La nostalgia lumínica de Patricio Guzmán

 Eduardo Sabugal

“Nostalgia y esperanza parecen ser los resortes últimos del corazón humano”.

María Zambrano

La primera vez que visité Chile aún circulaban las monedas que tenían inscrita en el canto la leyenda: por la razón o la fuerza. Era el año de 1998 y los chilenos aún veían muy lejano el posible juicio contra Pinochet y más lejana aún su muerte. Mi regreso a Chile tardó 8 años, y el día que aterricé en Santiago murió el exdictador y genocida que tanto daño le había hecho al país de los poetas. Era el 10 de diciembre de 2006 y toda la ciudad había enloquecido; en el mercado central las personas se congregaban frente al televisor, siguiendo los pormenores de una muerte que tantas veces desearon. En las calles, los claxon de los autos sonaban en forma de festejo. Muchos rostros apenas si pudieron sonreír; el hombre finalmente se había ido de este mundo sin un juicio político y sin pisar la cárcel. La estatua de Salvador Allende, a espaldas del Palacio de la Moneda, se llenó de ofrendas simbólicas y flores. El diez de diciembre se alargó hasta la madrugada, y todo Chile se cimbró por una noticia que lamentablemente no cicatrizaba nada. La herida nuevamente dejó correr su hilo de memoria hasta que la luz del día once hizo brillar la cordillera.

El documental El caso Pinochet, de Patricio Guzmán, realizado en el 2001, también esperó paciente cinco años para que los chilenos pudieran verlo con otros ojos. Circulando por la avenida Alameda, uno podía leer, en la marquesina de un cine comercial, el título de ese documental realizado por el famoso y querido Pato Guzmán. Nombre de un artista que durante casi 25 años fue imposible de ver escrito en una cartelera en su propio país. El film hablaba ya de un Pinochet muerto, y aunque miles de chilenos sabían que esa muerte no sanaba una herida muy profunda, sí simbolizaba el fin de algo. Habrá que creer en el infierno, decían algunos, como exigiendo un juicio que fue imposible aquí, en el reino de este mundo.

El documental registraba el último aliento de esperanza que tuvieron los chilenos respecto a la detención y extradición de Pinochet. Ese último asomo de esperanza lo encarnó el fiscal Carlos Castresana y el juez Baltasar Garzón, que pidieron la extradición de Pinochet a España para ser juzgado por los crímenes que cometió. El film de Patricio Guzmán es instructivo, hace una rápida revisión histórica sobre la situación que llevó a Pinochet al poder tras el golpe militar y el asesinato del presidente Salvador Allende. Sigue paso a paso los acontecimientos generados por el requerimiento del juez Garzón hasta la llegada de Pinochet a Chile. Finalmente, el film cerraba con los esfuerzos de un juez chileno para implicar a Pinochet en la desaparición y asesinato de casi tres mil personas a lo largo de su dictadura.

El documental de Guzmán lo vi hace mucho, en una pequeña sala de cine, pero aquellas imágenes con las que cerraba el film sólo las comprendí con mi segunda visita a Chile. Esas imágenes registraban la instalación de la primera estatua dedicada a la memoria de Salvador Allende en la ciudad de Santiago de Chile. Pienso en esa estatua llena de flores, que recuerda a un hombre que de alguna manera sigue vivo, fuertemente vivo. Paradójicamente, la muerte del genocida recordó la fuerza y la firmeza con la que vive aún Salvador Allende.

La maestría de Guzmán en la dirección de ese film no era menor a la de aquella lejana película de 1977, La batalla de Chile. Me pareció un documental necesario, que arrojaba luz no sólo sobre la historia de Chile, sino que invitaba a reflexionar profundamente sobre la justicia y los procesos jurídicos en todo el mundo. A la distancia, quiero pensar que los movimientos dialécticos de la historia enseñan que siempre es por la razón y nunca por la fuerza como se inscriben los acontecimientos. Sin embargo, ese optimismo no parece en consonancia con la historia real.

