El ritmo de mi paso. Tres poemas
Permanecer de pie
Escribo para la niña de doce años
que vació su cuerpo
hasta quedarse limpia de certezas.
Aquella que sintió el vientre
retorcerse en espirales,
como si la materia misma
buscara una salida
a lo que jamás tuvo nombre.
A veces,
cuando posa sus manos en mi cintura,
en ese contorno estrecho
donde se acumulaba el mareo,
reaparece una tensión remota,
una grieta tibia que recuerda
lo que allí estuvo guardado.
La espiral no se destruyó;
únicamente cambió de rumbo,
se abrió espacio hacia afuera,
dejándome intacto el centro del aire.
Paredes de hábito
Las calles que alguna vez parecieron un laberinto
hoy son solo líneas trazadas de memoria.
Sé exactamente dónde termina cada acera,
qué esquina guarda el viento
y qué puertas no se abrirán jamás.
Esta ciudad se ha vuelto estrecha.
No por sus edificios, sino por la costumbre.
Camino por ella como quien recorre
un recinto en el olvido,
sabiendo que nada de lo que ocurra aquí
podrá tomarme por sorpresa.
Hay algo en mí
que no cabe en estos márgenes,
la quietud de este lugar
ya no coincide con el ritmo de mi paso.
Vértigo
Subir a veces es una forma de ir cansando la mirada.
Contamos los peldaños, uno a uno,
creyendo que la altura es una promesa,
un lugar donde la luz debiera ser más clara.
Pero el aire arriba no siempre es más puro;
a veces solo está más solo.
Hay ascensiones que nos alejan
de lo que de verdad sostiene el cuerpo.
No todo lo que se eleva se acerca al cielo.
A veces, subir es únicamente
el trayecto más largo para volver a tocar el suelo.