SeminarioRepensar la Conquista, y que él organizó durante 22 años en la Universidad Veracruzana. Los frutos de ese espacio, que consolidan un modelo para repensar la historia de la conquista, se observan en los diversos artículos y personas que siguen esta línea crítica historiográfica, los cuales se pueden consultar en Graphen, revista de historiografía(https://revistagraphen.com/index.php/ojs/index).

El demonio como arma imperial cristiana en la conquista de América

En América, el Demonio llegó con la propia evangelización y junto con todos los intentos eruditos, antiguos o recientes, por encontrar semejanzas o aproximaciones a esta figura de la angustia occidental […] El demonio, arma imperialista por excelencia, tuvo que ser importado con gran despliegue discursivo, e impuesto en la conciencia americana a fuego y sangre para siempre (Rozat, 1995, p. 85).

La dicotomía entre el bien y el mal, idea representada y socializada como lo bueno frente a lo malo, simbolizada por el demonio, se ocupó en las crónicas coloniales para el control de los indígenas y sus comportamientos, al vigilar las conductas humanas bajo una pedagogía de choque que se encargó de colonizar las formas de ser y estar en el mundo, al transmitir normas de conducta cristianas a la vida de las sociedades coloniales, al imponer un control social permanente a partir de identificar e identificarse entre ser “buena” o “mala” persona. De acuerdo con Rozat, este símbolo del mal fue el arma imperialista en las guerras de conquista y evangelización por los territorios en los que se expandió el cristianismo, exportando dicha figura de la angustia occidental a América.

En 2025 se cumplieron 30 años de la publicación de América, imperio del demonio (1995), reeditada en Veracruz por Mar adentro. La relectura de esta obra nos permite repensar algunos tropos y aspectos básicos en la manipulada historia de la conquista y colonización de América, ya que este trabajo nos recuerda cómo los religiosos justificaron su labor evangelizadora bajo el pretexto de luchar permanentemente frente al símbolo del mal y sus diversas formas de presentarse,

porque es evidente que la figura demoniaca está en el centro del mito de fundación cristiano; sin él no hay pecado, ni redención necesaria, ni Iglesia posible, sin él la presencia española no tendría objeto y todos los esfuerzos de retórica desarrollados por los juristas y teólogos españoles se vuelven vanos y pueriles (Rozat, 1995, p. 85).

Debemos recalcar esta explicación: el demonio es el principal tropo en “el mito de fundación cristiano” porque el temor de Dios, el imperio del miedo funcionó para ordenar el mundo desde la perspectiva de la filosofía cristiana. Su exportación y adaptación a otros mundos, a través de distintas analogías, impuso la idea del mal a diferentes contextos y geografías, ocupando para ello, elementos simbólicos indígenas. Por eso, también será el tema central para justificar la guerra frente al otro no cristiano, ante las costumbres y creencias de otros pueblos en el mundo. En el caso de la América antigua:

Esta imposición no fue nada fácil, un ejemplo nos lo da fray Andrés de Olmos cuando escribió, en náhuatl, su Tratado de hechicerías y sortilegios, que a pesar de los intentos de comentaristas modernos no tiene prácticamente nada que ver con el mundo prehispánico y las creencias americanas, pero sí muestra la finalidad de construir este corpus de textos, este imaginario, con el cual se impuso, por medio de la predicación, la existencia de esta figura central de la conciencia cristiana (Rozat, 1995, p. 85).

La invención del diablo y lo diabólico fue el resultado de la mezcla de creencias muy antiguas, recuperadas en las diversas exploraciones y conquistas en las que la Iglesia católica participó. Para el pensamiento cristiano representó el símbolo perfecto para enseñar la parte contraria del bien encarnado en su dios, un ángel ‘caído’ que se presenta todopoderoso, pero con una fuerte presencia de lo oscuro, lo prohibido, es decir, el mal y la maldad representada con la idea del demonio, responsable de todas las acciones negativas según esta moral religiosa. Así, Rozat explica el uso de la figura del demonio en América como un arma de conquista.