En el 2010, lejos del tono historiográfico, mi diálogo íntimo con Patricio Guzmán me hizo llegar a otro film documental suyo, Nostalgia de la luz, donde, por una sincronicidad que no pretendo entender, encontré una respuesta a ese optimismo aparentemente infundado. Se trataba de un documental luminoso, realizado en un tono casi metafísico, lleno de sabiduría. Aparecía muy poco el asunto político o jurídico y, sin embargo, Guzmán volvía a empuñar el tema de la memoria y el olvido, tantas veces abordado desde su mirada. Mediante una voz en off demasiado conocida, redescubría al Patricio Guzmán poeta, humano, viejo niño enternecido, sabio, filosófico.

De Nostalgia de la luz no me interesa su aspecto técnico, ni su maestría narrativa de documentalista maduro, ni sus más de diez premios internacionales, ni su presencia en Cannes del 2010, ni los imponentes y bellos observatorios del Paranal, Gémini y la Silla con sus inmensos telescopios; me interesa su mirada llena de esperanza y amor. Una esperanza fundada en nuestra capacidad de búsqueda y nuestra experiencia de lo visible. Aquellos que nosotros hacemos visible. Y un sentimiento amoroso a partir del asombro, quizá de la experiencia del espíritu absoluto, de eso que Hegel llama lo sublime y que resultaba de hacer palpable lo infinito en lo finito, una inconmensurabilidad producto de nuestra pequeñez respecto al universo y la Historia, así, con mayúscula.

La luz, y todo el poder metafórico que esta implica respecto a la visibilidad, le sirve a Guzmán para internarse en un doble desierto, el físico-geográfico, el desierto de Atacama, y el desierto de la memoria (la impunidad y la herida aún abierta). La astronomía y la antropología son dos haces que iluminan la memoria y que hacen patente el esfuerzo de los buscadores, de esos extraños memoriosos que avanzan en medio del olvido. Los años se relativizan. Las décadas, los siglos o los millones de años dicen, en el fondo, un mismo tiempo.

Patricio Guzmán hace hablar a Vicky Saavedra y a Violeta Berrios, mujeres hormiga que siguen ese ejercicio memorioso de búsqueda que iniciaron hace mucho las “mujeres de Calama” y que en el 2002 suspendieron. Encontrar al familiar desaparecido por la dictadura, en medio del desierto, se convierte en un acto casi irracional que, sin embargo, transmite algo, al tiempo que genera algo. No es un acto de psicomagia, ni es una necedad enfermiza, no es tampoco una labor de científico obstinado. Es sólo un gesto humano, demasiado humano. Buscar al ser querido, enterrarlo, rendirle honores, recordarlo. Es un gesto combativo, de supervivencia, de defensa de lo humano. De seguir siendo esto que ahora conocemos como humanidad.

Como el primer Homo sapiens sapiens que miraba al cielo y se maravillaba, y que guardaba los huesos de sus muertos, así, el hombre que anhela el Pato Guzmán es un hombre memorioso, que busca en el cielo y en el polvo del desierto. Polvo somos, y Nostalgia de la luz es justo la crónica de una iluminación cada vez más en desuso, sobre la superficie polvosa de la historia, la iluminación de la mirada humana.

Parecería innecesario que, en aquel 2010, un documentalista nos recordara el poder de la luz y la mirada, pero no lo era. La urgencia de esa nostalgia chilena es la urgencia de nuestra humanidad ciega, aún hoy, que no encuentra al otro (asesinado ruinmente y lanzado al olvido), que no mira la bóveda celeste y que repite, perdido, una y otra vez, sus pasos de ciego en medio del desierto.

Esta hermosa nostalgia lumínica nos recuerda que nosotros hacemos ver lo visible y aparecer lo desaparecido. Ni la razón, ni la fuerza, la luz.

 

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