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Una reflexión sobre una posible definición del trabajo psicoanalítico



Una reflexión sobre una posible definición del trabajo psicoanalítico

Diego Safa Valenzuela[i]

Actualmente se está debatiendo en el Congreso un reglamento que transforma radicalmente el modo de llevar la salud mental pública. Uno de los cambios planteados es la norma referente al consentimiento informado, es decir, las personas que no deseen ser internadas podrán rehusarse a serlo; sólo bajo condiciones en que una vida esté en riesgo profesionales de la salud mental podrán tomar una decisión contraria a lo que está estipulado. Una pregunta de expertos que se ha generado en este debate es ¿quién se va a hacer cargo de las personas que no deseen ser internadas pero que necesiten un servicio de salud mental? ¿el Estado va a proporcionar estos tratamientos?

Parte de las personas expertas que están trabajando en el desarrollo de este nuevo reglamento de salud mental también se dedican a la práctica del psicoanálisis[ii]. Me gustaría volver a un viejo debate ¿Qué lugar tiene el psicoanálisis en la salud mental pública? ¿es viable hacer de éste un dispositivo del Estado? ¿Si no es así, el trabajo psicoanalítico puede ser categorizado como un intercambio comercial?

Es claro que la salud mental puede ser un producto dentro del mercado, entonces ¿el psicoanálisis puede venderse también como mercancía? Guattari y Deleuze[iii] responden afirmativamente en más de una ocasión. A diferencia de lo que decía categóricamente en una conferencia Gabriel Lombardi[iv], sin desarrollar mucho, advertía que el psicoanálisis no era una vía para acumular dinero; claro que hay intercambios dentro de la escena analítica pero ¿la estructura que supone la relación analítica produce plusvalor? Es decir, ¿el psicoanálisis está por fuera de la acumulación de capital?

Para contestar la pregunta necesariamente es preciso arribar a un viejo cuestionamiento, empezando por la siguiente interrogante ¿qué se produce con un proceso psicoanalítico? La palabra producir conduce a otro cuestionamiento: ¿Qué medios son los necesarios para producir un psicoanálisis? ¿Cuál es el trabajo que se realiza? ¿Quién lo produce, el analista, el analizante o ambos? ¿Cuánto dura el proceso de producción? ¿Cómo se paga este trabajo?

Es claro que el modo en que se está empezando a delinear el abordaje de esta problemática está enamarcado bajo una tarea ya muy vieja, es decir, la labor de pensar los puntos de encuentro y diferencia entre la teoría freudiana y la marxista. Por muchos años se ha intentado teorizar sobreponiendo estas dos mesetas. Quizá resulte forzado querer hacer embonar ambos discursos y más bien no hay relación alguna. Pero este escrito se deslinda de este planteamiento, no es necesario llegar a un acuerdo claro; sino más bien, se busca poner en tensión ambas teorías, y con ello, producir un diálogo. En vez de buscar la síntesis, buscaremos hacer que esta causa perdida sea el punto de partida para encauzar cualquier reflexión venidera.

La transformación es quizá la definición más básica que da Marx para referirse al trabajo. Una acción basada en transformar materia prima en un objeto consumible para satisfacer necesidades. La idea se va complejizando de acuerdo a espirales dialécticas, empezando con la limitante que enfrenta un ser humano de no poder producir los objetos que cubran todas sus necesidades, por lo tanto, se ve obligado a intercambiar los productos de su trabajo, con este intercambio se crea el mercado. Dicho intercambio comercial es entendido como célula primigenia de toda socialización. El objeto dentro del intercambio obtiene un valor distinto y, esta nueva transformación hace que devenga en una mercancía. Situación que conduce a un problema, ¿cómo intercambiar mercancías desiguales?, ¿cómo hacer un trato justo? Hay un debate académico si este cuestionamiento es propio de Marx, algunas personas piensan que lo retoma de la ética de Aristóteles. Lo justo como medida, es decir, como punto medio. Para que haya amistad, siguiendo a Aristóteles, debe haber reciprocidad en el intercambio, tal como la frase popular: “cuentas claras, amistades largas”. Esta amistad es pensada como un lazo de igualdad entre miembros de la ciudad, el cual es el fundamento para la paz. Lo dice en plena crisis política griega. Entonces, ¿cómo lograr esta igualdad de condiciones? Desde Marx el tiempo de producción resulta lo más problemático, debido a que es por el cual se diferencia el valor de cada mercancía. El dinero funciona como una mercancía universal que iguala todos los valores bajo una abstracción que representa el tiempo que fue invertido en el trabajo. El dinero es tiempo acumulado.