Indios imaginarios e indios reales en los relatos de la conquista

En primera instancia, ¿qué puede ser un “demonio” para un precolombino? Si la figura demoniaca es una “realidad” para el Occidente cristiano, ¿lo es también para un indígena precolombino? (Rozat, 2002, p. 191)

Esta pregunta aparece en Indios imaginarios e indios reales en los relatos de la conquista (2002), ligando con su primer trabajo publicado, el cuestionamiento clave para develar una figura, un símbolo ocupado para justificar la guerra de conquista en América, y en otras partes del mundo. La realidad sustentada en el imaginario europeo se afirma en la figura del demonio, la contraparte de su dios, lo requiere para enseñar la diferencia entre el bien y el mal, ejes centrales de la filosofía cristiana, lo cual, no era igual para los pueblos indígenas. Sin embargo, la idea del mal representada por el demonio cristiano tomaría formas y representaciones diversas en América.

Para una lectura crítica de la historia del México antiguo es necesario leer Indios imaginarios e indios reales, ya que permite repensar algunos tropos y aspectos básicos en la manipulada historia de la conquista y colonización de América, por lo que la “pretensión es el acceso a un conocimiento ‘más auténtico’ y escribir un relato de este encuentro, sino nuevo, por lo menos diferente, tendremos que atravesar estas capas discursivas sedimentadas desde hace siglos sobre este momento histórico” (Rozat, 2002, p. 17). Para ello, Rozat se dio a la tarea de desmenuzar las principales crónicas de la llamada conquista, revisando “un cierto número de textos producidos en los siglos xvi y xvii. Sabemos que estos textos fueron escritos, leídos, copiados (e impresos a veces) en una época durante la cual dominó en México y en Europa un sistema de valores y de referencia simbólica que encontraba su origen en la cultura teológico-histórica medieval” (Rozat, 2002, p. 27).

Estas ideas recuperadas y repetidas desde la Edad Media, dieron sustento a la empresa de conquista encabezada por la corona española y la Iglesia católica en América, por lo que el desprecio, despojo y explotación se vivieron por igual en Europa y en los territorios del llamado “Nuevo Mundo”, por ello, “el tratamiento simbólico y físico que recibieron los “indios” americanos (como todas las poblaciones exóticas) no es tan diferente del que fueron objeto los campesinos franceses, alemanes, ingleses o españoles. La Edad Media muestra su odio y su negación del campesino; el villano. Si acaso tiene alma es ciertamente un alma de segunda clase, como la del indio” (Rozat, 2002, p. 31).

En este contexto, es necesario repensar que uno de los principales puntos de este libro es el cuestionar la idea de los supuestos informantes de los cronistas, ya que “los textos “indígenas” de la conquista no podían ser “indios”, en el sentido de que tanto su forma lingüística como la lógica de su sentido, nos parecerían tanto estar organizados sobre una escatología típicamente medieval occidental: el presente texto intenta mostrar y justificarlo” (Rozat, 2002, p. 32). Esto es muy importante dado que se ha tomado como verdaderos los registros de imaginarios diálogos indígenas llamados huehuetlahtolli, los cuales han sido ya analizados con profundidad para demostrar que son reinvenciones cristianas de su filosofía, pero filtradas a formas discursivas indígenas (Cf. Pastor, 2021, Pantoja, 2018, Eudave, 2023). En ese sentido, Rozat señala que:

Partiendo de la cuestión de la indianidad de los “textos indígenas de la Conquista”, hemos sido inducidos a cuestionar su status epistemológico. Hemos concluido que no pudieron ser indios, si se entiende por indios algo diferente a una caricatura producida por el discurso cristiano-occidental. Hemos sido igualmente inducidos a mostrar cómo la historia contemporánea, a pesar de sus harapos antropológicos de los cuales está muy orgullosa, tiene muchas dificultades, en general, para leer e interpretar los textos producidos en cualquier otra “funcionalidad” histórico social diferente de aquella que la sostiene (Rozat, 2002, p. 333).

