Irán no será un nuevo Vietnam… y en realidad eso es bueno
Natán Hinojosa
Esto no significa, por supuesto, que el proletariado deba apoyar todo movimiento nacional, siempre y en todas partes, en todos y cada uno de los casos concretos. De lo que se trata es de apoyar los movimientos nacionales encaminados a debilitar el imperialismo, a derrocarlo, y no a reforzarlo y mantenerlo.
— Koba, el poeta georgiano
Entre 1964 y 1975, el imperialismo estadounidense gastó 168 mil millones de dólares (o 1 billón de dólares actuales) en su inútil y cruel guerra en Vietnam. Fue derrotado, después de matar a dos millones de civiles vietnamitas mediante bombardeos, el uso de armas químicas como el Agente Naranja y matanzas directas.
La larga ocupación tuvo dos motivos. El primero: la URSS le dejó muy claro a Estados Unidos que usar armas de destrucción masiva contra la República Democrática de Vietnam (RPV) constituía un punto de no retorno que desataría un intercambio nuclear. Por lo tanto, el ejército estadounidense tuvo que luchar durante años contra el ejército de la RPV y el Vietcong sin poder usar todo su poder militar. El segundo motivo: Estados Unidos tenía todo el poder logístico para mantener su ejército durante años. Como dijo el general estadounidense Omar Bradley: “Los aficionados hablan de estrategia. Los profesionales hablan de logística”.
Estados Unidos logró mantener a millones de sus terroristas uniformados en Vietnam durante años porque tenía todo el tren logístico necesario para transportarlos, armarlos, alimentarlos, vestirlos, entretenerlos y curarlos. En general, muchos aficionados izquierdistas a la guerra de Vietnam se centran en las tácticas de guerrilla y el heroísmo del pueblo de Vietnam que pusieron en jaque al imperio durante años. Algunos otros, con algo más de conocimiento, explican la estrategia de Vietnam: no centrada en ganar militarmente (algo imposible), sino en hacer perder política y militarmente a las tropas invasoras —algo menos ambicioso, pero aún dentro del marco de lo posible—. Pero pocos cuestionaron el tremendo logro logístico que significó para el imperialismo mantener su enorme ejército (y el de sus aliados, como los 320 mil soldados surcoreanos, quienes también tienen una larga lista de atrocidades contra el pueblo de Vietnam) ocupando la parte sur de Vietnam durante más de una década.
Al ver los paralelismos, (un imperio con control marítimo intentando ocupar un territorio poblado por millones de personas que los odian) muchos, –incluyéndome–, creímos que la estrategia de Irán sería evitar combates directos para preservar sus fuerzas militares al tiempo que se encargarían de hacer de la ocupación estadounidense un infierno: una versión bastarda de la Guerra de Resistencia contra Japón, pero con tecnología del siglo XXI y dirigida por las tropas islamistas. Sí, durante este mes de guerra vimos los acostumbrados crímenes de guerra estadounidenses y sionistas, pero también vimos a los iraníes destruir las capacidades logísticas estadounidenses que les permitirían colocar a su infantería sobre el terreno. Destruir con misiles las bases en la península arábiga e Irak, junto al inmenso daño a sus portaaviones y la destrucción de varios de sus aviones de última generación, obliga a Estados Unidos a solo poder enviar comandos de élite que entran y salen del país persa, pero no a desembarcar sus masas de infantería, las necesarias para ocupar militarmente Irán.
Esto cambia todo el panorama militar. Si Estados Unidos no logra derrotar la fuerza de misiles y submarinos que defienden el estrecho de Ormuz, no puede desembarcar a sus tropas ni comenzar la invasión. Puede lanzar a sus paracaidistas, pero sin apoyo logístico posterior sería un desperdicio enorme de tropas en las cuales ha gastado millones de dólares en entrenar y equipar.
Trump lo sabe. Él no quería esta guerra, o al menos no estaba entre sus planes inmediatos, pero ante el chantaje del Mossad (el servicio secreto israelí) no le queda más opción que el suicidio ante la revelación de su profunda depravación, o lanzar a la 82.ª División Aerotransportada a Irán. Enviar a esos 15 mil paracaidistas podría representar un grave daño táctico contra Irán, pero sería una grave y evidente derrota estratégica para Estados Unidos porque simplemente no puede prestar el apoyo logístico necesario para su victoria. Eso significaría que las tropas estadounidenses o luchan hasta la muerte o se rinden cuando se agoten sus municiones.
El liderazgo iraní lo sabe. Lo está esperando. Pactó las actuales negociaciones e incluso hizo generosas ofertas de ganar-ganar (Irán propuso cobrar peajes a los buques que transitan por el estrecho de Ormuz, sugiriendo una gestión conjunta o cuota compartida con Estados Unidos para monetizar esta vía clave) sabiendo que el ente sionista será el primero en romper la tregua y que Trump no tendría otra opción que seguirlos. Lo hace para mostrar al mundo, pero especialmente al pueblo estadounidense que los servicios de inteligencia israelíes controlan al decadente imperio estadounidense. Que la secta sionista —que quiere provocar un Armagedón para hacer llegar a su prometido mesías— y la secta evangélica —que se aprovecha de esta misma guerra para provocar una supuesta segunda venida de Jesús de Nazaret— están íntimamente aliadas, incluso aunque se desprecien entre sí. Ambas sectas creen utilizarse la una a la otra para traer a su propio mesías. Ambas se equivocan. Son la degeneración absoluta de la religión dentro del capitalismo, ciegas ante todo aquello que no comprenden, y no comprenden al mundo ni lo intentan.