Aristóteles se esfuerza obstinadamente en pensar la vía de llegar a una igualdad con tal de sostener la amistad. Es decir, que siempre se tiende a abogar por el bien del prójimo. De lo contrario se caería en una relación basada en la injusticia, en la inequidad y en la diferencia. Por más explicación que intente, este ideal del amor universal se viene abajo en la práctica particular de cada sujeto, tal como una de las tesis freudianas sobre la sexualidad. Aún así valdría reflexionar de la supuesta transferencia positiva y los límites clínicos que tiene esta conceptualización. Es decir, desde ciertas perspectivas el trayecto de un proceso analítico necesariamente pasa por la supuesta negatividad de la transferencia ¿Sabríamos que se hizo un buen trabajo analítico si el producto es que se haya caído la transferencia?

Podemos saber del trabajo analítico por sus efectos. Es notable que se transformó algo, cambió el posicionamiento subjetivo de la persona que vivió esta experiencia. No quiere decir que por medio de este trabajo se dé la invención de un nuevo sujeto. Sin embargo, ¿la amistad es un fin en psicoanálisis tal como para Aristoteles? Quizá la ética del psicoanálisis no va dirigida a consolidar una amistad o ciudadanía, ni tampoco el bien. La diferencia en el intercambio está de entrada y salida. Empezando por el hecho de que quién se analiza comparte intimidades que el analista no. Esta privacidad resulta impresindible para sostener el trabajo. Si es imposible acortar la desigualdad que marca la relación en el psicoanálisis ¿entonces para qué se intercambia? ¿con qué fin? Parece un trato injusto, una estafa.

Volviendo a Marx, la plusvalía se basa en esta relación dispar, es decir, aquel que no tiene nada para intercambiar se ve obligado a comerciar con una promesa. La negocación es relación a un porvenir. Quien no tiene nada queda atado a una deuda que sólo puede pagar con su capacidad de producción. No intercambia una mercancía hecha, sino su potencia de realizarla. Intercambia su fuerza de trabajo. Su tiempo. En la medida en que el mercado se fundamente en dicho intercambio, las relaciones sociales se mantendrán bajo una injusticia; aquel que debe, aquel que trabaja y aquel que inició la deuda, aquel que lo tiene todo. El trabajador una vez que ha terminado de producir, vuelve al punto inicial del intercambio. En contraste con el dueño de los medios de producción que ha pagado por adelantado, esta condición le permite darse el lujo de no pagar en totalidad el tiempo que se inviritió en el trabajo realizado. Dicha diferencia de tiempo, este resto, es a lo que Marx llama plustrabajo. Ahora bien, el resto de tiempo no remunerado se suma al valor de la mercancía producida una vez que es intercambiada; el valor de más es conceptualizada como plusvalía y la acumulación de dinero, capital.

Quizá nos encontramos con un punto de desencuentro entre el psicoanálisis y la teoría marxista, ¿el psicoanálisis es un trabajo por el cual se puede producir plusvalía? ¿cuáles son los medios de producción para el psicoanálisis? ¿quién los posee? Es preciso recordar la advertencia de Lombardi que quienes pretendan hacer una fortuna no lo hagan por medio del psicoanálisis, parece que no hay posibilidad de hacer de éste una fábrica… aparentemente.

¿Cómo fijar el valor de un proceso psicoanalítico? Quizá es equivocada esta formulación, porque no sabríamos si el psicoanálisis es un servicio, una mercancía u otra forma de consumo. Puede ser que este sea otro punto de disyunción entre el marxismo y el psicoanálisis. Es sabido el acierto de Lacan[v] en señalar que el pago es de ambos lados de la transferencia. Aun así, es de las primeras preguntas que se hacen durante un tratamiento. No hay una fórmula. Hay quienes establecen una cuota monetaria en términos generales, quienes deciden a partir del primer diálogo con les analizantes, quienes le dan la responsabilidad de tomar esa decisión a éstos. Claramente, pagar no es sólo dar dinero, implica una cesión, es decir, ceder, desprenderse, vaciar de contenido para que así se produzca cierto movimiento; es decir, permitir que la libido que se ha fijado en ciertos circuitos recupere su viscocidad y que el sujeto tenga la capacidad libidinzar nuevos espacios, personas o actividades. Un ejemplo clásico de esta idea es el juego del quince o también llamado taken, dicho rompecabezas tiene un espacio vacío, el cual permite el movimiento de las fichas para cumplir el objetivo del juego. En este sentido, el pago en psiconanálisis no necesariamente es monetario. Desde las elucubraciones de Lacan, para el analista implica su palabra, su persona y su juicio más íntimo. Finalmente podemos decir que todo pago, por lo menos en psicoanálisis, es injusto bajo la ética aristotélica. Es decir, no se buscar una igualdad de condiciones, tampoco resarsir cierta diferencia entre el analista y el analizante por el trabajo realizado. Este resto, esta falla, no corresponde a un error de cuentas que finalmente alguien va a acumular, sino el motor que causa el proceso analítico.