En la invención historiográfica de los indios americanos, las crónicas y narrativas dejan a la vista el contexto del cual provenían los autores, por eso en la reconstrucción de la nueva historia colonial, los europeos interpretan que los antiguos indígenas se guiaban por augurios y supersticiones que en realidad son de origen europeo, lo cual ya desde la época de “los romanos, retomando otras herencias más antiguas (etrusca, helénica, caldea, frigia, hebrea, etc.), elaboraron una ciencia extraordinaria de la interpretación de los signos y los presagios, cuya tradición atravesó toda la época medieval e incluso se hace oír hasta hoy” (Rozat, 2002, p. 33). Para analizar el origen de estas ideas se hace referencia al trabajo de Le Goff, quien expuso las características del pensamiento escatológico medieval, al señalar que en esta época: “se alimentó una excepcional sensibilidad de los hombres de la Edad Media a esos signos naturales portadores para ellos tanto de espantos como de promesas” (Le Goff, 1972, p. 402).

Así, como resultado de la colonización “la “indianización” de ciertos presagios no impide una sistematización de los prodigios idénticos a aquellos que hemos visto funcionar en la Edad Media cristiana siguiendo la tradición grecolatina o la colonial “indígena” española” (Rozat, 2002, p. 66). Por lo que, si releemos con cuidado las crónicas y relatos de la imaginaria conquista, podemos repensar de forma crítica dicho proceso, develando las falsedades impuestas en las descripciones de los indígenas americanos, los distintos territorios, y sus culturas. Por ello, Rozat explica que en la religión augural romana se encuentran “elementos que permanecieron constantes en el pensamiento medieval y sirvieron de modelo discursivo para la construcción de los ‘signos indígenas’” (Rozat, 2002, p. 70).

Asimismo, explica que en la construcción de estos relatos se evocan la aparición de augurios en los que “se puede encontrar en ellos una analogía de estructura. Este universo simbólico se ordena según los cuatro elementos fundamentales del universo estoico, que serán los mismos que los del universo medieval” (Rozat, 2002, p. 134). En ese sentido, es que se pueden analizar cómo es que la caída de Tenochtitlán será descrita de manera análoga con la caída de Jerusalén, convirtiéndose en un tropo repetitivo para justificar la guerra de conquista, para ello, “el relato de Josefo gozará de tal importancia que lo encontraremos en casi todas las bibliotecas medievales, eclesiásticas o privadas, como referencia de autoridad sobre los textos y comentarios dedicados al fin de la Jerusalén israelita” (Rozat, 2002, p. 143).

De acuerdo con lo anterior, dicho modelo será ocupado al construir la lógica de las crónicas que describen la caída de Tenochtitlán, ya que “los textos, que nos reportan la caída de México fueron escritos en esa lógica de la salvación que tomó a Jerusalén como punto de referencia obligado” (Rozat, 2002, p. 157). La explicación a estas referencias se encuentra en la larga tradición escatológica y milenarista de la cual abrevaron las órdenes religiosas que llegaron a América, dado que por entonces “La religión católica medieval admitía que los tiempos estaban ya consumidos, que la preparación evangélica, en acción desde hacía siglos, entraba en su fase final. No resta más que esperar —pensaban— que se completara la visión escatológica de los profetas anunciando el fin de la Jerusalén terrestre y el advenimiento del reino sin término” (Rozat, 2002, p. 169).

En este contexto, se comprende la utilización de indios imaginarios como fuente de información, citada en contextos en los cuales estaba de más si habían existido o no los informantes, ya que se ocupaban como justificación de que lo escrito quedaba avalado por supuestos testimonios recuperados por algún autor. En este orden de ideas, para Rozat, la conquista: “no se trató realmente de una terrible y trágica confusión, que quizás estas dos civilizaciones, en realidad, no se enfrentaron jamás, que los lugares simbólicos donde las dos civilizaciones propusieron el enfrentamiento no fueron los mismos y que, de hecho, no pudieron enfrentarse jamás. Se impuso, simplemente, el sistema más violento y más destructivo” (Rozat, 2002, p. 336).