Y eso aún significa que evangélicos y sionistas pueden llevar al mundo a un conflicto donde se intercambien armas nucleares. Podrían realmente acabar con la vida en la Tierra solo por el despecho de perder. Son así de narcisistas y megalómanos.
La decadencia imperialista y décadas de neoliberalismo han hecho de Estados Unidos ya no el centro manufacturero del mundo, sino un Estado de colonos con colonias internas controlado por fanáticos religiosos. Del centro imperial mundial se han convertido en al menos siete naciones unidas tan solo por el poder federal que controla al ejército y las armas de destrucción masiva:
- Pacífico: California, Oregón, Washington (y posiblemente Hawái).
- Suroeste: Texas (con fuerte identidad propia).
- Norte industrial: Grandes Lagos.
- Sur profundo: Estados del sur con tradición secesionista (Alabama, Misisipi, Georgia, etc.).
- Centro y Montañas Rocosas: Zonas rurales, conservadoras y con pocas ciudades grandes.
- Noreste: Nueva Inglaterra y el Atlántico Medio (los verdaderos Estados Unidos; el resto son sus colonias internas).
A esto se superponen otras tres zonas estratégicas:
- El Cinturón Negro: Zona geológica de suelos oscuros y fértiles que atraviesa el sur profundo habitado principalmente por descendientes de africanos esclavizados (desde Texas hasta Virginia, pero principalmente en Alabama, Misisipi, Georgia, Luisiana, Carolina del Sur).
- El Cinturón Bíblico: Región del sur y medio oeste de EE. UU. donde el protestantismo evangélico y conservador es dominante en la vida social y política. Incluye estados como Texas, Oklahoma, Kansas, Misuri, Arkansas, Luisiana, Misisipi, Alabama, Tennessee, Kentucky, Carolina del Sur, Georgia y partes de Florida, Virginia y Ohio. Habitado mayormente por blancos pobres.
- El Cinturón del Sol: Región donde se concentran la mayoría de las minorías étnicas: latinoamericanos (Texas, California, Arizona, Nuevo México, Florida), afroamericanos (Georgia, Florida, Carolina del Norte, Alabama, Luisiana, Texas), asiático-americanos (California, Texas, Florida) y pueblos originarios (Nuevo México, Arizona, Oklahoma —aunque este último no es Cinturón del Sol en el sentido estricto—).
Estados Unidos ha degenerado profundamente, tiene en su territorio 15 millones de lumpenes cuya conciencia social es la aspiración para ascender en las filas de los parásitos; 45 millones de blancos pobres profundamente racistas y religiosos que odian fervientemente no solo al comunismo sino a cualquier concepto que suene vagamente a izquierda política; y un puñado de multimillonarios que controlan el capital financiero global. Todos ellos son la base del fascismo estadounidense.
El panorama actual para el centro imperial representa múltiples regiones empobrecidas, con plagas que se creían superadas el siglo pasado y servicios públicos pésimos, aquello que en el siglo XX se solía llamar “Tercer Mundo”. A excepción del noreste (donde se concentra el ala social y culturalmente progresista del capitalismo estadounidense) y California (la quinta economía más grande del mundo, un gigante agrícola, tecnológico y militar), a excepción de estas dos regiones incluso podemos considerarlo como una serie de países subdesarrollados, pero con armas nucleares.
En los pasillos del poder iraní, chino y estadounidense lo saben. Es hora de que las diversas izquierdas mexicanas lo consideremos entre nuestros planes, porque la guerra en Irán acelera el colapso del imperialismo estadounidense, al demostrar al mundo que los imperialistas no son sino tigres de papel. No importa si era Trump o alguien más: el colapso ocurriría al llegar China a la paridad. La discusión se encuentra en los detalles, en la forma y los tiempos, no en si ocurrirá o no.
Trump, sin querer, lo ha admitido. No son sino lapsus freudianos: un día dice que la OTAN es Estados Unidos, y otro afirma que la OTAN es un tigre de papel y que el gobierno federal estadounidense puede prescindir de sus “aliados”. No es sino la admisión inconsciente de su derrota, solo que no termina de comprenderlo. Probablemente no lo haga nunca.
Falta ver si en los próximos años, al colapsar, el imperialismo estadounidense arrastra consigo a los propios Estados Unidos. En sí mismo, EE. UU. como concepto, como entidad geográfica e histórica reconocible, solo puede sobrevivir convertido en una federación socialista (y esto solo puede ocurrir si el proletariado revolucionario estadounidense y mundial están a la altura de las circunstancias) o balcanizarse, sea mediante la violencia o la secesión pacífica.
Y para nosotros, los proletarios del sur global, todo esto es bueno. Solo falta saber si podemos hacerlo aún mejor.