No queremos decir que el psicoanálisis se encuentre fuera de la máquina capitalista. Su fundación tiene lugar en el capitalismo y puede reproducirlo, tal como encapsular al analisante a un tratamiento sin fin o encerrarlo dentro de una lógica familiar burguesa; esta critica fue amplicamente detallada por Deleuze y Guattari a lo largo de su obra, pero pienso que otra forma de pensar el psicoanálisis bajo condiciones capitalistas es hacer de la formación, de la transmisión del psicoanálisis un negocio.

He encontrado un sinfín de veces la frase “eso no es psicoanálisis”, señalando otros estilos, formas de pensar y practicar el psicoanálisis, para a su vez legitimar los propios. En Psicología de las masas y análisis del yo[vi], Freud indica que para que se constituya el yo como unidad no sólo es preciso un líder o ideal al cual seguir, sino también es necesario cierta exterioridad; un objeto ajeno con el cual compararse y así delimitar un borde, a lo cual llama el no-yo. No por nada lo dice en el capítulo sobre sugestión, uno antes del que versa sobre el ejército y la iglesia. En este sentido, el narcisismo se construye bajo la guerra contra el objeto. Todo aquello que no es el yo. En otras palabras, la conformación del yo esta basado en una diferenciación del otro, acción que se debe de reieterar consecutivamente para que persista el sentimiento de la existencia de la particularidad. Sin embargo, este enemigo parte de lo más íntimo y propio del yo. Es brillante la teorización de Klein al afirmar que esta agresividad se funda en una relación primaria, no en ciertas mociones pulsionales, sino en la frustración de no ser acogido en tiempo y forma. Es decir, la tensión se detona al desilusionar a su majestad[vii]. Los intentos de destrucción cobran toda realidad en fantasías. Entonces ¿se trata de cantidad? ¿uno es más o menos psicoanalista? Este esfuerzo continuo de definición tiene una función; construir y mantener cierta identidad institucional. Recordemos que Lacan siendo kleiniano no le debe la agresividad a la pulsión, sino a una relación imaginaria basada en la lucha por el puro prestigio.

Dentro de esta disputa por la pureza de lo que es o no es el psicoanálisis, habría que que apelar a una de las definiciones freudianas sobre el psicoanálisis; es decir, el psicoanálisis es una forma de investigación, un marco teórico y una práctica clínica. Si entonces la definición está planteada desde su fundación, quizá la pregunta por la identidad no se debe solamente por una lucha narcisista.

Quizá a lo largo de los años se han institucionalizado definiciones sobre lo es que refiere al psicoanálisis o sobre el trabajo del psicoanalista. Unas de estas respuestas han sufrido cierto anquilosamiento, sirviendo como referencia para los diferentes modelos de formación y transmisión del psicoanálisis. Sin embargo, en la práctica se cuela continunamente la equivacación por más que se intente ser purista de la transmisión; de hacer una lectura de los textos a la letra; de trabajar lo más limpio y minuciosamente; de aprenderse de memoria las frases escritas de los grandes teóricos. La transmisión misma aloja cierta mediación que permite que ciertos axiomas se vayan desgastando o transformado hasta producir un cambio de paradigma.

En la tradición marxista hay un continuo debate acerca de cómo se subjetiviza los ideales universales que se han enquistado en la ideología. Puede ser conceptualizado como elementos externos que se internalizan, que en el transito de los ideales universales a las prácticas particulares se produce una equivocación, una diferencia. Otra vía teorica consistiría en definir la ideología como un entramado complejo de diferentes aparatos que se entretejen detalladamente que operan bajo el control y la vigilancia munciosa. O bien, una serie de axiomáticas con los que se codifica el deseo. Podemos seguir nombrando los distintos modelos conceptuales que dilucidan sobre la ideología. En lo que podemos coincidir es que es la ideología es un espacio en pugna. La normatividad que delimita lo que debemos decir, hacer y ser[viii] aparentemente para todos es en realidad, una serie de valores particulares de cierta clase que se elevan a una dimensión universal hasta hacerse un paradigma, como si lo que le importase a esta clase sea lo más importante; los únicos códigos por lo que debe fluir el deseo.