Preeliminares de la conquista

En el libro Preeliminares de la conquista (2023), Guy Rozat intenta resumir más de 40 años de reflexión solitaria, como él mismo escribe, de repensar América y lo americano. Un trabajo que, ante la repetición del mismo discurso sobre la conquista durante 500 años, hace necesario que se vuelva a explicar cómo se fue construyendo el tropo repetitivo de la supuesta conquista. Porque como explica Rozat, “en México esa ambigua presencia de presagios y profecías se ha vuelto la piedra angular del relato nacional compartido sobre la Conquista de Tenochtitlán, lo que ha hecho verosímil una supuesta explicación de por qué la respuesta indígena fue inadecuada y la conquista hispana tan sencilla” (Rozat, 2023, pp. 15-16). Por eso, Rozat, ante esa explicación difundida y repetida como “verdad”, nos invita a repensar desde nuestro tiempo, “la naturaleza de los testimonios que nos dejaron los supuestos testigos de la conquista. [Porque], es aquí, que la presencia de presagios y profecías se vuelve problemática” (Rozat, 2023, p. 17). Sobre todo, si consideramos que “esta presencia de presagios y profecías es considerada usualmente como productora de inteligibilidad indígena”, dando como consecuencia la invención o ficción de los habitantes de la América antigua. Por lo tanto, “los presagios y las profecías no son más que partes necesarias de una retórica occidental que justifica a posteriori la toma de poder de estas regiones” (Rozat, 2023, p. 18).

Rozat también desmenuza la falsa creencia de que algunos cronistas religiosos hayan sido los primeros antropólogos, por sus escritos y la forma de presentar la información. Ante ello, señala, enfático, que Sahagún no era antropólogo, “él no trataba de conservar y salvar la genuina cultura americana, como muchos lo pretenden, sino que intentaba, antes que todo, acabar con ella, junto a sus hermanos a toda costa y para siempre […] Su mirada sobre el mundo americano era lo que su imaginario le dictaba” (Rozat, 2023, pp. 20-21). En ese sentido, explica que, en la obra de fray Bernardino de Sahagún, destaca la importancia teológica de Tenochtitlán y Jerusalén, ocupando la construcción del tropo de la caída de ambas ciudades, bajo designios divinos, lo cual resultaba en una fórmula muy importante para repetir e imponer el relato hegemónico de la conquista. De esta manera, “los presagios que nos reporta el buen Sahagún y que anunciaron la conquista, son casi los mismos que anunciaron a los judíos, según Josefo en su Guerra de los Judíos, la ruina de Jerusalén” (p. 173).

De acuerdo con Rozat, para no repetir el relato impuesto sobre la supuesta conquista, necesitamos leer y conocer los antecedentes del modelo de conquista, porque antes de llegar a América, “los hispanos ya se habían fogueado en la destrucción de los pueblos de las islas atlánticas cercanas a África y, después, de las poblaciones de las Antillas […] Los reyes católicos estaban interesados en rehacer la unidad política del antiguo reino godo” (Rozat, 2023, p. 38). En su reflexión, Rozat se hace una pregunta ¿a quién pertenece el relato de la conquista? respondiendo que “las narrativas de la conquista no fueron pensadas para los mexicanos, eran textos que pretendían dar visibilidad a la gran epopeya conquistadora hispano-cristiana en curso, justificándola. Y es en esa estrecha lógica historiográfica, teológica y escatológica, que tales textos fueron escritos y recibidos durante varios siglos” (Rozat, 2023, pp. 41-42). Por lo tanto, las crónicas, como las primeras síntesis explicativas de la conquista, “pertenecieron a lógicas historiográficas colonialistas y racistas, al establecer lo que denominó como “dispositivos retóricos centrados en la diabolización y animalización del otro” (Rozat, 2023, p. 44), los cuales se remontan mucho más allá, ya que “operan desde la constitución misma del pensamiento occidental […] una maquinaria implacablemente afinada ya en los siglos xi y xii, en un primer momento de expansión occidental con las cruzadas” (Rozat, 2023, p. 44).

