El águila imperial ha osado entrar al espacio aéreo de los Caribes. Crónica de los bombardeos de EE.UU. sobre Venezuela
Mariajosé Escobar
“Los árboles se han de poner en fila, para que no pase el gigante de siete leguas”
José Martí
3 de enero 2026. 5:14 a.m. Caracas, Venezuela
Esta madrugada bombardearon Caracas, mi ciudad. Mi casa queda a menos de un kilómetro del Aeropuerto La Carlota, que veo cotidianamente desde mi balcón. Anoche me fui a dormir tarde, como no suelo hacerlo. Solo pude dormir dos horas antes del ataque. A las 2:00 am me despertó el ruido indescriptible de todas las ventanas de mi casa estremeciéndose. Me paré en vilo de mi cama, apartando las evanescencias del sueño. Se escuchaban aviones cortar los aires como el filo de cuchillos envenenados. Corrí a buscar a mi esposo, en medio del pasillo tronó el primer estallido. Nunca en mi vida había oído algo igual. Su sonido de furia retumba aún en mis oídos. Grité, lloré, lo supe de inmediato: nos bombardeaban los gringos. Al ver a mi esposo le pregunto, aún con las manos en la cabeza y la desesperación en el rostro: “¿es lo que creo?” Él, paciente como ha sido siempre solo responde: “sí es,” y me abraza. Su breve respuesta activa en mí el modo resolutivo. Seco mis lágrimas, busco los morrales de emergencia que hicimos en noviembre con las cosas más importantes: los títulos universitarios, agendas y cuadernos llenos de borradores de poemas sin pasar, latas de atún, agua, medicinas. Los llevo al baño junto con las laptops. Hace dos meses en una breve conversación sobre el tema determinamos que el baño era el lugar más seguro de casa. Ahí me quedé. Aviso a mis padres y a mis hermanos, reviso los grupos de las redes sociales de poetas y de amigos, es un hecho, nos bombardeaban los gringos.
Lloro aún de impresión, de miedo y de indignación al escribir estas letras: nos bombardeaban los gringos. Esa noche fue en vela. Cayeron dos bombas más. Pienso enseguida en Gaza. “¿Qué vamos a hacer si tumban el edificio?” pregunto a mi esposo. “Salir de los escombros”, responde él. En cortas conversaciones hacemos un plan de acción: determinamos puntos para encontrarnos si nos perdemos y se cae la comunicación, determinamos dónde debemos resguardarnos apenas sea seguro salir, sabíamos que tenemos que buscar agua potable al día siguiente, pues no tenemos reservas. Me ocupo en informar lo que veo por los grupos y en dar esperanzas a los que me escriben, no podemos perder la esperanza, no podemos dejar que nos ganen en ese terreno.
Mi esposo hace llamadas, graba las columnas de humo, se asoma a la ventana. Yo continúo en el baño aterrada, pienso que pueden tumbar todo, pienso en Gaza, pienso que puede durar mucho tiempo, pienso que podemos llegar a ver a los marines cara a cara. Me ocupo en respirar, trato de invocar todo lo aprendido sobre meditación, intento meditar, me es imposible.
No sé cuánto tiempo pasó, pero mi esposo se asoma al baño y me dice: “Ya dejaron el bombardeo, debes tratar de dormir”. No siento seguro dormir en mi cama, extendemos una manta en el piso del pasillo y ahí me acuesto. Recuerdo las palabras que me dijo un día el poeta Antonio Trujillo: “cuando no puedas dormir, cierra los ojos y quédate muy quieta, piensa: no puedo dormir, pero puedo descansar”. Eso hice y dormí aproximadamente unas tres horas. A la mañana siguiente despierto sobresaltada: “¿qué ha pasado?”. Esa noche soñé que disparaban a los edificios, testimonios posteriores que han ido saliendo afirman que esa pesadilla era cierta, en algunas zonas de la capital. En la noche ya sabíamos que los bombardeos habían sido en varios puntos: Caracas –Fuerte Tiuna, Base Aérea de La Carlota-, Miranda –El cerrito, el Centro de Investigaciones Científicas IVIC-, La Guaira –Catia La Mar y Maiquetía y Aragua – Base Aérea El Libertador, Base Aérea Mariscal Sucre Maracay, Fuerte Los Caribes. Veo las imágenes, una lluvia de fuego explosivo lanzaron los gringos anoche sobre mi ciudad, Caracas.