¿Quién fija lo que es o no una práctica psicoanalítica? ¿bajo qué intereses se da esta definición?

Retomemos; el psicoanálisis se hace mediante la investigación, la teoría y la clínica. Es decir, estos son los elementos básicos para que alguien se dedique al psicoanálisis; pueda trabajar en ello. Propongo pensar que espacios de investigación, de formación y clínicas son los medios de producción del psicoanálisis ¿Quiénes controla estos medios?

Un año antes de que terminara la Primera Guerra Mundial y un año después de la Revolución Rusa, Freud plantea en el V Congreso de la International Psychoanalytic Association en Budapest un proyecto político y de salud mental basado en la creación de diversas clínicas gratuitas que se extenderían en diferentes ciudades de Europa:

Ahora supongamos que una organización cualquiera nos permitiese múltiplicar nuestro número hasta el punto de poder tratar grandes masas de hombres. Por otro lado, puede preverse que alguna vez la conciencia moral de la sociedad despertara y le recordara que el pobre no tiene menores derechos a la terapia anímica que los que ya se le acuerdan en materia de cirugía básica. Y que las neurosis no constituyen menor amenaza para la salud popular que la tuberculosis, y por tanto, lo mismo que a esta, no se las puede dejar libradas al impotente cuidado del individuo perteneciente a las filas del pueblo. Se crearán entonces sanatorios o lugares de consulta a los que se asignarán médicos de formación psicoanalítica, quienes, aplicando el análisis, volverán más capaces de resistencia y más productivos[ix] a hombres que de otro modo se entregarían a la bebida, a mujeres que corren peligro de caer quebrantadas bajo la carga de las privaciones, a niños a quienes sólo les aguarda la opción entre el embrutecimiento o la neurosis. Estos tratamientos serán gratuitos. Puede pasar mucho tiempo antes de que el Estado sienta como obligatorios estos deberes. Y las circunstancias del presente acaso difieran todavía más ese momento; así, es probable que sea la beneficencia privada la que inicie tales institutos. De todos modos, alguna vez ocurrirá.[x]

El proyecto de clínicas gratuitas iba acompañado de la creación de institutos psicoanalíticos de formación. Era necesario que hubiera analistas que atendieran en dichos centros, pero para lograr esta atención era menester llevar a cabo procesos de formación a la par. Esta asociación estaba comandada por esta utopía de psicoanálisis para las masas; seguramente era urgente antender los estragos que habían advenido con la guerra. Me preguntaría ¿qué pasó con este proyecto? ¿cuándo, cómo y por qué se perdió? ¿en qué se transformó el psicoanálisis? Es preciso hacer un trabajo de genaología de los modelos pedagógicos de transmisión que han tenido las distintas instituciones del psicoanálisis; que este texto queda corto para dicha labor.

Aun así, tengo la impresión que el Estado nunca sintió la obligación de atender la neurosis como un asunto de salud popular y global. Los institutos de formación y clínica se atrincheraron cómodamente en la beneficencia privada, ¿qué efectos tuvo que la causa freudiana; que el movimiento psicoanalítico se haya privatizado? Parece que aquellos espacios que tuvieron el propósito de atender masivamente se volvieron centros privados que tienen el monopolio de los medios de producción del psicoanálisis. Claro que no se puede asumir a todas las instituciones actuales dedicadas a la transmisión del psicoanálisis como negocios. Pero  ¿esta es una de las manera en que la máquina capitalista se conecta con en el psicoanálisis? Podríamos preguntarnos ¿qué pasa si el psicoanálisis se estatifica? ¿se perdería la libertad en la asociación?

Volviendo a la nueva normatividad sobre la salud mental, si exigimos que el Estado asegure el derecho de salud universal y que éste contemple la situación anímica de las personas, pienso humildemente que sería preciso descutir bajo qué coordenadas se demanda este derecho; qué tanto el psicoanálisis puede ser una perspectiva para que el Estado base la atención que proporcione a quien desee un tratamiento. Otro trabajo de investigación será vislumbrar los modelos de atención que fueron comadados desde el Estado.