De acuerdo con lo anterior, desmenuza las “primeras escrituras de la historia hispana”, otro de los preliminares de la conquista. Para ello, retoma a un personaje clave en el recuento de los antecedentes de la invasión occidental, Isidoro de Sevilla, del cual nos recuerda “que en siglo vii escribe una Crónica que establece la legitimidad del reino godo, al cual servía y apoyaba” (Rozat, 2023, p. 70), criticando a los romanos, ya que para él, los hispanos eran el nuevo pueblo elegido, así que debía alejarse de lo que fuentes romanas y griegas habían establecido al señalar que los orígenes de los hispanos eran escitas. De acuerdo con Rozat, instala con su escritura a los godos en tres niveles históricos: en la historia de la España antigua, en la historia de Roma y en la historia universal cristiana. Lo anterior es importante, ya que “este modelo de instalación en la historia será probablemente el origen del modelo que utilizarán después de la conquista los llamados cronistas indígenas” (Rozat, 2023, p. 74), como hace Tezozomoc (Pantoja, 2018).

En otro momento, al reflexionar sobre repensar y escribir desde otro lugar de enunciación el relato impuesto de la historia de la conquista, Rozat explica que se necesita releer y hacer el cruce de fuentes tomando en cuenta los contextos de los europeos colonizadores, pero, sobre todo, “si creemos que las experiencias culturales milenarias americanas habían alcanzado un gran nivel de conocimiento, de dominio y transformación de la naturaleza, parece que ya es tiempo de que presagios, profecías y la entrega de poder por Moctezuma a Cortés, se consideren a su vez como patrañas colonialistas” (Rozat, 2023, p. 102).

Con estos antecedentes, Rozat enfatiza en señalar que los cronistas no eran hombres nuevos, ni renacentistas, ni humanistas, ya que “la mayoría de ellos, particularmente las primeras generaciones, fueron formados por una enseñanza escolástica, aunque muchos no llegaron a colegios ni universidades. Su formación la debían esencialmente a algunas escasas lecturas que formaban parte de la cultura medieval” (Rozat, 2023, p. 142). Además, señaló que “no debemos olvidar que las crónicas fueron escritas para un lector hispano u occidental, y como tales se inscriben en una relación de comunicación que tiene sus exigencias y sus propios criterios de historicidad. Que Sahagún y otros religiosos hayan trasladado sus textos a lenguas indígenas, no quiere decir que esos textos contengan “espíritus indígenas”, no se buscó conservar las antiguas culturas americanas sino destruirlas” (Rozat, 2023, p. 247). Y advierte que, erigir las crónicas de la conquista como fuentes de historia nacional o universal, “impide reintroducirlas en el proyecto historiográfico global al cual pertenecen. Por ello, cuando logramos alejarnos de la doxa nacionalista y universal respecto a la historia, podremos tal vez, entender la naturaleza de lo que ocurre en la redacción de dichas crónicas y su finalidad epistémica” (Rozat, 2023, p. 256).

Otro relato de la conquista es posible

En el trabajo de repensar la conquista, Guy Rozat Dupeyron lanzó distintas balizas para trazar otros caminos historiográficos, intentando profundizar a contrapelo en los caminos de otro relato sobre la conquista y colonización en América, un modelo crítico para releer y reescribir la historia, eso que sus estudiantes y compañeros del Seminario Repensar la Conquista, han llamado: el “efecto Rozat”. Para cerrar, queremos recuperar unas palabras de Indios imaginarios e indios reales, en las que dejó impresa la aspiración que tenía con su trabajo:

Quizá lo más importante es esperar que nuestro estudio sirva para que alguien elabore esos elementos de un nuevo discurso histórico-político, cada día más urgente, como base de una nueva conciencia histórica que no solamente permita precisar las posiciones frente a ciertos aspectos “burgueses” de la ideología nacional, clarificando así las controvertidas polémicas sobre “lo popular” o “lo mexicano”, sino también que permita participar en un nuevo impulso de las luchas antiimperialistas (Rozat, 2002, pp. 336-337).

Quienes continúan con estas ideas, recuperan también la posición política de quien se dedica a la historiografía crítica, descolonizadora. De eso tratan los libros y artículos de Guy Rozat, los cuales invitamos a leer y retomar, puesto que en sus análisis y reflexiones podemos encontrar otras rutas por explorar, para repensar por cuenta propia las diversas historias del gran relato de la conquista, haciendo a un lado los prejuicios e imaginarios del colonizador. Su espíritu combativo no sólo se reflejaba en sus escritos, sino en su forma de compartir y convivir con las personas, espíritu formado en el trabajo del campo, entre conocimientos en torno a la tierra y las posibilidades de los libros que encontró en la universidad, concretada en la rebeldía del Mayo del 68.