Mi esposo y yo pensamos en un libro de poetas palestinos y palestinas que leímos. Una de ellas, Hiba Abu Nada, dice: “Fue el instante que ya conocemos en Gaza, en el que todo cambia”. Ahora nosotros en Venezuela conocemos también ese instante. El contraste es demasiado fuerte. En diciembre nos casamos, viajamos, fuimos de luna de miel, celebramos la navidad con la familia, hicimos planes para este año. Ahora, de esa felicidad, pasamos a esta tragedia.
Fuimos por agua a las 10:20 am, la cola es larguísima en el único establecimiento abierto cercano. Hicimos hora y media de cola. En las caras de los otros veo el mismo temor, el mismo desconcierto que supongo hay en la mía, reina un gran silencio, la ciudad está vacía. Una persona detrás de mí no deja de poner audios de María Corina. Me genera ansiedad, rabia. No puedo decirle nada, vivo en una zona del Este y aquí es un peligro que sepan que eres chavista. Luego de las guarimbas me quedo muy claro que hay lugares donde no se puede decir nada, sobre todo en el Este de la ciudad.
Estoy abrumada, lo estoy aún hoy, pasados siete días, mientras retrabajo estas líneas que escribí en mi diario a las 5:40 am del día 3 de enero, aún me sobresaltan los ruidos fuertes, aún siento a cada momento ruido de aviones que no están, he leído sobre el trauma, sé que es normal que suceda, espero que pase pronto.
Parte de esta crónica la escribí en tiempo real el día de la agresión imperialista en mi país. Sabía que solo la escritura podía ayudarme a transitar estas horas aciagas que vivíamos. Sabía que la escritura es contra, es exorcismo, y es también denuncia, grito y llamado de auxilio. Les pido que no nos dejen solos. Hablen de nosotros, hablen de lo que pasó, denuncien. En estos días sucesivos el pueblo venezolano ha estado movilizado en la calle, hoy 9 de enero, pasados siete días de la agresión, Caracas está en una relativa calma, estamos retomando nuestras actividades cotidianas, estamos movilizados en las calles. Nos mantenemos activos en la denuncia y en la exigencia de que liberen a nuestro presidente Nicolás Maduro Moros y a la primera combatiente Cilia Flores. Todo esto, lo han dicho los mismos gringos, es por nuestro petróleo, agua y demás recursos minerales. Lo que pase en Venezuela decidirá el destino de la humanidad: la barbarie o la esperanza. Lo que se vive hoy en Venezuela es una gran incertidumbre y a la vez una gran indignación: somos los hijos de los libertadores y jamás hemos salido de nuestras fronteras a otra cosa que a liberar naciones, ¿cómo es que los insolentes del norte se atreven a violar así nuestros cielos y bombardear nuestro territorio? Hoy Venezuela se mantiene entre esa incertidumbre por lo que suceda y la calma y cordura a la que siempre nos han llamado nuestros líderes. En nosotros, nuestra sangre Caribe hierve, y miramos el futuro a la cara, sabiendo que este será un año difícil, pero en su desenlace, nos jugamos la vida. Esta es la hora de la Unidad Latinoamericana: “Los árboles se han de poner en fila, para que no pase el gigante de siete leguas”, como dijo José Martí. Solo los árboles que somos en el Sur, unidos, podemos cerrarle el paso al enemigo.