Bibliografía:

Asociación Franco Mexicana de Psiquiatras y Psicoterapeutas A.C. (22 de junio 2022) Conversatorio con el Dr Alberto Velasco. Facebook. https://www.facebook.com/315067205742247/videos/457205789742955

Deleuze J. y Guattari, F. (1985) El Anti-Edipo: Capitalismo y esquizofrenia. Barral Editores: Barcelona, p. 312.

Freud, S.:

—. (1914). Introducción del narcisismo. En obras completas. Buenos Aires: Amorrortu.

—. (1919 [1918]). Nuevos caminos de la terapia psicoanalítica. En obras completas. Buenos Aires: Amorrortu, p. 163.

—.  (1921). Psicología de las masas y análisis del yo. En obras completas. Buenos Aires: Amorrortu, p. 94.

Lacan, J. (2002) La dirección de la cura y los principios de su poder. En Escritos 2. Argentina: Siglo XXI, p. 561.

Lombardi, G.  (septiembre 2015) Conferencia durante una reunión de trabajo de la asociación de acompañamiento terapeutico Agora. FUNDAT.

Marx K. (2014 [1975]) El capital. Crítica de la economía política. Libro primero: el proceso de producción del capital. Siglo XXI: México.

Ranciére, J.  (1996) El desacuerdo: Política y filosofía. Buenos Aires: Ediciones Nueva Visión.

[i] Maestro en Violencia y Subjetividad por el Colegio de Saberes, y en Psicoanálisis por la Universidad de Buenos Aires. Docente en Dimensión Psicoanalítica. Se dedica al psicoanálisis con respecto a la práctica clínica y a la formación en diferentes instituciones.

Correo: diegsafavale@gmail.com

[ii] Aplaudo el admirable esfuerzo que están haciendo en la Asociación Franco Mexicana de Psiquiatras y Psicoterapeutas A.C. Véase en: Asociación Franco Mexicana de Psiquiatras y Psicoterapeutas A.C. (22 de junio 2022) Conversatorio con el Dr Alberto Velasco. Facebook. https://www.facebook.com/315067205742247/videos/457205789742955

[iii] Deleuze J. y Guattari, F. (1985) El Anti-Edipo: Capitalismo y esquizofrenia. Barral Editores: Barcelona, sp. 312.

[iv] Lombardi, G.  (septiembre 2015) Conferencia durante una reunión de trabajo de la asociación de acompañamiento terapeutico Agora. FUNDAT. Gabriel Lombardi es el jefe de la catedra: Clínica de Adultos en la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires.

[v] Lacan, J. (2002) La dirección de la cura y los principios de su poder. En Escritos 2. Argentina: Siglo XXI, p. 561.

[vi] Freud, S. (1921). Psicología de las masas y análisis del yo. En obras completas. Buenos Aires: Amorrortu, p. 94.

[vii] O en palabras de Freud: “his majesty the baby”, vease en Freud, S. (1914). Introducción del narcisismo. En obras completas. Buenos Aires: Amorrortu.

[viii] El concepto policía de Ranciére es muy útil para pensar cómo se introyecta la ideología. Jacques Ranciére (1996) El desacuerdo: Política y filosofía. Buenos Aires: Ediciones Nueva Visión.

[ix] Cursivas mías.

[x] Freud, S. (1919 [1918]). Nuevos caminos de la terapia psicoanalítica. En obras completas. Buenos Aires: Amorrortu, p. 163.







La pandemia en Estados Unidos: Un caso eclipsado por la ideología



La pandemia en Estados Unidos: Un caso eclipsado por la ideología

Zaida M. Vázquez Peralta

Palabras clave: Estados Unidos – Sistema de Salud – Privatización – COVID-19 – Desigualdades en Salud

El sistema de salud estadounidense está altamente privatizado y posee una compleja organización y operación, derivando en la exclusión de un porcentaje de su población de la atención sanitaria o en la obtención de aseguramientos precarios que terminan por vulnerar el estado de salud de los pacientes. Las hospitalizaciones y los tratamientos son costosos y no se dispone de un sistema de salud universal cuyo pilar sea la Atención Primaria en Salud, a pesar de haberse demostrado que reduce de forma importante los costos sanitarios. El equívoco manejo de la pandemia ocurre en este contexto, donde la inequidad racial, económica y social han intensificado los impactos de la pandemia y el manejo geopolítico de las vacunas podría tener efectos globales trágicos.

En Estados Unidos (EU), la ley obliga a propietarios y trabajadores a comprar seguros médicos a empresas privadas con una variedad de coberturas que están en función de su capacidad de pago. Celia Iriart (2016), señala que casi el 70% de los asegurados pertenecen al sector privado, de los que por lo menos 31 millones de personas se encuentran sub-aseguradas, involucrando modalidades de aseguramiento precario que impiden que esta población busque atención médica por temor a los deducibles y copagos, renuncien a hacerse exámenes médicos, seguir tratamientos, comprar medicamentos o inclusive se salteen las dosis. Estos comportamientos terminan por retardar la atención médica, lo que agrava sus padecimientos. Así, existe un mayor riesgo de que la población más enferma esté sub-asegurada. A pesar del Medicare y Medicaid, más de 27 millones de personas en EU aún no tienen seguro médico (8.5% de la población total).

EU es el único país plenamente industrializado que carece de un sistema de salud público y universal. Es el tercer país con mayor nivel de obesidad y diabetes dentro de la OECD (2019), padecimientos que han venido afectando las mejoras en la esperanza de vida. Sus indicadores en salud no son tan ejemplares como su gasto total en salud, el más alto del mundo, fluctuando alrededor del 17% del PIB en los últimos años (Ibídem). Situación que muestra, en este caso, no la prioridad política que tiene la salud, sino el pavoroso mercado formado en torno a ella. EU, quien se arroga ser el paradigma en competitividades, posee uno de los más costosos y –si el objetivo es ampliar la atención y mejorar la salud– también ineficaz sistema sanitario.

El costo diario promedio de una hospitalización casi ronda los 2000 dlls., mientras que en un país donde el sistema de salud no está mercantilizado como en Cuba, no alcanza los 6 dlls. (Preston, 2020). Además, según el ranking de los países de la OECD (2019), encabeza la lista con el mayor gasto per cápita en medicamentos, asociado a un mercado de medicamentos de poderosas patentes, altamente inflacionario y desregulado que obedece a las presiones de grandes monopolios y a sus accionistas para elevar las ganancias. Utilizando, además, recursos legales a su favor para retrasar la comercialización de medicamentos genéricos y otros mecanismos para obstaculizarlos, como patentar todo lo patentable en un producto, establecer acuerdos de exclusividad con compañías de insumos para limitar su acceso o generar su propio medicamento genérico, etc. (Stahl, 2009). Por estos motivos, no es de extrañar que las deudas médicas sean la primera causa de bancarrota individual en EU.

En un contexto pandémico, uno de los mayores riesgos fue que los altos costos de la atención médica, tratamientos y medicamentos, extendieran los contagios y decesos por COVID-19. Un análisis del Peterson-Kaiser Family Foundation (KFF) Health System Tracker (2020), encontró que los costos de tratamiento para un contagiado por COVID-19 con seguro médico podrían ascender a 9,763 dlls., con complicaciones o comorbilidades podría aumentar a 13,767, si las complicaciones eran mayores la cifra se incrementaba a 20,292 dlls., mientras que sin ningún tipo de seguro médico la cifra podría crecer y sobrepasar los 34,000 dlls. Hasta el 7 de abril, la cifra de contagios sobrepasa los 30 millones de personas, mientras que los decesos alcanzan 559,086 (Johns Hopkins University, 2020a).

En el corto plazo, los efectos de haber padecido el virus no sólo recaen en la salud del enfermo, sino también en las finanzas familiares; se han llegado a registrar facturas por hospitalización de hasta 400,000 dlls. La recurrente solicitud de pruebas de COVID-19 ha elevado los gastos; en algunos casos los costos son cubiertos por las aseguradoras, mientras que no ocurre así cuando las pruebas son solicitadas por los empleadores. Las pruebas cuestan alrededor de 100 dólares, no obstante, pueden exceder sin dificultades los 1,000 dólares si éstas se realizan desde los autos en centros de atención de urgencia.

En cuanto a la estrategia sanitaria, EU no siguió una política de confinamiento obligatorio –siguiendo cada estado estrategias particulares. En el discurso político oficial, se le concedió un lugar importante al cuidado de la economía, mientras que fueron trivializados por el presidente Donald Trump los efectos del virus en la salud. El manejo político irresponsable de Trump y el difícil cese del trabajo esencial, usualmente precarizado y desprotegido, alentaron la ola de contagios y fallecimientos. Estos incrementos acelerados ocurrieron a pesar de que, desde marzo de 2020, se ordenó el cierre de fronteras en EU para viajes no esenciales desde los países que conforman el bloque de América del Norte, prohibición que se mantendrá al menos hasta el próximo 21 de abril de 2021.

Salir de paseo, realizar viajes internos en el país o los viajes internacionales de los connacionales nunca estuvieron prohibidos. Mendenhall (2020), en la revista The Lancet, cita la estrategia estadounidense entre una de las más lamentables, donde el agravamiento de los efectos del virus, expresado en las altas tasas de morbilidad y mortalidad por COVID- 19, fueron resultado de un contexto sindémico que hace interactuar factores biológicos, sociales y económicos impulsados, a su vez, por el fracaso político en el control del virus; aquí, el reconocimiento y el abordaje de los determinantes sociales de la salud son clave. Algunos especialistas dentro de EU han criticado que el virus no se haya combatido desde un enfoque de salud pública, así como la disonancia y, a veces contradicción, entre las estrategias de los distintos niveles de gobierno.

El temor de que los ciudadanos no pudieran acceder al menos a una prueba de COVID-19, concentró los esfuerzos públicos y privados sobre este tema. Durante el desarrollo de la pandemia se incrementó la capacidad para detectar casos positivos de coronavirus, al facilitar pruebas gratuitas mediante fondos públicos a personas sin seguro médico o mediante el compromiso de algunas aseguradoras para no exigir el costo compartido, sin embargo, estas medidas casi siempre se presentan con criterios de exclusión y resultan insuficientes. La masividad de las pruebas de diagnóstico que casi alcanzan la universalidad, tampoco lograron impedir que los contagios y decesos se elevaran.

Sin embargo, lo que sí lograron fue que, pese a la alta tasa de mortalidad (por cada 100,000 habitantes) de 170.10, la tasa de letalidad que relaciona la mortalidad con el número de contagiados, se haya conservado baja (1.8%), dentro del promedio mundial. EU tiene la mortalidad absoluta más alta en el mundo y ocupa el treceavo lugar en la mortalidad relativa al tamaño de la población (que no es para despreciar si consideramos que, dentro de esos 12 países -todos europeos-, 10 de ellos no exceden los 12 millones de habitantes, mientras que 2 más, Reino Unido e Italia, no sobrepasan los 70 millones), algunos sitios por encima de México (Johns Hopkins University, 2020b).

En estas condiciones, hubiese significado un desacierto técnico que no se incrementaran los registros de contagiados. Las distintas mediciones cuando han sido presentadas descontextualizadas o aisladas han servido, regularmente, para hacer comparaciones injustas entre los países o para golpes políticos lanzados sobre el avispero de la comunidad internacional. Ciertamente, tiene un efecto sugestivo que dos ex imperios, como Italia y Reino Unido, hoy se encuentren abatidos por la pandemia, destacando, junto a EU, en la lista con las mayores tasas de mortalidad en proporción a su población.

Por otra parte, es más comprensible que un país subdesarrollado, de ingresos medios y estructuralmente dependiente, no pueda implementar una medida de confinamiento total y obligatorio sin enfrentar problemas económicos y desestabilizaciones políticas, mas ¿que esto suceda en un país como EU, altamente tecnificado y blindado financiera y monetariamente? Resulta, con franqueza, patético. La alta desigualdad entre las clases sociales estadounidenses también viene animando, despacio y desde dentro, el deterioro de su hegemonía mundial.

Las desigualdades en salud que se encuentran enraizadas en una economía fuertemente racializada, resplandecen a través de los efectos de la pandemia por COVID-19, donde las sacudidas más letales las han enfrentado latinos y negros. Un estudio de la revista The Lancet, mostró que la población negra había tenido 4 veces más posibilidad de morir y 3 veces más de sufrir contagio por coronavirus que la población blanca, cuando la primera sólo comprende alrededor del 13% de la población total (Barber, 2020). En febrero pasado, un informe del Centers For Disease Control and Prevention (CDC) (2021) lo ratificó, al expresar que las personas negras, hispanas o indígenas americanas tienen resultados más graves de COVID-19 que las personas blancas y por ello era primordial el control de la vacunación para atender dichas inequidades.

Recientemente, en EU se han desacelerado el ritmo de contagios y decesos por coronavirus, en parte debido a la velocidad de la campaña de vacunación. Velocidad posible, en principio, por el sobreabastecimiento de vacunas. EU es uno de los 10 países en el mundo que concentra el 75% de las vacunas. El liderazgo en la producción de vacunas como reflejo del pujante complejo tecnológico farmacéutico y su avanzada en el regreso a la “normalidad”, prevista para antes de que concluya el 2021, resultan favorables para limpiar el propio desempeño en el combate a la pandemia, el cual palidece delante de la triunfal creación del antídoto más esperado mundialmente. Por ahora, al menos 119 países usan una vacuna de procedencia estadounidense (Pfizer/BioNTech, Moderna o Johnson&Johnson) (Statista, 2021). La capacidad de acaparamiento y el nivel de vacunas acumuladas expresan su poder y lo posicionan con un fuerte instrumento de negociación y geopolítica regional también llamado “diplomacia de vacunas”, al servicio, por supuesto, de los intereses de la agenda coyuntural estadounidense.

Si bien, guiándonos por una ética humana profunda se debería seguir una estrategia global de vacunación que priorice al personal sanitario, adultos mayores o personas con mayor riesgo de agravamiento o muerte por coronavirus en todos los países del mundo, antes que la vacunación del resto de la población en los países ricos, lo cierto es que también hay argumentos económicos y de salud de fondo para hacerlo. Según el director general de la OMS, el “nacionalismo vacunal” como efecto del acaparamiento, amenaza a la economía global y podría alcanzar un costo de 9.2 billones de dólares, de los que 4.5 billones recaerían sólo en las economías de ingreso más altos.

Y peor aún, una amenaza mayor podría venir del retraso en la vacunación en el resto de países, que prolongaría la pandemia en esos países aumentando las posibilidades para el surgimiento de nuevas variantes de coronavirus más agresivas, anulando el efecto de las vacunas ya administradas y colocando otra vez de cabeza al sistema-mundo por el egocentrismo consumado de los países ricos. Por eso, es esencial la solidaridad para controlar la pandemia con menos desigualdades, siguiendo un similar ritmo de vacunación en todos los países. No sólo hay nobles motivos para profesar un humanismo sin precedentes, sino que deviene en una estrategia absolutamente racional.

En EU, se han administrado hasta el 6 de abril, 50.41 vacunas por cada 100 habitantes, posicionándose en el quinto lugar a nivel mundial, lista que es encabezada por Israel, sin embargo, EU es el país con mayor dosis administradas. El 18.8% de la población ha sido completamente vacunada, ocupando el tercer lugar a nivel mundial, mientras que el 32.4% de la población ha recibido al menos una dosis (108.3 millones) (Ritchie et al., 2021). Las desigualdades económicas y sociales que se transmutaron en desigualdades en los efectos del virus, son de nuevo reforzadas en la etapa de vacunación.

Aún con sus limitaciones en cuanto a los datos disponibles, en un estudio ya referido del CDC (2021) se mostró que, durante la primera fase del programa de vacunación en EU, de la mitad que refirió ascendencia racial y étnica, el 60.4% era población blanca, mientras que esta población representa el 60% del personal de salud, en cambio el 5.4% era negra cuando esta población representa el 16%. Mencionemos que, aunque la prioridad era vacunar a la población del sector salud, esto no se llevó a cabo plenamente, debido a las variaciones jurisdiccionales y locales en la implementación de la guía nacional.

Estados Unidos, el país con más contagios y muertes en todo el mundo, no ha sido llamado a la hoguera de los medios de comunicación internacionales y nacionales, tampoco ha sido denominado el “gran desastre sanitario”, como distintos medios estadounidenses sí lo han hecho con México. Los desastres, paradójicamente, ocurren siempre -aunque a veces no ocurran- en los países de la periferia capitalista o subdesarrollados, mientras que en los países centrales son errores de estrategia o adversidades lamentabilísimas, imprevistos o retrasos, sin mayúsculas ni exclamaciones, sin adjetivos, cálculos sobrios, sin populismo mediático.

Los resultados en el combate a la pandemia en Estados Unidos han pasado con frecuencia desapercibidos. Pero, lo que resulta más alarmante, es que estos resultados no sean asociados notablemente a la extensión de la mercantilización de la salud y a su atrofia natural para responder a una emergencia sanitaria, así como a la fragmentación del sistema sanitario, a la muy frágil Atención Primaria en Salud, a los estados de salud preexistentes de la población que están vinculados a las condiciones de vida y trabajo y a la atención en salud deficientemente recibida. En el país de los sueños cumplidos, el derecho a la salud no está entre ellos.

 

Referencias bibliográficas

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