Guy Rozat además de leer y escribir, dedicaba gran parte de su tiempo a la pequeña granja familiar, y un huerto de autoconsumo, manteniendo vivo su origen campesino en la cotidianidad, al cuidar y preparar los alimentos con un toque de maestría culinaria, que para quienes hayan podido comer sus platillos y postres, podrán saborear al recordarlos. A la tierra que cuidó ha vuelto. Con sus libros, artículos y conferencias, Rozat ha generado un efecto historiográfico, un modelo para desmenuzar las crónicas de la conquista, por lo que el trabajo de repensar y explicar de otro modo la llamada conquista continúa.

Y como recordó hace poco un amigo, si la muerte libera, se libre maestro Rozat.

Datos biográficos

Guy Rozat Dupeyron estudió el doctorado en Sociología por la Universidad de Nanterre (1975). Comenzó su labor como profesor-investigador en la Escuela Nacional de Antropología e Historia (1976), y desde 1988 estuvó adscrito al centro INAH-Veracruz. Fue Investigador Nacional, nivel 1. También fue profesor en la Facultad de Historia de la Universidad Veracruzana, y en la licenciatura de Antropología Social de la ENAH; además de ser coordinador de dicha área entre 1975 y 1987, tiempo en el que impartió 60 cursos a nivel licenciatura y maestría. Asimismo, Rozat fue fundador de la Licenciatura de Historia en la ENAH (1982); y dirigió cerca de 30 tesis de Antropología Social y de Historia. Entre los reconocimientos que recibió se encuentran: Premio Clavijero, otorgado por INAH-CONACULTA en 1992. Premio al mejor artículo sobre tema colonial otorgado por el Comité Mexicano de Ciencias Históricas en 1996. Recibió la beca Rockefeller-UIA, Programa Gramática de la Memoria en 1995, y fue profesor emérito del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH).

Las principales publicaciones de Guy Rozat son: América, imperio del demonio. Cuentos y recuentos, Universidad Iberoamericana, México, 1995. Los orígenes de la Nación, pasado indígena e historia nacional, Universidad Iberoamericana, México, 2000. Indios imaginarios e indios reales en las crónicas de la Conquista, INAH-BUAP-Universidad Veracruzana, Xalapa, 2002. Preeliminares de la conquista, México, Mar Adentro, 2023. También tiene más de 60 artículos y capítulos de libros, una buena parte de su obra se puede consultar en el blog: https://guyrozatrepensarlaconquista.blogspot.com/. Además, se pueden leer algunos de sus artículos, y de quienes pertenecen al Seminario Repensar la Conquista, en la página de la revista que coordinaba: https://revistagraphen.com/index.php/ojs

Referencias

Eudave Eusebio, Itzá, Colonización del ser y el saber indígenas en la Historia general de las

cosas de Nueva España. Lectura crítica a la obra de fray Bernardino de Sahagún, Bonilla

Artigas Editores, México, 2023.

Le Goff, J., La civilisation de l’Occident Médieval, Arthaud, París, 1972, p. 245.

Pantoja, José, La colonización del pasado. El imaginario occidental en las crónicas de Alvarado Tezozómoc, México, Colofón, 2018.

Pastor, Marialba, Los pecados de la carne en el Nuevo Mundo. La visión española del indio

americano, México, Crítica, 2021.

Rozat Dupeyron, Guy, América, imperio del demonio. Cuentos y recuentos, Universidad Iberoamericana, México, 1995.

Rozat Dupeyron, Guy, Indios imaginarios e indios reales en las crónicas de la Conquista, INAH-BUAP-Universidad Veracruzana, Xalapa, 2002.

Rozat Dupeyron, Guy, Preeliminares de la conquista, México, Mar Adentro, 2023.

Ruiz Bañuls, Mónica, El huehuetlatolli como discurso sincrético en el proceso evangelizador novohispano del siglo XVI, Italia, Bulzoni Editore y Universidad de Alicante, 2009.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *